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viernes, 22 de noviembre de 2019

Capítulo 7: SERES DE LUZ

Estaba aturdida y asustada. El dolor era tan fuerte que hacía imposible que permaneciera erguida. Las palabras del médico sonaban como un eco lejano dentro de mi cabeza. Algo no iba bien con la bebé y tenían que operarme de urgencia. A pesar de mis insistencias no dejaron que mi madre me acompañase al quirófano. Estaba muerta de miedo y no quería estar sola.
Creía que algo no estaba bien conmigo y con la bebé. El presentimiento se volvía cada vez más fuerte. Comencé a llorar.
Sentía que me iba a morir y necesitaba a mi mamá conmigo. No podía respirar. Alguien dijo que estaba teniendo un ataque de pánico y que era algo normal. No había nada de normal en cómo me sentía. Tenía frío, la garganta se me cerraba cada vez más y pensaba que eso me mataría. Nos mataría tanto a mí como a mi pequeña. Aquello destruiría a mi madre quien seguramente moriría de pena. Todo estaba mal, infinitamente mal y nadie podía ayudarme. Comencé a forcejear con los médicos. Creo que quería escapar de la realidad que me asfixiaba.
Sentí un pinchazo en el brazo e instantes después comencé a desvanecerme. Me dejé caer hacia atrás. Ya no tenía fuerzas suficientes como para moverme. De hecho, no podía mover un sólo músculo de mi cuerpo. Un instante después, el dolor me abandonó por completo. Me pregunté en ese momento, si así se sentiría morir.
La luz sobre mi cabeza era demasiado intensa y me obligaba a mantener los ojos entrecerrados. Los médicos que me rodeaban habían sufrido una metamorfosis tan paulatina que casi no lo había notado. Ahora, eran más altos y estaban hechos de luz. Ya no eran humanos.
Tenía que huir, pero el cuerpo no me respondía. Sentía que iban a hacerme daño tanto a mí como a mi hija. Luché con todas mis fuerzas, pero había olvidado cómo usar las extremidades. Intenté gritar, pero mis labios permanecieron sellados.
Las criaturas sostenían lo que parecían ser instrumentos de tortura y yo sabía que planeaban utilizarlos contra mí o contra mi niña. Mi cuerpo estaba dormido, pero yo me sentía más despierta que nunca. Estaba atenta a todo lo que sucedía a mi alrededor.
No pude evitar apretar los ojos con fuerza cuando los seres deslizaron un afilado instrumento por mi vientre. En ese momento estaba preparada para lo peor. Me alivió, sin embargo, no sentir ningún dolor físico, aunque por otro lado, una tristeza profunda se sumaba a la desesperación que me invadía.
Había muchísima sangre por todos lados. Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para evitar apartar la mirada. El ser de luz que me había abierto el vientre levantó en sus brazos a mi bebé. Estaba cubierto de sangre y lloraba con fuerza. Era un varón y unos escasos mechones cobrizos cubría su pequeña cabecita. Otro iluminado ser cortó el cordón que nos mantenía unidos. Ya no había nada que nos conectara. Me sentí completamente vacía, como si se hubieran llevado una parte importante de mi alma.
Otro nacimiento exitoso.
Sus voces sonaron al unísono siseantes dentro de mi cabeza.
Lo alejaban de mí. ¿A dónde se lo llevaban? Necesitaba estar con mi bebé.
Tan sólo un ser de luz se quedó atendiendo mi herida abierta. Los demás rodeaban al niño al que habían depositado sobre una superficie metálica. Mi hijo lloraba y las criaturas estaban intentando entrar por su boca. Uno a uno, él los iba absorbiendo. Yo no entendía qué estaba sucediendo.
De pronto, sentí como la oscuridad me envolvía por completo. Creo que me desmayé.
Cuando volví en mí, distinguí a mi mamá. Ya no me encontraba en el quirófano y no había ningún rastro de aquellos extraños seres de luz. Estaba en la cama de una habitación pequeña que tenía una ventana que daba al patio del hospital. Mi bebé dormía en un moisés transparente. Samuel se encontraba sentado a los pies de mi cama jugando con su teléfono.
—Tienes una hermosa y saludable niña —dijo mi madre y me regaló una dulce sonrisa—. ¿Cómo te encuentras?
—Confundida —dije sinceramente.
Me incorporé un poco para ver bien a mi hija. El efecto de la anestesia se estaba yendo por lo que sentía un poco de dolor. La bebé era preciosa. Dormía profundamente y respiraba tranquila. Tenía las mejillas rosadas y unos pequeños bucles color castaño claro. Me pregunté si lo que había visto hacía instantes habría sido una alucinación o quizás algún recuerdo del nacimiento de alguno de mis otros hijos.
Intenté concentrarme en las personas que me rodeaban. Estaba casi segura de que mi hija, mi madre y mi hermano eran reales. Quería convencerme de que estaríamos a salvo. Llevé mi mano hacia la de mi mamá y ella me la tomó con fuerza. Sentir su apoyo me daba seguridad. Era mi anclaje con la realidad. Tenía mucho miedo de volver a perderme fuera de este mundo.

viernes, 18 de octubre de 2019

Capítulo 2: CAMBIOS

Mi madre me hablaba, pero su voz sonaba como un eco lejano en mi cabeza. La sala de estar giraba alrededor. En ese momento perdí el conocimiento, estoy segura porque cuando abrí los ojos estaba recostada en el sillón. Logré fijar la vista en el techo de madera. Me incorporé con cierta dificultad, me dolía la cabeza y esperaba que todo hubiese sido un mal sueño.
La voz de mi madre me devolvió a la realidad:
—Leda, ella te va a revisar.
Una doctora me apuntó con una linterna y me hizo entrecerrar los ojos, mientras me preguntaba algo que no comprendí.
—¿Disculpe?
Apartó la luz de mi rostro y me habló casi con ternura.
—¿Podrías decirme tu nombre?
—Sí, soy Leda, Leda Liebert —respondí algo aturdida.
—¿Podrías decirme cuántos años tienes?
—Doce.
La médica intercambió una mirada con alguien de la policía. Fue entonces cuando noté que había cuatro oficiales en la sala. Dos de ellos estaban sentados en la mesa del living conversando en voz baja. Uno me miraba con lo que atiné a percibir como incredulidad y otro anotaba algo en una libreta, de pie cerca de la chimenea.
La doctora volvía a hablarme, así que volví mi mirada hacia ella.
—Tenías doce años la última vez que te vieron tus padres. Eso fue hace exactamente diez años.
Su voz era suave, pero yo sentía como si me estuviese dando una reprimenda.
¿Cómo podía haber olvidado diez años enteros de mi vida?
Observé mi cuerpo. Ya no me reconocía.
— ¿Qué sucedió entonces?, ¿por qué no llegaste al colegio aquel día?
—Yo... yo... me sentí mal y decidí volver a casa.
—Entonces, ¿qué sucedió cuando regresabas a tu casa? ¿Por qué no llegaste?
—Sí, lo hice. Regresé, aquí estoy —dije al tiempo que me llevaba las manos al rostro y rompía a llorar.
Me quedé sollozando en silencio unos segundos hasta que sentí el cálido y reconfortante abrazo de mi madre.
—Todo estará bien. Tranquila. Estás aquí, estás a salvo, estás en casa y todo estará bien. Nos contarás lo que sucedió cuando estés lista —mientras mi madre intentaba calmarme desenredaba mi cabello rubio con sus dedos.
Poco a poco fui dejando de llorar. Me sentí agradecida de que hubiesen dejado de preguntarme cosas para las que no encontraba ninguna respuesta.
—Me gustaría hacerle un chequeo más exhaustivo. ¿Podríamos ir a un lugar más privado? ¿Podría acompañarme, señora Liebert?
La doctora al ver que una oficial nos observaba agregó:
—También puede acompañarnos, para recolectar muestras y tomar registros de posibles heridas.
Nos dirigimos las cuatro hacia mi antigua habitación que se encontraba tal y como la recordaba. Todo era muy extraño para mí.
—No te preocupes, esto es sólo por rutina —intentó tranquilizarme la doctora —. Queremos estar seguras de que no te lastimaron y quiero revisar la inflamación de tu vientre y ese golpe en tu cabeza no se ve nada bien.
Asentí y dejé que me revisara. Colocaron mi ropa en una bolsa. Un conjunto que no recordaba haber visto jamás y que se encontraba lleno de barro.
Agradecí cuando mi mamá me trajo su bata de baño, porque así me sentía menos expuesta. La doctora De Luca había prestado principal atención a mi estómago, a mi cabeza y a algunos rasguños y moretones que tenía en los brazos y piernas. La oficial me había tomado múltiples fotografías. Yo me sentía indefensa y abochornada.
Cuando me hizo un tacto ginecológico, casi me pongo a llorar. Era tan humillante y para colmo, con una oficial extraña para mí y con mi madre presentes en la habitación. Quería desaparecer.
Finalmente, la médica le comunicó su diagnóstico a mi mamá:
—Físicamente se encuentra bastante bien, pero podría estar sufriendo un cuadro de amnesia ocasionado por un trauma. Sugiero que pidan una cita con un psicólogo para que la ayude a ordenar sus recuerdos y con un obstetra para que controle su embarazo.
—¿Qué? —preguntamos mi madre y yo al unísono.
—Leda está embarazada nuevamente —respondió la doctora—. Es difícil saberlo con exactitud sin realizar algunas pruebas, pero me atrevería a decir que se encuentra en el tercer mes de embarazo.
—¿Nuevamente? —pregunté atónita.
—Así es —mi madre se apartó para que la doctora pudiese desatar la bata —, ¿ven estas líneas de aquí?, son cicatrices de cesáreas. Estoy casi segura de que tuviste dos cesáreas ya.
Los últimos diez años de mi vida habían desaparecido por completo de mi memoria, estaba embarazada, había tenido por lo menos dos hijos y mi padre había muerto. Todo aquello era demasiado para asimilar. ¿Qué más podía suceder?
Alguien llamó a la puerta de mi habitación. Mi madre indicó que podían entrar al tiempo que yo me cubría el torso desnudo con la bata. La puerta se abrió de golpe y entró un niño regordete de unos nueve años de edad. Se encaminó a grandes zancadas hacia donde nos encontrábamos nosotras y dirigiéndose a mi madre exclamó:
—Mamá, la madre de Tomás me trajo a casa tan pronto leí tu mensaje. No lo puedo creer —volteó su rostro hacia mí, tenía el ceño fruncido y noté una chispa de enojo en sus ojos—. ¿Tienes alguna idea por el tormento que hiciste pasar a mi mamá?

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...