viernes, 11 de diciembre de 2020

Capítulo 28: Sombras en el crepúsculo

Capítulo 28: Sombras en el crepúsculo

    Las cenizas reinaban en la isla desde los últimos días y a pesar de nuestros intentos de que no entraran al hotel, se filtraban por doquier. Me ardían los ojos y mis heridas estaban tardando mucho en cicatrizar. Sasha se había recluido en su habitación con problemas respiratorios y su hermana lo acompañaba.
   Aquella tarde Tamara y yo nos reunimos en la biblioteca. Nos encontrábamos sentados en el piso con la espalda apoyada sobre la pared. Ella me estaba leyendo un texto antiguo sobre magia celta en voz baja cuando Ailén entró y corrió hacia a nosotros tan rápido como sus tacones se lo permitían.
   —¿Qué pasó? —dije, frunciendo el ceño. 
  Temí por un momento que la condición de Susana hubiera empeorado.
   —Miren —señaló el exterior a través de una ventana.
   Me incorporé y miré hacia el lago. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y se me erizaron los vellos de la nuca.
   —¡No puede ser! —exclamó Tamara que también se había puesto de pie y observaba la escena con horror.
   Envueltas en cenizas, se acercaban seis balsas de madera cuyos integrantes vestían de negro. Distinguí en uno de los botes a una mujer con el cabello negro hasta la cintura junto a una niña que yo conocía muy bien. Crisy y mi madre nos habían encontrado. El terror me había paralizado por completo y no me dejaba pensar con claridad.
   —Tamara, avisales a tu padre y a los demás —ordenó Ailén.
   Mi novia observaba a Crisy y a mi madre y su rostro estaba tan pálido como la muerte misma.
    —¡Rápido! —gritó Ailén.
   Tamara pareció reaccionar y salió corriendo de la biblioteca. Las cenizas danzaban amenazantes en el exterior anunciando el cumplimiento de mis peores pesadillas. La puesta del sol teñía al cielo y al lago de una inquietante tonalidad rojiza.
   —¡Vamos!  Te llevaré con mi abuelo. Él sabrá qué hacer hasta que pueda llegar Andrés —dijo Ailén y me arrastró de la mano.
   Me llevó a través de la biblioteca, de la recepción y del salón comedor. Detrás de cada ventana por la que pasábamos podía distinguir al séquito de mi madre cada vez más cerca. El hotel parecía vacío y estaba envuelto en silencio. Me pregunté si ese sería el preludio del final de mi vida.
   Corrimos por un pasillo que llevaba a las cocinas y llegamos al contrafrente del hotel por una salida de emergencia que jamás había visto. Las cenizas nos recibieron y nos hicieron toser. Mantener los ojos abiertos era un gran desafío.
   El bosque de coníferas que rodeaba el hotel estaba en completo silencio y la bruma se deslizaba con solemnidad por las laderas de las montañas.
   —Intentemos salir sin que nos vean. Llevemos el bote de Tamara al agua —añadió Ailén, señalando la pequeña balsa que estaba apoyada junto con sus remos sobre la pared.
   La acomodamos en el suelo y colocamos los remos en su interior. La levantamos entre los dos con bastante dificultad. Era más pesada de lo que parecía, pero la única escapatoria que teníamos era salir por el costado de la isla intentando no ser vistos.
   —¡Rápido! —apremió Ailén, intentando desenterrar los tacones de la tierra húmeda.
   Entre el esfuerzo y las cenizas respirar se hacía casi imposible. Podía escuchar las voces y las pisadas de mis enemigos que acababan de llegar a la isla.
   Ailén tropezó y ambos perdimos el equilibrio. Solté el pesado bote. Los cortes en mis muñecas se volvieron a abrir y la piel de mis manos y de mis rodillas se rasgó al caer sobre el terreno irregular.
   Ailén gritó de dolor cuando la balsa aplastó su costado izquierdo. Estaba seguro de que la habían oído. Me incorporé con dificultad y ayudé a la joven que estaba tan magullada como yo. Escuché pisadas detrás nuestro justo cuando acabábamos de volver a levantar la canoa.
   Estábamos a unos pocos metros del agua, pero por desgracia nuestros perseguidores fueron más rápidos que nosotros. Soltamos el bote que cayó con un fuerte estruendo. Tomé un remo y Ailén me imitó. Ya no tenía sentido huir. Teníamos que pelear.
   Tres hombres mucho más grandes que yo nos alcanzaron. Agité mi remo con fuerza, para asustarlos. Sabía que era mi vida o la de ellos y no estaba dispuesto a rendirme sin pelear.
   Uno de los hombres se acercó hasta Ailén y ella blandió su remo como si fuera una espada, pero él detuvo el golpe con el brazo y se lo quitó. Desarmada e indefensa Ailén gritó y su voz se quebró antes de que aquel despreciable ser golpeara su cabeza con toda su fuerza.
  —¡Nooo! —grité desesperado y con la mirada nublada por las lágrimas.
   Ailén cayó con un ruido sordo y un charco de sangre comenzó a extenderse a su alrededor. Me lancé hacia la bestia que llevaba en las manos el remo con la sangre de mi amiga, pero me esquivó y asestó un golpe en mi hombro que me derrumbó.
   El dolor era insoportable y no podía mover el brazo derecho. Intenté incorporarme con las mejillas cubiertas por lágrimas de ira y de dolor, pero me inmovilizaron. Uno de ellos sacó una cuerda de su mochila y me ató. Me arrastraron por el bosque mientras soltaba patadas e insultos hasta uno de los botes en los que habían llegado.
   Amaia sonreía satisfecha. Subió junto con mi hermana y dos acompañantes a una de las balsas y se alejaron de la isla. El bote en el que me llevaban la siguió, al igual que los otros cuatro.

   Había perdido mucha sangre y me sentía débil y mareado. Observé el hotel, pero al no encontrar ningún rostro conocido todas mis esperanzas se desvanecieron. Sentí como se me encogía el corazón. Tal vez Tamara y mis amigos habían sufrido la misma suerte que Ailén. Estaba absolutamente solo. Sentí como las fuerzas que me quedaban para luchar abandonaban mi cuerpo. El entorno se volvió negro y me rendí a las fauces del inconsciente.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Capítulo 27: La erupción

Capítulo 27: La erupción

  Tamara se había marchado en mitad de la noche tan sigilosa como una sombra. El amanecer me devolvió el recuerdo de nuestra noche mágica. Llevaba las marcas en el alma y en la piel de aquel momento perfecto. Anhelaba volver a sentir su calor.
   Entré a la ducha y dejé que el agua recorriera mi cuerpo llevándose consigo los restos de sangre. El contacto con el agua hacía que me ardieran los cortes que Tamara me había hecho e incluso las heridas de mis brazos volvieron a abrirse.
   Salí del baño con las muñecas envueltas en un vendaje improvisado de papel higiénico. La habitación parecía la escena  de un crimen. Esperaba no tener que dar demasiadas explicaciones al personal de limpieza del hotel.
   Pese a que era un día bastante caluroso opté por ponerme una camisa negra de mangas largas para bajar a desayunar. Encontré a los hermanos Nairov en el pasillo apenas salí de mi habitación y me apresuré a cerrar la puerta para que no vieran el interior.
   —¿Qué tal dormiste? —preguntó Natasha y casi se me caen las llaves de la mano.
—Bien, ¿y vos? —dije, tratando de sonar casual.
   Intenté convencerme de que no tenía forma de saber lo que había sucedido anoche.
   —No muy bien. Las cenizas no me dejaban respirar.
   Sentí como si me saltara un escalón. ¿Acaso los restos de los sahumerios de Tamara habían llegado hasta la habitación de Natasha?
   Debo haberme puesto muy pálido porque Sasha agregó:
   —No te preocupes. El volcán Puyehue está en Chile. Acá solo llegó una columna de cenizas.
   —Seb me dijo que ayer lo llamó tu padre. Con todo el tema de la erupción no va a poder regresar hasta dentro de unos cuantos días porque no están saliendo aviones. Está pensando en volver en auto —explicó Natasha.
   Al llegar a la recepción Ailén se acercó hacia nosotros. El eco de sus tacones resonó por todo el lugar. Parecía preocupada.
   —Tengan cuidado con las cenizas. No salgan ni abran las ventanas —dijo la recepcionista con el ceño ligeramente fruncido.
   Miré hacia afuera. El paisaje se había teñido de blanco y el viento arremolinaba las cenizas que parecían fantasmas.
   —¿Esto estará relacionado con el hecho de haber abierto las puertas del infierno en la isla Huemul? —le susurró Sasha a su hermana lo suficientemente alto como para que todos pudiéramos oírlo.
   Natasha rió con la mirada perdida en los amplios ventanales. Parecía una imagen sacada de una película de fantasía.
   —Dudo mucho que sus acciones tuvieran que ver con las manifestaciones de la Madre Tierra. Sin embargo, las cenizas pueden ser tóxicas y es mejor no inhalarlas —explicó Ailén.
   Sasha se mordió el labio, pero no dijo nada hasta que nos alejamos de la recepcionista. El niño estaba convencido de que habíamos tenido algo que ver con la erupción del volcán, pero aunque yo no solía creer en las casualidades, me parecía una idea muy rebuscada.
    Una vez en el salón comedor nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Natasha y yo estábamos maravillados con el paisaje y no podíamos apartar la vista de él. 
   —Cambiando de tema, hoy tuve un sueño muy raro —agregó el pelirrojo, al darse cuenta de que llevábamos un tiempo ignorándolo.
   —¿Qué soñaste? —pregunté sin mucho interés.
   —Soñé que una niña bastante aterradora me decía que era tu hermana y que no teníamos que hacer magia porque si el agua se cubre de cenizas se rompe la protección. Me despertaron las cenizas porque “alguien” dejó la ventana abierta —dijo y miró a su hermana con recelo—. Después me volví a dormir y soñé que las paredes del hotel eran de chocolate blanco. Sería genial que así fuera, aunque podrían derretirse en verano y habría que evitar que los turistas se las coman...
   —Crisy tiene razón. Las cenizas podrían interferir con el agua —interrumpí.
   —¿Tu hermana se llama Crisy? —preguntó Natasha alzando una ceja.
   —Sí. Bueno, es el diminutivo de Cristina —expliqué.
   —¿Ella dónde vive? ¿Por qué nunca la mencionaste? ¿Qué importa si alguien rastrea nuestra magia? —me interrogó Sasha.
   Pasé una mano por mi nuca con resignación. No podía seguir manteniéndolos al margen de todo lo que sucedía.
   —En pocas palabras ella vive con mi madre que si me encuentra va a asesinarme —dije y mis amigos me miraron atónitos.
   —¿De qué me perdí? —preguntó Sebastián sentándose con nosotros para desayunar.
   —No mucho, solo que Teby tiene una hermana pequeña que también es bruja. Se apareció en mis sueños para advertirnos que estamos en peligro porque el agua que nos rodea ya no es protección suficiente. Ah y su mamá quiere asesinarlo —explicó Sasha, hablando rápido y sin respirar.
  Casi con seguridad Sebastián ya sabía todo. Sin embargo, fingió estar tan sorprendido como los Nairov. Ellos eran mi aquelarre y si iba a enfrentarme con el grupo oscuro de Amaia necesitaba tener todos los aliados posibles. Especialmente con mi padre a más de mil kilómetros de distancia.
   —Entonces no utilicemos nuestros poderes hasta que las cenizas se disipen o Andrés regrese —aportó Sebastián.
   Todos estuvimos de acuerdo. Sin embargo, no podía dejar de pensar en el ritual que habíamos hecho con Tamara la noche anterior. Tal vez había sido contraproducente. Me sentía más fuerte, pero esperaba que no hubiéramos atraído al aquelarre de Amaia hasta nosotros.
   Pasé el resto de la mañana respondiendo a las preguntas de Sasha. Estaba muy interesado en mi pasado y ya no tenía sentido seguir fingiendo frente a ellos. No sabía cuándo ni cómo, pero pronto tendría que enfrentarme a mis peores pesadillas y simplemente no quería hacerlo solo.
   —Teby, estás sangrando —dijo Natasha y me tomó del brazo con cuidado.
   Me sonrojé y retiré mi mano de las suyas.
   —¿Qué pasa? ¿Querés que hablemos? —preguntó en voz baja.
   —No es nada. Fue un rasguño —mentí.
   Me sentía muy incómodo. Quería irme de allí. Sin embargo, me quedé petrificado en mi asiento al lado de Natasha mientras Sebastián le hacía una señal a Sasha para marcharse. En ese momento los odié por dejarme solo en una situación tan incómoda.

   Natasha comenzó a darme un largo discurso en el que me instaba a que hablara con ella si me sentía mal porque comprendía que por lo que estaba pasando no era sencillo. Sin embargo, consideraba que cortarme a mi mismo no era la forma de lidiar con mis problemas. Dejar que pensara que me había autolesionado era más sencillo que explicarle que había sido Tamara quien me había herido, por lo que me limité a asentir mientras ella continuaba con su monólogo.

viernes, 27 de noviembre de 2020

Capítulo 26: El poder de la sangre

Capítulo 26: El poder de la sangre

    Poco antes de la puesta del sol le confesé a Tamara que sospechaba que la profecía de Ailén estaba a punto de cumplirse. Ella también creía que mi madre biológica estaba directamente relacionada con el presagio y coincidía conmigo en que teníamos que estar preparados para enfrentarnos a ella.
   —No voy a dejar que te lastime. Estoy segura de que vamos a encontrar la forma de detenerla —dijo Tamara, acariciando mi mejilla con su mano.
   Podía ver en sus ojos que hablaba en serio. Me amaba y estaba dispuesta a enfrentarse a cualquier cosa solo para protegerme. No quería exponerla, pero sabía que sin su apoyo estaría perdido.
  —Te amo —pronuncié por primera vez.
   Me regaló un tierno beso en los labios y se separó apenas de mí.
   —Voy a buscar mi grimorio. Nos vemos en tu habitación dentro de unos minutos —añadió y se alejó por el pasillo.
   Me dirigí a mi cuarto y busqué mi antiguo libro de magia. Solía mantenerlo oculto en el armario, detrás de algunas de mis remeras. No estaba seguro qué pensaba hacer Tamara, pero confiaba en ella lo suficiente como para compartir la sabiduría de mis ancestros.
   Cuando llamó a la puerta mi corazón dio un salto. No era la primera vez que entraba a mi habitación, pero no solíamos quedarnos allí demasiado tiempo. Abrí enseguida y me hice a un lado para que pudiera pasar. Noté que llevaba la mochila al hombro y que había retocado su maquillaje. Estaba preciosa.
   Sacó de su mochila un par de velas rojas y algunos inciensos. Los encendió y los colocó sobre mi mesa de luz sin pedir permiso. Después de unos segundos un penetrante aroma a lavanda inundaba todo el recinto. No me agradaba, pero no quería contrariarla.
   —¡No te quedes ahí parado! Busquemos en nuestros grimorios alguna forma para neutralizar los poderes de la bruja o algo que permita que tanto vos como Crisy estén a salvo —ordenó y se sentó sobre la cama a leer algunas hojas antiguas las cuales supuse que debían pertenecer a su grimorio.
   Me debatí internamente por una fracción de segundo sobre sentarme junto a ella o tomar una de las sillas. Tomé mi libro y me acomodé para leer a su lado, nuestros brazos no llegaban a rozarse, pero podía sentir su calor sobre la piel. ¿Por qué de pronto me sentía tan nervioso si solo estábamos buscando información? Nunca me había costado tanto concentrarme en la lectura.
   Los pactos y la magia de sangre parecían ser lo más efectivo para un enemigo tan poderoso como lo era mi madre. Sin embargo, Las advertencias de Alan con respecto a la magia prohibida me habían hecho descartar todas las páginas que podrían resultarnos útiles.
   —¡Esto es muy frustrante! No encuentro absolutamente nada útil —expresó Tamara y dejó las hojas que había estado revisando junto a las velas.
   —Yo tampoco encontré nada. A menos que nos arriesguemos a utilizar la magia de sangre, pero no creo que sea una buena idea —dije, mientras me frotaba los ojos enrojecidos por la lectura y el humo de los inciensos.
   —¿Puedo? —preguntó, estirando su mano para tomar mi grimorio.
   Asentí con la cabeza y le alcancé mi libro. Sentí como si le entregase una parte de mi alma. Era la posesión más preciada que tenía, pero ella era la única persona que realmente me importaba.
   Comenzó a pasar las páginas del libro con sumo cuidado. Se detenía de vez en cuando y fruncía el ceño o asentía con la cabeza. Después de unos minutos observándola me dejé caer hacia atrás y bostecé. Comenzaba a adormecerme cuando la voz de Tamara me sacó de mi ensueño.
   —No tenemos otra opción. Tenemos que arriesgarnos a la magia de sangre —agregó, mientras dejaba el libro abierto sobre mi almohada.
   —Tu padre dijo que podría haber consecuencias si alteramos el equilibrio... —comencé a decir, pero ella me interrumpió.
   —No estaríamos ofrendando algo que no nos pertenece. No, si te doy mi sangre y vos me das la tuya —explicó con las mejillas algo sonrojadas.
   Rebuscó dentro de su mochila y tomó una daga de plata labrada con el mango incrustado en gemas rojas. No le había dicho que sí, pero tampoco me había negado a dar mi sangre como sacrificio.
   Tamara comenzó hablar en el lenguaje de la magia. Su voz era suave y seductora, pero al mismo tiempo me producía escalofríos.
   —Ofrezco nuestra sangre como tributo para que nuestros cuerpos puedan combinarse con la magia ritual y que de esta forma podamos enfrentarnos a Amaia y a su aquelarre —sentenció.
   Aprisionó mi brazo con su mano sobre el colchón y deslizó el filo de la daga sobre mi piel. Ahogué un gemido de dolor y observé como un hilo de sangre se deslizaba desde mi muñeca hasta las mantas blancas. Repitió el movimiento con mi otro brazo. Las heridas que me acababa de abrir ardían, pero era un dolor tolerable.
   Me incorporé apenas y la atraje hacia mí. Unimos nuestros labios en un apasionado beso. Me quitó la remera y realizó un corte superficial a lo largo de mi espalda. Creo que si hubiera querido tomar mi vida en ese momento se lo hubiese permitido.
  Enredé mis dedos en su cabello y mordí su labio inferior con suavidad. Ella dejó caer el cuchillo al suelo soltando un leve gemido y acarició mi espalda muy despacio. El contacto de sus manos era doloroso y al mismo tiempo despertaba todos mis sentidos con una pasión que nunca antes había experimentado.
   Me deshice de su ropa como si supiera lo que estaba haciendo. El ritual de sangre no era más que un eco lejano dentro de mi mente. Había imaginado aquel momento íntimo con Tamara un centenar de veces. Sin embargo, ninguno de los escenarios creados por mi mente podía equipararse a la realidad. Nos entregamos el uno al otro en un frenesí de besos, rasguños y caricias hasta que las velas se consumieron por completo.

   Desperté enredado entre las sábanas. Tamara  dormía acurrucada en mi pecho y la tenue luz de la luna se filtraba entre las tormentosas nubes. Nuestras almas estaban destinadas a estar juntas desde el principio de los tiempos. Sentía que habíamos vivido una y mil vidas juntos y que así sería por siempre. Nuestra sangre era la llave que mantenía encerrado el inmenso poder que clamaba por salir de mi interior. La habíamos derramado voluntariamente y estaba seguro que a partir de ese momento nada ni nadie sería capaz de detenernos.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Capítulo 25: Grupos oscuros

Capítulo 25: Grupos oscuros

   El cielo presagiaba una tormenta y en el lago se reflejaban las nubes y los árboles. El salón comedor estaba casi vacío y atribuí aquello al fin de la temporada de verano. Encontré a mis amigos desayunando. Los saludé en forma general y me senté junto a Sasha.
   Sebastián parecía mucho más relajado que el día anterior. Posiblemente había podido  lidiar con el enojo de mi padre y Natasha se mostraba más cariñosa que nunca con él. Por algún motivo aquello me molestaba.
   Pedí un café amargo y lo bebí mientras Sasha contaba como en una ocasión había manipulado mentalmente a su maestra para que le diera las respuestas de un examen. Tal vez hubiera obtenido los mismos resultados si hubiese destinado el mismo esfuerzo a estudiar, pero estaba orgulloso de sí mismo y yo no era nadie para cuestionar sus métodos. El pelirrojo era muy astuto y tenía muchísimo poder en su interior. No podía ser casual que mi padre lo hubiera reclutado.
   A media mañana nos reunimos con Alan y Tamara en la biblioteca. El profesor hacía su mejor esfuerzo para cubrir el vacío que  el viejo Al había dejado. Sería muy difícil para él poder llenar esos zapatos, pero se notaba que hacía su mejor esfuerzo.
   En la clase aprendimos sobre la reencarnación de las almas y de los demonios. Conversamos sobre mitos, costumbres y religión, hasta que finalmente Alan abordó un tema que realmente me interesó: los aquelarres.
   —Tienen que valorar la oportunidad que les está dando Andrés Rochi. No es sencillo encontrar, personas tan poderosas cuyas intenciones sean realmente buenas. El exceso de poder es capaz de corromper. Incluso yo me vi tentado en mi juventud a unirme a un aquelarre. Cuando mi madre, que siempre había sido muy precavida, se enteró de mi decisión, nos peleamos y dejamos de hablarnos durante algunos años. En ese momento era muy terco y no quise escucharla. Aunque Alfonso Aigam era su amigo se enojó mucho con él por meterme en algo como eso —confesó Alan.
   Todos, incluso Tamara, estábamos sorprendidos ante sus palabras. Alan había pertenecido al grupo del viejo Al. Tal vez por eso la abuela de Tamara le había legado su grimorio a ella y no a su hijo. Él parecía una buena persona, pero tal vez no siempre lo había sido. Me pregunté qué habría sido capaz de hacer siguiendo las enseñanzas del inescrupuloso anciano. 
   —Cuando uno va ganando poder es muy difícil saber donde tiene que detenerse. Al sentirnos apoyados por otros somos capaces de hacer cosas que estando solos no nos atreveríamos ni siquiera a pensar. Todos los miembros del grupo pueden volverse partícipes de actos que muchas veces van más allá de lo legal. Es difícil darse cuenta cuando uno está ahí dentro. Entre los integrantes suelen circular creencias que muchas veces son falsas, pero que por no quedar afuera y animados por tus hermanos te ves tentado a probar —Alan negó con la cabeza intentando espantar las imágenes que acosaban su mente.
   —¿Qué tipo de cosas son capaces de hacer? —interrogó Sasha.
   —Son capaces de cualquier cosa. Por eso, chicos, tienen que estar atentos y deben aprender a darse cuenta si alguien está intentando utilizarlos. Algunos hechiceros son capaces de mentir, de engañar, de manipular y de estafar incluso a personas cercanas. Otros van más allá y llegan a utilizar la magia prohibida, la magia de sangre. Muchos llegan a sacrificar animales e incluso desde épocas inmemorables se le atribuye a la sangre de las vírgenes ciertas propiedades mágicas... Afortunadamente supe darme cuenta a tiempo y pude salir del aquelarre sin verme demasiado perjudicado. En cuanto Raquel, que era mi novia en esa época, quedó embarazada, me prometí que me alejaría de todo y que no permitiría que nuestra hija se acerque a la magia. Sin embargo, la magia corre por las venas de Tamara, y se volvió insostenible negar su esencia. Ahora puedo verlo  con claridad y estoy seguro de que lo mejor es que todos ustedes aprendan a utilizar su poder de la mejor forma posible y que no permitan que nadie los manipule —explicó el profesor.
   —¿Por qué la magia de sangre está prohibida? ¿Quién la prohíbe? —cuestionó Sasha alzando una ceja.
   —Bueno, no es que haya una especie de policía de la magia o algo así. Sin embargo, cuando pedimos algo es necesario dar algo a cambio, pero si lo que ofrecemos no nos pertenece directamente, como sucede en el caso de tomar la vida de otro ser, estaríamos engañando el equilibrio universal —dijo Alan y sus ojos se ensombrecieron.
   Cuanto más revelaba Alan sobre su pasado, más me intrigaba. Al igual que yo, él había participado en el grupo oscuro del viejo Al. Tal vez había vivido allí una experiencia similar a la que yo había experimentado intentando controlar a las banshees o quizás se arrepentía de las cosas que había visto o hecho. Al parecer teníamos mucho más en común de lo que había imaginado.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Capítulo 24: Huellas

Capítulo 24: Huellas

   Llegamos al hotel justo cuando los últimos rayos del sol se iban desvaneciendo en la profundidad del firmamento. Luego de amarrar el barco en el muelle Sebastián revisó su celular y maldijo por lo bajo.
  —Tengo un montón de llamadas perdidas de Andrés. Seguro que sabe que salimos —explicó algo incómodo.
   —¿Qué tiene de malo? ¿Acaso estamos prisioneros? —preguntó medio en broma Natasha aunque en el fondo así lo creía al igual que todos.
   —Claro que no, pero me llevé su barco sin permiso y fue claro en que era mejor que Esteban no se exponga —dijo, mientras escribía un mensaje de texto.
   —¿Por qué Teby es tan importante? ¿Acaso está en un programa de protección de testigos o algo así? —preguntó Sasha, al tiempo que me observaba con los ojos entrecerrados.
   El pelirrojo miró a su hermana. Era más que evidente que el misterio que me rodeaba les molestaba. Sin embargo, mi vida dependía de ello. Los comprendía, pero al mismo tiempo sabía que si mi padre y Sebastián no les habían revelado toda la verdad debían de tener sus razones. Tal vez no podía confiar en ellos.
   —Es complicado —se limitó a decir  Sebastián sin apartar la vista de su teléfono.
   —¿Cómo pudo saber que nos fuimos de la isla? ¿Se lo dijo Ailén? Esa chica nunca me agradó —interrogó Natasha y su rostro se puso tenso.
   Me preguntaba por qué a mi amiga no le agradaba la recepcionista. Siempre había sido amable con nosotros y Tamara incluso se había vuelto bastante cercana a ella.
   —Lo más probable es que haya revisado las cámaras de seguridad —respondió Sebastián.
   —¿Dónde están las cámaras? ¿Andrés no estaba en Buenos Aires? —le preguntó Tamara al muchacho sumándose al interrogatorio.
   —Sí. Está en Buenos Aires, pero las cámaras de seguridad que están ocultas por toda la isla le envían las imágenes directamente a su celular. Nos vemos más tarde, chicos. Voy a llamar a Andrés —se despidió Seb con una sonrisa tensa y se marchó dando grandes zancadas.
   El enojo de mi padre, la actitud de Sebastián y saber que había cámaras escondidas por todo el hotel no hacían más que confirmar que estaba atrapado en la isla. Tal vez si hubiera tenido efectivo disponible o algún lugar a donde ir hubiese huído. Sin embargo, lo quisiera o no, aquel sitio se había convertido en mi prisión, pero también era mi hogar. Amaba y odiaba aquel lugar con la misma intensidad.
   Una vez en la recepción, Sasha y Natasha se despidieron de nosotros y subieron a su habitación. Miré a mi alrededor tratando de adivinar en dónde estaban las cámaras que Sebastián había mencionado, pero no se veían a simple vista.
   —Tienen que ser más cuidadosos —dijo Ailén acercándose a Tamara.
   La miré extrañado. No entendía a qué se refería. Siempre actuaba de forma muy enigmática y quizás por eso no le agradaba a Natasha.
   —Esta isla obviamente está protegida, pero cuando usan sus poderes quedan huellas en el plano astral. Sé que es necesario que no te rastreen y realmente espero que no sea demasiado tarde. Quizás sientan que el señor Rochi exagera, pero me habló sobre su antiguo aquelarre y realmente creo que es mejor que no captemos su atención —dijo Ailén, pero un crujido en uno de los ventanales de la entrada la detuvo.
   Una rajadura comenzó a ramificarse por el vidrio. Los tres nos alejamos lo suficiente como para no hacernos daño si se rompía. Me pregunté si se trataba de una advertencia o si quizás era una amenaza. Algo en mi interior me decía que no podía tratarse de un simple temblor.
   Tomé de forma instintiva a Tamara del brazo. Quería protegerla de lo que fuera que se avecinaba. Esperaba que no hubiéramos atraído la atención del grupo de Amaia. ¿Qué sucedería si por nuestra  imprudencia nos rastreaban? Aún nos faltaba muchísimo por aprender y sentía que solo mi padre era capaz de protegernos, pero en ese momento se encontraba muy lejos.
   —Solo estén atentos y tengan cuidado. Es mejor que no hagan magia. Por lo menos hasta que regrese Andrés —dijo Ailén con la mirada perdida en el cielo amenazador.
   —Dijiste que esta isla está protegida... —comencé a decir, pero Tamara me detuvo.
   —Ailén tiene razón. No se puede posponer eternamente lo inevitable —explicó y apretó mi mano con más fuerza.
   Un escalofrío recorrió mi cuerpo y no pude evitar recordar la profecía de Ailén: “Cuando en la noche oscura, desde lo profundo del lago, luces tenues y tenebrosas surjan cual ánimas que vagan y las aves del bosque huyan. Cuando ya ni los grillos canten, un temblor de la tierra anunciará su llegada. Nada bueno traerá, solo el mal en su mirada.” Las luces que vimos emerger del lago y aquellos temblores que sentimos tenían que estar relacionados con ella. ¿Quién llegaría? ¿Se trataría de Amaia o quizás sería algo o alguien más?

viernes, 6 de noviembre de 2020

Capítulo 23: Isla Huemul

Capítulo 23: Isla Huemul

   Mi padre me explicó en un mensaje de voz que Susana se encontraba mejor y que permanecería algunos días con ella en Buenos Aires. Sus palabras tranquilizadoras y la ilusión que tenía de pasar un día entero lejos del hotel habían sido motivo suficiente para mejorar mi humor.
   A la mañana siguiente, para convencer a los padres de Tamara de que la dejaran salir fue necesario fingir que teníamos autorización de mi padre para abandonar la isla. A pesar de que Alan no parecía muy contento con la idea, no se atrevió a cuestionar  las decisiones de Andrés Rochi.
    Tamara se puso muy feliz con la sorpresa de la salida y se alegró aún más cuando le dije que mi madre se encontraba mejor. La conocía bien y sabía que no podía evitar sentirse culpable ante cualquier cosa que le ocurriera a Susana.  
   —¡Es genial que tu padre  nos haya dado permiso para salir! Comenzaba a pensar que nos tenía prisioneros —dijo divertida, aunque era más que obvio que lo decía en serio.
   Asentí con la cabeza. No quería preocuparla al revelar que le había mentido a su padre. Había muchas posibilidades de que mi padre se enterara al regresar de su viaje, pero seguramente Sebastián podría lidiar con él.
   Al salir del hotel nos recibió un día cálido y soleado. Sebastián estaba preparando las velas del Salomón III y Sasha conversaba con su hermana que estaba sentada en la barandilla del barco. Llevaba  un sombrero blanco y un vestido que dejaba al descubierto un enorme tatuaje de un dragón violeta que surcaba su espalda. Un apretón fuerte en la mano fue la advertencia que necesitaba para saber que si no apartaba la vista de Natasha, Tamara me mataría. Sasha, por su parte, llevaba una mochila de camping tan grande como él.
   Tamara y yo saludamos a los muchachos que nos mostraron el velero antes de zarpar. Era muy elegante y contaba con un camarote equiparable a una suite de lujo. Sebastián y Natasha podrían haber tenido la cita perfecta de no haber sido por nosotros tres.
   —Si mi profesión de mago fracasa, no me disgustaría convertirme en un pirata —bromeó Sasha, antes de subir a cubierta.
   Me senté junto a Tamara en una banca detrás del timón. Sebastián parecía muy concentrado en sus maniobras y poco a poco nos alejamos del hotel. Esperaba que supiera lo que hacía y que su permiso para manejar barcos fuera más real que mi carnet de conducir.
   Sasha se arrodilló sobre su asiento y se asomó por la borda, mientras que Natasha sonreía detrás de unos enormes lentes de sol en los que veía mi reflejo. Llevó la vista a la espalda de Seb y dijo:
   —Siento como si nos fuéramos de vacaciones. Podríamos ir al centro de Bariloche, recorrer negocios y quizás ir a tomar algo.
   —¡Nada de eso! —exclamó Sasha acomodándose en su asiento—. Yo quiero ir a la isla Huemul.
   —¿Seb? —agregó Natasha, buscando apoyo.
   —Vayamos a la isla Huemul esta vez. No quiero tener problemas con Andrés y no sé si va a dejar que Teby vaya a la ciudad —dijo como si yo fuera un niño que necesitaba que lo protejan.
   —¡No necesito ningún permiso! —espeté molesto.
   —Yo conduzco e iremos a la isla Huemul. Si no quieren venir puedo regresarlos al hotel —dijo tajantemente.
   No repliqué, pero fulminé su nuca con la mirada. Había quedado en evidencia el desprecio que sentíamos el uno por el otro.
   Algunos besos de Tamara y el entusiasmo de Sasha por armar una sesión de espiritismo en cuanto llegáramos a la isla Huemul acabaron por hacer que dejara de lado mi enfado.
   —¿Qué vamos a hacer exactamente? —le preguntó Tamara al pelirrojo.
   —Bueno, sos la medium del grupo, así que vos nos guias —dijo el niño con total convicción. 
   —¿Yo? —preguntó, alzando las cejas con sorpresa.
   —Sí. Ya hablaste con fantasmas antes y estoy seguro de que podés hacerlo de nuevo —insistió Sasha.
   —No es tan sencillo. No siempre sale muy bien y no traje lo necesario para hacerlo —se excusó. 
   —No te preocupes. ¿Qué necesitás? Traje varias cosas y estoy seguro de que tengo todo lo que puedas necesitar —dijo, al tiempo que palmeaba la enorme mochila que tenía al lado.
  Tamara dudó algunos segundos, pero finalmente aceptó:
   —Esta bien. Necesitamos velas y sal.
   —¿Sólo eso? Entonces, no hay problema —añadió muy emocionado.
   Al llegar a la isla, Sasha estaba tan ansioso por empezar con la sesión espiritista que casi no tuvimos tiempo de recorrer el lugar. Nos acomodamos cerca de las ruinas de una construcción a la que la naturaleza le había ido ganando terreno. Era un sitio bastante tenebroso y según el pelirrojo un lugar propicio para invocar a los muertos.
   —Estas paredes fueron testigos de muchas cosas. Si la isla no está embrujada, yo no me llamo Sasha. ¿Qué hacemos primero, Tamy?
   Hagamos un círculo de sal y entremos dentro, así si lo que invocamos es algo maligno, no podrá hacernos daño. Luego encendamos algunas velas porque los espíritus se sienten atraídos hacia las llamas. Los fortalece si se alimentan de ellas —explicó Tamara.
   —Atraerlos con el fuego y espantarlos con la sal. ¿Para qué tentarlos y luego alejarlos? ¿No les parece algo cruel? —preguntó Sasha, mientras sacaba de su mochila un paquete de sal, un encendedor y velas negras.
   —Porque no te gustaría que te posean, tontín —agregó Natasha.
   Sasha miró a Tamara que asintió con la cabeza corroborando las palabras de su amiga. A continuación, tomó la sal que le ofrecía el niño e hizo un círculo a nuestro alrededor. Había cinco velas y cada uno de nosotros tomó una. Tamara encendió la suya y con ella encendió las demás, yendo en el sentido inverso al de las agujas del reloj.
   Comenzó a susurrar palabras en un lenguaje que yo no conocía, pero que tenían cierta rima y melodía. Pocos segundos después Sasha empezó a imitarla y luego el resto. Repetíamos las palabras de quien se había vuelto nuestra líder quizás sin siquiera proponérselo. No sabía qué significaba aquel cántico que nos había incitado a hacer, pero confiaba en ella y la hubiera seguido hasta el fin del mundo.
    Cuando Tamara terminó el conjuro, los demás guardamos silencio. El aire era denso y las nubes amenazaban con cubrir el sol. Los sonidos típicos de la naturaleza habían desaparecido por completo. Mi novia miraba la llama de su vela que danzaba, mientras que algunas gotas de cera negra caían sobre la tierra.
   Un escalofrío recorrió mi espalda al escuchar crujidos bajo la tierra. A varios metros de donde nos encontrábamos el agua del lago estaba inquieta como si quisiera advertirnos de algo.
   —¿Escucharon eso? —preguntó Natasha en un susurro.
   Asentí con la cabeza y tragué saliva. El sonido de un penoso lamento se extendía por la isla. Era muy diferente al llanto de una banshee. Parecía no provenir de ningún sitio y al mismo tiempo nos rodeaba.
   —Dicen que los alquimistas Nazis habían encontrado las puertas del infierno. ¿Creen que sea acá? —Sasha parecía divertido, pero francamente yo estaba bastante asustado.
   —No creo, pero por las dudas vayamos volviendo... —sugirió Natasha.
   Sebastián estuvo a punto de abandonar el círculo de sal, pero un grito de Tamara lo detuvo:
   —¡No! Tenemos que terminar el ritual —dijo y pronunció algunas palabras en el lenguaje de la magia.
   —Perdón —agregó Sebastián, regresando a su lugar dentro del círculo.
   —¡Qué nada se oponga a nuestra voluntad ni a la voluntad del ser superior! !Ya está hecho! —dijo Tamara para finalizar y las velas se apagaron todas al mismo tiempo.
   Los lamentos cesaron y el único sonido que se escuchó durante algunos segundos fue el susurro de las copas de los árboles acariciadas por la brisa. Una vez que Tamara abandonó la protección de sal, todos la seguimos. 
   Quería regresar al hotel cuanto antes y no era el único, todos parecían incómodos. Las ruinas pintadas de color añejo y los pinos centenarios habían sido testigos de la ambición y de la maldad del ser humano. No podía explicar qué era lo que allí había sucedido, pero se trataba de algo realmente malo y ya no quería averiguarlo. Sentía que algo o alguien nos estaba vigilando y todos mis sentidos me instaban a salir de allí lo más rápido posible. Solo cuando comenzamos a navegar y nos alejamos de la isla, fui capaz de relajar mis hombros. 
   Tamara observaba el agua apoyada sobre la barandilla del barco. La rodeé con un brazo por la cintura y llevé mi mirada hacia  donde ella estaba mirando. El agua era perturbada a nuestro paso, pero había algo inusual en la estela que dejábamos.
   —¿Qué es eso? —preguntó Sasha y todos, incluído Sebastián, miramos en la dirección que  el pelirrojo estaba señalando.

   Una enorme burbuja luminosa salió del agua y permaneció flotando durante algunos segundos sobre la superficie antes de desaparecer. Una fracción de segundo después apareció otra y luego otra más. En instantes una gran parte del lago liberaba esferas de luz que pronto desaparecían. Aquel fenómeno duró menos de un minuto, pero estaba seguro de que jamás podríamos olvidarlo.

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...