viernes, 9 de octubre de 2020

Capítulo 19: Un pasado oscuro

Capítulo 19: Un pasado oscuro

   La primavera se demoró en llegar y aquel lunes fue el primer día templado después de una temporada en la que la nieve y el viento nos recluían a todos dentro del hotel. Alan nos propuso a los cinco que tomáramos la clase de ese día al aire libre y todos estuvimos de acuerdo. 
    Nos sentamos en ronda en un claro cerca del lago espejado. El profesor comenzó la clase preguntándonos a cada uno cómo había estado nuestra semana y cómo íbamos con la preparación de los exámenes. Conversamos durante algún tiempo de nimiedades y luego Alan propuso que durante la clase hipnotizáramos a alguno de nosotros. Contábamos con el material teórico que explicaba la forma correcta de hacerlo, pero era la primera vez que lo pondríamos en práctica. 
   —Necesito a dos voluntarios para este ejercicio. Uno de ustedes deberá indagar en la mente del otro y lograr que revele algo que haya olvidado de su pasado. No podemos recordar absolutamente todo. La mente selecciona aquello que podemos saber en forma consciente y relega al inconsciente muchas de nuestras vivencias que considera innecesarias o peligrosas —dijo Alan y nos observó uno a uno.
   —¿Se puede enviar pensamientos al inconsciente de forma voluntaria? —preguntó Sasha.
   —Requiere de mucha práctica, pero no es imposible. Cuando estudiamos algo de memoria ponemos toda nuestra concentración en recordar aquello que consideramos importante, mientras que algunos temas son pasados por alto. Una parte quedará en nuestra consciencia, mientras que lo demás va más allá. Puede que pensemos que lo hemos olvidado y que regrese a nosotros disfrazado de alguna manera. Por ejemplo, en los sueños fragmentos de nuestra vida acuden a nosotros, aunque no siempre podamos entenderlos con claridad —explicó el padre de Tamara.
   —No me refiero a eso. ¿Podemos hacer que otra persona olvide cosas? —volvió a indagar el pelirrojo.
   Alan frunció el ceño levemente. Parecía estar teniendo un debate interno con respecto a qué información debería facilitarnos. Finalmente respondió:
   —No sería ético alterar los recuerdos de alguien más. Sin embargo, algunas veces es necesario por el bien de la persona que olvide ciertas vivencias o que recuerde sucesos que no acontecieron en realidad. Los recuerdos nunca son exactos. Siempre hay alteraciones, porque el cerebro tiende a completar las escenas aunque carezca de la información suficiente para hacerlo. Comenzando por completar esos detalles es posible modificar el escenario del recuerdo en su totalidad. 
   No me sorprendían las palabras del profesor, después de todo había intentado alterar mis propios recuerdos en más de una ocasión y tanto mi padre como yo habíamos modificado los de Susana. Esperaba que alguien más se presentara voluntario para que lo hipnotizaran porque prefería que nadie violara la intimidad de mis pensamientos.
   —¡Genial! ¡Yo quiero ser quien haga la hipnosis! —exclamó Sasha y se estiró para tomar un péndulo de cristal de roca que el hombre tenía sobre sus libros. 
   —¡Muy bien! Ahora, solo necesito algún valiente que permita que Sasha lo guíe por aquellos momentos de su historia que se borraron —dijo Alan.
   Cuando clavó sus ojos negros en los míos, aparté la vista. Temía que si nadie aceptaba participar, me obligara a ser el conejillo de Indias de Sasha.
   —Está bien, yo voy —dijo Sebastián, no muy convencido, después de un tiempo considerable en el que nadie habló.
   —¡Excelente! ¡Qué comience la diversión! —agregó Sasha y fingió una risa malvada, mientras se frotaba las manos. Natasha y Tamara se rieron de su mala actuación y Sebastián suspiró resignado.
   Los voluntarios se arrodillaron uno frente al otro y Sasha comenzó a hacer oscilar el péndulo frente a su compañero. A continuación, lo fue guiando con voz monótona y pausada para que relaje cada parte de su cuerpo. Cuando recibió la orden Sebastián cerró los ojos y entró en una especie de trance.
   —Entrá en un recuerdo que hayas vivido, pero que no recuerdes y narrá lo que veas —ordenó el pequeño con voz neutra.
   Tal vez Sebastián fuera un actor estupendo o bien Sasha había logrado su cometido. El muchacho comenzó a contar cosas que vivió en distintos momentos de su vida. Andrés Rochi había sido un gran padre para él, nunca le había faltado nada y siempre había obtenido todo lo que quería. Había viajado por el mundo y pasado por distintos colegios en los que había conseguido hacer amigos con facilidad. Se destacaba en los estudios y había salido con algunas chicas. Su vida era demasiado perfecta como para que la clase resultara entretenida, pero un recuerdo de sus padres acaparó la atención de todos. 
   —Estoy en los brazos de mamá. Está arreglada y huele bien. Papá está revisando la comida del horno. Yo hice trampa porque me dejaron comer antes que ellos y que las visitas. Tocan a la puerta y mamá y yo vamos a abrir. Estoy feliz, porque llegó mi padrino y siempre que viene me trae juguetes. Saluda a mamá con un beso en la mejilla y a mí me acaricia la cabeza. Trajo regalos para ambos. A mamá le da una botella y a mí un tablero donde están todos los animales, cuando los presiono hacen sonidos. Quiero ir a jugar. Mamá le agradece a Andrés y me lleva a mi habitación. Estoy muy divertido, pero viene mamá a decirme que es hora de dormir. Me arropa y me lee un cuento. Finjo dormir para seguir jugando cuando se vaya. Por suerte dejó la luz encendida. No me gusta la oscuridad. Me encanta mi nuevo juguete y si no hubiera sido porque escucho a alguien toser, hubiese seguido jugando. Me gana la curiosidad y voy al baño. Mi padrino está de rodillas con la cabeza en el inodoro. Me acerco y le acaricio el brazo para que se sienta mejor. Me mira con los ojos rojos y las mejillas húmedas por las lágrimas. Seguro que le dolía mucho la panza —contó Sebastián.
   Estaba escuchando expectante lo que pensé que era la anécdota de mi padre en cierto estado de ebriedad, pero la realidad resultó ser mucho peor de lo que imaginaba.
   —Me abraza sin dejar de llorar. Se cae mi juguete al suelo. Él lo toma y me carga escaleras abajo. Abre la puerta y veo a mamá y a papá durmiendo con la cabeza apoyada sobre la mesa. Llamo a mamá, pero Andrés me explica que más tarde ellos nos van a seguir con su auto. Me quedo dormido en el asiento trasero del vehículo de mi padrino. Me despierto cuando llegamos a su casa y me toma en brazos. Le digo que extraño a mi mamá y me explica que mis padres tuvieron un accidente con el auto y que no podrán llegar…
   Todos nos miramos completamente pálidos y tomé la mano de Tamara instintivamente. Las palabras de Sebastián apuntaban a que mi padre había envenenado a los suyos. Tenía que haber un error. No quería creer que mi padre era capaz de algo semejante. 
   —¡Suficiente! —Alan aplaudió y Sebastián salió de su trance.
 El muchacho se levantó con el rostro empapado por las lágrimas. Cuando habló lo hizo con la voz ronca y grave.
   —Tengo que ir a hablar con Andrés.
   —No creo que sea una buena idea. Lo que recordamos con la hipnosis no siempre es real —dijo Alan, intentando detenerlo.
   —Fue real. No lo había entendido hasta ahora. Era muy pequeño entonces… Tengo que hablar con Andrés —agregó con rabia contenida.
   —Seb... —comenzó a decir Natasha, pero se detuvo.
   —Te acompaño —le dije a Sebastián.
   También quería respuestas. Necesitaba saber quién era realmente mi padre y qué pretendía obtener de nosotros.
   —No. Voy a ir solo. Después podrás hablar con él si es lo que querés, pero tengo que hacer esto solo —añadió y me fulminó con la mirada.
   Tamara se acercó a mí y colocó una mano en mi rodilla para que no intentara seguirlo, aunque de todas formas no iba a hacerlo. Si yo hubiera estado en su lugar, tampoco querría tener compañía. Esperaba que a pesar de lo que había pasado, nada malo les ocurriera a ninguno de los dos.
   Sebastián comenzó a caminar dando grandes zancadas en dirección al hotel y Alan lo siguió.
   —¡Papá, dejá que hable con Andrés! —pidió Tamara, pero su padre la ignoró.
   Ambos entraron por la puerta principal y los perdimos de vista. Un momento después, Natasha le  susurró a Sasha algo en el oído y se despidieron sin dar ninguna explicación. Me quedé con Tamara que estaba tan asustada y confundida como yo. Sentí como mi mundo entero se desmoronaba. La abracé con mucha fuerza. Quería retenerla conmigo para siempre. No sabía qué iba a pasar con nosotros después de aquello. 

   ¿Su padre permitiría que permaneciéramos juntos, sabiendo lo que el mío había hecho? ¿Andrés Rochi seguiría impune? ¿Qué sucedería con mis amigos? ¿Yo podría seguir viviendo en el hotel fingiendo que nada había ocurrido? Tenía apenas dieciséis años y ya sentía que lo había perdido todo.

viernes, 2 de octubre de 2020

Capítulo 18: Telaraña de ilusiones

Capítulo 18: Telaraña de ilusiones

   El primer año que pasé preparándome en el hotel fue uno de los mejores de mi vida. En ese momento no era completamente consciente de que los hilos que mueven el destino podían descifrarse y torcerse a voluntad. Sentía que había aprendido mucho, a pesar de que seguían llenando mi mente con lo que los demás necesitaban que supiera. 
   Mi padre me daba lujos que jamás pensé que podría tener y me ofrecía acceso a todo el conocimiento que yo siempre había deseado poseer. Sin embargo, un eco muy lejano en mi cabeza, al que yo me esforzaba en ignorar, me instaba a preguntarme qué era lo que él pretendía de mí. 
   Las clases con el viejo Al habían adquirido un matiz un poco más práctico luego de nuestra experimentación con la Umbraquinesis. Quizás se debía a que era mejor que utilizáramos nuestra magia supervisados que por nuestra propia cuenta. 
   —Deleitanos con tus ilusiones, pequeña hechicera. Creo que es más que obvio que  ya sabés todo sobre el tema y no necesitás tomar notas —le dijo el viejo Al a Tamara que estaba distraída dibujando en su cuaderno. 
    Ella frunció apenas los labios pero no replicó. Nos miró a cada uno de nosotros y cuando se detuvo en mí, sentí que se me helaba el alma. Se puso de pie, arrancó el dibujo y lo dejó sobre la mesa. Apoyó la yema de su dedo índice sobre la hoja y la acomodó para que todos pudiéramos verla. Había dibujado una tarántula del tamaño de una mano. Reflejaba una exactitud en los detalles que resultaba inquietante. Las sombras producían un efecto tridimensional en la araña. No era solo un efecto artístico, bajo la influencia de la magia de Tamara el dibujo ganó profundidad. Tragué saliva en cuanto el vello de las patas de la araña comenzó a oscilar con una brisa inexistente. Muy despacio, comenzó a caminar, abandonó la hoja y avanzó hacia Natasha. 
    —No me gusta esto —dijo la joven y su voz sonó tensa. 
   —No es real. Solo es magia —añadió Sebastián, poniendo una mano en su hombro. 
   —Se ve demasiado real. ¿Por qué viene hacia mí? —interrogó, cuando la araña se detuvo frente a ella y replegó sus patas traseras dispuesta a saltarle encima.
   Sasha se reía inclinado con los codos apoyados sobre la mesa para ver mejor al ser al que Tamara había dado vida. Por un momento creí que Natasha saldría corriendo. Sin embargo, se defendió desplegando sus poderes de una forma impresionante.
   Natasha sopló, pero en lugar de salir aire de sus labios un viento gélido alcanzó a la araña. La criatura parecía estar luchando contra una tormenta creada solo para ella que la arrastró hacia la hoja en blanco. Una vez allí, el viento cesó y la  araña volvió a ser solo un dibujo. 
   Todos nos quedamos atónitos ante semejante despliegue de poderes, hasta que Tamara rompió el silencio:
   —¡Excelente, amiga! Dominás la ilusión a la perfección.
   —Vos tampoco estuviste nada mal, pero la próxima vez mejor dibujá gatitos —dijo Natasha y todos reímos.   
   —Ambas estuvieron muy bien. Creo que no queda mucho más para que les enseñe. Tal vez ya sea hora de que me retire —reconoció el anciano profesor, acomodando sus gafas.
   —Necesitamos aprender a defendernos —dije y todas las miradas repararon en mí.
   No me  agradaba el viejo Al en especial después de haber sido testigo de las cosas que era capaz de hacer. Sin embargo sentía que aún podíamos sacar provecho de sus conocimientos. Por otro lado, prefería tenerlo como aliado.
   —Esteban Rochi, las ilusiones y las palabras si son usadas sabiamente, pueden ganar batallas. Siento mucho decirte que no todos son susceptibles al engaño. Escuchen esto, niños, y recuérdenlo bien: el agua, la sal y las limpiezas energéticas pueden ser una solución momentánea, pero nadie puede huir eternamente. No se puede cambiar el final del camino, pero si quieren torcerlo a su favor tienen que ser más inteligentes que aquello que los quiera dañar —dijo el maestro y comenzó a juntar sus cosas.
   —¿Entonces, se irá? ¡No puede hacerlo! —agregó Sasha, molesto.
   —Claro que puedo. Como dije, rodearse de agua no es más que una solución momentánea para los problemas. Ustedes ya tienen las bases para seguir aprendiendo por su cuenta y convertirse en personas poderosas. No hay nada que pueda ofrecerles que no puedan conseguir por su propia cuenta. 
   —¿Volveremos a vernos? —preguntó el pelirrojo.
   —No, si tengo suerte, muchacho. Aunque si la vida nos vuelve a juntar, espero que estemos del mismo lado —añadió y colocó una mano sobre el hombro del niño antes de emprender su marcha. 
   —¡No puede irse todavía! —exclamó Sebastián, cuando el viejo Al abrió la puerta de la biblioteca.
   —¿También te vas a poner sentimental, Sebastián Koiné? —se burló.
   —No, pero Andrés le depositó el sueldo de todo el año por adelantado y todavía faltan varios meses para el verano —explicó el muchacho.
   —En ese caso, Sebastián, decile a tu padre, o falso padre, que ustedes aprendieron todo muy rápido. 
    El viejo desapareció al otro lado de la puerta y no volví a saber de él durante algún tiempo. Me preguntaba por qué había sentido tanta urgencia para abandonar la isla. Quizás su repentina marcha estaba relacionada con la profecía de  Ailén o tal vez había presentido algo más. Pasamos el resto de la tarde haciendo conjeturas con respecto al viejo Al, pero no pudimos llegar a ninguna conclusión certera que explicara su marcha.
   Cuando le contamos a mi padre que nuestro maestro nos había abandonado, suspiró con resignación, pero no parecía sorprendido. 
   —Alfonso Aigam nunca se queda  demasiado en ningún lugar. Ni siquiera el dinero puede retenerlo para siempre —explicó mi padre.

   No pusieron un reemplazo para el profesor de magia y todas nuestras dudas recayeron en Alan Danann, el padre de Tamara, que no siempre podía satisfacer nuestra curiosidad. Seguimos estudiando por nuestra cuenta. Por fortuna teníamos acceso a muchos libros interesantes en la biblioteca. La única regla de mi padre fue que mantuviéramos la discreción y no molestásemos a los huéspedes del hotel. Algunas veces practicábamos los cinco juntos, otras el grupo se hacía más pequeño e incluso dedicaba largas horas a estudiar en soledad. Estoy seguro de que los demás también seguían preparándose por su propia cuenta. Habíamos formado una extraña amistad en donde todos nos beneficiábamos mutuamente. Aunque en el fondo yo quería ser mejor que los demás.

viernes, 25 de septiembre de 2020

Capítulo 17: Teoría de las sombras

Capítulo 17: Teoría de las sombras

   El invierno era frío y las frecuentes tormentas de nieve nos mantenían aislados dentro de los cálidos muros del hotel. Sin embargo, el clima implacable no evitaba que los turistas  llegaran desde los más recónditos lugares del planeta. Venían buscando alejarse de las ocupaciones de su vida diaria, ayudaban a acrecentar con algunos ceros las cuentas de mi padre y se marchaban con las valijas cargadas de chocolates e historias que contar.
   No me molestaba el aislamiento. Además, había aprendido a ignorar a los huéspedes pretenciosos y vacíos que circulaban por los pasillos y los espacios que compartíamos. Sentía que nuestro reclutamiento y nuestro esfuerzo nos sería de utilidad en un futuro. Todo aquello vería sus frutos tarde o temprano, porque un sacrificio grande daría una recompensa de la misma magnitud. 
   Para ser sincero, aunque llevábamos un ritmo de estudio y entrenamiento agotador, creo que los cinco estábamos convencidos de que valía la pena. Disfrutábamos intentando volvernos mejores día a día y aunque teníamos una buena relación vivíamos compitiendo entre nosotros. 
   Los entrenamientos de Blas me habían permitido desarrollar los reflejos, la fuerza y el equilibrio. Con Alan aprendí a hipnotizar, a volver las conversaciones a mi favor y a analizar la totalidad de las situaciones con suma frialdad. Las clases con el viejo Al, tal como esperaba, se volvían cada vez más siniestras. 
   “Uno no puede defenderse de lo que no conoce”, solía decir el anciano para justificar sus lecciones de magia negra. Eran clases puramente teóricas, aunque estábamos seguros que en caso de ser necesario podríamos llevar a cabo ese tipo de rituales y conjuros. 
   Si bien muchas veces Al nos enseñaba simples trucos e ilusiones, en algunas de sus clases nos transmitía información realmente interesante. Durante aquellas clases de conocimiento que yo consideraba real, llevaba un libro antiguo cuyas hojas quebradizas estaban cocidas con cabello. Yo estaba casi seguro de que se trataba de su propio grimorio. Si así era, tal vez compartía con nosotros la sabiduría antigua de sus propios antepasados, aunque quizás se lo había quitado a alguien más. 
   Sus lecciones iban desde simples amarres y hechizos de amor, hasta las más cruentas venganzas. Me sorprendió saber de lo que un ser humano era capaz de hacer tan solo poseyendo el nombre completo de un enemigo desprevenido y utilizando hielo y un poco de sangre para torcer el destino en su contra. 
   Tomaba notas con lujo de detalles de aquellas lecciones que yo consideraba de magia real para agregar el conocimiento a mi propio grimorio. No tenía pensado utilizar por el momento esa información, pero en caso de ser necesario, siempre resulta útil contar con la herramienta adecuada.
  En una de sus clases aprendimos Umbraquinesis y aquello nos interesó particularmente a los cinco. El viejo Al nos deslumbró con la teoría de cómo lograr la concentración necesaria para conseguir controlar a las sombras. Para dominar la oscuridad se necesitaba tener manejo de la luz, puesto que las sombras solo pueden existir con cierta coherencia en la iluminación. Si actuábamos sobre la luminosidad repeliendo a los fotones podríamos desplegar mantos de oscuridad. De ese manto, con la concentración necesaria, sería posible crear un ente que respondiera a nuestra voluntad, un ser de sombras carente de alma. 
    —Tenemos que intentarlo  —dijo Sasha después de que el viejo abandonara la biblioteca.
   —No me parece una buena idea. La mayoría de las cosas que nos enseña Al están relacionadas con la magia negra —dijo Tamara con cierta inseguridad en la voz.
   —La magia negra no necesariamente es mala. Se vuelve mala únicamente si la usas para dañar a alguien, pero también podrías utilizarla para ayudar a otros —explicó Natasha. 
   —¿A quién ayudaríamos creando un esbirro de sombras? —interrogué para apoyar a Tamara, aunque en el fondo me moría de ganas por hacer el hechizo.
   —A nadie, pero tampoco le estaríamos haciendo daño —replicó la joven albina. 
   —Es verdad, la sombra actúa bajo las órdenes de quien la convoque. Al menos eso explicó el maestro —dijo Sebastián que siempre apoyaba lo que decía Natasha. 
   —Está bien, hagámoslo, pero solo para ver si funciona y yo no voy a convocarla —aceptó Tamara. 
   —Yo lo hago, pero tienen que ayudarme con un poco de su energía —se apresuró a decir Sasha.
   Todos aceptamos. No teníamos malas intenciones, solo volvernos cada vez más fuertes. Necesitábamos probarnos a nosotros mismos y demostrarles a los demás todo lo que podíamos hacer. En ese juego en donde todos querían tener más poder, los límites se tornaban cada vez más lejanos. 
   Sasha tomó una tiza blanca de una pequeña pizarra, que habían colocado para nuestras clases, y dibujó un enorme pentagrama en el suelo de la biblioteca. Luego, se colocó en la punta de la estrella pitagórica que apuntaba hacia el sur y los demás nos posicionamos en las otras. 
   Tenía a Sasha y a Tamara a mi lado. Nos tomamos de las manos formando un círculo. Los cinco repetimos al unísono, una y otra vez, las palabras que nuestro maestro nos había enseñado. 
   Podía sentir la electricidad en el ambiente y el aire tornarse cada vez más denso. Era igual a los momentos previos a que se desate una tormenta eléctrica. Poco a poco, la oscuridad se concentraba en el centro del pentagrama, o tal vez la luz se apartaba para que se formara aquel ente en su ausencia. A medida que el poder abandonaba nuestros cuerpos, aquella criatura parecía adquirir apariencia humana.
   Tamara me apretó la mano con fuerza cuando la criatura comenzó a caminar hacia nosotros, pero no rompimos el círculo. Aquel ser que habíamos creado y que al parecer Sasha estaba controlando atravesó nuestros brazos. Cuando lo hizo no sentí más que un cosquilleo en la nuca y el miedo propio ante lo desconocido. 
   Sasha sonreía con el ceño fruncido y procuraba no perder la concentración. Giré la cabeza para poder seguir el trayecto de la sombra. Su andar era algo torpe y pausado, pero fue ganando velocidad y fluidez a medida que se acercaba a la puerta cerrada de la biblioteca. Atravesó la madera con la facilidad que solo los entes incorpóreos pueden tener y se perdió de vista. 
   Observé a Sasha quien seguía manteniendo la concentración. Mantuvimos las manos enlazadas durante al menos un minuto más. El conjuro continuó hasta que escuchamos un grito desgarrador. Me recordó el llanto de una banshee, pero descarté que fuera una de ellas enseguida. La puerta de la biblioteca se abrió y entró una mujer mayor. Nos miró con pánico en los ojos y salió corriendo completamente pálida.  
   Rompimos el círculo y nos miramos preocupados, todos menos Sasha que se reía de nuestra hazaña indiscreta. Habíamos sido descubiertos por una huésped y las consecuencias que traería eso no podían ser buenas.

    Desconozco qué sucedió con la mujer. No volví a verla. Sin embargo, de alguna forma mi padre y Al se enteraron, porque ambos nos dieron un aburrido sermón. El que cargó con la mayor parte de la responsabilidad fue Sebastián, que conocía el funcionamiento del hotel desde hacía más tiempo que nosotros. Se suponía que teníamos que ser discretos y habíamos actuado de forma imprudente. No solo habíamos espantado a una huésped importante, sino que hacíamos peligrar todo por lo que mi padre había trabajado. Lo habíamos decepcionado y no podíamos hacer nada para enmendar nuestros actos.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Capítulo 16: Aura de hielo

Capítulo 16: Aura de hielo

   Me coloqué un poco de gel en el cabello antes de dirigirme hasta la puerta. La abrí apenas y me encontré con Tamara, que lamentablemente no estaba sola. A su lado, estaba Sasha con el puño preparado para volver a golpear.
   —¡Está nevando! —exclamó emocionado el niño.
    —Abrígate bien. Te esperamos afuera —anunció Tamara, recorriendo mis abdominales con la mirada sin disimulo.
   Si no hubiese estado Sasha en ese momento, tal vez hubiera invitado a Tamy a entrar en mi habitación. Su hermosura y sensualidad me cautivaban. Algunas noches me preguntaba si hacer el  amor con ella podría sumar un ingrediente especial a nuestra relación, pero al mismo tiempo temía que dar un siguiente paso nos hiciera perder todas aquellas cosas que yo consideraba más importantes. Amaba nuestras conversaciones y la forma en la que pasábamos las horas practicando magia o simplemente haciéndonos compañía y compartiendo momentos.
   —Está bien. Vayan ustedes y yo después los alcanzo —accedí.
   Sasha emprendió su marcha y Tamara lo siguió, pero la tomé de la muñeca, reteniéndola el tiempo suficiente para besar sus labios. Ella correspondió y continuó su camino. La observé marcharse. 
   Un cuarto de hora más tarde salí por la puerta principal del hotel. A pesar de que tenía un tapado negro, un par de guantes, borcegos y una bufanda, sentí que el viento gélido del Sur me quemaba la piel de las mejillas. Caminé bordeando el edificio con los ojos entrecerrados por el frío. No tardé demasiado en encontrar a Sasha y a Tamara resguardados detrás de un grupo de pinos.
   El pequeño observaba boquiabierto la escena y no lo culpaba. Si bien, un halo de ocultismo y de misterio rodeaba a todos los habitantes permanentes de la isla, no era frecuente ser testigo de verdaderos actos de magia. Entre las muchas cualidades que Tamara poseía, lo que más me atraía de ella era el poder que emanaba de su interior. Lo que hacía no consistía en ningún truco. Era magia real. 
   Estaba arrodillada sobre una porción de césped que la nieve no se atrevía a cubrir. Tenía los ojos cerrados y la rodeaban llamas blancas y translúcidas que danzaban. Aquel extraño aura de hielo se hacía cada vez más grande y repelía, o más bien, absorbía la nieve a su alrededor. 
   —Alucinante —murmuró Sasha.
   Los bucles rubios de Tamara danzaban con la energía que emergía de su ser. Ella continuó canalizando su magia durante algunos segundos. Luego, abrió los ojos. Cuando lo hizo, desapareció de repente el halo que la rodeaba y la nieve volvió a caer sobre su cabello.
   —¿Cómo hiciste eso? —preguntó Sasha caminando hacia ella.
   Tamara se puso de pie con una sonrisa triunfante en el rostro y explicó:
   —No estoy segura. Creo que simplemente dejé de preguntarme por la forma de lograr hacer algo y me dejé llevar por lo que sentía. No hice más que convertir materia en energía. En ese momento lo vi con mucha claridad. Creo que el universo mismo fue quien me enseñó. Es muy sencillo, pero al mismo tiempo no encuentro palabras que le den significado. Estoy segura de que si ustedes logran entrar en esa especie de sintonía con todo lo que existe, también podrían lograrlo. Creo que podemos hacer lo que nos propongamos si rompemos las barreras que nos atan a lo tangible. 
   Tamara se acercó a mí y la rodeé con un brazo. Estaba orgulloso de sus logros y sentía que a su lado aprendería más que con cualquier tutor costoso que mi padre pudiera conseguir. Teníamos que seguir perfeccionando nuestros dones por nuestra propia cuenta. Tomaríamos lo necesario de los demás, pero la clave estaba en seguir nuestro íntimo instinto y el mío decía que no podía alejarme de ella.

   A partir de ese día, guiados por la sabiduría que Tamara llevaba dentro, Sasha y yo incrementamos muchísimo nuestro poder. Sebastián y Natasha, aunque algunas tardes se sumaban a nuestros experimentos, seguían atrapados en las meras ilusiones que el viejo Al nos ofrecía a todos. 

viernes, 11 de septiembre de 2020

Capítulo 15: Heredera

Capítulo 15: Heredera

   Disfrutaba profundamente de aquellos momentos en los que podía distraerme de los estudios y alejarme de todo el mundo teniendo a Tamara como única compañía. Creo que si no hubiera sido por ella, la presión y la culpa que cargaba sobre mis hombros me hubieran destrozado por completo. 
   Tamara era como un faro que ayudaba a que no me pierda en medio de un mar de tinieblas. Aún así, algunas noches me despertaba gritando o invadido por la pena. Me arrepentía de no haber sabido valorar los momentos que había vivido con mi madre de crianza. En la distancia, aquellos recuerdos se tornaban cada vez más dolorosos. 
    Durante el día me esforzaba en ser el mejor en las distintas materias y disciplinas que me habían asignado. Quería lograr la perfección, a pesar de que nada que existiese podría alcanzar características semejantes. Siempre me había gustado desafiar las leyes que nos atan al mundo material experimentando con lo oculto. 
   Una tarde fría del mes de junio en la que había salido a caminar por la orilla del lago junto a Tamara, una llovizna que pronto se convirtió en aguanieve, frustró nuestro paseo y nos obligó a regresar al hotel. Cuando entramos estábamos empapados y tiritando. Aunque lo más lógico hubiese sido subir a cambiarnos, los actos que cometemos por amor carecen de sensatez y nos quedamos abrazados allí durante un tiempo considerable. Solo nos separamos cuando Ailén se acercó a nosotros con unos toallones blancos con el logo del hotel que tenía el dibujo de una cruz egipcia.
   —Gracias —dijo Tamy algo sonrojada.
   —El  clima está cambiando muy rápido. Eso nunca es buena señal —comentó Ailen observando las gotas de lluvia que se deslizaban por los amplios ventanales y nublaban la vista. 
   —Había sol cuando salimos —comenté envuelto en el toallón.
   Ailén observó a Tamara con un dejo de lo que solo pude interpretar como tristeza. 
   —Pido disculpas por mi indiscreción, pero es que todavía no comprendo qué es lo que está haciendo aquí una chica como vos. 
   —Mis padres consiguieron trabajos mejores que los que tenían en Buenos Aires —explicó mi novia.
   —No, lo que quiero decir es que puedo ver tu aura y es muy blanca y brillante. Quizás crean que estoy loca, pero mi abuelo es chamán —Ailén parecía avergonzada. 
   —¿En serio podés ver el aura? Eso es genial y no creo que estés loca —agregó Tamara emocionada por el cumplido. 
   No me sorprendía en absoluto que Ailén tuviera ciertos poderes. Posiblemente, la habíamos subestimado al creer que ignoraba todo lo que sucedía en el hotel. 
   —Sí. Mi abuelo me  enseñó cuando era pequeña. Si estiran sus manos con los dedos separados y desvían apenas la mirada podrán verla. Varía de persona a persona, pero el color blanco está relacionada con las personas buenas y poderosas. También puede variar según el estado de ánimo y las acciones que tomamos —explicó la recepcionista.
   Tamara inspeccionó sus propias manos intentando ver su aura. Yo en cambio, prefería no saber cómo habían afectado mis malas acciones al color de mi alma y esperaba que Tamara no intentara descifrar mi ser. Era prácticamente intentar violar mi intimidad.
   —Debés haber aprendido mucho de tu abuelo. Sos muy afortunada —dije consiguiendo que Tamara deje de intentar ver más allá de lo visible aunque fuera por algunos momentos. 
   —Sí. Se suponía que yo me convertiría en la nueva chamana de la comunidad, pero él me sugirió o más bien me exigió que buscara un trabajo en el hotel. Dijo que sería más útil aquí, aunque no tengo ni idea de cómo. Me siento rodeada de un montón de oscuridad. Algunos días siento que me gustaría regresar con mi familia. 
   Me debatí internamente sobre decirle o no acerca de la profecía que ella misma había revelado, pero por algún motivo, opté por guardar silencio. Tamara tampoco mencionó lo que yo le había contado.
   Escuché unos pasos provenientes de las escaleras y al girar me encontré con unos ojos lilas que me miraban con curiosidad.
     —¡Ahí estaban! Me preocupaba que se hubieran perdido en la tormenta. ¡Están empapados! Será mejor que vayan a cambiarse si no quieren estar con cuarenta grados mañana. Voy a estar entrenando por si quieren venir más tarde  —dijo Natasha y sin detenerse se dirigió hacia el gimnasio del hotel.
   La joven albina llevaba unas calzas rojas y una polera negra muy ajustada. Si bien el entrenamiento físico formaba parte de nuestro plan de estudios, Natasha parecía disfrutarlo más que nadie. Le gustaba desafiarse a sí misma con rutinas cada vez más intensivas y era la única que había entablado una buena relación con Blas, nuestro entrenador personal. El hombre era un físicoculturista retirado, cuyo pasatiempo favorito parecía ser el de humillar a un grupo de adolescentes a los que llevaba al límite de sus capacidades físicas. Aún me dolía todo el cuerpo por el entrenamiento del día anterior, lo que menos me apetecía era volver al gimnasio en ese momento, pero decidí que era mejor no mostrar debilidad frente a las chicas.
    —Claro, quizás más tarde vayamos  —dije aunque sin mucho entusiasmo. 
   Noté que Tamara estaba tiritando aferrada de mi brazo y agregué:
    —Mejor subamos por algo de ropa seca. 
   Ella asintió con la cabeza. Nos despedimos de Ailén y nos dirigimos al primer piso. Mi habitación estaba unas puertas antes que la de Tamara y nos detuvimos ahí.
    —Me voy a dar un baño y después paso a buscarte, ¿está bien?  —me dijo Tamy.
    —Bueno, princesa  —le di un beso apasionado que le devolvió el color a las mejillas antes de entrar a mi cuarto.
    Me quité rápidamente la ropa mojada y la arrojé en el cesto de la ropa sucia. El personal del hotel se encargaría luego de llevarla a la tintorería y de guardarla en mi armario una vez que estuviera limpia y planchada. Eran muy eficientes. Ya conocían mis gustos y periódicamente mi padre los enviaba a la ciudad de Bariloche a que me trajeran prendas nuevas, libros, útiles escolares y refrigerios. 
   Mientras tomaba un baño reparador pensaba el giro que había dado mi vida en los últimos meses. Me habían instalado una computadora personal y regalado un celular de última generación, a pesar de que la señal y el acceso a internet en la isla no solían funcionar muy bien. Se anticipaban a mis deseos casi sin que tuviera que solicitarlos en la recepción y lo hacían con una eficiencia que rozaba lo paranormal. Poco después de que Tamara y yo formalizáramos nuestra relación en la clase de su padre, alguien había dejado una cajita con condones sobre mi almohada que había guardado en mi billetera y no había tenido oportunidad de usar. Algunas veces me preocupaba de que el personal del hotel e incluso mi padre estuvieran tan pendientes de mí. Aunque lo tenía todo, algunas veces extrañaba el anonimato de no ser nadie, la soledad de ser el chico diferente del barrio y de la escuela e incluso la emoción de conseguir algo nuevo cuando no se tiene demasiado. Quizás, simplemente fuera una persona disconforme por naturaleza. Tal vez, había algo malo en mí que no me permitía disfrutar de los buenos momentos. Algo que me recordaba constantemente que no merecía todas las cosas buenas que me estaban sucediendo.
   Al salir de la ducha envolví mi cintura en un toallón blanco y observé mi silueta en el espejo borroso mientras peinaba mi lacio y negro cabello. Noté que había ganado un poco de masa muscular gracias a los rigurosos entrenamientos a los que Blas me sometía. Quizás no era tan grande como Sebastián o tan ágil como Natasha, pero ya no era el muchachito escuálido y desgarbado que había pisado el hotel por primera vez meses atrás. 
    Alguien llamó a la puerta de mi habitación.

   —En un minuto salgo —dije lo suficientemente alto como para que me escuche la persona en el pasillo. 

viernes, 4 de septiembre de 2020

Capítulo 14: Manto blanco

Capítulo 14: Manto blanco

   Siempre había sido una persona estudiosa a la que le gustaba mucho leer, pero había días en los que me sentía abrumado por los complejos textos que no dejaban de llegar al hotel. Se suponía que había cursado mi educación media en un prestigioso colegio español, pero lo cierto era que tan solo había cursado dos años en un secundario público de Argentina. 
   Mi padre había insistido en que utilizara ese año para incorporar todos los conocimientos de la escuela secundaria de forma intensiva. Los planes de estudio habían sido especialmente elaborados para cada uno de nosotros, teniendo en cuenta nuestro perfil educativo y nuestros intereses individuales. No había nada al azar en la elección de los materiales y en las actividades que nos proponían. Mientras que la base de mi material de estudio eran textos de Psicología, Sociología y Comunicación Social, los de Sebastián tenían más que ver con las Ciencias Exactas, la Biología y la Medicina. Por mi parte, consideraba mucho más interesante aprender sobre la mente y el comportamiento humano para de esa forma poder ejercer control sobre las masas.  
   Con tan solo quince años había optado por cargar sobre mis hombros con la responsabilidad de convertirme en un alumno ejemplar. Además, deseaba mantener una relación armoniosa y estable con Tamara, quien yo creía que sería la mujer con la que pasaría el resto de mi vida. No quería descuidar mis estudios en la magia y tampoco restar tiempo a la relación de amistad que había logrado forjar con Sebastián, Natasha y Sasha, al principio presionado por mi progenitor, pero a los que luego había llegado a apreciar mucho. 
   En ese momento me  sentía desbordado por las responsabilidades, presionado por mis profesores y por mi padre pero sobre todo, por mí mismo. Nunca me había sentido cómodo si no lograba lo que me proponía a la perfección. Quería ser el mejor en todo y eso resultaba muy difícil al abarcar demasiado. Quizás, mi subconsciente intentara boicotearme. Tal vez,llenándome de ocupaciones era la única forma de evitar pensar en aquello que realmente me asustaba: mi madre, lo que podría pasar cuando Crisy dejara de ser una niña y la profecía de Ailén. 
   No era el único visiblemente cansado por las largas jornadas de estudio y de entrenamiento físico y mental a las que nos sometían los tutores que mi padre había contratado, pues mis amigos y Tamara estaban en las mismas condiciones o incluso peor que yo. No era poco común que Sasha se quedara dormido durante la cena o el desayuno. Unas finas líneas púrpuras surcaban los rostros de todos, aunque Tamara y Natasha se esforzaban en cubrirlas con maquillaje. Pese a que las primeras semanas pude notar cierta tensión entre ellas, con el tiempo se habían vuelto excelentes amigas y pasaban gran parte del día juntas. 
   El único que parecía acostumbrado al intenso ritmo de vida era Sebastián. Posiblemente, eso se debía al entrenamiento de haber vivido casi toda su vida con mi padre,  que aunque viajaba mucho, dejaba instrucciones muy precisas a todo el personal para que no nos quedara demasiado tiempo para distraernos.  
   Fueron pasando los días, las semanas, los meses y una infinidad de momentos. Los días comenzaron a acortarse, las laderas de las montañas se cubrieron de blanco y finalmente la nieve alcanzó nuestra isla. Los turistas iban y venían, todos parecían fascinados con el lugar y con el paisaje paradisíaco en el que estábamos prisioneros. 
   Ailén conseguía todo tipo de cosas de la ciudad y nunca cuestionaba ni preguntaba de más, pero al mismo tiempo, todo aquello a lo que pudiéramos acceder estaba siendo controlado. En los pocos momentos en que tenía tiempo de dejar de lado los libros, comenzaba a cuestionar mi existencia allí y a preguntarme si sería libre de salir si me lo proponía. Sin embargo, era más cómodo aceptar lo que me ofrecían y continuar con mi entrenamiento para adquirir el conocimiento. No reparé que el exceso de información nos podría estar cegando, hasta que Tamara nos abrió los ojos un día.
     —Llevamos meses viendo especulaciones teóricas con el viejo Al, pero sin practicar absolutamente nada —comentó un día en que habíamos decidido ir los cinco a la biblioteca para que cada uno avanzara con sus respectivas tareas y trabajos prácticos. 
    —Pero la semana pasada hicimos levitar a Sebastián. Eso fue divertido —dijo Sasha, defendiendo al viejo que se había convertido en su profesor favorito. 
   —Tamara tiene razón —dijo Natasha al tiempo que levantaba sus ojos lilas de un libro antiguo—. No lo hicimos levitar. No fue más que un truco psicológico.
   Había sido una experiencia bastante interesante. Se requerían cinco personas para el experimento y una silla. El anciano profesor le había pedido a Sebastián que se sentase en ella y al resto que lo rodeáramos. Pidió que lo levantáramos tan solo apoyando dos dedos bajo la silla, y tal como pensamos no funcionó. Sebastián era el más alto y pesado de los tres. Quizás si hubiera sido Sasha o alguna de las chicas, el experimento hubiera resultado desde el principio, pero hicimos fuerza y la silla apenas se movió. Luego, Al nos pidió que diéramos vueltas caminando alrededor del muchacho mientras cantábamos una tonta canción infantil y que cuando el dijera “ahora”, intentásemos levantarlo nuevamente. Al no estar pensando en nuestras limitaciones y tomándonos por sorpresa la señal, habíamos conseguido elevar la silla con Sebastián encima, como si casi no pesara. Aquel día aprendí que la fuerza y la confianza radican en nuestro interior y que lo que parece imposible puede volverse  real sin la necesidad de recurrir a las criaturas que habitan en otros planos.
   Las clases con el padre de Tamara, aunque interesantes, no nos habían aportado más que conocimientos teóricos en distintas disciplinas que no necesariamente estaban relacionadas con la magia. Incluso habíamos aplicado algunas técnicas psicológicas que habían sido descartadas por los psicólogos respetados como la catarsis que consistía en hacer presión sobre la frente de alguien para que dijera todo lo que se le fuera ocurriendo. Aquella clase fue bastante interesante, en especial cuando Tamara me confesó que quería que yo fuera su novio. Por supuesto que acepté, porque aunque no se lo había pedido con palabras daba por sentado que lo éramos desde hacía tiempo. Todos se emocionaron, incluso Alan quien nos dio el resto del día libre con la condición de que no se lo dijéramos a mi padre.
    Sin embargo, si Tamara estaba en lo cierto, nos estaban entreteniendo con meros trucos y conocimientos teóricos que no nos acercaban a nuestro objetivo real que consistía en incrementar nuestro poder mágico. ¿Sería una forma de mantenernos entretenidos para que no nos inmiscuyéramos en los asuntos de alguien más? 
   Observé a Sebastián, puesto que era de nosotros el más allegado a Andrés Rochi, a mi padre. Al darse cuenta de que yo lo observaba dijo: 

   —Coincido con Tamara y creo que deberíamos hablar con Andrés.

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...