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viernes, 13 de abril de 2018

SUCESO INESPERADO


   El timbre resonó en todo el salón, indicando el final de aquella tediosa jornada escolar. Damián se apresuró a guardar sus útiles y se echó la mochila al hombro con destreza. En general, le gustaba el colegio, sin embargo había algo en la voz de su anciano profesor de historia que hacía que las horas pareciesen eternas. Era imposible evitar entrecerrar los ojos por el peso del aburrimiento.  
   Aguardó de pie unos segundos hasta que los estudiantes terminaron de dispersarse hacia la salida. Nunca había tenido muchos amigos. Su relación con los demás era más bien formal y por elección propia, solía pasar los recreos leyendo en algún banco del patio.
   Una vez en la calle, saludó con un gesto a un grupo de conocidos y se dispuso a hacer el recorrido que realizaba de lunes a viernes. Se preguntó en qué momento se había vuelto tan rutinaria su vida y como si con sus pensamientos lo hubiese invocado, algo completamente inesperado aconteció.
   Un hombre de mediana edad cruzó la calle esquivando algunos coches que se habían detenido sobre la línea peatonal en el semáforo. Algo en su rostro le resultaba familiar, aunque no recordaba exactamente dónde lo había visto antes.
   —¿Eres Damián Arias? —preguntó el hombre deteniéndose a unos pasos de donde él se encontraba.
   Él asintió con la cabeza preguntándose quién era aquella persona y cómo podía conocer su nombre.
   —Soy Guillermo y creo que podría ser tu padre —agregó mordiéndose levemente el labio inferior, un gesto que Damián también solía hacer cuando se sentía incómodo o estaba nervioso.
   Él nunca había conocido a su progenitor y su madre siempre se había mostrado evasiva con ese tema. Estaba completamente paralizado y en su mente se arremolinaban un centenar de preguntas que no se atrevió a formular en voz alta. ¿Ese hombre sería su verdadero padre? ¿Por qué habría esperado tanto para conocerlo? ¿Por qué lo habría abandonado? ¿Por qué su madre nunca habló de él?
   —Tu madre me dejó estando embarazada. En ese momento éramos jóvenes y yo no tenía trabajo. Supongo que pensó que yo no sería más que una carga para ella. La llamé unos meses después, pero me dijo que habías muerto y que no volviera a llamar. Lamentablemente, no dudé de su palabra. Hace algunas semanas, la busqué en Facebook como “Lucía Arias” y fue entonces cuando vi tus fotos y descubrí que estabas vivo. Gracias al uniforme pude averiguar a que escuela ibas y he estado buscando el momento adecuado para poder conocerte —. Hablaba rápidamente con la mirada fija en sus zapatos de gamuza.
   —Lucía es mi madre —confirmó, intentando buscar similitudes en el rostro de quien supuestamente era su padre. Tenía los ojos color avellana y el cabello castaño desordenado igual que él, pero mayoritariamente Damián había heredado las facciones de su madre.
   —¿Me permites invitarte a tomar un refresco? Serán sólo unos minutos, para que podamos conocernos un poco. Lucía no tiene por qué saberlo —agregó Guillermo con una sonrisa tímida de los labios.
   —Claro —. Damián nunca había sido muy expresivo, pero en ese momento deseaba poder encontrar las palabras adecuadas. Realmente quería saber todo lo posible acerca de su padre. ¿Cuál era su apellido? ¿A qué se dedicaba? ¿Tenía otra familia? Pero, la emoción y el temor a lo desconocido lo invadían por completo y no lo dejaban pensar con claridad. Aunque muchas veces había imaginado un encuentro con él, lo había tomado por sorpresa y una parte suya quería salir corriendo. Además, estaba furioso con su madre quien lo había privado de poder tener una familia normal como la de muchos de sus compañeros.
   Padre e hijo comenzaron a caminar, uno junto al otro, por primera vez en sus vidas. Damián se preguntaba cómo sería tener un padre. Quizás podrían seguir viéndose a escondidas de Lucía cada día después de la escuela.
   —¿Cuál sería mi apellido si…? ¿Cómo es tu apellido? —preguntó finalmente llenándose de valor.
   —Te hubieras llamado Damián Pérez —respondió colocando una mano en el hombro de su hijo —. ¿Quieres que tomemos algo aquí? —señaló una pequeña cafetería casi vacía.
   Damián asintió con la cabeza y ambos se sentaron en una de las mesas con sombrillas verdes ubicadas sobre la vereda. Un momento después, estaban bebiendo jugo de naranja y hablando como si se conociesen de toda la vida. Guillermo le contó que era soltero, que se había graduado de abogado y que vivía en un bonito apartamento en el centro con su perro, pero más que nada se interesó por saber sobre su Lucía y sobre él. Le preguntó acerca del colegio, de sus aficiones, de sus amistades y sobre cada pequeño detalle de su vida.
   Siempre había sido tímido y le costaba trabajo hablar con las personas, pero su padre se había ganado su confianza y parecía fascinado con todo lo que él le decía. Por primera vez en su vida se sentía cómodo siendo el centro de atención. Ni siquiera le había molestado cuando el hombre había comenzado a tomarle fotos con su celular. Usualmente a Damián no le gustaba salir en fotografías, pero era el momento más importante de sus vidas y los adultos tendían a querer inmortalizar ese tipo de situaciones.
   Después de media hora, Guillermo consideró que era mejor que Damián regresase a su casa para que Lucía no se preocupase. Se despidieron con un emotivo abrazo y la promesa de volver a verse al día siguiente.
   Mientras regresaba, caminando en soledad, se reprochó a sí mismo que no hubiesen intercambiado sus números telefónicos. Cuando tomó el celular de la mochila suspiró con fastidio al descubrir que tenía quince llamadas perdidas de su madre. Sólo se había retrasado media hora. Cómo es que aún no se había dado cuenta de que ya no era un niño y de que tenía derecho a tener una vida social.
   Al abrir la puerta de entrada, Lucía se abalanzó a sus brazos llorando. Damián no podía creer lo melodramática que podía llegar a ser su madre.
   —¿Estás bien? ¿Te lastimaron? —preguntó ella separándose entre sollozos y pasándose la mano por sus mejillas coloradas —. Dejé los treinta mil pesos en el contenedor de basura, como me dijeron.
   —¿Qué? —Damián estaba atónito y no entendía de qué estaba hablando.
   —Sí, cuando me mandaron el primer mensaje los secuestradores pensé que se trataba de una broma de mal gusto, pero cuando me mandaron las fotografías con la fecha de hoy casi me muero. Tomé todo el dinero que tenía en casa y las joyas y lo dejé todo en el contenedor de basura. No sabía si sería suficiente. Cuando me dijeron que te habían liberado, todavía no respondías a mis llamados, así que no sabía si avisar a la policía o no, porque me amenazaron con matarte si le decía a alguien —. Lucía, volvió a abrazar a su hijo.
   —Pero, yo estaba con mi papá —dijo apenas con un hilo de voz, sintiéndose engañado y vacío por dentro.
   —¿De qué estás hablando Damy? Cuando yo decidí tenerte, no tenía pareja, así que recurrí a una clínica de inseminación. No te lo dije antes porque eras chico y no lo ibas a entender.
   Una lágrima solitaria se deslizó por el rostro de Damián. Cerró los ojos fuertemente conteniendo la rabia y la decepción que sentía en su interior.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 30 de marzo de 2018

POR ÚLTIMA VEZ


   La última vez que Darlan y Milesa recorrieron juntos las calles de su pueblo, habían confirmado sus peores temores. Las señales estaban claras, todos los locales se encontraban cerrados y a oscuras y los pocos transeúntes que circulaban por la avenida lo hacían con prisa y miradas vacías o aterradas. Lógicamente no había ningún auto, al menos no en movimiento, debido a que era muy raro encontrar cualquier medio de transporte en Parshidia, pues el petróleo, el bien más codiciado del mundo, se reservaba a las grandes potencias mundiales.
   Antaño, el Principado Independiente de Parshidia podría haber sido considerado un territorio pacífico. Lamentablemente, los tiempos habían cambiado. 
   Darlan apretó la mano de su prometida, pues aunque siempre se había considerado una persona valiente, quizás eso se debía a que nunca se había visto obligado a hacer algo peligroso o fuera de lo común.
   El muchacho miró por costumbre el proyector holográfico que llevaba en la muñeca, pero era inútil, habían lanzado como consecuencia de la incipiente guerra civil una señal electromagnética que impedía el acceso a la Red de Información Global desde hacía casi 48 horas. Jamás, en sus veinte años de vida, Darlan se había sentido tan incomunicado. Había habido apagones antes, aunque nunca fueron superiores a unos pocos minutos.  
   A algunos metros de donde se encontraba la joven pareja, la figura de un anciano comenzó a tornarse borrosa, aunque aquel hombre continuó andando como si nada hubiera cambiado. Milesa sollozaba, sin embargo, tampoco se detuvo. No había ninguna diferencia entre un holohumano y una persona “real”, salvo por el hecho de que estos últimos requerían de la energía que les proporcionaba su proyector. Los hombros de Darlan se tensaron y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Si el bloqueo electromagnético de las señales no terminaba, pronto quizás más de la mitad de las personas que había conocido dejarían de existir.
   Todas las personas en el mundo tenían un proyector holográfico que era insertado en su muñeca derecha el día de su nacimiento y ninguno en su sano juicio imaginaría siquiera quitárselo, sin contar a los fanáticos conservadores quienes se lo arrancaban a sí mismos para demostrar la supremacía de su humanidad. Ellos también consideraban quimeras indeseables a los holohumanos y no faltaban nunca algunos de estos fanáticos que predicaran en las plazas en contra del poder de la tecnología.
   Los ojos fríos del líder de la facción conservadora más violenta parecían observarlo todo desde mil ojos presentes en las pancartas que cubrían la mayor parte de los escaparates de los negocios. No era necesario volver a leer la leyenda que surcaba el rostro que atormentaba los sueños de más de una persona. Darlan había escuchado aquella repugnante frase cargada de odio un millar de veces, “El comienzo de la pura humanidad está cerca, las quimeras por fin se apagarán”. 
   Darlan no estaba obsesionado con la tecnología como aquellos que pasaban la mayor parte de su tiempo en la realidad virtual, pero tampoco entendía a los conservadores que odiaban a los holohumanos, pues sin el trabajo que proporcionaban las pocas personas que habían logrado sobrevivir a la Gran Guerra no habrían logrado subsistir. Darlan siempre había tratado a todos por igual, sin importar quien fuera el creador de cada uno consideraba que todo el mundo tenía derecho a vivir. Además, aunque lo hubiera deseado no hubiera sabido reconocer la diferencia entre las clases de personas y a pesar de que muchos fanáticos con el ojo entrenado afirmaban que las diferencias estaban claras, Darlan no creía que fueran más que puras fanfarronerías.
   Antes de que los padres de Darlan nacieran y después de la Gran Guerra, la radiación casi había extinguido a muchas especies y por poco había arrasado con la humanidad. 
   Cuando era pequeño, su madre le había contado que cuando una pareja estaba lista para procrear, depositaban sus células reproductivas en el correo genético de algún hospital y luego se realizaba una inseminación in vitro para asegurarse de que la población no se viera contaminada con defectos genéticos. Se sabía que en muchas ocasiones cuando la fecundación biológica no se llevaba a cabo, se le implantaba a la madre un embrión holohumano y para evitar cualquier tipo de discriminaciones se protegía la identidad de estos niños creados artificialmente cuya vida, al igual que la de cualquier otra persona, podía ser de casi un siglo, siempre y cuando tuviera costumbres saludables y no olvidara cargar su proyector. Claro estaba, que al igual que ellos, los demás lo hacían para permanecer siempre conectados a la Red de Información Global.
   Sin energía la mitad o quizás más de la población desaparecería para siempre. Era imposible distinguir el porcentaje exacto de holohumanos. El muchacho pensó en sus amigos, en su familia y en toda la gente a la que había conocido alguna vez mientras un nudo de desesperanza se formaba en su garganta.
   Ir a una manifestación a la Plaza Central para pedir que liberaran la señal satelital parecía poca cosa comparado con la magnitud de lo que estaban viviendo en ese momento. Aunque siempre había sido alguien pacífico no quedaban demasiadas opciones. Él realmente deseaba que de alguna manera el bloqueo desapareciera de una vez y para siempre. No era una persona fuerte y definitivamente no se sentía listo para perder a nadie. Quizás y sólo quizás, si sumaba su voz a la voz del pueblo y todos juntos exigían que las cosas volvieran a ser como antes, lograrían que alguien los escuchara y lograra despertarlos de lo que parecía ser un mal sueño.
   Poco a poco, el cielo se teñía de un naranja aterrador, era la primera vez que observaba un atardecer sin estar recostado en la comodidad y seguridad de su habitación recibiendo la cálida y agradable sensación que producía conectar su proyector a la corriente eléctrica.
   Parecía que su corazón estaba a punto de salirse de su pecho. Él y Milesa habían comenzado a correr tomados de la mano aunque Darlan no recordaba exactamente en qué momento se había iniciado esta carrera. Su garganta le ardía en cada jadeo y las ideas se arremolinaban en su mente y lo mantenían embotado. 
   A pocas cuadras de la Plaza Central y cuando el tumulto de manifestantes y de personas asustadas, algunas nítidas y otras borrosas que desaparecían poco a poco, hicieron imposible que pudieran seguir avanzando, la joven pareja se detuvo. Darlan volteó su mirada y con horror descubrió el bello contorno del rostro de Milesa esfumándose ante sus ojos que se nublaron a causa de las lágrimas. Jamás hubiera imaginado que la mujer con quien quería pasar el resto de su vida fuera una holohumana.   Eso no cambiaba lo que sentía por ella. La quería como nunca más iba a querer a nadie.
   Darlan alzó su propia mano cuyo contorno se perdía y se esfumaba con el aire, al igual que el rostro de la muchacha y acarició su etérea mejilla juntando sus labios con los de ella. Era tan real como la primera vez que la había besado y aunque ambos se desvanecían aun sentía el calor de su aliento y la suavidad de su piel bajo sus ya casi invisibles dedos. Los enamorados se esfumaron con los últimos rayos del sol en aquel beso eterno. Darlan ya no tenía miedo, estaba con Milesa y su amor viviría por siempre en la Red de Inteligencia Universal.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 16 de marzo de 2018

PALADÍN




   Enfundó su espada con un ágil movimiento y continuó su camino por el pedregoso sendero. Su porte era esbelto y fuerte, su semblante frío e inmutable y su armadura lucía tan resplandeciente como la primera vez que la había usado.
   Corrían tiempos oscuros y peligrosos, mas él no sentía miedo, su destino había sido escrito incluso antes de que el mundo fuese creado. Cada paso que daba, cada estocada que lanzaba, todo en su pequeña y servil existencia estaba siendo controlado por un ser superior al que sentía real. Era incluso más real que su propia vida. Aquella insulsa y patética vida que se repetía una y otra vez.
   En el mejor de los casos podía aspirar a una victoria vacía que lo catapultaría por enésima vez al principio de los tiempos. En el peor, a una dolorosa muerte que lo llevaría al mismo lugar y así, permanecería atrapado en un ciclo infinito hasta que un videojuego mejor lo sumerja en el olvido.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...