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viernes, 20 de marzo de 2020

Capítulo 24: RENUNCIA

Algunas veces la curiosidad es más fuerte que la prudencia y la sabiduría juntas.
Mi vida iba mejor que nunca. No tenía ninguna necesidad real de escarbar en mi pasado o en las confusas pistas que había recolectado tiempo atrás con la hipnosis. Aún así, desafiando la voz de mi conciencia que me rogaba no hacerlo, comencé a preguntarme por qué el modelo al que yo había creído conocer como mi Ian había sido tema recurrente en mis visiones.
Explorando en Internet, descubrí que realmente se llamaba Ian y se apellidaba Cruz. Era un modelo y cantante de Pop en ascenso, popular entre las preadolescentes. Él había forjado una importante fortuna a pesar de que no hacía sus propias canciones. Aunque en sus temas se lo mostraba sumamente seductor o con el corazón roto, llevaba siete años casado con su representante, un hombre atractivo que lo doblaba en edad.
Eran los padres de dos niños pequeños y aunque se mencionaba en numerosas entrevistas que habían alquilado vientres legalmente, no figuraba ningún dato sobre las mujeres que los habían dado a luz o de quienes eran las donantes de los óvulos.
Por un momento, barajé la fantasiosa posibilidad de que fueran mis hijos y de ir a conocerlos, pero luego de ver las imágenes de la mansión de Ian y su pareja me di cuenta de lo absurda y egoísta que resultaba esa idea. Ellos tenían papeles legales y eran completamente felices. Además, las imágenes de mis recuerdos inventados no coincidían con esa realidad.
Entendí que seguramente jamás había conocido a los niños que di a luz. Los niños que tanto amaba nunca habían estado con migo. No había sido más que una matriz. Quizás los monstruos a los que había dado forma de seres de luz en mi imaginación reflejaban los monstruos reales que lucraban con vidas humanas.
Me preguntaba si habría sido una víctima o había alquilado mi cuerpo para gestar a los hijos de otros. Fuera como fuera, aquella que había sido había quedado atrapada dentro de los confines de un laberinto psíquico y deseaba con todas mis fuerzas que no regresara jamás.
Quizá, yo los había parido, quizá no. Pero lo que sí era evidente era que sus padres eran ellos y yo no era más que una completa extraña en sus vidas. A aquellos niños no les faltaba nada económicamente hablando y las fotografías en Internet revelaban lo felices que eran con unos padres que los amaban profundamente. Pensé que si ellos no eran mis hijos, los míos debían haber tenido una suerte semejante, puesto que suponía que la compra de bebés requería de un gran sustento económico. El alquiler de vientres era un negocio millonario ya fuese legal o no.
Yo deseaba lo mejor para ellos y si realmente eran mis hijos, prefería que crecieran con lujos que yo jamás podría darles con mi sueldo de camarera. Además, si me equivocaba y ellos no eran de mi sangre, quedaría confirmado que había perdido la cordura y podría ponerse en peligro el seguir manteniendo la tenencia de Ariana. En ese momento, ella y Miguel llenaban por completo mi vida.
Por otro lado, resultaba evidente que Ian jamás había sido mi pareja y era probable que sus hijos en realidad no fuesen míos. Posiblemente, hubiera incorporado esas imágenes ya que se trataba de una figura famosa del espectáculo y a partir de allí había construido mis recuerdos falsos. Dos hijos por mis dos cesáreas y un rostro hermoso como mi pareja.
Tomé la decisión de no hablar sobre los niños jamás con nadie, aunque no pude evitar recopilar información sobre sus vidas en las redes sociales y en los medios de comunicación. Era mi forma de saber que estaban bien sin tener que involucrarme realmente en sus vidas. Nunca supe si realmente los había dado a luz, pero al renunciar a averiguarlo, hice lo que consideré correcto.
Me pregunté si me habrían obligado a gestar los bebés de otros o si era yo quien había tomado esa decisión alquilando mi vientre dentro de una organización. Lo cierto, es que no recordaba nada de mi vida pasada. No sabía quién había sido durante esos diez años. Y si yo hubiera hecho algo malo durante aquel lapso de tiempo, ¿significaría que hora también era una mala persona?

viernes, 1 de noviembre de 2019

Capítulo 4: SANGRE DE MI SANGRE

Me recosté en el diván de la consulta y Noemí comenzó a guiarme hacia un momento que me hubiese hecho feliz de aquellos años olvidados. Utilizó técnicas de relajación para que intentara desprenderme de la realidad que me agobiaba y pudiera abrir las puertas de mi inconsciente. Podía sentir la sangre fluyendo por mi cuerpo como si aquel flujo de vida estuviera purificando mi ser.
Poco a poco, sentí como si perdiera la conexión con el espacio físico que me rodeaba y me dejé guiar por los sinuosos senderos de mi mente. Las imágenes pasaban ante mis ojos como en una película. Me sentía como en un sueño, pero todo era mucho más claro, más nítido y más luminoso que nunca. Estaba en un prado y aunque no recordaba haber estado ahí antes me resultaba vagamente familiar.
Todo era muy hermoso. Veía colores que nunca antes había visto, que no podría describir aunque quisiera. Sentía el murmullo de un arroyo cerca de donde me encontraba.
No estaba sola. Dos niños pequeños de cabello cobrizo jugaban a atrapar lo que parecía ser un balón transparente. Algo con destellos color plata se movía dentro de la esfera.
En el recuerdo me encontraba sentada sobre la hierba cubierta de rocío y le indiqué a los niños que no se alejaran demasiado. Estaba segura de que eran mis hijos. Memoricé cada detalle de sus hermosos rostros, sus movimientos, sus ropas a juego azul marino.
—Relátame lo que estás viendo —la voz de Noemí sonó como un eco lejano dentro de mi mente.
—Veo a dos niños, mis hijos, estamos en una pradera. Me parece escuchar el sonido de un arroyo cerca nuestro.
Me sentía en paz en ese lugar. No quería regresar a mi otra vida. En aquel sitio encantado yo me sentía realmente muy feliz.
Los niños corrieron alejándose y me escuché pronunciar por primera vez sus nombres: Dante y Alex. Repetí sus nombres para que esta vez Noemí también pudiera oírlos.
Seguí a los pequeños colina abajo y distinguí el flujo de agua que había estado escuchando. Se detuvieron en la orilla. El más pequeño de los dos corrió hacia mí y se abrazó a mi pierna. Supe que era Dante.
Antes de poder siquiera conocerlos ya los quería como a algo inalcanzable.
—Cuando cuente tres vas a despertarte —otra vez escuchaba el eco en mi cabeza.
No, no podía regresar. Aquel era el lugar en el que debía estar. Mis pequeños me necesitaban. Yo los necesitaba. Me aferré a los recuerdos aún después de que se fueron tornando difusos. No quería irme.
—Uno.
Ya había perdido demasiado, no quería perder también ese momento. Necesitaba saber más. Quería saberlo todo.
—Dos.
No, era demasiado pronto para regresar.
—Tres.
El consultorio fue tomando forma frente a mis ojos. La pequeña habitación se veía más lúgubre y más sombría que nunca. Noemí estaba sentada frente a mí y me observaba impasible. En ese momento la odié profundamente. Sentí que Noemí era como una poderosa hechicera quien me había dado todo sólo para después quitármelo.
—Necesito regresar —solté con ímpetu.
—Mañana podemos intentarlo nuevamente —sugirió.
—Quiero ver más —repliqué.
—Lo sé, Leda. Lo sé.
Regresé a casa con mi madre. Decidí guardarme los recuerdos sólo para mí. Quizás en otro momento le relatase lo que había visto. Sentía una angustia agridulce. Tenía que encontrar a esos niños, tenía que saber exactamente qué había ocurrido con ellos.
Ese día se abrió una puerta que sería muy difícil volver a cerrar. Sin embargo, en ese momento lo hubiera dado todo para regresar con mis hijos a aquel precioso edén.

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...