viernes, 13 de noviembre de 2020

Capítulo 24: Huellas

Capítulo 24: Huellas

   Llegamos al hotel justo cuando los últimos rayos del sol se iban desvaneciendo en la profundidad del firmamento. Luego de amarrar el barco en el muelle Sebastián revisó su celular y maldijo por lo bajo.
  —Tengo un montón de llamadas perdidas de Andrés. Seguro que sabe que salimos —explicó algo incómodo.
   —¿Qué tiene de malo? ¿Acaso estamos prisioneros? —preguntó medio en broma Natasha aunque en el fondo así lo creía al igual que todos.
   —Claro que no, pero me llevé su barco sin permiso y fue claro en que era mejor que Esteban no se exponga —dijo, mientras escribía un mensaje de texto.
   —¿Por qué Teby es tan importante? ¿Acaso está en un programa de protección de testigos o algo así? —preguntó Sasha, al tiempo que me observaba con los ojos entrecerrados.
   El pelirrojo miró a su hermana. Era más que evidente que el misterio que me rodeaba les molestaba. Sin embargo, mi vida dependía de ello. Los comprendía, pero al mismo tiempo sabía que si mi padre y Sebastián no les habían revelado toda la verdad debían de tener sus razones. Tal vez no podía confiar en ellos.
   —Es complicado —se limitó a decir  Sebastián sin apartar la vista de su teléfono.
   —¿Cómo pudo saber que nos fuimos de la isla? ¿Se lo dijo Ailén? Esa chica nunca me agradó —interrogó Natasha y su rostro se puso tenso.
   Me preguntaba por qué a mi amiga no le agradaba la recepcionista. Siempre había sido amable con nosotros y Tamara incluso se había vuelto bastante cercana a ella.
   —Lo más probable es que haya revisado las cámaras de seguridad —respondió Sebastián.
   —¿Dónde están las cámaras? ¿Andrés no estaba en Buenos Aires? —le preguntó Tamara al muchacho sumándose al interrogatorio.
   —Sí. Está en Buenos Aires, pero las cámaras de seguridad que están ocultas por toda la isla le envían las imágenes directamente a su celular. Nos vemos más tarde, chicos. Voy a llamar a Andrés —se despidió Seb con una sonrisa tensa y se marchó dando grandes zancadas.
   El enojo de mi padre, la actitud de Sebastián y saber que había cámaras escondidas por todo el hotel no hacían más que confirmar que estaba atrapado en la isla. Tal vez si hubiera tenido efectivo disponible o algún lugar a donde ir hubiese huído. Sin embargo, lo quisiera o no, aquel sitio se había convertido en mi prisión, pero también era mi hogar. Amaba y odiaba aquel lugar con la misma intensidad.
   Una vez en la recepción, Sasha y Natasha se despidieron de nosotros y subieron a su habitación. Miré a mi alrededor tratando de adivinar en dónde estaban las cámaras que Sebastián había mencionado, pero no se veían a simple vista.
   —Tienen que ser más cuidadosos —dijo Ailén acercándose a Tamara.
   La miré extrañado. No entendía a qué se refería. Siempre actuaba de forma muy enigmática y quizás por eso no le agradaba a Natasha.
   —Esta isla obviamente está protegida, pero cuando usan sus poderes quedan huellas en el plano astral. Sé que es necesario que no te rastreen y realmente espero que no sea demasiado tarde. Quizás sientan que el señor Rochi exagera, pero me habló sobre su antiguo aquelarre y realmente creo que es mejor que no captemos su atención —dijo Ailén, pero un crujido en uno de los ventanales de la entrada la detuvo.
   Una rajadura comenzó a ramificarse por el vidrio. Los tres nos alejamos lo suficiente como para no hacernos daño si se rompía. Me pregunté si se trataba de una advertencia o si quizás era una amenaza. Algo en mi interior me decía que no podía tratarse de un simple temblor.
   Tomé de forma instintiva a Tamara del brazo. Quería protegerla de lo que fuera que se avecinaba. Esperaba que no hubiéramos atraído la atención del grupo de Amaia. ¿Qué sucedería si por nuestra  imprudencia nos rastreaban? Aún nos faltaba muchísimo por aprender y sentía que solo mi padre era capaz de protegernos, pero en ese momento se encontraba muy lejos.
   —Solo estén atentos y tengan cuidado. Es mejor que no hagan magia. Por lo menos hasta que regrese Andrés —dijo Ailén con la mirada perdida en el cielo amenazador.
   —Dijiste que esta isla está protegida... —comencé a decir, pero Tamara me detuvo.
   —Ailén tiene razón. No se puede posponer eternamente lo inevitable —explicó y apretó mi mano con más fuerza.
   Un escalofrío recorrió mi cuerpo y no pude evitar recordar la profecía de Ailén: “Cuando en la noche oscura, desde lo profundo del lago, luces tenues y tenebrosas surjan cual ánimas que vagan y las aves del bosque huyan. Cuando ya ni los grillos canten, un temblor de la tierra anunciará su llegada. Nada bueno traerá, solo el mal en su mirada.” Las luces que vimos emerger del lago y aquellos temblores que sentimos tenían que estar relacionados con ella. ¿Quién llegaría? ¿Se trataría de Amaia o quizás sería algo o alguien más?

viernes, 6 de noviembre de 2020

Capítulo 23: Isla Huemul

Capítulo 23: Isla Huemul

   Mi padre me explicó en un mensaje de voz que Susana se encontraba mejor y que permanecería algunos días con ella en Buenos Aires. Sus palabras tranquilizadoras y la ilusión que tenía de pasar un día entero lejos del hotel habían sido motivo suficiente para mejorar mi humor.
   A la mañana siguiente, para convencer a los padres de Tamara de que la dejaran salir fue necesario fingir que teníamos autorización de mi padre para abandonar la isla. A pesar de que Alan no parecía muy contento con la idea, no se atrevió a cuestionar  las decisiones de Andrés Rochi.
    Tamara se puso muy feliz con la sorpresa de la salida y se alegró aún más cuando le dije que mi madre se encontraba mejor. La conocía bien y sabía que no podía evitar sentirse culpable ante cualquier cosa que le ocurriera a Susana.  
   —¡Es genial que tu padre  nos haya dado permiso para salir! Comenzaba a pensar que nos tenía prisioneros —dijo divertida, aunque era más que obvio que lo decía en serio.
   Asentí con la cabeza. No quería preocuparla al revelar que le había mentido a su padre. Había muchas posibilidades de que mi padre se enterara al regresar de su viaje, pero seguramente Sebastián podría lidiar con él.
   Al salir del hotel nos recibió un día cálido y soleado. Sebastián estaba preparando las velas del Salomón III y Sasha conversaba con su hermana que estaba sentada en la barandilla del barco. Llevaba  un sombrero blanco y un vestido que dejaba al descubierto un enorme tatuaje de un dragón violeta que surcaba su espalda. Un apretón fuerte en la mano fue la advertencia que necesitaba para saber que si no apartaba la vista de Natasha, Tamara me mataría. Sasha, por su parte, llevaba una mochila de camping tan grande como él.
   Tamara y yo saludamos a los muchachos que nos mostraron el velero antes de zarpar. Era muy elegante y contaba con un camarote equiparable a una suite de lujo. Sebastián y Natasha podrían haber tenido la cita perfecta de no haber sido por nosotros tres.
   —Si mi profesión de mago fracasa, no me disgustaría convertirme en un pirata —bromeó Sasha, antes de subir a cubierta.
   Me senté junto a Tamara en una banca detrás del timón. Sebastián parecía muy concentrado en sus maniobras y poco a poco nos alejamos del hotel. Esperaba que supiera lo que hacía y que su permiso para manejar barcos fuera más real que mi carnet de conducir.
   Sasha se arrodilló sobre su asiento y se asomó por la borda, mientras que Natasha sonreía detrás de unos enormes lentes de sol en los que veía mi reflejo. Llevó la vista a la espalda de Seb y dijo:
   —Siento como si nos fuéramos de vacaciones. Podríamos ir al centro de Bariloche, recorrer negocios y quizás ir a tomar algo.
   —¡Nada de eso! —exclamó Sasha acomodándose en su asiento—. Yo quiero ir a la isla Huemul.
   —¿Seb? —agregó Natasha, buscando apoyo.
   —Vayamos a la isla Huemul esta vez. No quiero tener problemas con Andrés y no sé si va a dejar que Teby vaya a la ciudad —dijo como si yo fuera un niño que necesitaba que lo protejan.
   —¡No necesito ningún permiso! —espeté molesto.
   —Yo conduzco e iremos a la isla Huemul. Si no quieren venir puedo regresarlos al hotel —dijo tajantemente.
   No repliqué, pero fulminé su nuca con la mirada. Había quedado en evidencia el desprecio que sentíamos el uno por el otro.
   Algunos besos de Tamara y el entusiasmo de Sasha por armar una sesión de espiritismo en cuanto llegáramos a la isla Huemul acabaron por hacer que dejara de lado mi enfado.
   —¿Qué vamos a hacer exactamente? —le preguntó Tamara al pelirrojo.
   —Bueno, sos la medium del grupo, así que vos nos guias —dijo el niño con total convicción. 
   —¿Yo? —preguntó, alzando las cejas con sorpresa.
   —Sí. Ya hablaste con fantasmas antes y estoy seguro de que podés hacerlo de nuevo —insistió Sasha.
   —No es tan sencillo. No siempre sale muy bien y no traje lo necesario para hacerlo —se excusó. 
   —No te preocupes. ¿Qué necesitás? Traje varias cosas y estoy seguro de que tengo todo lo que puedas necesitar —dijo, al tiempo que palmeaba la enorme mochila que tenía al lado.
  Tamara dudó algunos segundos, pero finalmente aceptó:
   —Esta bien. Necesitamos velas y sal.
   —¿Sólo eso? Entonces, no hay problema —añadió muy emocionado.
   Al llegar a la isla, Sasha estaba tan ansioso por empezar con la sesión espiritista que casi no tuvimos tiempo de recorrer el lugar. Nos acomodamos cerca de las ruinas de una construcción a la que la naturaleza le había ido ganando terreno. Era un sitio bastante tenebroso y según el pelirrojo un lugar propicio para invocar a los muertos.
   —Estas paredes fueron testigos de muchas cosas. Si la isla no está embrujada, yo no me llamo Sasha. ¿Qué hacemos primero, Tamy?
   Hagamos un círculo de sal y entremos dentro, así si lo que invocamos es algo maligno, no podrá hacernos daño. Luego encendamos algunas velas porque los espíritus se sienten atraídos hacia las llamas. Los fortalece si se alimentan de ellas —explicó Tamara.
   —Atraerlos con el fuego y espantarlos con la sal. ¿Para qué tentarlos y luego alejarlos? ¿No les parece algo cruel? —preguntó Sasha, mientras sacaba de su mochila un paquete de sal, un encendedor y velas negras.
   —Porque no te gustaría que te posean, tontín —agregó Natasha.
   Sasha miró a Tamara que asintió con la cabeza corroborando las palabras de su amiga. A continuación, tomó la sal que le ofrecía el niño e hizo un círculo a nuestro alrededor. Había cinco velas y cada uno de nosotros tomó una. Tamara encendió la suya y con ella encendió las demás, yendo en el sentido inverso al de las agujas del reloj.
   Comenzó a susurrar palabras en un lenguaje que yo no conocía, pero que tenían cierta rima y melodía. Pocos segundos después Sasha empezó a imitarla y luego el resto. Repetíamos las palabras de quien se había vuelto nuestra líder quizás sin siquiera proponérselo. No sabía qué significaba aquel cántico que nos había incitado a hacer, pero confiaba en ella y la hubiera seguido hasta el fin del mundo.
    Cuando Tamara terminó el conjuro, los demás guardamos silencio. El aire era denso y las nubes amenazaban con cubrir el sol. Los sonidos típicos de la naturaleza habían desaparecido por completo. Mi novia miraba la llama de su vela que danzaba, mientras que algunas gotas de cera negra caían sobre la tierra.
   Un escalofrío recorrió mi espalda al escuchar crujidos bajo la tierra. A varios metros de donde nos encontrábamos el agua del lago estaba inquieta como si quisiera advertirnos de algo.
   —¿Escucharon eso? —preguntó Natasha en un susurro.
   Asentí con la cabeza y tragué saliva. El sonido de un penoso lamento se extendía por la isla. Era muy diferente al llanto de una banshee. Parecía no provenir de ningún sitio y al mismo tiempo nos rodeaba.
   —Dicen que los alquimistas Nazis habían encontrado las puertas del infierno. ¿Creen que sea acá? —Sasha parecía divertido, pero francamente yo estaba bastante asustado.
   —No creo, pero por las dudas vayamos volviendo... —sugirió Natasha.
   Sebastián estuvo a punto de abandonar el círculo de sal, pero un grito de Tamara lo detuvo:
   —¡No! Tenemos que terminar el ritual —dijo y pronunció algunas palabras en el lenguaje de la magia.
   —Perdón —agregó Sebastián, regresando a su lugar dentro del círculo.
   —¡Qué nada se oponga a nuestra voluntad ni a la voluntad del ser superior! !Ya está hecho! —dijo Tamara para finalizar y las velas se apagaron todas al mismo tiempo.
   Los lamentos cesaron y el único sonido que se escuchó durante algunos segundos fue el susurro de las copas de los árboles acariciadas por la brisa. Una vez que Tamara abandonó la protección de sal, todos la seguimos. 
   Quería regresar al hotel cuanto antes y no era el único, todos parecían incómodos. Las ruinas pintadas de color añejo y los pinos centenarios habían sido testigos de la ambición y de la maldad del ser humano. No podía explicar qué era lo que allí había sucedido, pero se trataba de algo realmente malo y ya no quería averiguarlo. Sentía que algo o alguien nos estaba vigilando y todos mis sentidos me instaban a salir de allí lo más rápido posible. Solo cuando comenzamos a navegar y nos alejamos de la isla, fui capaz de relajar mis hombros. 
   Tamara observaba el agua apoyada sobre la barandilla del barco. La rodeé con un brazo por la cintura y llevé mi mirada hacia  donde ella estaba mirando. El agua era perturbada a nuestro paso, pero había algo inusual en la estela que dejábamos.
   —¿Qué es eso? —preguntó Sasha y todos, incluído Sebastián, miramos en la dirección que  el pelirrojo estaba señalando.

   Una enorme burbuja luminosa salió del agua y permaneció flotando durante algunos segundos sobre la superficie antes de desaparecer. Una fracción de segundo después apareció otra y luego otra más. En instantes una gran parte del lago liberaba esferas de luz que pronto desaparecían. Aquel fenómeno duró menos de un minuto, pero estaba seguro de que jamás podríamos olvidarlo.

viernes, 30 de octubre de 2020

Capítulo 22: Salgamos

Capítulo 22: Salgamos

   Necesitaba hablar con mi padre para poder aclarar mi mente. Me aferraba a la idea de que Susana estuviera con vida. El miedo se arremolinaba en mi interior y oprimía mi pecho.    Susana me había criado y protegido. Había arriesgado su vida por mí e incluso después de lo que le había hecho, volvía para advertirme del peligro que Crisy representaba. En ese momento creí que su espíritu me había perdonado, aunque luego reflexioné en que ella no sabía lo que le habíamos hecho aquella tarde con la vela negra.  
   Cuando Tamara y yo entramos en la recepción del hotel, Ailén nos estaba esperando. Tenía el ceño ligeramente fruncido y una mirada que me dejó paralizado por una fracción de segundo.
   —¿Sabés en dónde está Andrés Rochi? —pregunte con hosquedad.
   Ella asintió con la cabeza y buscó refugio por un momento en la mirada de Tamara. 
   —Tengo que hablar con él —añadí.
   —Andrés viajó hacia Buenos Aires. Llamaron de la clínica en la que está internada tu madre. Me dijeron por teléfono que tuvo un infarto, pero ya se encuentra estable. Tu padre fue a verla —dijo con cautela.
   —Se pondrá bien. Es una mujer fuerte —dijo Tamara e intentó tomar mi mano, pero me aparté.
   Sus palabras me parecieron vacías en ese momento. No podía saber si mi madre iba a recuperarse o no. Seguramente solo lo había dicho porque en ese momento le había parecido lo correcto. Podía ver en sus ojos negros que mi reacción la había herido, pero ella no podía entender cómo me sentía. No necesitaba su compasión. Prefería estar solo. Nadie intentó detenerme cuando me fui a mi habitación.
   Estaba enfadado con mi padre porque no me había llevado con él. Estaba claro, que Susana había recuperado sus recuerdos y era posible que Andrés Rochi quisiera encargarse de ellos. Esperaba que no le hiciera daño, después de todo había asesinado a sus mejores amigos.
   Me senté en la cama y respiré profundo. Había estado apretando los puños con tanta fuerza que me había hecho daño en las palmas de las manos. Tomé el teléfono celular de la mesita de luz. Como la señal era intermitente en la isla y todas las personas con las que hablaba solían estar en el hotel, rara vez lo llevaba encima. Le envié un mensaje a mi padre para que me informara de cualquier novedad y esperé algunos minutos con la pantalla desbloqueada.
   No salí de mi habitación hasta la hora de la cena. No quería enfrentarme con Tamara. Me encontré con mis amigos en el salón comedor. Tal y como esperaba, mi novia no estaba allí. Me senté junto a Sasha y los saludé. Natasha me miraba con recelo, pero no dijo nada. Era probable que mi novia hubiera hablado con ella antes.
   Noté que Sebastián tenía el brazo apoyado en el respaldo de la silla de Natasha. Posiblemente ya habían comenzado a salir. No quería responder preguntas incómodas sobre lo que había pasado por la tarde así que me esforcé en ser simpático y fingir que me interesaba por ellos.
   —Siempre he dicho que ustedes dos hacen una hermosa pareja. Me alegra ver que por fin están juntos —comenté en tono casual.
   El rostro pálido de Natasha se tiñó de un adorable rosado. Sebastián se removió en su asiento y agregó:
   —Gracias. Es todo muy reciente y por eso no habíamos dicho nada.
   —No me parecen del todo horribles —dijo Sasha y se encogió de hombros.
   Natasha sonrió con timidez y pareció relajarse. Parecía importante para ella que el niño aceptara su relación. 
   —Un día de estos, podríamos tener una cita doble. Si Tamara y vos están de acuerdo, podemos ir al centro de Bariloche o a la confitería giratoria del Cerro Otto —sugirió Sebastián.
   Antes de que pudiera responder. Sasha arrojó un pan que dio de lleno en la frente del muchacho antes de caer al piso.
   —Esteban y Tamara no aceptarían nunca algo así. No es justo que me abandonen solo por estar soltero. No dije nada cuando dijeron que mañana irían a la isla Huemul, porque pensé que iban a ir solo ustedes. ¡Sin embargo si van a invitarlos a ellos, yo quiero ir! —espetó Sasha con el ceño fruncido.
   —Suena divertido —comenté.
   Era completamente consciente de que estábamos interfiriendo en su primera cita, pero hacía casi un año que no salía de la isla. Si no despejaba mi mente de los problemas que me agobiaban, pronto explotaría. No importaba a dónde, pero necesitaba irme aunque fuera por un día. Sebastián tenía licencia para conducir barcos. Tal vez era la única ruta de escape que tenía, si no quería remar durante horas en el bote de Tamara.
   Natasha y Sebastián se miraron incómodos.
   —¡Por favor! Estoy cansado de estar siempre en el mismo lugar. Va a ser divertido… escuché que los nazis hacían experimentos paranormales allí. Con un poco de suerte podríamos asustar al espíritu de Hitler, o algo —rogó el pelirrojo.
   Todos nos reímos por su ocurrencia y me olvidé por un momento de mi mal humor.
   —Llevemos a los chicos. Será divertido que hagamos una salida todos juntos. Justo ayer comentábamos con Tamy que es exasperante estar tanto tiempo en un mismo lugar. Otro día podemos salir los dos solos —añadió Natasha mirando a Sebastián con sus ojos lilas cargados de ternura.
   —Está bien. Pueden venir —aceptó Seb con resignación.
   —¡Genial! —exclamó Sasha y me chocó los cinco. 

   Si la amistad pudiera sumar puntos, en ese momento habría sumado algunos con el pelirrojo y restado otros tantos con Sebastián. Natasha parecía contenta. Quizás la asustaba quedarse a solas con su nueva pareja. La peor parte de mi ser se alegraba por haber frustrado esa cita.   

viernes, 23 de octubre de 2020

Capítulo 21: El rostro del agua

Capítulo 21: El rostro del agua

   Alguien llamó a la puerta de mi habitación. Entreabrí los ojos adormilado y distinguí la insinuación de las primeras luces del amanecer filtrándose por mi ventana. Me desperecé e hice un gran esfuerzo por abandonar la calidez que me proporcionaban las mantas blancas de la cama. Los párpados me pesaban y necesité hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para poder levantarme. Llegué hasta la puerta arrastrando los pies y abrí sin preguntar quién estaba al otro lado.
   Me sorprendí al ver a Tamara allí. Estaba tan hermosa como siempre, mientras que yo en pijama y despeinado debía presentar un aspecto lamentable. No me había molestado ni siquiera en lavarme la cara ni los dientes. La saludé con un beso en la mejilla y me hice a un lado para que pueda ingresar. 
   Habíamos dicho que nos contaríamos las novedades en cuanto supiéramos algo, pero supuse que podíamos esperar a la hora del desayuno para hacerlo.
   —Esta madrugada hablé con Natasha —dijo y se sentó en la misma silla en la que lo había hecho mi padre la noche anterior. 
   Me acomodé frente a ella y comenté:
   —Yo conversé con Sasha sobre lo que mi padre le dijo a Sebastián. 
   Distinguí un atisbo de decepción surcando su rostro. Tal vez quería tener la primicia de la noticia. No mencioné la conversación que había tenido con Andrés Rochi. No estaba seguro de cómo evitar decirle la verdad y me desagradaba la idea de mentirle a la única persona en la que solía confiar. Temía lo que podía ocurrir si el pasado salía a la luz.
   Compartimos la información que los hermanos Narov nos habían dado y salvo detalles insignificantes, como que Natasha recordaba bien el nombre de Amaia, ambos habían dicho exactamente lo mismo. 
   —Estoy segura de que Andrés miente. Perdón si dudo de la palabra de tu padre, pero no entiendo por qué seguiría con el grupo de la mujer que intentó matarlos a él y a sus amigos. Crisy es mucho más joven que Sebastián, así que Andrés tuvo que haber seguido varios años más respondiendo a las órdenes de esa mujer —agregó.
   —Eso no quiere decir que mi padre sea un asesino —dije a la defensiva, aunque sabía que efectivamente lo era.
   —No, claro que no. Sin embargo, vos sabés algo más —añadió con sus ojos negros clavados en los míos. 
   —Después de hablar con Sasha, mi padre y yo tuvimos una conversación —confesé.
   —¿Qué te dijo? —insistió.
   —Se separó de su aquelarre por algún tiempo, pero Susana seguía allí y él quería protegerla. Fingió estar de acuerdo con los intereses del grupo para que Amaia lo aceptara de nuevo. Prometió que esta vez sería útil y ella perdonó su vida. Su herencia mágica la cautivaba y supongo que quería tener una hija con él. Ahora desea rescatar a Cristina, pero no es sencillo acercarse a mi madre biológica —le mentí, mirándola a los ojos. 
   Mi voz se escuchó firme y hablé sin titubear. Mis palabras reflejaban la historia que me hubiera gustado que ocurriera realmente. Un pasado en donde mi padre fuera bueno. En donde no fuera un asesino. 
   —¿Crees que haya sido honesto con lo que dijo? —preguntó con poco tacto.
   —Estoy seguro de eso —me limité a decir.
   —Confío en tu instinto. Voy a desayunar con mis padres. Si querés vamos al lago más tarde. Parece que el día va a estar lindo —dijo mirando el cielo a través del cristal de la ventana. 
   —Está bien —agregué.
   Tamara se demoró algunos segundos en ponerse de pie. Quizás esperaba que le dijera algo más.
   —Nos vemos —dijo al levantarse y me dio un beso en la frente, dado que yo aún me encontraba sentado. 
   Se fue y cerró la puerta tras ella. Me sentía terrible por haberle mentido, pero no tenía otra opción. Ahora era demasiado tarde para enmendar mi error.
   Me demoré bastante en bajar al salón comedor y cuando lo hice tan solo encontré a Sasha disfrutando de un submarino con chocolate extra y de unos cañoncitos rellenos con dulce de leche. Me preguntaba cómo alguien podía comer tanto y ser tan menudo como él.
    —Hola —me saludó con la boca llena. 
   —¿Cómo estás? ¿Supiste algo más sobre Sebastián? —pregunté.
   —Bien. Sigue triste, aunque quizás solo está fingiendo para acaparar la atención de mi hermana. Ahora están desayunando solos y hablando de “temas personales” —agregó, dibujando comillas con los dedos.
   —Ya me parecía que a Seb le interesaba Natasha —comenté y me serví un poco de jugo de naranja. 
   Sasha resopló y dijo:
   —¡Era obvio! Seb es un buen amigo y no me molestaría que se convierta en mi cuñado. Sin embargo, si se pelean todo sería muy incómodo —confesó.
   Seguimos conversando de nimiedades hasta que terminamos de desayunar. 
  —Voy a ver si puedo escuchar la conversación que están teniendo Seb y Nati. ¿Venís? —agregó con una sonrisa pícara dibujada en el rostro.
   —No, yo paso —dije, riendo apenas.
   Muy en el fondo sentía algo de pena por mis amigos, pero aquellos pequeños actos malvados de Sasha eran parte de su marca personal y me divertían bastante. 
   —Bueno, después te cuento —dijo a modo de saludo y se fue casi corriendo.
   Pasaron unos pocos minutos hasta que Tamara me encontró. Me puse de pie y le di un fugaz beso en los labios. Unas mujeres octogenarias hicieron un comentario despectivo cuando pasaron por nuestro lado para buscar una mesa. Las ignoramos y salimos del hotel tomados de la mano.
   —Tengo una sorpresa —dijo, emocionada. 
   —¿Una sorpresa para mí? ¿Qué es? —pregunté, con curiosidad y besé su mejilla sin detener el ritmo de nuestra caminata.
   —Ya vas a ver —agregó, con misterio.
   Me guio hasta el muelle, en donde nos esperaba una canoa.
   —¡Genial! ¿Cómo la conseguiste? —exclamé, mientras ella me alcanzaba un chaleco salvavidas.
   —Ailén me ayudó —dijo y le di la mano para que subiera al bote.
   No hacía calor ni frío y el sol parecía brillar solo para nosotros. Pasamos la mañana navegando por los alrededores de la isla, conversando y sobre todo besándonos.
   Estábamos en el medio del lago. Podíamos distinguir a los turistas que disfrutaban del paisaje que les ofrecía el puerto de Bariloche. Me parecía que habían pasado un millón de años desde que había llegado a la ciudad. Llevaba puesta la campera de cuero negra que me había obsequiado mi padre aquel día. Tamara me sacó de mis pensamientos arrojándome unas gotas de agua helada. Mientras me secaba los ojos con el dorso de la mano y ella reía, me quejé:
   —¿Por qué hiciste eso? 
   —Estabas muy serio y fue muy tentador. No me odies ni te vengues de mí —dijo, divertida y cubriéndose la cara al notar que me preparaba para arrojarle agua.
   Desistí de la idea y en lugar de mojarla, me concentré en crear pequeñas ondas que se expandían alrededor de mi mano que permanecía a algunos centímetros de la superficie del lago, pero sin llegar a tocarlo.
   —¡Buenísimo! Quiero intentarlo —dijo Tamy, pero empalideció y sus hombros se tensaron.
   Observé el punto fijo del agua en el que ella estaba mirando y me sobresalté al ver el rostro de Susana. Sus mejillas estaban pálidas y finas ojeras se extendían debajo de sus ojos claros. 
   —¿Mamá? —murmuré.
   Solo se veía su rostro. A su alrededor la rodeaba una sustancia que se expandía por el lago como si fuera una mancha de tinta negra.
   —¡No se acerquen a Cristina! —gritó, antes de esfumarse en la oscuridad.
   Paulatinamente el lago recuperó su color cristalino y solo entonces desvié mi vista de allí y observé a Tamara. 
   Las palabras de Susana habían sido claras y me habían helado la sangre. Hacía tiempo que no soñaba con Crisy y hasta donde yo sabía, Tamara tampoco.
    —¿Por qué habrá dicho eso? Mi padre me dijo que ella jamás me recordaría… —dije, confundido.
   —¿Crees que Susana esté… muerta? —preguntó Tamara.
   Su palabras resonaron en mi mente y por más que lo intentaba el rostro espectral de mi madre seguía allí cuando cerraba los ojos.

   ¿Acaso mi padre me había mentido con respecto a Susana? ¿Sería posible que hubiese estado muerta todo este tiempo? ¿Andrés Rochi sería capaz de asesinarla? Una parte de mí conocía todas las respuestas. 

viernes, 16 de octubre de 2020

Capítulo 20: La verdad

Capítulo 20: La verdad

   Caminé junto a Tamara por los alrededores del hotel hasta que las estrellas y la oscuridad comenzaron a reinar en el cielo. Empezaba a refrescar y estaba claro que ni su padre ni nuestros amigos iban a regresar. 
   —Mi madre se enojará, si no voy a cenar con ella pronto. Si averiguo algo sobre lo que sucedió con Sebastián, te lo contaré mañana —prometió Tamara. 
   Asentí con la cabeza y nos dirigimos hacia el sendero de piedras que llevaba hasta la entrada principal.
   Habíamos estado conversando toda la tarde acerca de lo que Sebastián había dicho bajo hipnosis. También especulamos sobre la conversación que habrían tenido él y mi padre aquella tarde. No tenía caso seguir dándole vueltas al asunto. Todo apuntaba a que Andrés Rochi había envenenado a sus supuestos mejores amigos y se había llevado a su pequeño hijo.
   Me despedí de Tamara con un beso tierno pero rápido al pie de las escaleras y me dirigí hacia el comedor. Cuando ingresé al salón busqué con la mirada entre las mesas algún rostro conocido, pero tan solo me encontré con algunos turistas que disfrutaban de la cena. 
   Tomé asiento en la primera mesa vacía que encontré. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía realmente solo. Me asustaba no saber qué pasaría con mis amigos a partir de ese momento. Sentía que nuestros destinos dependían en gran medida de lo que mi padre le hubiera dicho a Sebastián. 
   Un camarero me alcanzó el menú y se marchó. No necesitaba leerlo, conocía la lista de platillos prácticamente de memoria. Aún así me demoré pasando las páginas una a una. Quería hacer tiempo por si alguno de los chicos decidía bajar a cenar. Como si con mis pensamientos lo hubiera invocado, Sasha se sentó frente a mí con una sonrisa de oreja a oreja en su pecoso rostro.
   —No tenés por qué tener esa cara tan larga. ¡Andrés Rochi no es un asesino! —exclamó tan fuerte que los comensales de la mesa contigua se voltearon para vernos. 
   —No grites y contame que pasó —añadí en voz baja para que solo él pudiera oírme.
   —Bueno, resulta que el vino sí fue lo que mató a los padres de Sebastián, pero no fue tu padre el que colocó el veneno. Es más, Andrés también tomó una copa y corrió al baño para vomitar en cuanto comenzó a sentirse mal —explicó Sasha controlando el tono de su voz.
   Estaba a punto de hablar, pero me interrumpió y siguió contando la historia:
   —¡Eso no es todo! La botella se la había dado Amelia, la líder de su aquelarre.
   —Amaia —lo corregí con un hilo de voz. 
   Todo comenzaba a cobrar sentido. Él no envenenaría a sus amigos, mientras que la maldad de mi madre biológica no tenía límites. Sin embargo, en ese momento aún no había nacido Cristina. ¿Por qué Andrés Rochi había decidido tener una hija con alguien que intentó matarlo?
  —Creo que era Amelia, pero no importa. Lo importante es que ella es la mala de la historia y que Andrés se salvó y pudo encargarse de cuidar a Sebastián. Amelia debe ser una mujer muy fuerte, porque hasta tu padre le teme —comentó y se detuvo cuando el camarero regresó para tomarnos el pedido. 
   —¿Qué les gustaría comer? —preguntó el muchacho, sacando una pequeña libreta del bolsillo de su delantal.
   —Quiero una milanesa napolitana con papas fritas y una gaseosa —agregó Sasha con entusiasmo. 
   —Lo mismo que él —añadí, puesto que había olvidado por completo la cena y no podía pensar en comida en ese momento.
   Una vez que el muchacho se marchó con nuestra orden, interrogué a Sasha:
   —¿Dónde están Sebastián y Natasha?
   —Se quedaron en nuestra habitación. En cuanto terminó de hablar con Andrés, Seb vino a contarnos lo que sucedió. Los recuerdos removieron muchas cosas en su interior. No me malinterpretes, se alegra de que el hombre que lo crio no sea un asesino, pero supongo que recordar a sus padres fue duro para él. Natasha es mejor para consolar a las personas que yo. Además, me moría de hambre, así que bajé a cenar —explicó el niño. 
   Después de comer, me despedí de Sasha y subí a mi habitación. Me recosté en la cama sin deshacer y fijé la vista en el techo. Entendía que la historia de mi padre hubiera sido suficiente para tranquilizar a mis amigos, pero yo sabía que él no había abandonado el aquelarre de Amaia hasta mucho tiempo después del asesinato de los Koiné.
   No estoy seguro de cuánto tiempo llevaba acostado, cuando alguien llamó a la puerta. Me sobresalté apenas y me incorporé. Esperaba que se tratara de Tamara, porque solo a ella podía manifestarle mis inquietudes. Sin embargo, al abrir me encontré con mi padre. 
   —¿Puedo pasar? —preguntó con el rostro sereno.
   Me hice a un lado para que ingresara y cerré la puerta detrás de él. Acomodó dos sillas de madera y ambos nos sentamos enfrentados. Tenía el presentimiento de que no me gustaría escuchar lo que diría y no me equivocaba. 
   —Supongo que ya hablaste con alguno de tus amigos sobre lo que conversé con Sebastián—dijo, con sus ojos verdes clavados en los míos.
   —Sasha me contó lo que le dijiste —confirmé y mi voz sonó algo áspera.
   —Eso imaginé y por eso vine. Quiero intentar explicarte por qué le mentí y por qué me vi obligado a hacer lo que hice. No intento justificar mis actos, pero necesito que sepas cuáles fueron mis razones —soltó sin más y aunque una parte de mí lo sabía, escucharlo de sus propios labios fue como un balde de agua fría. 
   —¿Por qué? —me limité a decir.
   Los ojos de mi padre reflejaban auténtica tristeza. Se tomó unos segundos hasta encontrar las palabras adecuadas y luego respondió:
   —Algunas veces, uno tiene que hacer lo necesario para proteger a su propia familia. Eduardo Koiné me ayudó a hacer el intercambio cuando naciste. Era mi mejor amigo y una de las pocas personas que sabía que el niño al que sacrificamos no era mi hijo. Aunque siempre creí que era la última persona en el mundo que me traicionaría, le contó a su mujer lo que habíamos hecho. Sé que no lo hizo con malas intenciones, pero Eliana temía lo que podía llegar a hacer Amaia si se enteraba que le mentimos. Intentó convencerme de que le diga la verdad a nuestra líder. Quizás si me mostraba arrepentido, ella tendría piedad de nosotros... Llevar ese vino fue mi última opción. Intenté hacer que Eliana entrara en razón. Si manteníamos el secreto, estaríamos a salvo. No había ningún motivo para que alguien sospechara que alteramos el sacrificio. Lamentablemente, ignoró mis palabras y pude ver en sus ojos que si no la detenía, me iba a traicionar. Eduardo, que se había mantenido al margen hasta el momento, propuso que intentemos serenarnos bebiendo un poco de vino... Sin la certeza de lo que Eliana era capaz de hacer, no hubiera dejado que él llenara nuestras copas. Fue lo más difícil y doloroso que hice en toda mi vida. Bebí junto a ellos para que no sospecharan nada y poco después intenté vomitar el veneno. No sabía si aquello sería suficiente para sacarlo de mi organismo... Una parte mía murió junto a ellos esa noche. Como padrino de Sebastián fue sencillo convertirme en su tutor legal. Intenté ser un buen padre para él, porque por mi culpa Seb había perdido al suyo. También fue una forma de llenar el vacío que me producía haber renunciado a vos.
   Me debatí internamente sobre si debía gritarle en la cara que era un asqueroso asesino o si intentar ponerme en su lugar y entender porqué había tomado esas medidas. No solo había matado a sus amigos, sino que también había sacrificado a un bebé inocente. Todos ellos habían muerto en mi lugar. Me preguntaba por qué mi vida valía más que la de ellos.
   —Podés contarle la verdad a Sebastián, pero intentá no dañarlo demasiado. Después de todo, soy la única familia que tiene —dijo y se levantó de su asiento cabizbajo.
    Lo observé en silencio durante algunos segundos. Comenzó a caminar hacia la puerta y manifesté mi decisión antes de que atravesara el umbral de la puerta: 
   —No le voy a decir nada.

   Esperaba no arrepentirme de mis palabras. Mantendría oculto su oscuro secreto. No le revelaría la verdad a Sebastián ni hablaría de ello con nadie, ni siquiera con Tamara. Lo que había hecho mi padre era una aberración, pero no había tenido otra salida y lo había hecho por mí. Si sus acciones salían a la luz, no solo Sebastián sufriría, sino que mis amigos y mi novia podían marcharse para siempre del hotel. No podía permitir que algo así ocurriera. Los necesitaba conmigo y no estaba dispuesto a renunciar a ellos por algo que había sucedido hacía más de quince años. 

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...