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viernes, 27 de diciembre de 2019

Capítulo 12: SUEÑOS INFILTRADOS

Todo el mundo debe haber soñado alguna vez con imágenes de algo que le sucedió ese día, esa semana o en algún momento de su infancia o quizá también, con algún tema que le preocupase en particular o incluso con nimiedades de su día a día. Es común arrastrar fragmentos de nuestras vidas al mundo de los sueños, pero aquellos elementos o criaturas que son propias del mundo onírico, no deberían poder sobrepasar los umbrales del inconsciente para abrirse paso a la realidad de la vigilia. Permitir que algo así suceda parecería ir en contra de las leyes naturales, de la misma forma en que no se puede regresar de la muerte o caer hacia el firmamento desafiando la gravedad. Aquellas criaturas no deberían estar en nuestro mundo. Los seres de mis sueños habían atravesado aquella barrera que les debería ser prohibida, el umbral que las separaba de quienes pueden soñar y ahora estaban aquí.
Desperté sobresaltada al igual que tantos otros días, pero en aquella ocasión, en lugar de un grito ahogado comencé a sentir como si mi alma quisiera escaparse de mi cuerpo. Una corriente helada salía de mis pulmones y se abría paso por mi garganta y por mi boca mientras yo sentía que me asfixiaba. Una luz cegadora que emanaba de mi interior se fue moldeando en la figura de un ser que se desdobló a sí mismo creando otra criatura idéntica a él.
Aquellos extraños seres me observaron con sus rostros sin facciones durante algunos segundos en los que me quedé paralizada. Tan sólo podía temblar. Pasados unos instantes, se esfumaron frente a mí. Me aferré a la esperanza de despertar tarde o temprano, pero eso no ocurrió. Estaba despierta y aquellos seres ahora formaban parte de mi mundo. Eso no podía estar bien.
En cuanto pude volver a moverme me dirigí lo más rápido que pude al cuarto de mi madre y abrí la puerta procurando no hacer ruido. Ella dormía profundamente al igual que mi bebé. Me acerqué al moisés y besé la frente de mi hija con ternura.
No sabía qué era lo que buscaban aquellos extraños e inquietantes seres en mi mundo, pero tenía un mal presentimiento. Lo único que esperaba era que no viniesen a hacernos daño. Sentía que tenía que proteger a mi familia, pero lo cierto es que no tenía idea de cómo hacerlo. Ni siquiera podría revelarle lo ocurrido a mi madre sin que me tomara como a una completa demente.
Aquella mañana nadie notó el temor que sentía. Probablemente, después de todo lo que me había ocurrido había incorporado el miedo como una constante en mi vida.
Las palabras del conductor del noticiario me sacaron de mis pensamientos. Al parecer, habían encontrado asfixiadas a las dos primeras jóvenes que habían logrado escapar de los prostíbulos. Distinguí como una sombra de preocupación surcaba el rostro de mi madre y me pregunté si la muerte también me estaría acechando. Tenía el presentimiento amargo de que los seres de luz que salieron de mi interior podrían estar de alguna forma involucrados con aquellas muertes.

viernes, 11 de octubre de 2019

Capítulo 1: OLVIDO

Seguramente todo el mundo olvida algo a lo largo de su vida, un nombre, una dirección, un número de teléfono o a alguna persona. Es un fenómeno bastante común, un lapsus, una equivocación. Es algo normal, me repito. Dejar la estufa encendida o las llaves en la puerta, ese tipo de eventos a cualquiera puede pasarle, pero sin dudas no es normal lo que a mí me sucedió.
El día después de mi regreso a casa, junté valor suficiente para mirarme en el espejo y pude reconocer el miedo y la frustración en unos ojos de un celeste tan claro que parecían grises e identifiqué como los míos. Los ojos fueron lo único que no había cambiado en ese rostro que me resultaba extraño. Bueno, no era del todo extraño, en parte seguía reconociéndome a mí misma o por lo menos a una parte de mí. No sólo mi rostro había cambiado, también mi cuerpo, la casa y la gente me resultaban extraños.
Cerré mis ojos conteniendo las lágrimas. Ya había llorado suficiente y no me había servido de nada hasta ahora. Necesitaba saber qué había sucedido, cómo había pasado aquello y por qué entre tanta gente me tenía que ocurrir a mí.
Me sentía atrapada en una pesadilla. No podía creer que mi papá ya no estuviese, no podía creer que yo ya no fuese yo misma y que el mundo continuase tan igual y tan diferente al mismo tiempo.
Decidí apartarme de mi aterrado reflejo que tan sólo lograba hacer que me sintiese más confundida. Me dejé caer sobre la cama y el colchón se hundió debajo de mi peso. Por lo menos la habitación seguía siendo igual. Después de todo, habían decidido conservar aunque fuese solamente aquello, mientras todo lo demás había cambiado tan vertiginosamente.
Bueno, quizá para los demás el cambio hubiera sido más paulatino, más llevadero, más lento, más normal, pero no para mí. Tan sólo un parpadeo había bastado para olvidar los últimos diez años de mi vida. Simplemente se habían esfumado, se habían perdido, algo o alguien me los había arrebatado.
Hice el vano intento de tratar de despertarme por enésima vez. Me dolía la cabeza y estaba abrumada. Me mordí el labio y una vez más incumplí la promesa que me había hecho a mí misma de dejar de llorar. Qué más daba, al fin y al cabo nadie podría culparme por hacerlo. Necesitaba averiguar qué me pasó, quería recordar algo, encontrar alguna pista, algún recuerdo, lo que fuera.
Ayer, el despertador me había hecho saltar de la cama, me había cambiado y bajado a desayunar con mis padres. Recordar a papá hizo que se me hiciera un nudo en la garganta.
Aquel día me despedí de ellos y partí hacia el colegio. Faltaban dos días para la fiesta de egresados. Recuerdo haber pensado que sería lindo organizar una salida con mis amigas para comprar bonitos vestidos para la graduación. Al año siguiente iríamos a diferentes secundarias. Seguramente ellas así lo habrían hecho.
Caminé unas cinco cuadras, estaba a mitad de distancia entre mi casa y la escuela. Entonces, creo que fue ahí cuando ocurrió. Hacía calor y el sol brillaba alto en el cielo, a pesar de que era bastante temprano. Me bajó un poco la presión y se me nubló la vista, pero no recuerdo haberme desmayado. Se me revolvió el estómago y me sentí mareada, eso fue todo. Aun así, una leve sensación de que algo no iba bien me recorrió el cuerpo y decidí volver a casa.
No me di cuenta el momento exacto en el que sucedió, pero noté que ya no llevaba la mochila conmigo. Mi corazón dio un salto. Cómo había podido perder la mochila que llevaba puesta, cómo no había notado que se me cayó. Hice acopio de todas mis fuerzas para obligarme a respirar y toqué el timbre de casa. Cuando mi mamá abrió la puerta fui apenas consciente de que todo iba realmente mal.
Cuando me vio se puso pálida, realmente pálida, como si hubiese visto un fantasma. Yo era efectivamente un fantasma. Me envolvió entre sus brazos con tanta fuerza que sentí que me cortaba la respiración. No entendía qué le sucedía.
—Mamá... ¿Qué haces? —Intenté librarme, pero me abrazó con más fuerza.
—Leda, ¿dónde estabas?
Dónde estaba, pero si no hacía ni diez minutos que había salido de casa. De qué rayos estaba hablando mi mamá.
—No me sentí bien y por eso regresé —atiné a responder, creyendo que había formulado mal su pregunta—. Creo que perdí la mochila.
Rompió el abrazo. Noté que su rostro estaba cubierto de lágrimas. Me agarraba los brazos firmemente con sus manos mientras me miraba a la cara. Entonces, noté que su rostro había envejecido.
Fruncí un poco el ceño y pregunté:
— ¿Qué está sucediendo?
—Leda, yo creí que... Pensamos que habías... Después de un año te hicimos un funeral.
Forcé una risa, era una broma de mal gusto. No podía ser de otra manera.
—Leda, no es gracioso. ¿Dónde estuviste todos estos años?
—¿Años?, pero si salí apenas hace diez minutos —agregué con un hilo de voz. En su mirada podía ver que estaba hablando enserio—. No comprendo.
—Hoy se cumplen diez años desde la última vez que supimos de ti. Saliste hacia el colegio y no volvimos a verte. Te buscamos tanto tiempo...—me soltó para cruzar los brazos sobre sí misma—. Tu padre te siguió buscando aun después de que la policía y todos se dieran por vencidos. Te buscó hasta sus últimos días... hasta que ya no le quedaron fuerzas....
—¿Dónde está papá? — pregunté desesperada.
—Hace más de cinco años que nos dejó, el cáncer se lo llevó... yo... al final él tenía razón... estás viva...

viernes, 23 de marzo de 2018

PASOS EN LA NOCHE


   Los apresurados pasos de Lucas rompían el silencio de la noche. Su rostro estaba empapado por las lágrimas y de su labio inferior brotaba un hilillo de sangre escarlata. Su cuerpo entero se encontraba adolorido y maltratado y no estaba seguro de poder encontrar algún lugar en donde refugiarse del frío. No era la primera vez que su padre lo maltrataba, aunque nunca antes había huido después de la puesta del sol.
   Con sus casi nueve años de edad, había aprendido a que era mejor salir a jugar al patio de su casa cuando sus progenitores comenzaban a beber de las botellas de vidrio que él tenía prohibido tocar. Sin embargo, aquella noche hacía demasiado frío y había optado por quedarse dentro de su casa. Ahora, lamentaba haber tomado esa decisión.
   Los recuerdos se arremolinaban en su mente y le causaban una horrible opresión en el pecho. Volvió a ver un vaso de agua resbalando entre sus dedos, escuchó los gritos y el sonido del cristal haciéndose trizas contra el suelo. Sintió el dolor agudo del primer golpe contra su coronilla al que siguieron muchos más. No estaba seguro de cómo había podido escurrirse de las manos que lo sujetaban, pero una vez que encontró el camino hacia la calle había sido fácil escaparse del monstruo que se apoderaba de su padre bajo los efectos del alcohol.
   Sus pasos lo guiaron hasta el cementerio que rodeaba a la pequeña catedral del pueblo. Aunque su familia no era religiosa, la perspectiva de dormir bajo techo esa noche resultaba tentadora. Se armó de valor y pasó corriendo entre las tumbas. Ya era bastante grande como para creer en fantasmas, pero la idea de un montón de cuerpos pudriéndose bajo la tierra lo espantaba.
   Rompió a llorar desconsoladamente al encontrar cerradas con cadenas las puertas de la casa de Dios. Las golpeó en vano durante muchísimo tiempo y finalmente se quedó dormido, hecho un ovillo en las escaleras de piedra de la iglesia. Cayó en un profundo sueño del que nunca volvería a despertar.
 Los vecinos aseguran, que por las noches frías, aún se escuchan sus lamentos.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

Relato seleccionado para una antología de cuentos, que será publicada próximamente en Ediciones Public&Arte, TsEdi, Teleservicios Editoriales, S.L., de Madrid.

viernes, 26 de enero de 2018

EL SENDERO DEL MIEDO


   El único sonido en la oscuridad eran sus pasos apresurados. Bajo sus pies cientos de hojas cubrían el suelo, como si la naturaleza hubiese colocado una alfombra de oro sobre la tierra. Había cierta poesía en ello y quizás en otro momento de su vida podría haber llegado a apreciarlo. Sin embargo, no disponía del tiempo para detenerse a observar detalles como aquellos, al menos no, cuando algo lo perseguía y quizá su vida dependiera de poder llegar a casa a tiempo.
   No había luna y tampoco estrellas que salpicaran el cielo negro y Joan agradecía no estar completamente inmerso en la oscuridad. Aunque su teléfono no disponía de señal en medio del bosque, la luz que le proporcionaba la pantalla del pequeño aparato le daba cierta sensación de alivio.
   Había recorrido aquel sendero que separaba el pueblo de su cabaña un millar de veces, aunque, nunca antes se había sentido tan indefenso en medio de la inmensidad del bosque.
   Joan miró sobre su hombro una vez más, pero su perseguidor, anticipando sus movimientos, había logrado camuflarse entre los troncos nuevamente. Pese a que no había podido establecer contacto visual con él, podía sentirlo cada vez más cerca, aproximándose a él, persiguiéndolo desde que los contornos de las casas del pueblo habían comenzado a tornarse lejanos.
   Como si se tratara de un mal augurio, el bosque entero estaba en silencio. Los sonidos típicos en la naturaleza se habían extinguido por completo. Tras toda una vida de vivir allí, Joan había aprendido a que los animales eran sabios y presentían cuando el peligro estaba próximo y en ese momento podía sentirlo justo a sus espaldas.   
   Su marcha apresurada no tardó en transformarse en un trote y luego en una carrera. Estuvo a punto de tropezar en más de una ocasión, debido a que el terreno era irregular y las raíces de los árboles eran traicioneras, pero, no aminoró su velocidad. Ni siquiera lo hizo cuando su garganta comenzó a arder a causa de su agitada respiración y sus piernas doloridas le pidieron clemencia. Cualquier paso en falso bastaría para que aquello que lo acechaba cumpliera su objetivo.
   Su acelerado corazón amenazó con escaparse de su pecho cuando el crujido de una rama confirmó que su perseguidor estaba ya a unos pocos pasos de donde se encontraba.   Entonces lo supo con certeza, no había escapatoria. Fuera lo que fuera aquello era mucho más rápido y más fuerte que él y acabaría por alcanzarlo.  
   Se detuvo desesperado, intentando encontrar algún lugar para poder esconderse, pero era demasiado tarde. Casi podía sentir la respiración de su atacante erizando el bello de su nuca. Lo sentía justo detrás de él. Joan se volteó en vano, pues la pantalla de su celular se había bloqueado, dejándolo a ciegas y completamente indefenso a merced de aquel ser demasiado silencioso.
   Intentó gritar, pero, un nudo se había formado en su garganta y ni siquiera permitía que el aire pasara a través de ella. Cerró sus ojos con fuerza preparándose para lo peor. Sintió el dolor agudo de la muerte atravesar su pecho y al caer sobre un montículo de hojas se amortiguó un sonido sordo que nadie pudo escuchar. No había nada ni nadie, tan sólo el viento helado del otoño que continuó su viaje y se llevó consigo el último aliento de Joan. 
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM 

viernes, 19 de enero de 2018

EL EMBRAVECIDO MAR


   Aquellos momentos crepusculares, en los cuales entre ocres y amarillos el cielo comulga con el mar, siempre habían sido los preferidos del padre Marco. Casi todos los días, disfrutaba caminar sobre aquella arena húmeda. La playa estaba casi desierta durante la temporada invernal. En el pueblo quedaban muy pocos habitantes y sus servicios sacerdotales eran cada vez menos solicitados.
   La brisa helada y salina despeinaba sus cabellos y lo hacía sentirse en comunión con Dios. Por un momento creyó escuchar el canto de los ángeles, sin embargo, se convenció a si mismo que no había sido más que el viento al pasar.
   Caminaba con la mirada fija en el horizonte mientras las gaviotas levantaban vuelo a medida que él avanzaba abandonando los restos de moluscos.
   La marea subía lentamente y poco a poco sus huellas eran cubiertas por espuma y sal.
   Usualmente, Marco caminaba hasta el muelle de pescadores. Allí realizaba sus plegarias y emprendía su regreso antes de que apareciesen las primeras estrellas. Pero, esa tarde algo inesperado se le presentó. Algo que cambiaría su destino para siempre.
   Mientras se acercaba al muelle, le pareció que una joven se aferraba a los pilares más lejanos de la orilla. Las olas amenazaban con arrastrarla hacia el océano.
   Buscó en el bolsillo su celular y llamó a la guardia costera. Una voz masculina que transmitía seguridad le comunicó que los rescatistas iban en camino y le advirtió que no intentara rescatarla porque podría convertirse en víctima de la corriente.
   Marco no era buen nadador, sin embargo, corrió por el muelle hacia el lugar en donde se encontraba ella con la ilusión de que pudiese alcanzar su mano y de esa forma ponerla a salvo lo antes posible. Oró en silencio mientras iba a su encuentro.
   La joven estaba desesperada. Las olas por momentos descubrían su torso desnudo y arremolinaban su largo cabello. Marco no entendía, cómo alguien podía verse envuelta en esa situación. Era difícil que se tratase de una turista descuidada ya que en invierno los hoteles permanecían cerrados y los pocos pobladores que quedaban no arriesgarían sus vidas intentando nadar en un mar helado y agitado. Imaginó que quizás había sido víctima de un ataque o que podía haber intentado suicidarse. Lo único importante en ese momento era poder ayudarla antes de que fuese demasiado tarde.
   Un escalofrío recorrió su cuerpo al imaginar que para cuando los rescatistas llegasen el mar se habría cobrado otra víctima. Dios no podía permitir que algo así sucediera y pensó que quizás, lo habría colocado en el lugar justo en el momento preciso. Tenía que intentar sacarla del agua. Creyó que quizá se tratase de una prueba que Dios ponía en su camino.
   Se recostó apoyando su pecho sobre la húmeda y helada madera. Intentó muchas veces hasta que con sus manos pudo tomar uno de los brazos de la joven. Comenzó a jalar de ella con todas sus fuerzas y no pudo evitar sonrojarse al ver sus sensuales senos saliendo del agua. Se avergonzó de sus deseos impuros y apartó la mirada.
   —¿Qué pensará tu Dios de tus pensamientos? —dijo ella con una maligna sonrisa, jalando de sus manos y sumergiéndolo para siempre en el embravecido mar.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

martes, 14 de noviembre de 2017

EL SUEÑO INTERPRETADO


   Una densa mata de humo blanco y el aroma a tabaco concentrado inundaban el pequeño consultorio de la doctora Noemí Cifuentes. Había fracasado en numerosos intentos de terminar con su vicio y finalmente lo había aceptado como una parte de ella.

   En tan sólo dos años podría jubilarse y se dedicaría a publicar alguna de los tantos ensayos y novelas sobre psicoanálisis que había escrito a lo largo de su vida. Hasta entonces, sus días trascurrían de lunes a viernes, escuchando los problemas de sus frustrados o deprimidos pacientes.

   Alguna vez, había disfrutado de sus fines de semana junto a sus dos hijas y su esposo. Tras la muerte de su marido y con sus hijas en el extranjero, su principal entretenimiento era desgravar las historias de vida que le confiaban. Utilizaba aquello que escuchaba para escribir. Mezclaba los relatos entre ellos, los modificaba y los decoraba un poco para que resultasen más interesantes. No había nada de malo en eso, después de todo, hasta el mismo Freud había publicado la vida privada de sus pacientes, cambiando sus nombres para proteger de esa manera su identidad.

   Había estado escuchando antiguas grabaciones durante casi todo el sábado y rescatando pequeñas frases y fragmentos de sueños o vivencias que apuntaba en el Word de la netbook que su hija mayor le había regalado para navidad. Desde entonces, no imaginaba sus días sin tener acceso a toda la información que necesitaba a tan sólo un click de distancia.

    Las palabras de un paciente al que no atendía desde hacía más de un año estaban siendo reproducidas en ese momento. Se trataba de la voz de Augusto Mesara quien era una de esas personas a las que ella denominaba un soñador. Le pagó durante meses una costosa consulta semanal, tan sólo para que ella lo ayudara a interpretar sus sueños. Siempre era lo mismo, se veía a sí mismo ejerciendo violencia de las maneras más atroces contra algún niño indefenso. Cuando estaba despierto, Augusto era una persona tranquila con un trastorno obsesivo compulsivo por el orden. Estaba casado con una mujer seis años mayor que él. Sus sueños habían terminado por revelar que tenía un deseo homosexual reprimido que manifestaba con una pulsión sádica mientras dormía.

   A lo largo de sus cuarenta años como psicóloga, había escuchado todo tipo de confesiones atroces, pero no había percibido en Augusto ningún peligro potencial para nadie. Sus sueños eran violentos, sin embargo el muro de represión que él mismo había forjado en su mente habría sido muy difícil de derribar. Al menos, eso había creído Noemí durante el tiempo en que lo había atendido.

   Un escalofrío se extendió desde su nunca por todo su cuerpo. El relato del sueño del paciente coincidía en su totalidad con una escabrosa noticia que los medios de comunicación se habían encargado de hacer viral. La estaban reproduciendo una y otra vez en todos los canales desde que el crimen había ocurrido hacía un par de semanas. La morbosidad era rentable para los programas de noticias que no se guardaban ningún detalle con respecto al caso del niño de diez años asfixiado hasta la muerte con un oso de felpa. El pequeño había sido encontrado vestido como una muñeca de porcelana y llevando el juguete con el que habían causado su muerte entre los brazos. La descripción del vestido e incluso del muñeco coincidían con los del sueño de Mesara.

   Noemí se quedó sentada frente a la pantalla del ordenador escuchando horrorizada, una y otra vez, el preludio del homicidio. Se debatía internamente y no estaba segura si debía llamar o no a la policía. Augusto no parecía una persona violenta, sin embargo el crimen había sucedido tal cual lo había relatado un año antes de que ocurriese. ¿Podía haberse equivocado tanto con el diagnóstico? Quizás, él había comentado su sueño con alguien más. La terapeuta se preguntó cómo podía haber olvidado lo relatado por su antiguo paciente.
   Noemí sabía que lo correcto sería mostrar las grabaciones en la comisaría, sin embargo consideraba que Augusto no podía ser el autor material del homicidio. Ella nunca se equivocaba, no después de tantos años de experiencia.

   Buscó en su bolso y tomó su celular. Aún conservaba entre su lista de contactos el número de Augusto. Meditó por un instante y finalmente optó por llamarlo para concretar una cita en algún lugar público, con el objeto de sugerirle que hablase con la policía. Ella no creía que él pudiese haber cometido el crimen, pero quizás, había sido alguien de su entorno. Él escuchó su teoría e interrumpió la llamada. Intentó comunicarse nuevamente, pero se dio cuenta que él había bloqueado su número.

   Encendió un cigarrillo para poder aclarar sus ideas. Sabía que tenía que comunicarse con la policía. La negativa de Augusto de hablar de la situación, no hacía más que inculparlo.
   Las horas pasaban más rápidamente de lo que hubiese deseado. Al primer cigarrillo le siguieron otros y varias tazas de café. Se había hecho de noche y no había encontrado el valor para ir a la comisaría a denunciar que quizás, uno de sus antiguos pacientes era un criminal. Se preguntó que pensarían sus colegas de ella al haber omitido la peligrosidad de Augusto Mesara.
   El sonido del portero eléctrico la arrancó súbitamente de sus pensamientos. Eran dos oficiales quienes querían subir para hablar con ella sobre Mesara. Una sensación de alivio recorrió todo su cuerpo. Quizás, Augusto había optado por entregarse.
   Dejó pasar a los policías y se ofreció a mostrarles las grabaciones. Ellos cortésmente le dijeron que tenían una orden de registro para ver si encontraban algo relevante. Ante cualquier duda consultarían con ella.
   Noemí se quedó sentada en su sofá mientras los hombres revisaban todo lo que había en su consultorio. Finalmente, uno de ellos la llamó.
   —¿Qué tiene en estos sobres cerrados? —preguntó el policía.
   —Nada importante. Los dientes de leche de mis hijas, cartas de mi marido y flores secas —respondió ella despreocupadamente y volvió a sugerir que escuchasen el audio.
   Una vez más, no siguieron su sugerencia y uno de ellos continuó revisando cajones mientras el otro abría los sobres. La sorpresa de Noemí fue inmensa cuando el oficial comenzó a encontrar objetos que ella no recordaba haber guardado en esos sobres cerrados. Un encendedor, un llavero, recortes de periódicos y lo que supuso que eran canicas blancas.
   —Estos son los ojos del oso de felpa que encontramos en la escena del crimen. Los medios nunca tuvieron esta información —.El hombre clavó sus ojos fríos y acusadores en los de ella —Apenas se hizo público el caso, el señor Mesara nos informó que él había tenido un sueño casi idéntico a lo sucedido en el crimen. Verificamos su coartada. En ese momento había tenido un accidente y estaba internado, pero sospechaba que alguien de su entorno podía haber cometido el homicidio. No recordaba haberle contado ese sueño específicamente a usted en sus sesiones hasta el llamado de hoy. Noemí Cifuentes, queda usted bajo arresto.
   Ella no entendía lo que estaba sucediendo. Tras un abrir y cerrar de ojos, se encontró en una habitación en la que nunca había estado antes. Detrás de un escritorio, un hombre con gafas la miraba pensativo.
   —¿Dónde estoy? —preguntó con un hilo de voz, sin saber cómo había llegado hasta allí.
   El psiquiatra le dedicó una sonrisa afable a la aterrada mujer—. ¿Cómo quieres que te llame hoy? ¿Sigues siendo Marcos o tendré el placer de conocer a Noemí?
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

OBRA GANADORA DE LA CATEGORÍA MEJOR THRILLER TERROR EN MEGUSTAESCRIBIR DE ESPAÑA 2017

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...