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viernes, 27 de marzo de 2020

Capítulo 25: SOMBRA EN LA NOCHE

Una noche cuando salí del trabajo y luego de despedirme de Mélody comencé a tener un presentimiento muy extraño, como si alguien me estuviera siguiendo. Miré hacia atrás, pero no vi a nadie. Aceleré el paso asustada. No sabía qué era lo que me seguía, pero tenía que llegar a mi casa pronto. Sentía que algo iba mal y no me equivocaba.
Al doblar por la esquina de mi casa sentí que me jalaban del cabello. Intenté escapar, pero fue en vano. Un hombre del tamaño de una mole me arrojó contra la pared de una vivienda y me tomó del cuello. No podía respirar. Comenzó a increparme en sus ojos podía ver el color del odio:
—Creías que ibas a poder escaparte, perra. Así me pagas todo lo que hice por vos. No te olvides que fui yo quien te sacó de ese antro y te colocó en la cima. Por apiadarte de esas prostitutas amigas tuyas todos cayeron. Me costó encontrarte, pero sabía que no estabas muerta como dijeron esas zorras antes de que las mate —soltó una risa amarga—. Al final también te traicionaron. Me dijeron que te golpearon en la cabeza y te tiraron a una zanja. Vine a recuperar lo que es mío.
Me soltó el cuello, pero me tapó la boca para que no pueda gritar. Me levantó del suelo como si no pesara nada y comenzó a arrastrarme algunos metros. Pensé que todo estaba perdido. Imaginé que regresaría a mis peores pesadillas.
Escuché un golpe sordo y nos derrumbamos. Sentí todo el peso de aquel corpulento y repulsivo ser caer sobre mí. Me quedé sin aire unos momentos, pero logré liberarme con ayuda de Miguel que había aparecido como un ángel para salvarme.
Comencé a gritar debido al terror que sentía y a la histeria contenida. Me abracé a Miguel llorando desconsoladamente. No entendía cómo había llegado hasta allí en ese preciso momento.
—Fue muy extraño, Julia me advirtió que estabas en peligro y vine a buscarte.
No me resultaba extraño lo que había dicho. Después de todo, a mí me pareció haberla visto en su ventana en cierta ocasión. Él tenía una roca ensangrentada aún en la mano cuando lo solté.
—¿Estará muerto? —pregunté temblando.
Miguel estaba pálido como un fantasma. Se puso en cuclillas y le tomó el pulso a aquel hombre que estaba desangrándose en el suelo.
—Aún vive. Llamemos a la policía.
Llamé temblando al 911 para pedir ayuda. Al mismo tiempo, noté que varios vecinos se estaban asomando por las ventanas de sus casas. Es curioso cómo la desgracia atrae a las personas como aves de rapiña sobre una criatura a punto de morir.
Un patrullero no tardó en llegar y poco después se hizo presente una ambulancia.
—No te preocupes Leda. No te va a poder lastimar más —me dijo uno de los policías al pasar a mi lado.
Nos llevaron a declarar a la comisaría. Yo aún no había conseguido calmarme por lo que fue Miguel quien habló primero. Dijo que había ido a buscarme para darme una sorpresa a la salida del trabajo cuando vio que ese hombre estaba intentando atacarme sexualmente y lo golpeó con una roca que encontró en el pavimento. Yo no lo negué. Estaba muy confundida.
Ese evento había revelado información sobre un pasado que yo prefería negar. Quizás alguna vez, hubiese estado involucrada de alguna manera con la red, pero la vida que llevaba ahora estaba lejos de eso. Había construido un mundo ideal y no iba a permitir que los destellos de mi mundo anterior me lo arrebaten. Cada uno se construye a sí mismo a partir de decisiones que va tomando y si mis elecciones no habían resultado ser las mejores, prefería no saberlo. El peso de haber destruido vidas enteras era como una roca que no quería cargar en mi cuello. Era mejor olvidar. Comenzar de cero, como si nada hubiese sucedido.
Una llamada telefónica de la comisaría reveló que mi atacante había fallecido asfixiado en el hospital. No puedo negar que me sentí aliviada. El policía tenía razón con sus palabras. Aquel hombre ya no me molestaría. Me pregunté cómo podía ser que el oficial conociera mi nombre y lo que sucedería después, pero algunas veces es mejor ignorar las respuestas, porque la verdad es lo único que podría destruirme. Decidí que no dejaría salir los monstruos que habitan en mí. 
ALEJANDRA ABRAHAM    

viernes, 22 de noviembre de 2019

Capítulo 7: SERES DE LUZ

Estaba aturdida y asustada. El dolor era tan fuerte que hacía imposible que permaneciera erguida. Las palabras del médico sonaban como un eco lejano dentro de mi cabeza. Algo no iba bien con la bebé y tenían que operarme de urgencia. A pesar de mis insistencias no dejaron que mi madre me acompañase al quirófano. Estaba muerta de miedo y no quería estar sola.
Creía que algo no estaba bien conmigo y con la bebé. El presentimiento se volvía cada vez más fuerte. Comencé a llorar.
Sentía que me iba a morir y necesitaba a mi mamá conmigo. No podía respirar. Alguien dijo que estaba teniendo un ataque de pánico y que era algo normal. No había nada de normal en cómo me sentía. Tenía frío, la garganta se me cerraba cada vez más y pensaba que eso me mataría. Nos mataría tanto a mí como a mi pequeña. Aquello destruiría a mi madre quien seguramente moriría de pena. Todo estaba mal, infinitamente mal y nadie podía ayudarme. Comencé a forcejear con los médicos. Creo que quería escapar de la realidad que me asfixiaba.
Sentí un pinchazo en el brazo e instantes después comencé a desvanecerme. Me dejé caer hacia atrás. Ya no tenía fuerzas suficientes como para moverme. De hecho, no podía mover un sólo músculo de mi cuerpo. Un instante después, el dolor me abandonó por completo. Me pregunté en ese momento, si así se sentiría morir.
La luz sobre mi cabeza era demasiado intensa y me obligaba a mantener los ojos entrecerrados. Los médicos que me rodeaban habían sufrido una metamorfosis tan paulatina que casi no lo había notado. Ahora, eran más altos y estaban hechos de luz. Ya no eran humanos.
Tenía que huir, pero el cuerpo no me respondía. Sentía que iban a hacerme daño tanto a mí como a mi hija. Luché con todas mis fuerzas, pero había olvidado cómo usar las extremidades. Intenté gritar, pero mis labios permanecieron sellados.
Las criaturas sostenían lo que parecían ser instrumentos de tortura y yo sabía que planeaban utilizarlos contra mí o contra mi niña. Mi cuerpo estaba dormido, pero yo me sentía más despierta que nunca. Estaba atenta a todo lo que sucedía a mi alrededor.
No pude evitar apretar los ojos con fuerza cuando los seres deslizaron un afilado instrumento por mi vientre. En ese momento estaba preparada para lo peor. Me alivió, sin embargo, no sentir ningún dolor físico, aunque por otro lado, una tristeza profunda se sumaba a la desesperación que me invadía.
Había muchísima sangre por todos lados. Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para evitar apartar la mirada. El ser de luz que me había abierto el vientre levantó en sus brazos a mi bebé. Estaba cubierto de sangre y lloraba con fuerza. Era un varón y unos escasos mechones cobrizos cubría su pequeña cabecita. Otro iluminado ser cortó el cordón que nos mantenía unidos. Ya no había nada que nos conectara. Me sentí completamente vacía, como si se hubieran llevado una parte importante de mi alma.
Otro nacimiento exitoso.
Sus voces sonaron al unísono siseantes dentro de mi cabeza.
Lo alejaban de mí. ¿A dónde se lo llevaban? Necesitaba estar con mi bebé.
Tan sólo un ser de luz se quedó atendiendo mi herida abierta. Los demás rodeaban al niño al que habían depositado sobre una superficie metálica. Mi hijo lloraba y las criaturas estaban intentando entrar por su boca. Uno a uno, él los iba absorbiendo. Yo no entendía qué estaba sucediendo.
De pronto, sentí como la oscuridad me envolvía por completo. Creo que me desmayé.
Cuando volví en mí, distinguí a mi mamá. Ya no me encontraba en el quirófano y no había ningún rastro de aquellos extraños seres de luz. Estaba en la cama de una habitación pequeña que tenía una ventana que daba al patio del hospital. Mi bebé dormía en un moisés transparente. Samuel se encontraba sentado a los pies de mi cama jugando con su teléfono.
—Tienes una hermosa y saludable niña —dijo mi madre y me regaló una dulce sonrisa—. ¿Cómo te encuentras?
—Confundida —dije sinceramente.
Me incorporé un poco para ver bien a mi hija. El efecto de la anestesia se estaba yendo por lo que sentía un poco de dolor. La bebé era preciosa. Dormía profundamente y respiraba tranquila. Tenía las mejillas rosadas y unos pequeños bucles color castaño claro. Me pregunté si lo que había visto hacía instantes habría sido una alucinación o quizás algún recuerdo del nacimiento de alguno de mis otros hijos.
Intenté concentrarme en las personas que me rodeaban. Estaba casi segura de que mi hija, mi madre y mi hermano eran reales. Quería convencerme de que estaríamos a salvo. Llevé mi mano hacia la de mi mamá y ella me la tomó con fuerza. Sentir su apoyo me daba seguridad. Era mi anclaje con la realidad. Tenía mucho miedo de volver a perderme fuera de este mundo.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Capítulo 4: SANGRE DE MI SANGRE

Me recosté en el diván de la consulta y Noemí comenzó a guiarme hacia un momento que me hubiese hecho feliz de aquellos años olvidados. Utilizó técnicas de relajación para que intentara desprenderme de la realidad que me agobiaba y pudiera abrir las puertas de mi inconsciente. Podía sentir la sangre fluyendo por mi cuerpo como si aquel flujo de vida estuviera purificando mi ser.
Poco a poco, sentí como si perdiera la conexión con el espacio físico que me rodeaba y me dejé guiar por los sinuosos senderos de mi mente. Las imágenes pasaban ante mis ojos como en una película. Me sentía como en un sueño, pero todo era mucho más claro, más nítido y más luminoso que nunca. Estaba en un prado y aunque no recordaba haber estado ahí antes me resultaba vagamente familiar.
Todo era muy hermoso. Veía colores que nunca antes había visto, que no podría describir aunque quisiera. Sentía el murmullo de un arroyo cerca de donde me encontraba.
No estaba sola. Dos niños pequeños de cabello cobrizo jugaban a atrapar lo que parecía ser un balón transparente. Algo con destellos color plata se movía dentro de la esfera.
En el recuerdo me encontraba sentada sobre la hierba cubierta de rocío y le indiqué a los niños que no se alejaran demasiado. Estaba segura de que eran mis hijos. Memoricé cada detalle de sus hermosos rostros, sus movimientos, sus ropas a juego azul marino.
—Relátame lo que estás viendo —la voz de Noemí sonó como un eco lejano dentro de mi mente.
—Veo a dos niños, mis hijos, estamos en una pradera. Me parece escuchar el sonido de un arroyo cerca nuestro.
Me sentía en paz en ese lugar. No quería regresar a mi otra vida. En aquel sitio encantado yo me sentía realmente muy feliz.
Los niños corrieron alejándose y me escuché pronunciar por primera vez sus nombres: Dante y Alex. Repetí sus nombres para que esta vez Noemí también pudiera oírlos.
Seguí a los pequeños colina abajo y distinguí el flujo de agua que había estado escuchando. Se detuvieron en la orilla. El más pequeño de los dos corrió hacia mí y se abrazó a mi pierna. Supe que era Dante.
Antes de poder siquiera conocerlos ya los quería como a algo inalcanzable.
—Cuando cuente tres vas a despertarte —otra vez escuchaba el eco en mi cabeza.
No, no podía regresar. Aquel era el lugar en el que debía estar. Mis pequeños me necesitaban. Yo los necesitaba. Me aferré a los recuerdos aún después de que se fueron tornando difusos. No quería irme.
—Uno.
Ya había perdido demasiado, no quería perder también ese momento. Necesitaba saber más. Quería saberlo todo.
—Dos.
No, era demasiado pronto para regresar.
—Tres.
El consultorio fue tomando forma frente a mis ojos. La pequeña habitación se veía más lúgubre y más sombría que nunca. Noemí estaba sentada frente a mí y me observaba impasible. En ese momento la odié profundamente. Sentí que Noemí era como una poderosa hechicera quien me había dado todo sólo para después quitármelo.
—Necesito regresar —solté con ímpetu.
—Mañana podemos intentarlo nuevamente —sugirió.
—Quiero ver más —repliqué.
—Lo sé, Leda. Lo sé.
Regresé a casa con mi madre. Decidí guardarme los recuerdos sólo para mí. Quizás en otro momento le relatase lo que había visto. Sentía una angustia agridulce. Tenía que encontrar a esos niños, tenía que saber exactamente qué había ocurrido con ellos.
Ese día se abrió una puerta que sería muy difícil volver a cerrar. Sin embargo, en ese momento lo hubiera dado todo para regresar con mis hijos a aquel precioso edén.

viernes, 25 de octubre de 2019

Capítulo 3: HIPNOSIS

La semana más difícil de la vida que recordaba había transcurrido. En algunos momentos sentía que quería desaparecer para siempre del mundo, pero al mismo tiempo esa idea me aterraba. Sentía los cambios en mi cuerpo fruto de aquel embarazo. No podía dejar de preguntarme qué era lo que había sucedido durante todo ese tiempo. Todos se lo preguntaban, pero por lo menos me habían dejado de exigir respuestas con las que no contaba.
Durante aquellos días había visitado a un montón de médicos diferentes tanto privados como enviados por la policía, todos coincidían en que estaba bien físicamente y en que el bebé que crecía dentro de mí era saludable. Aparte de la amnesia y la depresión, la gente decía que lo llevaba bastante bien, pero qué sabían ellos. Gran parte de mi vida me había sido arrebatada y no había nada que pudiera hacer al respecto.
También, había comenzado a ver a una psicóloga que se llamaba Noemí y era bastante agradable y a Marcelo, un psiquiatra de la policía con el que no congeniaba tan bien, pero me obligaban a asistir a su consulta con cierta periodicidad. Marcelo me daba medicación para controlar la ansiedad y ayudar a la recuperación de mi memoria. Eso me mantenía preocupada, porque había escuchado alguna vez que no era conveniente tomar pastillas durante el embarazo.
Visitaba a Noemí todos los días y aunque no notaba ningún avance con respecto a mis recuerdos, por lo menos yo me sentía bien al poder hablar con alguien. No es que no pudiese conversar con mi mamá, pero usualmente ella terminaba por romper a llorar junto conmigo y verla triste sólo hacía que me sintiera peor. Algunas veces, cuando intentaba conversar con ella, mi hermano solicitaba la ayuda de mi madre para sus tareas escolares o inventaba algún problema para alejarla de mí.
Poco tiempo después de mi desaparición, mis padres habían decidido tener un bebé. No los culpo por haber querido reemplazarme, pero Samuel hacía toda la situación mucho más difícil. Realmente me odiaba por haber desaparecido o quizás por haber regresado. No era necesario que me dijera nada, pues veía en su mirada el desprecio que sentía por mí. Hubiera sido mejor si sólo estuviésemos mi mamá yo y eso mismo le comenté a Noemí un día.
—¿Sólo ustedes dos? —me preguntó ella con su mejor cara de póker.
—Bueno, y el bebé. Si es que es un bebé —dije y luego me mordí el labio. Era la primera vez que manifestaba en voz alta mi preocupación.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, ¿qué tal si no es un bebé? Quiero decir, no sé qué fue lo que me sucedió, ni dónde estuve todo este tiempo. ¿Qué pasaría si no es humano y es algo más?
—¿A qué te refieres?
—No lo sé. ¿Qué tal si fue una especie de monstruo o un demonio lo que me robó el tiempo?
—¿Realmente crees eso?
—No, no realmente. Suena algo tonto cuando lo digo en voz alta. Lo lamento.
—No lo sientas. Es normal que estés confundida. Estás pasando por una situación difícil —dijo mientras anotaba algo en su libreta. Me despertaba bastante curiosidad saber qué era lo que anotaba siempre allí. Seguramente, sería algún diagnóstico sobre lo loca que me consideraba.
Las semanas pasaron y mi vientre crecía cada vez más. Seguía sin lograr recordar, pero por lo menos no estaba tan deprimida como antes. No puedo decir que me sintiera bien, pero mi forma de ver el mundo había virado del negro al gris.
El día en el que me enteré que esperaba una niña fue la primera vez desde mi regreso que experimenté algo parecido a la felicidad. No es que realmente me gustara la idea de ser madre, pensaba que si no podía ni con mi vida cómo iba a poder cuidar de alguien más. Sin embargo, me alegraba que no fuera a ser un niño. La relación con mi hermano no avanzaba para delante ni para atrás y simplemente, en ese momento no quería tener que lidiar con otro niño en mi vida.
A partir de la noticia, mi madre no dejaba de proponer nombres de mujer. Parecía contenta y por algún motivo eso me irritaba. Yo simplemente quería dejar de pensar un poco en ese asunto. Me daba igual como se llame la bebé siempre y cuando naciera humana. Desde que había vuelto a casa, mi madre me acompañaba a todos lados y como yo ya le había hecho suficiente daño, no me atrevía a decirle que quería un momento sólo para mí, para olvidarme de todo aunque fuera por unas cuantas horas.
La primera vez que creí vislumbrar algo de claridad en mis recuerdos fue una tarde gris del mes de mayo. Estaba en el consultorio de Noemí. Le estaba comentando que ya podía sentir a mi hija moviéndose en mi vientre cuando ella me preguntó si le permitía utilizar la hipnosis en mí e intentar recuperar algunos de mis recuerdos, para que de esa forma, me sintiese un poco mejor conmigo misma.
Acepté sin pensarlo. No sabía que algunas veces es mejor mantener algunos pensamientos muy ocultos y encerrados dentro de la mente.

viernes, 18 de octubre de 2019

Capítulo 2: CAMBIOS

Mi madre me hablaba, pero su voz sonaba como un eco lejano en mi cabeza. La sala de estar giraba alrededor. En ese momento perdí el conocimiento, estoy segura porque cuando abrí los ojos estaba recostada en el sillón. Logré fijar la vista en el techo de madera. Me incorporé con cierta dificultad, me dolía la cabeza y esperaba que todo hubiese sido un mal sueño.
La voz de mi madre me devolvió a la realidad:
—Leda, ella te va a revisar.
Una doctora me apuntó con una linterna y me hizo entrecerrar los ojos, mientras me preguntaba algo que no comprendí.
—¿Disculpe?
Apartó la luz de mi rostro y me habló casi con ternura.
—¿Podrías decirme tu nombre?
—Sí, soy Leda, Leda Liebert —respondí algo aturdida.
—¿Podrías decirme cuántos años tienes?
—Doce.
La médica intercambió una mirada con alguien de la policía. Fue entonces cuando noté que había cuatro oficiales en la sala. Dos de ellos estaban sentados en la mesa del living conversando en voz baja. Uno me miraba con lo que atiné a percibir como incredulidad y otro anotaba algo en una libreta, de pie cerca de la chimenea.
La doctora volvía a hablarme, así que volví mi mirada hacia ella.
—Tenías doce años la última vez que te vieron tus padres. Eso fue hace exactamente diez años.
Su voz era suave, pero yo sentía como si me estuviese dando una reprimenda.
¿Cómo podía haber olvidado diez años enteros de mi vida?
Observé mi cuerpo. Ya no me reconocía.
— ¿Qué sucedió entonces?, ¿por qué no llegaste al colegio aquel día?
—Yo... yo... me sentí mal y decidí volver a casa.
—Entonces, ¿qué sucedió cuando regresabas a tu casa? ¿Por qué no llegaste?
—Sí, lo hice. Regresé, aquí estoy —dije al tiempo que me llevaba las manos al rostro y rompía a llorar.
Me quedé sollozando en silencio unos segundos hasta que sentí el cálido y reconfortante abrazo de mi madre.
—Todo estará bien. Tranquila. Estás aquí, estás a salvo, estás en casa y todo estará bien. Nos contarás lo que sucedió cuando estés lista —mientras mi madre intentaba calmarme desenredaba mi cabello rubio con sus dedos.
Poco a poco fui dejando de llorar. Me sentí agradecida de que hubiesen dejado de preguntarme cosas para las que no encontraba ninguna respuesta.
—Me gustaría hacerle un chequeo más exhaustivo. ¿Podríamos ir a un lugar más privado? ¿Podría acompañarme, señora Liebert?
La doctora al ver que una oficial nos observaba agregó:
—También puede acompañarnos, para recolectar muestras y tomar registros de posibles heridas.
Nos dirigimos las cuatro hacia mi antigua habitación que se encontraba tal y como la recordaba. Todo era muy extraño para mí.
—No te preocupes, esto es sólo por rutina —intentó tranquilizarme la doctora —. Queremos estar seguras de que no te lastimaron y quiero revisar la inflamación de tu vientre y ese golpe en tu cabeza no se ve nada bien.
Asentí y dejé que me revisara. Colocaron mi ropa en una bolsa. Un conjunto que no recordaba haber visto jamás y que se encontraba lleno de barro.
Agradecí cuando mi mamá me trajo su bata de baño, porque así me sentía menos expuesta. La doctora De Luca había prestado principal atención a mi estómago, a mi cabeza y a algunos rasguños y moretones que tenía en los brazos y piernas. La oficial me había tomado múltiples fotografías. Yo me sentía indefensa y abochornada.
Cuando me hizo un tacto ginecológico, casi me pongo a llorar. Era tan humillante y para colmo, con una oficial extraña para mí y con mi madre presentes en la habitación. Quería desaparecer.
Finalmente, la médica le comunicó su diagnóstico a mi mamá:
—Físicamente se encuentra bastante bien, pero podría estar sufriendo un cuadro de amnesia ocasionado por un trauma. Sugiero que pidan una cita con un psicólogo para que la ayude a ordenar sus recuerdos y con un obstetra para que controle su embarazo.
—¿Qué? —preguntamos mi madre y yo al unísono.
—Leda está embarazada nuevamente —respondió la doctora—. Es difícil saberlo con exactitud sin realizar algunas pruebas, pero me atrevería a decir que se encuentra en el tercer mes de embarazo.
—¿Nuevamente? —pregunté atónita.
—Así es —mi madre se apartó para que la doctora pudiese desatar la bata —, ¿ven estas líneas de aquí?, son cicatrices de cesáreas. Estoy casi segura de que tuviste dos cesáreas ya.
Los últimos diez años de mi vida habían desaparecido por completo de mi memoria, estaba embarazada, había tenido por lo menos dos hijos y mi padre había muerto. Todo aquello era demasiado para asimilar. ¿Qué más podía suceder?
Alguien llamó a la puerta de mi habitación. Mi madre indicó que podían entrar al tiempo que yo me cubría el torso desnudo con la bata. La puerta se abrió de golpe y entró un niño regordete de unos nueve años de edad. Se encaminó a grandes zancadas hacia donde nos encontrábamos nosotras y dirigiéndose a mi madre exclamó:
—Mamá, la madre de Tomás me trajo a casa tan pronto leí tu mensaje. No lo puedo creer —volteó su rostro hacia mí, tenía el ceño fruncido y noté una chispa de enojo en sus ojos—. ¿Tienes alguna idea por el tormento que hiciste pasar a mi mamá?

viernes, 11 de octubre de 2019

Capítulo 1: OLVIDO

Seguramente todo el mundo olvida algo a lo largo de su vida, un nombre, una dirección, un número de teléfono o a alguna persona. Es un fenómeno bastante común, un lapsus, una equivocación. Es algo normal, me repito. Dejar la estufa encendida o las llaves en la puerta, ese tipo de eventos a cualquiera puede pasarle, pero sin dudas no es normal lo que a mí me sucedió.
El día después de mi regreso a casa, junté valor suficiente para mirarme en el espejo y pude reconocer el miedo y la frustración en unos ojos de un celeste tan claro que parecían grises e identifiqué como los míos. Los ojos fueron lo único que no había cambiado en ese rostro que me resultaba extraño. Bueno, no era del todo extraño, en parte seguía reconociéndome a mí misma o por lo menos a una parte de mí. No sólo mi rostro había cambiado, también mi cuerpo, la casa y la gente me resultaban extraños.
Cerré mis ojos conteniendo las lágrimas. Ya había llorado suficiente y no me había servido de nada hasta ahora. Necesitaba saber qué había sucedido, cómo había pasado aquello y por qué entre tanta gente me tenía que ocurrir a mí.
Me sentía atrapada en una pesadilla. No podía creer que mi papá ya no estuviese, no podía creer que yo ya no fuese yo misma y que el mundo continuase tan igual y tan diferente al mismo tiempo.
Decidí apartarme de mi aterrado reflejo que tan sólo lograba hacer que me sintiese más confundida. Me dejé caer sobre la cama y el colchón se hundió debajo de mi peso. Por lo menos la habitación seguía siendo igual. Después de todo, habían decidido conservar aunque fuese solamente aquello, mientras todo lo demás había cambiado tan vertiginosamente.
Bueno, quizá para los demás el cambio hubiera sido más paulatino, más llevadero, más lento, más normal, pero no para mí. Tan sólo un parpadeo había bastado para olvidar los últimos diez años de mi vida. Simplemente se habían esfumado, se habían perdido, algo o alguien me los había arrebatado.
Hice el vano intento de tratar de despertarme por enésima vez. Me dolía la cabeza y estaba abrumada. Me mordí el labio y una vez más incumplí la promesa que me había hecho a mí misma de dejar de llorar. Qué más daba, al fin y al cabo nadie podría culparme por hacerlo. Necesitaba averiguar qué me pasó, quería recordar algo, encontrar alguna pista, algún recuerdo, lo que fuera.
Ayer, el despertador me había hecho saltar de la cama, me había cambiado y bajado a desayunar con mis padres. Recordar a papá hizo que se me hiciera un nudo en la garganta.
Aquel día me despedí de ellos y partí hacia el colegio. Faltaban dos días para la fiesta de egresados. Recuerdo haber pensado que sería lindo organizar una salida con mis amigas para comprar bonitos vestidos para la graduación. Al año siguiente iríamos a diferentes secundarias. Seguramente ellas así lo habrían hecho.
Caminé unas cinco cuadras, estaba a mitad de distancia entre mi casa y la escuela. Entonces, creo que fue ahí cuando ocurrió. Hacía calor y el sol brillaba alto en el cielo, a pesar de que era bastante temprano. Me bajó un poco la presión y se me nubló la vista, pero no recuerdo haberme desmayado. Se me revolvió el estómago y me sentí mareada, eso fue todo. Aun así, una leve sensación de que algo no iba bien me recorrió el cuerpo y decidí volver a casa.
No me di cuenta el momento exacto en el que sucedió, pero noté que ya no llevaba la mochila conmigo. Mi corazón dio un salto. Cómo había podido perder la mochila que llevaba puesta, cómo no había notado que se me cayó. Hice acopio de todas mis fuerzas para obligarme a respirar y toqué el timbre de casa. Cuando mi mamá abrió la puerta fui apenas consciente de que todo iba realmente mal.
Cuando me vio se puso pálida, realmente pálida, como si hubiese visto un fantasma. Yo era efectivamente un fantasma. Me envolvió entre sus brazos con tanta fuerza que sentí que me cortaba la respiración. No entendía qué le sucedía.
—Mamá... ¿Qué haces? —Intenté librarme, pero me abrazó con más fuerza.
—Leda, ¿dónde estabas?
Dónde estaba, pero si no hacía ni diez minutos que había salido de casa. De qué rayos estaba hablando mi mamá.
—No me sentí bien y por eso regresé —atiné a responder, creyendo que había formulado mal su pregunta—. Creo que perdí la mochila.
Rompió el abrazo. Noté que su rostro estaba cubierto de lágrimas. Me agarraba los brazos firmemente con sus manos mientras me miraba a la cara. Entonces, noté que su rostro había envejecido.
Fruncí un poco el ceño y pregunté:
— ¿Qué está sucediendo?
—Leda, yo creí que... Pensamos que habías... Después de un año te hicimos un funeral.
Forcé una risa, era una broma de mal gusto. No podía ser de otra manera.
—Leda, no es gracioso. ¿Dónde estuviste todos estos años?
—¿Años?, pero si salí apenas hace diez minutos —agregué con un hilo de voz. En su mirada podía ver que estaba hablando enserio—. No comprendo.
—Hoy se cumplen diez años desde la última vez que supimos de ti. Saliste hacia el colegio y no volvimos a verte. Te buscamos tanto tiempo...—me soltó para cruzar los brazos sobre sí misma—. Tu padre te siguió buscando aun después de que la policía y todos se dieran por vencidos. Te buscó hasta sus últimos días... hasta que ya no le quedaron fuerzas....
—¿Dónde está papá? — pregunté desesperada.
—Hace más de cinco años que nos dejó, el cáncer se lo llevó... yo... al final él tenía razón... estás viva...

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...