viernes, 9 de marzo de 2018

MI ENCUENTRO CON LA OSCURIDAD


   Lo que voy a contar en estas páginas, es algo que me sucedió hace ya casi una década. Aunque parezca irreal, ilógico y hasta el día de hoy no le encuentro una explicación racional, fui protagonista en aquella ocasión de un suceso que aún me hace sentir incómoda, como si corriese por mi espalda un trozo de hielo.
   Antes de comenzar a narrar lo sucedido esa fría noche de julio, creo que debería mencionar mi nombre, soy Alejandra. Lo acontecido ocurrió cuando yo tenía 15 años y estaba estudiando en la escuela técnica de química. Quizá piensen que miento o que se trató de una alucinación. Creo conveniente aclarar que no estaba sola y que mi mamá me acompañaba. Ella fue testigo de aquel hecho.
   Quizá también es justo que confiese que esa no fue la primera vez que me pasó algo fuera de lo común y que incluso me gustaba jugar un poco con lo desconocido. Ya había escrito mi primera novela, lo cual me había otorgado cierto halo de misterio entre mis conocidos. Tenía un grupo de amigos de la escuela que compartían los mismos intereses que yo. Creo que el hecho de que ellos estuvieran en quinto año y yo en tercero hacía que me parecieran incluso más sensacionales.
   Me habían regalado una tabla Ouija de madera y habíamos conseguido hacer que se moviese varias veces. Era genial, pero eso no es lo extraño, pues aunque todos decíamos que creíamos en que un fantasma la movía, la incertidumbre de si era uno de nosotros el que lo hacía, consciente o inconscientemente, siempre estaba presente.
   Un día, uno de los chicos me la pidió prestada, puesto que tenía una fiesta de cumpleaños en la casa de una de sus amigas a quien yo no conocía. No pude negarme y se la presté. En el instante en que se la di, tuve un mal presentimiento.
   A la semana siguiente, me encontraba chateando, en ese momento estaba de moda el MSN. Recibí una solicitud de amistad de una gótica quien resultó ser la chica del cumpleaños, obviamente acepté y nos pusimos a conversar. La oscuridad y la magia tenían cierta seducción para mí. Después de unos minutos, me confesó ser una bruja y se ganó mi total atención.
   Ella me dijo que tenía visiones y que me había visto a mí y también mi casa. Describió el jardín con bastantes detalles y también las escaleras. Yo lo atribuí a que conocía a mi amigo y seguramente él le había descrito el lugar. De todas formas, yo fingí creerle. Me gustaba escribir y quizás algún día podría sacar provecho de sus palabras.
   Es extraño, recuerdo lo sucedido después con lujo de detalles, sin embargo y por más que intente recordar su nombre se borró de mi memoria.
   Me habló de sus sueños premonitorios y me dijo que podía controlar fuerzas ocultas. Debo confesar que pensé que me estaba tomando el pelo y creo que se dio cuenta de ello. Me aseguró que me demostraría su poder. Me propuso que justo a la media noche me sentase frente al televisor apagado y de esa forma yo comprendería de lo que era capaz. Obviamente, acepté.
   Al caer la noche le conté a mi mamá lo que me habían propuesto. Ella con el escepticismo de quienes se dedican a las ciencias duras, se mostró curiosa y divertida a la vez y se apuntó voluntariamente a participar de la experiencia.
   A la hora acordada, mientras los demás dormían, nos sentamos frente al televisor. Con las luces apagadas y el monitor de la computadora encendido en el lado opuesto de la habitación, esperé con ansiedad a que algo sucediese.
   No creía realmente que algo fuese a ocurrir. Quizá me había sugestionado un poco y me sentía algo inquieta. Tal vez se debía a la tenue oscuridad que convertía en siluetas sombrías los muebles de la habitación o que el viento movía las ramas del árbol que desnudas acariciaban los ventanales, pero mi corazón estaba acelerado. Agradecía que mi madre estuviese a mi lado en el sillón.
   Observé nuestros reflejos en la pantalla oscura. Detrás podía ver la escalera que llevaba a la terraza y la mortecina luz de la luna llena tras la ventana del descanso. Las nubes la cubrían por momentos y atenuaban su luz.
   Justo a las doce de la noche algo se movió en la pantalla. Entrecerré mis ojos y agudicé la vista. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Una sombra negra surgió sobre los escalones. Al principio era difusa, pero poco a poco, fue cobrando nitidez. A mi lado, mi madre se sobresaltó y miró hacia atrás. La imité, pero no vimos nada. Volví mi mirada nuevamente hacia la pantalla y allí estaba la sombra, más nítida y más grande que antes. Se acercaba lentamente hacia nosotras. Era una sombra maligna, lo podía sentir. Estaba envuelta en penumbras y aunque sólo podía verla a través del reflejo, sabía que estaba a punto de alcanzarnos. Sus intenciones no podían ser buenas.
   Mi mamá se sobresaltó y me dijo que le diga a quien la había enviado que hiciera que esa cosa se fuera. Corrí hacia la pc sin pensarlo demasiado. Le pedí que se detenga. La bruja me explicó que podía desprenderse de su sombra y enviarla a donde quisiera. Sus palabras denotaban la arrogancia de quienes poseen el poder. Le supliqué que se detuviese y que no nos haga daño.
   Me dijo que no me convenía confiar en extraños y mucho menos jugar con fuerzas oscuras. Casi instantáneamente, me eliminó de sus contactos, llevándose consigo su sombra.
   Desde ese día, me gusta tener encendido el televisor e intento mantenerme más o menos alejada de la oscuridad.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

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