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viernes, 23 de noviembre de 2018

SIN UN ADIÓS

                                            SIN UN ADIÓS

   Marcos nos había contado aquella historia un centenar de veces. Aún me parece escuchar su voz como si estuviese conmigo en este momento, como si nunca se hubiera ido. Había sido necesario el Apocalipsis o por lo menos, aquello que pensamos que era el fin del mundo para que descubriese el amor de Gabriela.
   Observo a Sara alejarse junto a su madre. Me saluda con la mano en la que sostiene el trompo. Ya no quedan demasiados niños, pero creo que la humanidad todavía tiene esperanzas. Supongo que por ellos es necesario contar lo que sucedió, para evitar que algo así ocurra nuevamente. Nuestra historia no puede ser olvidada. Los sacrificios no fueron en vano.
   Catalogarnos como héroes sería exagerar demasiado, sin embargo debo reconocer que resistimos lo mejor que pudimos. No me enorgullezco de todos nuestros actos, pero lo cierto es que hicimos lo que estaba a nuestro alcance. Incluso cuando pensamos que todo estaba perdido, resistimos hasta el final.
   Me siento junto a su tumba e imagino que ella está aquí, a mi lado. Casi puedo sentirla acurrucándose en mi pecho. Podrá parecer una locura, pero evocar en mi mente a quienes amé y que ya no están conmigo, me ayuda a seguir adelante.
   No busco que sientan pena por mí. Estoy seguro de que si son supervivientes y están leyendo esto, también ustedes cargan con una historia trágica y deben haber dejado atrás a muchos seres amados. Pero si son como Sara, los hijos de una generación que estuvo a punto de desaparecer, entonces sólo podrán aproximarse a la idea de lo que es la verdadera desolación.
    Todo sucedió demasiado rápido. Nunca se puede estar preparado para algo así, pero hubiese deseado poder despedirme por lo menos de mis abuelos. Es imposible cambiar el pasado, pero ese día había salido con prisa de casa y no me había sentado a desayunar con ellos como solía hacerlo.
   Espero que mis abuelos hayan podido pasar un agradable tiempo conversando. Me gusta imaginar que fueron felices hasta el último aliento exhalado por sus labios. Ojalá, que no desperdiciaran aquellos instantes antes del final preocupados por nimiedades de la hipoteca o del trabajo. Espero que hayan partido en compañía del amor que se tenían, juntos como estuvieron más de la mitad de sus vidas.
   Aquella mañana en la que no me despedí de mis abuelos, después de la fugaz conversación que tuve con Eduardo fue cuando todo comenzó. Reinaba el silencio como si todas las personas de la Tierra contuvieran la respiración y aguzaran el oído para estar atentos a lo que se aproximaba.
   Me quedé inmóvil, incapaz de apartar la vista del cielo que había pasado de un azul radiante al color del miedo. Miles de estrellas fugaces parecían herir el firmamento con líneas de sangre. Una lluvia de meteoros en plena ciudad de por sí no era bueno, pero lamentablemente se trataba de algo mucho peor. Claro, que en ese momento yo no lo sabía y aun así el terror nubló mi mente y se apoderó de mis sentidos.
   Desesperado, escuché un terrible estruendo que hizo vibrar el pavimento. Miré a mi alrededor y distinguí una nube de polvo que se alzaba a unas cuadras de dónde me encontraba. Ese primer impacto fue como el disparo de un cañón que marcó el comienzo de la carrera por sobrevivir.
   Los gritos de miedo y de dolor comenzaron a propagarse al mismo tiempo como si se tratase de una película que hasta ese momento había estado en silencio. La gente pasaba corriendo a mi lado como si hubiera un lugar a donde escapar, como si no todo estuviese perdido.
   Si no hubiese sido por Marcos y Gabriela, seguramente hubiese sufrido la misma suerte que los millones de personas que perecieron ese día. El polvo se alzaba formando remolinos en el aire y respirar se hacía más difícil después de cada estruendo. Con los ojos entornados y el cuello de la remera como barbijo improvisado, me dirigí hacia el lugar de donde provenían los gritos de auxilio.
   Así conocí a Marcos, tratando de salvar a su némesis que pronto se convertiría en el amor de su corta, pero significativa vida.
   El auto estaba medio prendido fuego, pero aun así traté de encontrar otra alternativa antes de decidir que la opción más rápida era sacrificar la notebook que llevaba en la mochila. Mi computadora quedó destrozada al igual que el vidrio de la ventanilla por donde salió Gabriela.
   Sólo un ciego habría podido ignorar su belleza, pero sólo un loco como mi amigo Marcos hubiese podido soportar sus maltratos y permanecer a su lado. Su relación era explosiva y pasional. No puedo negar que se amaran, pero peleaban y mucho. Todos los miembros de la Alianza buscábamos rápidamente alguna misión o tarea que nos mantuviera alejados de ellos cuando no estaban de buen humor.
   —¡Ay, no! Todavía no había terminado de pagar las cuotas—. Parecía estar a punto de romper a llorar por la rabia de que su vehículo estuviera arruinado.
   Nunca me dio las gracias por haber roto la ventanilla, ni tampoco a Marcos quien se había hecho unos profundos cortes en los brazos con los vidrios rotos para que ella pudiese escapar ilesa.
   —¿Qué está sucediendo? —pregunté con la voz áspera por el polvo que inundaba el aire.
   —No tengo idea, hombre. Al parecer los meteoros están siendo piloteados por alguien o por algo —respondió Marcos mientras nos jalaba de la ropa para que nos apartásemos del fuego que se había ya extendido al asiento del conductor.
   Caminamos juntos, igual de desorientados que todos en la calle. Eran dos extraños para mí, pero aquel momento que compartimos en el auto hacía que me sintiera más cercano a ellos que al resto de las personas a mi alrededor.
   Nuestros pasos nos guiaron hacia a una escalera que llevaba a una estación de subte. Bajamos por ella sin saber que se convertiría en nuestro refugio por los próximos días, sin saber que hacerlo nos salvaría la vida. Las luces titilaban en la estación. Había gente por todas partes, algunos estaban heridos y otros lloraban. Había algunas familias reunidas con sus niños, personas solitarias y grupos pequeños de conocidos o a los que las circunstancias los había unido.
   Distinguí a Eduardo hablando con una pareja. Parecía desorientado y no lo culpaba por eso, pues yo estaba igual de confundido.
   —No tengo señal —se quejó Gabriela.
   Revisé mi celular, quería hablar con mi abuela y saber si estaban bien, pero tampoco tenía.
   —Olvidé mi teléfono en la oficina —reconoció Marcos.
   —No me extraña —agregó Gabriela. Tenía la rapidez de una serpiente cuando se trataba de criticar a alguien.
   Él la ignoró y me dijo su nombre. Yo le dije el mío. Más allá de lo que me había contado que la televisión decía sobre aquello que caía del cielo, tenía tan poca información como yo. Decidimos preguntarles a las personas en la estación y Gabriela nos acompañó de mala gana.
   Nadie entendía qué estaba sucediendo, pero se habían gestado unas cuantas teorías. Algunos decían que la Tierra era víctima de una invasión extraterrestre. Otros, aseguraban que se trataba de un ataque terrorista aunque no se ponían de acuerdo sobre qué país tenía la culpa y los más creyentes decían que el Día del Juicio había llegado.
   Yo no sabía en qué creer, pero estaba claro que se trataba de algo terrible. Los temblores indicaban que aquellas extrañas rocas seguían impactando sobre la ciudad y yo esperaba que esa estación no se convirtiese en mi tumba.
   Pensé en mis abuelos y me pregunté si los volvería a ver. Me aferré a la esperanza de que así sería aunque muy en el fondo sabía que no.
   Estoy seguro de que si el destino no la hubiese arrebatado de mi vida tan pronto, hubiésemos envejecido juntos, amándonos hasta el final como lo habían hecho mis abuelos. Susurro su nombre y dejo que se lo lleve el viento. Quizás exista vida después de la muerte y ella sienta mi voz como una caricia.
AUTORA DEL CAPÍTULO: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 30 de marzo de 2018

POR ÚLTIMA VEZ


   La última vez que Darlan y Milesa recorrieron juntos las calles de su pueblo, habían confirmado sus peores temores. Las señales estaban claras, todos los locales se encontraban cerrados y a oscuras y los pocos transeúntes que circulaban por la avenida lo hacían con prisa y miradas vacías o aterradas. Lógicamente no había ningún auto, al menos no en movimiento, debido a que era muy raro encontrar cualquier medio de transporte en Parshidia, pues el petróleo, el bien más codiciado del mundo, se reservaba a las grandes potencias mundiales.
   Antaño, el Principado Independiente de Parshidia podría haber sido considerado un territorio pacífico. Lamentablemente, los tiempos habían cambiado. 
   Darlan apretó la mano de su prometida, pues aunque siempre se había considerado una persona valiente, quizás eso se debía a que nunca se había visto obligado a hacer algo peligroso o fuera de lo común.
   El muchacho miró por costumbre el proyector holográfico que llevaba en la muñeca, pero era inútil, habían lanzado como consecuencia de la incipiente guerra civil una señal electromagnética que impedía el acceso a la Red de Información Global desde hacía casi 48 horas. Jamás, en sus veinte años de vida, Darlan se había sentido tan incomunicado. Había habido apagones antes, aunque nunca fueron superiores a unos pocos minutos.  
   A algunos metros de donde se encontraba la joven pareja, la figura de un anciano comenzó a tornarse borrosa, aunque aquel hombre continuó andando como si nada hubiera cambiado. Milesa sollozaba, sin embargo, tampoco se detuvo. No había ninguna diferencia entre un holohumano y una persona “real”, salvo por el hecho de que estos últimos requerían de la energía que les proporcionaba su proyector. Los hombros de Darlan se tensaron y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Si el bloqueo electromagnético de las señales no terminaba, pronto quizás más de la mitad de las personas que había conocido dejarían de existir.
   Todas las personas en el mundo tenían un proyector holográfico que era insertado en su muñeca derecha el día de su nacimiento y ninguno en su sano juicio imaginaría siquiera quitárselo, sin contar a los fanáticos conservadores quienes se lo arrancaban a sí mismos para demostrar la supremacía de su humanidad. Ellos también consideraban quimeras indeseables a los holohumanos y no faltaban nunca algunos de estos fanáticos que predicaran en las plazas en contra del poder de la tecnología.
   Los ojos fríos del líder de la facción conservadora más violenta parecían observarlo todo desde mil ojos presentes en las pancartas que cubrían la mayor parte de los escaparates de los negocios. No era necesario volver a leer la leyenda que surcaba el rostro que atormentaba los sueños de más de una persona. Darlan había escuchado aquella repugnante frase cargada de odio un millar de veces, “El comienzo de la pura humanidad está cerca, las quimeras por fin se apagarán”. 
   Darlan no estaba obsesionado con la tecnología como aquellos que pasaban la mayor parte de su tiempo en la realidad virtual, pero tampoco entendía a los conservadores que odiaban a los holohumanos, pues sin el trabajo que proporcionaban las pocas personas que habían logrado sobrevivir a la Gran Guerra no habrían logrado subsistir. Darlan siempre había tratado a todos por igual, sin importar quien fuera el creador de cada uno consideraba que todo el mundo tenía derecho a vivir. Además, aunque lo hubiera deseado no hubiera sabido reconocer la diferencia entre las clases de personas y a pesar de que muchos fanáticos con el ojo entrenado afirmaban que las diferencias estaban claras, Darlan no creía que fueran más que puras fanfarronerías.
   Antes de que los padres de Darlan nacieran y después de la Gran Guerra, la radiación casi había extinguido a muchas especies y por poco había arrasado con la humanidad. 
   Cuando era pequeño, su madre le había contado que cuando una pareja estaba lista para procrear, depositaban sus células reproductivas en el correo genético de algún hospital y luego se realizaba una inseminación in vitro para asegurarse de que la población no se viera contaminada con defectos genéticos. Se sabía que en muchas ocasiones cuando la fecundación biológica no se llevaba a cabo, se le implantaba a la madre un embrión holohumano y para evitar cualquier tipo de discriminaciones se protegía la identidad de estos niños creados artificialmente cuya vida, al igual que la de cualquier otra persona, podía ser de casi un siglo, siempre y cuando tuviera costumbres saludables y no olvidara cargar su proyector. Claro estaba, que al igual que ellos, los demás lo hacían para permanecer siempre conectados a la Red de Información Global.
   Sin energía la mitad o quizás más de la población desaparecería para siempre. Era imposible distinguir el porcentaje exacto de holohumanos. El muchacho pensó en sus amigos, en su familia y en toda la gente a la que había conocido alguna vez mientras un nudo de desesperanza se formaba en su garganta.
   Ir a una manifestación a la Plaza Central para pedir que liberaran la señal satelital parecía poca cosa comparado con la magnitud de lo que estaban viviendo en ese momento. Aunque siempre había sido alguien pacífico no quedaban demasiadas opciones. Él realmente deseaba que de alguna manera el bloqueo desapareciera de una vez y para siempre. No era una persona fuerte y definitivamente no se sentía listo para perder a nadie. Quizás y sólo quizás, si sumaba su voz a la voz del pueblo y todos juntos exigían que las cosas volvieran a ser como antes, lograrían que alguien los escuchara y lograra despertarlos de lo que parecía ser un mal sueño.
   Poco a poco, el cielo se teñía de un naranja aterrador, era la primera vez que observaba un atardecer sin estar recostado en la comodidad y seguridad de su habitación recibiendo la cálida y agradable sensación que producía conectar su proyector a la corriente eléctrica.
   Parecía que su corazón estaba a punto de salirse de su pecho. Él y Milesa habían comenzado a correr tomados de la mano aunque Darlan no recordaba exactamente en qué momento se había iniciado esta carrera. Su garganta le ardía en cada jadeo y las ideas se arremolinaban en su mente y lo mantenían embotado. 
   A pocas cuadras de la Plaza Central y cuando el tumulto de manifestantes y de personas asustadas, algunas nítidas y otras borrosas que desaparecían poco a poco, hicieron imposible que pudieran seguir avanzando, la joven pareja se detuvo. Darlan volteó su mirada y con horror descubrió el bello contorno del rostro de Milesa esfumándose ante sus ojos que se nublaron a causa de las lágrimas. Jamás hubiera imaginado que la mujer con quien quería pasar el resto de su vida fuera una holohumana.   Eso no cambiaba lo que sentía por ella. La quería como nunca más iba a querer a nadie.
   Darlan alzó su propia mano cuyo contorno se perdía y se esfumaba con el aire, al igual que el rostro de la muchacha y acarició su etérea mejilla juntando sus labios con los de ella. Era tan real como la primera vez que la había besado y aunque ambos se desvanecían aun sentía el calor de su aliento y la suavidad de su piel bajo sus ya casi invisibles dedos. Los enamorados se esfumaron con los últimos rayos del sol en aquel beso eterno. Darlan ya no tenía miedo, estaba con Milesa y su amor viviría por siempre en la Red de Inteligencia Universal.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

miércoles, 14 de febrero de 2018

"EL PODER OCULTO" ya está disponible en Amazon

EL PODER OCULTO: UNA HISTORIA DE AMOR, MISTERIO Y MAGIA


PODÉS ADQUIRIRLO EN E-BOOK: https://www.amazon.com/EL-PODER-OCULTO-HISTORIA-MISTERIO-ebook/dp/B079Q8NZDF/ref=sr_1_3?ie=UTF8&qid=1518612203&sr=8-3&keywords=alejandra+abraham


O EN SU  VERSIÓN EN LIBRO DE TAPA BLANDA: https://www.amazon.com/EL-PODER-OCULTO-HISTORIA-MISTERIO/dp/9870230032/ref=sr_1_5?ie=UTF8&qid=1518612203&sr=8-5&keywords=alejandra+abraham

martes, 13 de febrero de 2018

"MUNDO FANTÁSTICO" ya está disponible en Amazon

MUNDO FANTÁSTICO


Ahora pueden conseguir mi colección de cuentos "Mundo fantástico" tanto en e-book como en papel :)


Libro de tapa blanda: https://www.amazon.com/dp/1980280495/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1518551477&sr=8-1&keywords=mundo+fant%C3%A1stico

E-book: https://www.amazon.com/dp/B079SLT2H2/ref=sr_1_2?ie=UTF8&qid=1518551477&sr=8-2&keywords=mundo+fant%C3%A1stico

miércoles, 17 de enero de 2018

CACERÍA FEROZ


   Mi corazón latía a toda velocidad y amenazaba con escaparse de mi pecho. La gente a mi alrededor tropezaba y se empujaba intentando salir de allí lo más rápido posible. El miedo se apoderaba de todos los presentes haciéndonos olvidar cualquier pizca de solidaridad que en circunstancias normales podría haber aparecido ante la escena de los caídos en el pavimento. Aparté la vista con cierto remordimiento al pasar corriendo lo más rápido que mis cansadas piernas me lo permitían junto a una pobre mujer que estaba siendo prácticamente aplastada por la aterrada multitud.
   La calle entera se había convertido en un auténtico caos. Un choque en cadena había dejado como consecuencia un mar de cristales rotos y una decena de heridos, los conductores que conservaban la conciencia habían abandonado sus vehículos y se unían ahora a la marea humana de personas que intentábamos sobrevivir.
   Tomé valor y miré sobre mi hombro derecho. Tenía que darme prisa, ya no era el joven que solía ser y todos me habían sobrepasado desperdigándose en distintas direcciones, llorando y gritando con un auténtico terror. No recordaba haber presenciado nada semejante hasta el momento y mucho menos sentirme tan asustado.
   No sabía exactamente a qué clase de peligro estaba a punto de enfrentarme, pero nada que provocase esa reacción entre la multitud podía ser bueno. Jamás podría olvidar aquellas expresiones surcadas por el miedo de quien está a punto de enfrentarse cara a cara con aquel peligro inminente.
   No saber qué era exactamente lo que estaba sucediendo hacía que me sintiera cada vez más desesperado, especialmente porque ya todos estaban por lo menos a una cuadra de distancia y me habían abandonado a mi merced. Me detuve exhausto y mis ojos se llenaron de lágrimas. Sabía que mi fin estaba cerca y que nadie se detendría a ayudar a un pobre anciano como yo.
   Me preparé para enfrentarme con mis peores temores y aunque lo que vi no fue exactamente lo que había estado esperando fue bastante duro. Me sobresalté en un primer instante, cuando giré sobre mis pasos, pero enseguida reconocí mi imagen en el escaparate de un negocio. Hecho un mar de lágrimas y con más arrugas de las que recordaba mis ojos me miraron avergonzados desde el reflejo, otra vez había olvidado mi esencia y lo que había ido a hacer al mundo de los humanos. Desplegué mis enormes alas negras y con una agilidad de la que podía estar orgulloso a mi edad, me dispuse a continuar con mi cacería.


AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...