viernes, 28 de febrero de 2020

Capítulo 21: COMO POR PRIMERA VEZ

Cuando llegué al edificio en donde vivía Miguel le envié un mensaje diciéndole que me encontraba en su puerta. Tenía miedo de que volviera a rechazarme. Estaba muy nerviosa. Esperaba que esa cita resultase mejor que la anterior.
Me había maquillado tratando de imitar la forma en la que se pintaba Mélody, puesto que sentía que ella irradiaba cierto halo de sensualidad que yo no podía alcanzar. Quería gustarle a Miguel. Quería conquistarlo que me desee y que me ame.
El tiempo que habíamos estado alejados sirvió para que me diese cuenta de lo mucho que me gustaba. Además, echaba de menos nuestras charlas y caminar a su lado las tardes en las que asistíamos a terapia.
Cuando abrió la puerta sentí que se me cortaba la respiración. Llevaba una camisa casual y unos jeans gastados. Estaba muy guapo.
Se acercó a mí y me dio un cálido beso en la mejilla. Luego subimos a su apartamento. Mientras estábamos en el ascensor, ninguno de los dos dijo nada, pero algunas veces no se necesitan palabras para decirle algo a otra persona. Me miraba como pidiéndome disculpas, estaba arrepentido y me miraba directamente a los ojos como queriendo comunicarse con mi alma. Nunca nadie me había mirado así, como si yo significase algo.
Cuando abrió la puerta me envolvió un dulce aroma a vainilla. En la mesita ratona había dos platos de cerámica con una porción de torta cada uno. En el centro reposaba una tetera con unas tazas y una azucarera a juego.
—Huele delicioso. ¿Tú cocinaste? —pregunté con curiosidad.
—Sí. Gracias. Esperemos que también sepa bien. Ven —dijo mientras me tomaba de la mano para guiarme al sofá. El contacto con su piel provocó un hormigueo que me recorrió todo el cuerpo.
Nos sentamos uno junto al otro. Estábamos muy cerca, tanto que podía sentir su calor.
—¿Quieres un poco de té? —preguntó mientras servía agua humeante en su taza.
—Gracias —asentí.
—¿Azúcar?
—Así está bien.
El bizcochuelo estaba delicioso y así se lo hice saber a Miguel quien agradeció el cumplido regalándome la más hermosa de las sonrisas. No podía creer que aquello fuese real y esperaba realmente que así lo fuera.
Conversamos bastante sobre nuestros respectivos empleos y yo le hablé sobre mi hija quien estaba cada vez más grande.
—Quería pedirte perdón por no haberte hablado antes —soltó Miguel sin más, en medio de la conversación.
—Descuida. Estuviste ocupado. Lo entiendo.
—No es eso, pero entendí que no puedo pasar toda mi vida mirando hacia atrás en el tiempo. Por más bello que haya sido el pasado.
Miguel parecía apenado y tenía la mirada fija en su regazo. Entonces no sé de dónde saqué en valor para hacerlo, pero me acerqué a él y lo besé en la mejilla, muy cerca de sus labios. Miguel levantó su mirada y sus ojos color miel se encontraron con los míos. Busqué su boca y sentí una sensación embriagadora recorrer mi cuerpo cuando nuestros labios se encontraron y se unieron en un apasionado beso.
Me abrazó fuerte y me atrajo hacia su cuerpo cálido. Lo envolví con mis brazos sin romper aquel mágico beso y me acerqué hasta quedar sentada sobre su regazo. Mi corazón latía a toda velocidad. Nunca antes me había sentido así.
Me separé apenas y aún sintiendo su aliento sobre mi boca dije con timidez:
—Yo no recuerdo haber estado con nadie de esta manera.
Me dio un tierno y rápido beso mordiendo con ternura mi labio inferior y me habló en voz muy baja y grave rozando el lóbulo de mi oído:
—No tenemos que hacer nada que tú no quieras.
Estaba malinterpretando mis palabras. Yo no quería que él se detuviera, sólo había sentido la necesidad de justificar mi inexperiencia. Tenía miedo de no ser lo bastante hábil en cuestiones del amor como para lograr que él me quisiera.
—Me gustaría continuar. Te deseo — le confesé con las mejillas sonrojadas.
Comenzó a desabrocharme la camisa con cierta destreza. Yo no me sentía cómoda con mi cuerpo tenía cicatrices en el vientre producto de mis embarazos y aún conservaba algunos cortes en los brazos cortesía de las pesadillas. Aún así dejé de lado el pudor y permití que sus hábiles manos me fuesen despojando de la ropa.
Lejos de espantarse por mis heridas, Miguel acarició aquellos lugares en los que me había lastimado haciendo que me estremeciera de placer. Casi con torpeza lo fui desvistiendo también a él. Recorrí el contorno de sus músculos con la yema de los dedos y exploré su cuello con los labios.
Sentía sus labios recorriendo mi cuello, mi clavícula y mis hombros y sus manos apreciando mi figura. Enredé mis dedos en su cabello alborotado y no pude evitar soltar un pequeño gemido de placer.
Me poseyó dulce y salvajemente con ternura, con amor y con lujuria. Dejé de pensar y me dejé llevar por la pasión y por lo que dictaba mi corazón. Nuestros cuerpos se enlazaron al igual que nuestras almas consumiéndose en ese frenesí de besos y caricias hasta que terminamos exhaustos y abrazados en el sofá. En ese momento lo hubiera dado todo por él.
Me sentía segura en sus brazos como si no hubiese nada más allá de esa habitación que pudiera hacernos daño. Todo el tormento por el que habíamos pasado ahora no era más que susurro lejano. Él era mío y yo era suya en ese instante donde nada más que nosotros importaba.
Me encontraba recostada sobre su cuerpo desnudo con la cabeza apoyada sobre su pecho mientras él acariciaba mi espalda suavemente como si temiera hacerme daño. Podía sentir los latidos de su corazón bajo mi oído y aquello era más hermoso que la más bella de las poesías. Hubiese deseado congelar ese momento y mantenerlo en mi mente para siempre.  

viernes, 21 de febrero de 2020

Capítulo 20: FUEGO

Me desperté al mediodía sintiendo un gusto amargo dentro de la boca. Parecía que mi cabeza estaba a punto de estallar. Al incorporarme de la cama me bajó la presión, pero no quería ni pensar en comer algo. Tenía el estómago completamente revuelto.
Recordé lo que había hecho la noche anterior y desbloquee enseguida mi teléfono. No tenía mensajes nuevos. Un profundo vacío invadió mi pecho. Al parecer, ya no le interesaba a Miguel en lo más mínimo.
Me lavé muy bien los dientes y luego, tomé un baño que resultó reparador. Más tarde, bajé a la cocina aún envuelta en una toalla. Encendí la televisión, casi por costumbre y me serví un vaso de agua con hielo. No me había dado cuenta de lo sedienta que me encontraba hasta que probé el primer refrescante sorbo.
Me preparé una taza de té verde y me senté en la mesa de la cocina a ver las noticias. Me quedé atónita con lo que una conductora del panel del noticiario estaba narrando.
Un incendio aparentemente premeditado se había desatado durante un motín y había acabado por destruir varias alas de la Prisión Nacional. El fuego se había cobrado las vidas de veintidós personas y muchas otras estaban hospitalizadas. Lo más alarmante había sido que entre las víctimas fatales se encontraban todos los que habían sido detenidos por la causa de los prostíbulos y las maternidades clandestinas. Si bien podría haberse tratado de una venganza, lo más probable era que fuese una forma de silenciar a los involucrados para que no dieran más información a la policía.
Me aterraba pensar que había un mundo clandestino que aún no había sido desenmascarado. Habían ayudado a escapar a los más poderosos con un plan extremadamente eficaz, posiblemente pensado hacía años. Aquellos quienes podían dar información habían sido silenciados con la muerte. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me preguntaba cuánta gente habría implicada y qué tan grande sería la red.
Imaginé a las pobres chicas secuestradas siendo torturadas, violadas y obligadas a parir sólo para quitarles a sus hijos. Lo peor era que si ese negocio funcionaba era porque había gente que lo consumía. Me preguntaba si al comprar un hijo o al cuerpo de una mujer por unos instantes de placer sabían el daño que estaban haciendo.
Era algo completamente aberrante y si yo había estado en una situación como aquella, prefería que esos recuerdos estuvieran encerrados tras un muro de defensa psíquica. Algunas veces, la verdad es demasiado dolorosa y para escapar del dolor la mente tiene que abandonar la realidad.
No me sentía lista para lidiar con mi pasado. Tenía que proyectar mi mirada hacia el futuro o de lo contrario toda esa carga acabaría por destruirme. No importaba tanto quién había sido como quién podía llegar a ser.
El timbre de las notificaciones de mi celular casi me hace saltar de la silla. Mi corazón dio un salto dentro de mi pecho cuando vi su pequeña fotografía en mi pantalla. Me había enviado la respuesta al mensaje que le yo le había escrito después de unas copas de más.
Miguel decía:
¡Qué alegría que hayas encontrado empleo! Estoy muy feliz por ti. Disculpa por no haberte respondido antes. Estuve ayudando a mi hermano con su negocio. Así que parece que yo tampoco estoy desempleado. Es algo provisorio hasta que pueda volver a trabajar en un hospital, pero algo es algo. Mañana es mi día libre. ¿Quieres venir a mi casa a merendar?
A continuación me envió su ubicación, al igual que yo había hecho en mi mensaje del día anterior.
Estaba muy emocionada. Respondí enseguida:
Muy bien. ¿A las tres de la tarde te parece bien?
Miguel se tomó unos segundos para responder y finalmente escribió:
Perfecto. Prepararé algo rico.
Yo le envié un corazón y una carita sonriente y él me respondió con los mismos símbolos.
Estaba muy emocionada. De pronto, todo parecía ir de maravilla en mi vida social. Por fin tenía amigos y podría tener otra oportunidad con Miguel. Además, las pesadillas ya casi no me acosaban por las noches y si lo hacían, ya había aprendido a no dejar que me afectasen. Por otro lado mi hija se ponía cada vez más hermosa y veía a mi madre más feliz que nunca.
Intercambié un montón de mensajes con Mel contándole lo que había pasado y especulando sobre lo que podría llegar a suceder al día siguiente. Esperaba que todo resultase bien esa vez.

viernes, 14 de febrero de 2020

Capítulo 19: LAZOS

Los días pasaban y cada vez me sentía más cerca de Mélody. En poco tiempo nos habíamos vuelto buenas amigas. Usábamos los ratos libres en el trabajo para conversar tanto de nimiedades como de temas un poco más profundos. Era una de las pocas personas con las que sentía que podía ser sincera sin ser juzgada.
Mel tenía veinte años y ese era su primer empleo. Conocía a Gus de casi toda la vida porque él era el mejor amigo de su hermana mayor desde la escuela primaria. Había decidido trabajar con él para ayudarlo en el comienzo de su proyecto y no porque lo necesitara realmente. Por la tarde estudiaba Comunicación Social en la universidad y tenía una relación no formal con un compañero de clases.
La noche de un martes en la que el bar se encontraba vacío nos quedamos conversando sentadas frente a Gus quien estaba del otro lado de la barra. Llovía torrencialmente y se podía escuchar el sonido del granizo repiqueteando contra el techo de chapa. Era poco probable que alguien se aventure a salir con ese temporal.
Gus nos invitó un shot de tequila y se sirvió uno para él.
—Vamos a ponerle un poco de onda, porque hoy la noche está re muerta —dijo Gus al tiempo que se echaba un poco de sal en la mano.
Se llevó la sal a la boca y luego bebió el líquido de un trago para después, colocar una rodaja de limón en su boca. Hizo un gesto de asco que no concordó con sus posteriores palabras:
—Delicioso. Vamos chicas, no sean amargadas.
Mel lo imitó. Yo no estaba segura. Jamás había bebido alcohol, al menos no que yo recordase. Además estaba bastante medicada y no tenía idea si mis píldoras tendrían alguna contra indicación.
—Vamos, no pasa nada. No va a venir nadie con esta lluvia —insistió Mel jugueteando con su vaso vacío.
No quería quedar mal con mis nuevos amigos así que ignoré una voz en mi interior que me advertía que aquello no era una buena idea y repetí el procedimiento que ellos habían hecho. Al tragar sentí que el líquido quemaba mi garganta y agradecí la acidez del limón que contrarrestó el sabor horrible que me había dejado el tequila en la boca. Seguramente mi expresión delató mi inexperiencia con el alcohol, porque mi amiga soltó una risita.
—Entonces, nos has hablado un montón de tu bebé, pero no nos contaste nada sobre el padre o si hay alguien más. Yo ya te conté todo de mi "mejor es nada" y Gus anda más sólo que un perro, pero ¿qué hay de tu vida amorosa? —insistió Mel.
—No estoy solo. Le gusto a muchas mujeres, pero un caballero no tiene memoria —dijo Gus fingiendo sentirse ofendido.
—¡Que mentiroso! —agregó ella en tono burlón.
—Es complicado —respondí sintiendo que los graffitis de las paredes de pronto lucían más borrosos.
—Inténtalo. Soy más lista de lo que aparento.
—De acuerdo —suspiré con resignación. Decidí que podía confiar en ellos. Si bien, no hacía mucho que nos conocíamos, los consideraba buenos amigos—. Honestamente, no tengo idea de quién es el padre de Ariana. Sufrí una especie de amnesia y no recuerdo diez años de mi vida. Que yo recuerde, lo máximo que me acerqué a alguien fue a un amigo que hacía terapia conmigo, pero desde que me ayudó a armar mi currículum no me ha devuelto los mensajes ni lo he vuelto a ver.
Los dos me miraban con asombro. Esperaba no haberme equivocado al haberles confiado algo tan íntimo de mi vida. No tuve el valor para mencionarles que al parecer había pasado esos años secuestrada dentro de un burdel o dando a luz hijos para otros como si fuera una perra de cría.
—Vaya, ¡qué fuerte lo que cuentas, amiga! Entonces, ¿no recuerdas haberte acostado con ningún hombre?
Mélody era muy directa, siempre decía lo que pensaba. Yo me sonrojé y negué con la cabeza. Podría haber sido una prostituta, pero yo no recordaba haber conocido íntimamente a nadie.
—Bueno, no te preocupes —dijo Mel y nos sirvió a los tres otra ronda de tequila.
Gus se tomó el suyo enseguida. Se lo veía un poco incómodo con el rumbo que había tomado la conversación.
—Mencionaste que este chico te había ayudado a armar tu currículum. ¿Es el que le entregaste a Gus? —Mel cambió de tema mientras yo terminaba lo que quedaba de mi bebida.
—Sí —dije casi gritando aunque no había sido mi intención.
Me sentía algo mareada, pero no resultaba desagradable.
—¿Por qué no le envías un mensaje agradeciendo el gesto? Puedes decirle que gracias a él conseguiste empleo. A los hombres les gusta sentirse importantes.
—¿Sabes? Es una idea genial la que has tenido —dije con sinceridad y saqué el celular del bolsillo de mi pantalón—. Le enviaré un mensaje ahora mismo.
—¿Estás segura de eso? —preguntó Gus pasando un trapo húmedo por la barra. No me había dado cuenta en qué momento había ido a buscar uno.
—Estoy segura. Mel es una genia.
—¿De verdad lo crees? Gracias —dijo ella.
Asentí y comencé a escribir:
Hola, espero que estés bien. Hace tiempo que no sé nada de ti. Te quería agradecer porque gracias a ti conseguí empleo de mesera en un bar llamado Caleidoscopio. Es tan genial y psicodélico como el nombre lo indica. Deberías pasar un día, así tomamos algo.
Envié el mensaje y a continuación, compartí la ubicación del lugar.
Esperaba no haberme equivocado al hacerlo. No sabía de dónde había sacado tanto valor. Seguramente el alcohol había tenido algo que ver.
—Bueno, ya está hecho. Ahora queda esperar a que el reaccione. Ya más no puedes hacer —dijo Mélody dándome una palmada en el brazo.
—Escuchen. Ya está parando de llover. Si les parece, cerramos por hoy —dijo Gus y se llevó los vasos para enjuagarlos.
Cuando llegué a mi casa me dolía la cabeza y me sentía embotada. Comenzaba a pensar que quizá no había sido una buena idea haberle enviado a Miguel mensajes de madrugado cuando él ya me había ignorado bastante.
Me metí entre las sábanas de mi cama sin poder dejar de darle vueltas al asunto. Seguramente a esas horas de la madrugada, él se encontraba durmiendo. Si me respondía sería recién a la mañana siguiente. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para poder dejar el celular en la mesita de noche e intentar dormir. Mi mente y mi corazón estaban cansados y aun así, el sueño tardó mucho en aparecer.  

viernes, 7 de febrero de 2020

Capítulo 18: SENTIRME PARTE

Había pasado gran parte del día en una clínica privada yendo de médico en médico, para hacerme el chequeo preocupacional. Al salir de allí me dirigí a ver a mi psiquiatra quien me escribió una autorización explicando que si bien estaba medicada y bajo tratamiento, era completamente apta para trabajar. Me preocupaba que no haberle mencionado a Gus esa parte de mi vida pudiese ser un problema, pero afortunadamente no lo fue.
—Los psiquiatras son unas lacras. Lo único que hacen es crearte una dependencia a pastillas para que tengas que seguir yendo. Si lo sabré yo —comentó Gus por la noche mientras ojeaba los papeles que acababa de entregarle—. Mi humilde consejo es que lo dejes antes de que te cree una adicción y si quieres pastillas más divertidas... Bueno, podría decir que conozco a alguien que conoce a otra persona que podría conseguirte. Ya sabes lo que digo.
No estaba segura si lo decía enserio así que forcé una risita.
—Igual todo bien. No tengo nada en contra de que vayas al psiquiatra. Cada uno con sus mambos —dijo al tiempo que dirigía su mirada a la entrada y agregó—: Mira ahí viene Mélody. Es la otra mesera. Yo me encargo de la barra, de la música y hago las mejores hamburguesas del país.
—Hey, Gus. ¿Cómo va todo?—preguntó la sensual morocha que acababa de entrar al recinto.
—Aquí, Lidiando con la burocracia y el papeleo para que entre tu nueva compañera, Leda —. Nos presentó Gus —: Mel ella es Leda. Leda ella es Mel.
—Es bueno que hayan contratado a alguien. Me estaba volviendo loca tratando sola con todos esos borrachos —comentó la joven y me saludó con un beso en la mejilla—. Espero que te agrade trabajar con nosotros y no huyas espantada como la última chica.
—No la asustes. Ya le advertí que el sueldo es malo por ahora.
—Descuida, las propinas hacen que valga la pena y el trabajo no está mal una vez que le agarras el ritmo. Bienvenida, Leda —dijo Mélody sentándose sobre un banco alto que estaba frente a la barra.
—Muchas gracias —dije con sinceridad.
Estaba muy contenta de formar parte de su equipo de trabajo. Ellos actuaban como viejos amigos y se estaban esforzando por hacerme sentir bienvenida.
En pocos minutos el lugar comenzó a llenarse de clientes. La gran mayoría eran grupos numerosos de amigos de entre dieciocho y treinta y pocos años. También, había algunas parejas jóvenes y algún que otro solitario.
El trabajo era sencillo, pero agotador. Casi todo el mundo pedía alguna de las cervezas que la carta ofrecía, otros pedían tragos que Gus elaboraba con destreza y muy pocos llevaban algo de comer.
Mel y yo nos habíamos puesto de acuerdo para que cada una atendiese a la mitad de las mesas del local que no eran muchas, pero estaban repletas de personas. Incluso había gente que se acercaba a la barra y pedía tragos para llevar y un grupo de cinco jóvenes estaba esperando en la puerta de Caleidoscopio a que se desocupara algún sitio en donde sentarse.
El trabajo era agotador, pero el cansancio que me invadía era agradable en cierto sentido. Me sentía finalmente como una adulta. Ahora era responsable de conseguir mi propio dinero y si todo salía bien ya no tendría que depender económicamente de mi madre. Podría cuidar de Ariana. Lo único malo era que ahora vería aún menos a mi hija.
Cuando todos los clientes se fueron, Gus, Mel y yo limpiamos el recinto. Me dolían las piernas, pero no me quejé. Esa noche había ganado un montón de dinero, incluso un extranjero oriental me había dejado algunos dólares. Las propinas que me habían dado eran equivalentes a un cuarto de mi salario.
Al salir, Gus nos saludó a ambas con un beso en la mejilla y se marchó caminando en la dirección opuesta hacia la que yo tenía que ir para regresar a mi casa que estaba a unas pocas cuadras. Bostecé, estaba muy cansada. Me había despertado muy temprano la mañana anterior y había trabajado sin descanso toda la noche.
Mel me preguntó:
—¿Dónde tienes que tomar el autobús?
—Vivo a unas pocas cuadras. Regreso a casa caminando. Voy hacia aquel lado —dije señalando hacia la izquierda.
—Bueno, vayamos juntas hasta la avenida y ahí me quedo en mi parada.
—De acuerdo.

viernes, 31 de enero de 2020

Capítulo 17: CALEIDOSCOPIO

No volví a ver a Miguel durante algún tiempo. Luego del día en el que aparentemente el espíritu de su esposa me había echado de su apartamento, Miguel había dejado de responder mis mensajes y tampoco asistía a la terapia de grupo. Yo no me había atrevido a volver a su edificio, porque me dolía en lo más profundo de mi alma la forma en la que me había tratado. Sin embargo, tenía ganas de conversar con él sobre lo que había visto. No podía tratarse de alucinaciones suyas simplemente puesto que yo también había visto a su esposa o por lo menos eso creía yo en ese momento.
Aunque al principio, me había asustado percibir el fantasma de la mujer, aquel suceso había despertado cierta esperanza en mí. Si los familiares de Miguel podían estar presentes en su vida, entonces quizá mi padre también me podía escuchar. Si bien el espíritu de mi padre no se había manifestado, comencé a sentir que cuidaba de mi familia y de mí.
Durante aquellas semanas, salía a diario a buscar empleo. Me había propuesto como meta intentar convertirme en una persona más independiente y consideraba que el primer paso para lograrlo era conseguir un trabajo. Envié a hacer fotocopias de mi currículum y las llevé a casi todos los comercios de la zona.
Una mañana sonó mi teléfono y me informó un hombre con voz de fumador que estaba interesado en mi perfil y me ofrecía una entrevista laboral para el puesto de mesera en un bar. Arreglamos para que fuese ese mismo día a las siete de la tarde.
No lo podía creer. Estaba tan emocionada que le mandé un mensaje a mi madre y a Samuel. Ella me respondió con un corazón y un mensaje de felicitación. Mi hermano me envió desde el colegio, una carita sonriente.
No sabía nada sobre ser camarera, pero Miguel me había descrito como una persona sociable con mucha facilidad para aprender y emprender nuevos desafíos así que decidí adaptarme a la imagen que él tenía de mí. Me pasé el resto de la tarde jugando con una bandeja y la vajilla de mi madre. Iba y venía llevando platos y vasos y regalando mi mejor sonrisa a comensales imaginarios. Quería estar preparada.
Mi psicólogo me había advertido que podría tener que pasar por varias entrevistas en diferentes lugares hasta que pudiese conseguir un empleo estable, por lo que no tenía que tener demasiadas expectativas ante el primer llamado, pero era demasiado tarde. Ya me había hecho muchas ilusiones de que me contratasen.
Cuando mi madre llegó a casa junto con Samuel y Ariana, me entregó algunas bolsas con el logo de una tienda de ropa conocida. Yo estaba radiante y la abracé procurando no despertar a mi bebé quien dormía en sus brazos.
—Gracias mamá. No era necesario.
— Claro que sí. No voy a dejar que mi hija vaya a una entrevista mal vestida.
No pude evitar pensar en lo extraño que resultaba el mundo de los adultos. Cuando alguien necesita encontrar un trabajo, los empleadores en vez de escoger a las personas que necesitan más el salario, tienen en cuenta que se presenten con ropa elegante y que hayan gastado dinero en fotocopias y carpetas.
Llevé las bolsas al sofá y comencé a sacar mis nuevas prendas. Mi mamá me había comprado algunas camisas ajustadas de manga larga, un par de jeans elastizados y unas botas de cuero con las que me vería muy sensual. Estaba feliz con mi regalo. Sabía el sacrificio que hacía mi madre para darnos una buena vida a Samuel, a Ariana y a mí sólo con su sueldo de secretaria y la pensión que le había dejado mi padre al morir.
—Te irá bien. Tengo un buen presentimiento, Leda.
Ella me colocó su mano en mi hombro y yo le sonreí.
—Eso espero.
—Tranquila. Ve con confianza. ¿Te ayudo a maquillarte?
—Bueno. Gracias.
Noté que mi hermano tenía en la mano algunos juegos de video. Seguramente mi mamá se los acababa de comprar. Se acercó hasta donde estábamos nosotras. Parecía un poco tímido ante el acercamiento y dijo:
—¡Qué tengas suerte! Sólo intenta no romper todas las copas el primer día —agregó tratando de sonar mordaz y subió a su habitación. Seguramente iría a jugar con su más reciente adquisición.
Al atardecer, llegué a la dirección a la que me habían citado. El bar aún no estaba abierto, pero me esperaba en la puerta un hombre calvo con la piel de sus brazos completamente cubierta de tatuajes. Estaba fumando debajo de un cartel psicodélico que anunciaba el nombre del bar: Caleidoscopio.
—Leda Liebert, ¿verdad? —preguntó mientras yo me dirigía hacia donde él se encontraba.
—La misma —respondí asintiendo levemente con la cabeza.
—Soy Gustavo Márquez, puedes llamarme Gus. Para serte franco estoy buscando alguien con poca experiencia laboral porque acabo de invertir todo mi dinero en comprar este sitio y de momento el sueldo que te puedo ofrecer es una porquería, pero las propinas suelen ser buenas. Va a depender mucho de cómo le caigas a la gente, pero no te preocupes eres bastante bonita, seguramente los muchachos te van a dejar unos cuantos billetes.
Gustavo se encogió de hombros y continuó hablando:
—Si decides aceptar el empleo ahora y nos va bien, en unos meses tu salario podría duplicarse.
—De acuerdo. No tengo problemas con eso.
Estaba muy contenta. Era mi primer empleo. No me importaba que el sueldo fuese malo, me sentía responsable e independiente.
—Perfecto. Trabajarás de martes a domingos a partir de las ocho de la noche hasta las cuatro de la mañana. Simplemente le tomas los pedidos a la gente y lo pides en la barra. Cuando está listo se lo llevas y luego les cobras. Los precios están tanto en la carta como en el cartel sobre la barra. No tenemos una política en contra de coquetear con los clientes si quieres ir por un poco de propina extra — dijo Gus y me guiñó un ojo—. Nos obligan a pedirte un chequeo médico previo a que puedas empezar a trabajar, pero si vas en la mañana y nos dan el visto bueno de la clínica por la noche ya podrías comenzar. Si quieres puedes entrar así te vas familiarizando con el lugar.
Gus abrió la puerta y encendió las luces. El lugar no era muy grande y estaba repleto de mesas con bancos altos de madera sin respaldo. Las paredes estaban decoradas con murales psicodélicos y la barra tenía un montón de botellas diferentes. Había una pequeña cocina en donde debían preparar las hamburguesas y las papas que se ofrecían en el menú.
El propietario encendió un equipo y comenzó a sonar un tema de rock alternativo que yo no conocía. Lo puso bastante alto. Era un lugar bastante agradable y llamativo. Estaba segura de que en poco tiempo comenzaría a llenarse de gente.
Le envié un mensaje a mi madre contándole las buenas noticias y me respondió al instante que estaba muy orgullosa de mí. Había pasado mucho tiempo desde que me había sentido tan feliz.
Cuando regresé a casa mi familia me estaba esperando con una torta de chocolate casera para celebrar. Supongo que la misma torta hubiese servido como consuelo en caso de que no hubiera conseguido el empleo.
Aquel día marcaba el comienzo de mi vida como adulta responsable o por lo menos así lo sentía yo en ese momento. 

viernes, 24 de enero de 2020

Capítulo 16: HUÉSPED

El reloj de la pared marcaba las tres de la tarde. Ya hacía varias horas que yo estaba lista para salir con Miguel. Comencé a ponerme nerviosa. Tenía miedo de que no llegara. ¿Qué pasaría si se había arrepentido? A las tres y cinco corrí las cortinas de la sala y miré a través del cristal, pues estaba considerando la posibilidad de que el timbre se hubiera averiado. No había rastros de mi amigo.
Pasaron diez minutos más hasta que finalmente alguien llamó a la puerta. Abrí sin preguntar y encontré a Miguel en el umbral. Un rayo del sol iluminaba su rostro y hacía que sus ojos miel parecieran verdosos. Se había afeitado la barba hacía poco y tenía un pequeño raspón en la barbilla.
Se acercó a mí y en ese instante sentí que mi respiración se detenía por una fracción de segundo. Colocó su mano sobre mi brazo izquierdo y se acercó despacio hacia mí. Cerré los ojos y sentí sus cálidos labios sobre mi mejilla. Un momento después nos separamos.
¿Qué sucedía conmigo? ¿Por qué de pronto me ponía tan nerviosa al sentirlo cerca mío?
—Luces bien. ¿Prefieres que hagamos tu currículum vitae aquí o que vayamos a mi casa?
Tardé un momento en responder. Me había dicho que me veía bien. No cabía en mí de tanta emoción.
—Gracias, que amable. Tú también te ves bien hoy.
Oh no, pensé. Esperaba que no hubiera interpretado que sugería que los demás días no se veía bien.
—¿Entonces? —Agregó.
—¿Entonces qué?
—¿Nos quedamos a armar la hoja de ruta aquí o prefieres que vayamos a mi casa?
—Yo, no lo sé. Como tú quieras.
—¿Tienes computadora?
—Sí, quiero decir no. Hay una computadora, pero está en la habitación de Samuel. No creo que le guste demasiado la idea de que entremos en su cuarto mientras no está.
—Entonces, mejor vayamos a mi casa. Mi hermano y su esposa regresarán después de las seis, así que tenemos unas cuantas horas. ¿Vamos?
—De acuerdo —dije al tiempo que salía y cerraba la puerta con llave detrás de mí.
Comenzamos a caminar lado a lado por las calles de mi barrio. Una vecina que se encontraba barriendo su vereda me saludó con un gesto cuando pasamos frente a ella. Le devolví el saludo y no pude evitar notar la forma en la que miraba a Miguel. Me acerqué más a él. Podía sentir como la tela de mi camisa rozaba la piel de su brazo mientras caminábamos.
Él pareció darse cuenta de mi intento de acercamiento porque me rodeó con su brazo y continuamos caminando abrazados. Me sentía segura con él. Era como estar en un sueño.
No hablamos demasiado durante el camino. Era un momento tan bello que tenía miedo de decir algo y arruinarlo. Él tan sólo hizo algunos comentarios sobre lo lindo que estaba el día y de lo extraño que resultaba la desaparición del presidente.
Miguel no me soltó hasta que llegamos a nuestro destino. Vivía en el octavo piso de un edificio antiguo. Por los amplios ventanales de su living-comedor se podía observar una vista estupenda. Incluso podía distinguir a lo lejos el techo de mi casa.
Las paredes estaban decoradas por algunas fotografías de un matrimonio joven. Ella era morena y esbelta y él tenía gafas y el cabello ondulado de color castaño claro. Asumí que serían el hermano y la cuñada de Miguel. En ninguna fotografía se lo podía ver a él. Comprendí un poco el sentimiento que expresaba en las terapias de no sentirse parte de aquel sitio. No había logrado volverlo su hogar, era un huésped, un invitado a la vida de una pareja que ya estaba constituída.
Unas sábanas dobladas sobre el apoyabrazos del sofá delataban que allí era donde debía dormir.
—¿Quieres algo de tomar? ¿Un té o un café?
—Un vaso de agua estaría bien.
—Agua, mi especialidad —bromeó dirigiéndose hacia la cocina.
Me senté en el sofá de lado opuesto al que estaban apiladas las sábanas. Unos instantes después Miguel regresó con dos vasos de agua con hielo. Me alcanzó uno y le dio un largo sorbo al suyo. Recién al comenzar a beber me dí cuenta de lo sedienta que estaba. Hacía calor y sentía como la camisa se me pegaba al cuerpo.
Miguel dejó su vaso sobre la mesa ratona y se dirigió a un modular de madera con dimensiones demasiado grandes en comparación con el pequeño apartamento. Noté que no contaban con sillas ni con una mesa de comedor. Posiblemente, los tres cenaban sentados en el sofá, apoyando sus platos sobre la mesa ratona y mirando televisión ya que esta estaba exactamente frente a mí, justo en el centro del modular.
Regresó cargado con una notebook, una impresora, varias hojas y una maraña de cables. Encendió los equipos y luego, abrió un nuevo documento de texto. Colocó una plantilla como base y me fue preguntando todos mis datos personales. Yo se los fui proporcionando con confianza.
Miguel era realmente bueno para organizar la información. Como yo no contaba con experiencia real ni con estudios, hacía énfasis en mi carta de presentación y en mis habilidades sociales y para aprender rápidamente. Una vez que terminó me tomó una fotografía con su celular y la pasó a la computadora antes de imprimir varias copias de mi hoja de ruta.
—Vaya, muchas gracias. Quedó muy bien.
—No fue ninguna molestia. Me gusta pasar tiempo contigo.
De repente, Miguel apartó su vista de mi rostro y comenzó a mirar por encima de mi hombro. Se lo veía tenso.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, pero es tarde. Creo que es mejor que te vayas.
¿Acaso había hecho algo que lo había molestado? ¿Por qué me echaba tan pronto?
Miguel se levantó y sacó sus llaves del bolsillo. Yo no quería marcharme, pero aunque lo deseara no podía cambiar la realidad así que tomé las hojas que había impreso para mí y lo acompañé hasta la salida. Estaba muy serio y algo pálido. Ninguno de los dos dijo nada mientras bajábamos en el ascensor. Cuando llegamos a la puerta de entrada me saludo con un beso frío en la mejilla y prácticamente me cerró la puerta en la cara.
Me sentía terrible. Se me había nublado la vista a causa de las lágrimas. Ni siquiera estaba segura de qué camino tenía que tomar para regresar a mi casa. ¿Por qué se había vuelto tan tensa nuestra relación repentinamente?
Miré hacia una ventana del octavo piso y distinguí a una mujer que me observaba con el ceño fruncido. Entonces lo supe, era el espíritu de su esposa quien había ocasionado esa reacción en Miguel. La mujer desapareció en un abrir y cerrar de ojos. No lo podía creer. Acababa de ver un fantasma. Los muertos podían caminar entre los vivos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo por completo tras aceptar esa hipótesis. 

viernes, 17 de enero de 2020

Capítulo 15: EXPECTATIVAS

Cuando me estaba por ir a acostar, recibí un mensaje de Miguel. Distinguí enseguida su pequeña fotografía en la pantalla de mi celular. Allí aparecía él, vestido con su guardapolvo blanco en el hospital donde seguramente había trabajado hasta hacía algún tiempo. Estaba muy guapo. Supongo que era una fotografía antigua en donde todavía era feliz con su familia.
Traté de desbloquear el celular y abrir el mensaje de forma tan rápida que estuve a punto de tirar el teléfono al suelo. ¿Qué querría decirme a esas horas de la noche? Mi corazón latía a toda velocidad dentro de mi pecho. Por un segundo temí que se estuviera comunicando conmigo para cancelar la salida del día siguiente. Por fortuna, no fue así. Me había escrito:
Buenas noches preciosa. Nos vemos mañana a las tres.
Me había llamado preciosa. No lo podía creer. Aquello significaba que yo también le gustaba a Miguel. Le respondí enseguida:
Que descanses. Hasta mañana.
Agregué un corazón luego de la última palabra que escribí, pero me arrepentí y lo borré antes de enviar el mensaje.
Me recosté con el teléfono en la mano por si Miguel me volvía a escribir, aunque no fue así. Seguramente, se habría acostado ya y estaría durmiendo. Me fue venciendo el cansancio y me sumergí en un profundo sueño.
Aquella noche fue la primera en la que no tuve sueños extraños ni pesadillas. Pude dormir toda la noche sin despertarme gritando o invadida por una tristeza inconsolable. No estaba acostumbrada a dormir más de cuatro o cinco horas por noche y se sentía muy bien poder hacerlo.
Esa mañana, encontré el celular en el suelo, junto a la mesa de noche. Seguramente, lo había empujado de la cama mientras dormía. Revisé que no hubiera sufrido ningún daño y me fijé si Miguel había enviado otro mensaje. Me decepcioné un poco al ver que no había recibido ninguno.
Volví a leer el pequeño intercambio que habíamos tenido la noche anterior y sonreí. Me sentía nerviosa y emocionada al mismo tiempo. Esperaba no estar malinterpretando la situación y que todo saliera perfecto.
Era bastante temprano por lo que me tomé mi tiempo en arreglarme para esa tarde. Me probé varios conjuntos antes de elegir la ropa que usaría para ese día, pero finalmente me decidí por unos jeans ajustados y una camisa a cuadros de manga larga. Planché mi cabello lo mejor que pude e incluso volví a usar los maquillajes de mi madre, pero esta vez ella me ayudó a pintarme.
No le había dicho que me encontraría con un hombre, pero le había comentado que estaba buscando empleo y supongo que fue a eso a lo que atribuyó mi cambio de imagen repentino. Mencionó que se alegraba de verme mejor y me advirtió que no me desanime si no llegaba a encontrar trabajo de forma rápida porque el país no atravesaba su mejor momento.
Le prometí que no me iba a deprimir y que intentaría dar lo mejor de mí en las entrevistas. Lo cierto es que en ese momento me traía sin cuidado conseguir o no un empleo. Claro que habría estado bien tener algo de dinero propio, pero estaba más preocupada por mi cita de ese día.

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...