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viernes, 20 de diciembre de 2019

Capítulo 11: IMAGEN

Miguel me acompañaba a casa cada vez que salíamos de la terapia grupal. Solíamos caminar despacio y conversábamos bastante. Hablábamos de cómo había estado nuestra semana, de los proyectos que teníamos para el futuro y de los logros y fracasos en nuestras metas. Aquello se había convertido poco a poco, en nuestra rutina. Él se había vuelto mi mejor y único amigo.
Noté que paulatinamente su humor iba mejorando y comenzó a cuidar más de su aspecto y de su cuerpo. Ahora, llevaba su barba afeitada al ras y su cabello claro y ondulado un poco más arreglado. Al notar su esfuerzo, también yo comencé a preocuparme por mi aspecto, pero me sentía horrible. Tenía ojeras y había bajado muchísimo de peso después del nacimiento de Ariana. La ropa me quedaba muy holgada y ocultaba las pocas curvas que tenía. Me sentía avergonzada de mí misma. Comencé a temer no poder captar la atención de Miguel. A pesar de que se había convertido en mi mejor amigo y de que aquello era muy importante para mí, yo en el fondo de mi corazón, esperaba que quizás algún día, pudiésemos convertirnos en algo más.
También, me preguntaba algunas veces, si a Ian le gustaría aún en mi descuidado estado actual. Cuando ese pensamiento surcaba por mi mente, luchaba por desterrarlo de allí lo más rápido que me fuera posible. No tenía que pensar en él, necesitaba deshacerme de su hermoso recuerdo y concentrarme en los sucesos que podía comprobar que eran reales. Sólo de ese modo podría mejorar y convertirme en una buena madre o por lo menos era lo que los demás se esforzaban en que yo creyese.
Una tarde, antes de ir a terapia, decidí emprender la tarea casi imposible de mejorar mi aspecto físico. Me había despertado hacía poco, porque no había dormido bien durante la noche y descansado muy mal durante la hora de la siesta, pero quería sentirme guapa y verme linda para Miguel. Me dirigí al tocador de mi madre y tomé su caja de maquillajes. Sólo me había pintado unas pocas veces cuando era niña jugando con mis amigas, por lo que esperaba que no me saliera muy mal esta vez.
Me llevó unos pocos intentos delinear bien mis ojos, pero finalmente logré hacer que se vieran más grandes y almendrados que de costumbre. Me coloqué un poco de base color piel y utilicé algo de labial color cereza para mis labios. Pasé el cepillo por mi largo y rubio cabello, al tiempo que le trataba de dar un poco de volumen con el secador de pelo.
Tenía que reconocer que todo ese esfuerzo había valido la pena y que me veía bastante bien. Le regalé una sonrisa seductora a mi reflejo y me permití algunos segundos para practicar distintas miradas y gestos en el espejo. Parecía otra persona.
Ese día, mientras caminaba hacia el consultorio de Vladimir, me pregunté si Miguel notaría mi cambio de aspecto. Yo esperaba que así fuera, sin embargo, algo sucedió y no me encontraría con él ese día.
Me hallaba a unas pocas cuadras del lugar en donde deberíamos tener la sesión de terapia, cuando un cartel con una publicidad de zapatos acaparó mi atención. Se trataba de mi Ian. Mi enamorado supuestamente imaginario era el modelo de aquella publicidad de calzado. Era igual al Ian de mis recuerdos, salvo por sus ojos que en la imagen eran de color verde claro. Me pregunté si aquello significaba que Ian existía realmente. Me sentía abrumada y confundida al mismo tiempo. No comprendía bien qué estaba sucediendo. ¿Acaso mis dos mundos podían coexistir?
Unos instantes después, creí entender lo que realmente sucedía. Seguramente, habría visto aquel cartel en algún sitio o la imagen del modelo en alguna otra publicidad y lo había incorporado a mis delirios.
Lágrimas amargas comenzaron a correr por mi rostro. Pensé que aquello sólo confirmaba que mis recuerdos y sueños no eran más que defensas psicológicas que me ayudaban a escapar de la dura realidad.
De pronto, pensé banalmente que mi maquillaje se habría arruinado por completo. Me pregunté, qué sentido tendría esforzarme por gustarle a alguien si yo aún seguía enamorada del hombre que me inventé. Di media vuelta y regresé a mi casa. No quería ver a nadie. No podía enfrentarme a Miguel ese día. Todavía no estaba lista. Tenía que ordenar mis sentimientos. 

viernes, 29 de noviembre de 2019

Capítulo 8: ROTA

El país entero estaba conmocionado. Cada vez más instituciones, profesionales de la salud, políticos, policías y fuerzas armadas resultaban estar vinculados con el caso de los prostíbulos y maternidades clandestinas. Aún peor que eso, era la posibilidad de que muchos de los secuestros estuviesen vinculados con el tráfico de órganos.
Se comentaba en los medios que incluso el Presidente podría estar implicado. Todos los días, grandes grupos de personas marchaban a las plazas. Los manifestantes llevaban antifaces negros como símbolo de la protesta. La represión de la policía no hacía más que convocar a más personas que exigían justicia por todas las vidas que habían sido robadas. En los medios, incluso, se había comenzado a hablar de la posibilidad de un golpe de Estado. Era la primera vez en más de treinta años que la democracia estaba en riesgo. La noticia dominaba la agenda pública y no había ninguna forma de escapar de ella.
Una de las jóvenes rescatadas había declarado que mi fotografía le resultaba familiar. La versión oficial era que yo era una superviviente más y como aquello era más verosímil que mi historia, mi madre llegó a la conclusión de que la terapia no me estaba ayudando sino más bien, todo lo contrario. Decía que me estaba confundiendo sembrando en mí recuerdos que no existían y me prohibió volver a ver a Noemí. Fue entonces, cuando me quebré por dentro. Me sentía atrapada entre dos mundos y no sabía en qué podía creer. Sin embargo, fueran reales o no, extrañaba con todo mi ser a Ian y a mis hijos.
Mi madre se había tomado una licencia en el trabajo para dedicarse a cuidar de mí y de mi hija a quien llamé Ariana. Mi niña era perfecta, pero no lograba llenar el vacío que había dejado dentro de mí la ausencia de recuerdos de Ian y de los niños. Sentía que Ariana era capaz de percibir el aura de completa oscuridad que me envolvía y en los momentos en que no podía evitar romper a llorar ella me acompañaba con su llanto. Mi madre la cuidaba casi todo el tiempo. Yo no me sentía lo suficientemente buena para ella. No había podido amamantarla tan siquiera una sola vez, debido a que el psiquiatra me había recetado unas pastillas para lidiar con la ansiedad y otras para superar la depresión más fuertes que las que había estado tomando, aunque yo sentía que no estaban funcionando en mí.
Ariana tenía absolutamente cautivados a mi madre y a Samuel quien resultó ser mucho más amable de lo que yo había pensado al comienzo de nuestra relación. Con la atención de la casa puesta en Ariana, yo había ganado un poco más de autonomía. Había comenzado a salir sola a la calle nuevamente, bajo la promesa de llevar siempre conmigo el antiguo teléfono celular de Samuel y de nunca alejarme demasiado de casa. Para mi hermano, el pequeño aparato era un cacharro antiguo, mientras que a mí me sorprendía lo mucho que había avanzado la tecnología en los últimos diez años. Era como si llevara una computadora miniatura en el bolsillo.
Un mes y medio después del nacimiento de Ariana, mi madre se vio obligada a volver a trabajar por lo que inscribimos a mi hija en un jardín maternal. A pesar de creer que eso me iba a alejar aún más de ella, algunos días sentía como si no me quedaran fuerzas para levantarme de la cama. Estar conmigo a solas todo el día, no era lo mejor para ella en ese momento de nuestras vidas y yo me daba cuenta de eso. Realmente, ansiaba ponerme bien y no sólo por mí, sino también por mi hija, pero estaba sumergida en un abismo emocional del que era muy difícil salir.

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...