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viernes, 29 de mayo de 2020

SUPERFICIE

Capítulo 2

   SUPERFICIE
   El tiempo había pintado las paredes de las casas del mismo color añejo. La naturaleza se abría paso a través de los cristales rotos de los edificios y a la distancia un columpio vacío hacía ya demasiados años se mecía con la brisa fría del otoño.
  El silencio lo envolvía todo como un manto negro y se llevaba consigo las voces acalladas de lo que algún día había sido una ciudad con niños, con risas y esperanzas. Ahora, aquello no quedaba más que en los recuerdos de la historia. 
   Daya se dirigió hacia el columpio y se sentó en él. Se quitó la máscara que llevaba. De todas formas no le duraría para siempre y no le habían dado otra. Ya no tenía sentido fingir que tenía alguna oportunidad de sobrevivir. Tan solo las plantas podrían resistir en ese lugar letal. No había visto ningún animal, ni insectos, ni rastro alguno de los seres vivos que según los libros solían habitar el planeta.
   Alguna vez había estado orgullosa de haber pertenecido a aquel grupo ínfimo de humanos que había sobrevivido a la gran explosión. Ahora, le parecía estúpido el sistema de selección artificial. “Mérito”, lo llamaban los sabios gobernantes. Ella no había hecho nada, tan solo había estado en el vientre de su madre quien se encontraba en el lugar preciso y en el momento indicado. Sus conocimientos de ingeniería habían sido útiles en la construcción de las ciudades subterráneas que los albergaban a todos. Daya simplemente había nacido allí.
   Pensar en su madre provocó que se le cerrara la garganta o quizás la radiación ya estaba haciendo su efecto. Se preguntó cómo reaccionaría la única familia que había tenido cuando se enterase de que había sido desterrada del refugio que la vio crecer. Ser expulsada al mundo exterior, era lo mismo que ser condenada a muerte. 
   Revisó el pequeño morral que le habían entregado antes de arrastrarla hacia el ascensor que la llevaría a un mundo inhabitable desde hacía más de veinte años. Un cuchillo, una muda de ropa, una cantimplora y una ración de alimento que no le duraría más de dos días. Soltó una risa amarga, si sobrevivía siete años, los piadosos líderes le habían prometido que la dejarían regresar. Pero nada podía vivir allí afuera. Ni siquiera, aquellos que habían sido desterrados tan solo por el lapso de una semana habían regresado. Su final ya estaba escrito.
   Daya miró el cielo teñido de naranja y ocre. Observó el atardecer por primera vez en su vida y se quedó maravillada por una fracción de segundo. Sin embargo, su fascinación no duró más que unos instantes. Era consciente de que pronto se ocultaría la única fuente de luz con la que contaba y no le habían dejado ni siquiera una linterna o cerillas para encender una fogata.
   Hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para levantarse e ir a buscar un refugio en donde pasar la noche. Intentó abrir la puerta de entrada de una docena de casas hasta que finalmente encontró una que no tenía cerrojo.
   Agradeció no hallar dentro ningún cuerpo putrefacto y se decepcionó al no encontrar ninguna fuente de alimento en la cocina. Tampoco salía agua de los grifos. 
   Decidió que el siguiente amanecer caminaría hacia al sur. Allí, se suponía que la explosión de radiación solar había sido menos dañina. Quizá si tenía suerte podría encontrar algún asentamiento humano, pero había aprendido que la suerte nunca estaba de su lado.
    Entró en una pequeña habitación que desprendía olor a encierro y a humedad, pero que aún así resultaba más prometedora que la perspectiva de dormir al intemperie. Quitó las polvorientas sábanas que cubrían un colchón viejo y se recostó hecha un ovillo sobre la cama. Sus sueños nunca tenían piedad con ella y aquella noche no hicieron una excepción y las pesadillas gobernaron su última noche.
   Despertó sobresaltada como tantas otras veces. Intentó gritar, pero no pudo. Intentó tomar aire, pero su garganta estaba cerrada. Se incorporó llevando sus manos hacia su garganta. No podía respirar.
   El pecho le dolía y se sentía mareada. El sufrimiento pronto desaparecería, en unos segundos dejaría de existir y ya no tendría que preocuparse por nada más. Aunque lo intentó no pudo mantener los ojos abiertos por más tiempo. Cerró sus párpados tan solo por un instante y cuando volvió a abrirlos lo primero que vio fue una luz pálida sobre su cabeza que la atraía como solo lo prohibido puede atraer.
   La luz se fue volviendo pálida y cobró forma humanoide. Daya no temía, había cierta paz en aquella criatura. Se incorporó y observó que varios seres de luz comenzaban a rodearla. Se comunicaron sin mediar palabra alguna, pero a pesar de que ella era humana pudo comprender que le daban la bienvenida a su nueva vida. Podría empezar de nuevo, todo estaría bien.

martes, 9 de julio de 2019

FUEGO FATUO

                                         FUEGO FATUO
    La lluvia borraba mis pasos mientras me alejaba corriendo lo más rápido posible en dirección al bosque, alejándome del lago, alejándome de aquella luz pálida. Me adentré en la espesura ignorando los rasguños que las ramas desnudas de los árboles me hacían en la piel y la lluvia helada que empañaba mis anteojos.
   Corrí durante lo que me parecieron horas. Cuando ya no pude más me detuve en busca de aire y sólo entonces reparé en el ardor que sentía en la garganta y en los fuertes calambres que recorrían mis piernas. Un paneo rápido a mi alrededor fue suficiente para descubrir que me hallaba completamente perdido. Me había ganado el miedo y al huir no había tomado la precaución de seguir el sendero. Al menos estaba con vida, por ahora. Dudaba que Dustin y Alec corrieran con la misma suerte. La esfera luminosa que había salido del lago se los había tragado.
   En mis dieciocho años de vida jamás había visto algo así y estoy seguro de que mis amigos tampoco. Tenía cierta semejanza a una medusa gigante, pero era más brillante, más letal. A pesar de mis súplicas ellos habían corrido por el muellepara ver más de cerca la luz pálida que había emergido del centro del lago y comenzaba a levitar en nuestra dirección. Se movía cada vez más rápido. Me habían llamado cobarde, pero si no hubiera sido precavido esa cosa también me habría absorbido.
    En ese instante fui completamente consciente de lo que había sucedido. Se me hizo un nudo en la garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas. Mis mejores amigos, mis únicos amigos en todo el mundo se habían ido para siempre, habían sido devorados por aquel luminoso ser.
   Abrumado por la pena, el miedo y el cansancio me dejé caer sobre la tierra húmeda apoyando mi espalda contra un árbol centenario. La lluvia menguaba poco a poco, pero la oscuridad y el frío me envolvían por completo.
   Me preguntaba cómo le diría a los padres de Dustin y a la madre de Alec lo que había ocurrido. Me preguntaba si saldría alguna vez del bosque para poder contarlo. Aunque las ideas que surcaban mi mente resultaban cada vez más pesimistas me fui quedando dormido.
   Soñé con mi muerte y con la de mis amigos y soñé con aquella luz que me había quitado todo.
   Una luz brillante sobre mis ojos hizo que me incorpore de un salto. Esperaba lo peor, pero estaba dispuesto a enfrentarme con uñas y dientes a esa cosa y a luchar por mi vida. Suspiré aliviado al notar que era la luz de una linterna. La policía me había encontrado.
   Supuse que me darían una frazada y alguna bebida caliente antes de preguntarme qué había ocurrido. Seguramente, mis padres me estarían esperando en la carretera muy preocupados al no saber de mí. Sin embargo, nada de eso sucedió. En vez de envolverme con una manta me colocaron unas esposas heladas y me arrestaron por el cargo de asesinato doble. Habían encontrado los cuerpos de mis amigos en la orilla del lago junto a mi mochila y yo había huído.
   Ni la policía, ni el juez, ni el jurado, ni la familia de mis amigos, ni siquiera la mía creyó nunca mi historia. Me dieron una condena de cuarenta años. Salí en veinte por buena conducta pero la padecí como si hubiese sido de ochenta. Aquel anochecer espectral perdí a mis amigos, a mi familia, mi libertad, mi juventud, toda mi vida por culpa de aquella luz.
  Tras recuperar mi libertad regresé muchas veces a aquella playa. Quería demostrarles a todos que mi historia era cierta, quería probarme a mí mismo que no me había vuelto loco, pero jamás la volví a ver.
  Un anciano me contó una vez una leyenda que circulaba por la zona. Algunos la llamaban “luz mala”, otros “fuego fatuo”. Decían que aquello jamás aparece dos veces en un mismo sitio y que si alguien tiene la mala fortuna de encontrarselo debe  huir lo más rápido que pueda o de lo contrario no vivirá para contar la historia. Puedo dar fe de aquellas palabras. Aunque nunca pude estar seguro si aquella leyenda probaba mi historia o si por el contrario fui yo mismo quien la comenzó.
         

   ALEJANDRA ABRAHAM

jueves, 4 de julio de 2019

ABISMO

                                                                     
    Una parte de mí no quería que aquello sucediese. Di un pequeño paso y luego otro. Podía sentir el viento frío sobre mi rostro, como si intentase detenerme, como si a alguna parte del universo le importara. Pensé para mis adentros que era una tontería, no podía ser más que un juego de mi mente, no podía ser más que el miedo hablando.
   Me mordí el labio y respiré profundamente. Me detuve en el borde y miré hacia abajo. Podía ver las copas cobrizas de los árboles de otoño muchos metros por debajo de donde me encontraba. Tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para evitar retroceder. Tratando de ignorar la sensación de vértigo que me oprimía el pecho volví a mirar, está vez me concentré en las personas. Eran demasiadas. Hubiera preferido que no hubiese habido nadie en los alrededores. Era algo que prefería hacer en soledad.
   Allí abajo todos continuaban con sus vidas, todos parecían saber a dónde iban ya sea caminando en soledad o acompañados por otros. Tenían la vista fija hacia adelante o bien la mirada perdida en sus celulares. Nadie reparó en mí.
   Sentí una gota de sudor recorrer mi frente a pesar del frío que hacía y de que estaba temblando. Me acerqué un poco más. Mi corazón amenazaba con escaparse de mi pecho. Tenía la mitad de mis pies en el vacío. Un movimiento en falso y perdería el equilibrio. Mantuve esa posición durante unos largos segundos jugando con la idea de que fuese el destino quien balancease mi equilibro.
   No tardé mucho en descubrir que si no me movía me quedaría congelada en esa posición eternamente. Sin embargo el tiempo seguía avanzando para los demás, la gente seguía caminando y yo, en el fondo sabía que no podría quedarme así para siempre. Yo era la única que podía tomar la decisión. Solo yo podía dar el salto.
   Un arrebato de osadía hizo que me inclinara hacia adelante. El suelo desapareció bajo mis pies y me precipité a toda velocidad hacia el pavimento. Comencé a gritar tan fuerte que dolía. El viento helado me hacía entrecerrar los ojos, pero pese al miedo que sentía me obligué a mantenerlos abiertos. A mi alrededor las cosas pasaban a gran velocidad, no, era yo quien caía a una enorme velocidad.
   El terror me ganó a último momento y cerré los ojos justo cuando estaba quizás a un metro del suelo. Mi corazón dio un salto. Sentí como mi cuerpo rebotaba en el aire y luego comencé oscilar. Abrí los ojos. Me sentía como un péndulo. Noté que algunas personas habían reparado en mí. Me sonrojé, quizás había gritado demasiado fuerte, pero era la primera vez que me arrojaba en salto bungee.  
Alejandra Daniela Abraham

viernes, 13 de abril de 2018

SUCESO INESPERADO


   El timbre resonó en todo el salón, indicando el final de aquella tediosa jornada escolar. Damián se apresuró a guardar sus útiles y se echó la mochila al hombro con destreza. En general, le gustaba el colegio, sin embargo había algo en la voz de su anciano profesor de historia que hacía que las horas pareciesen eternas. Era imposible evitar entrecerrar los ojos por el peso del aburrimiento.  
   Aguardó de pie unos segundos hasta que los estudiantes terminaron de dispersarse hacia la salida. Nunca había tenido muchos amigos. Su relación con los demás era más bien formal y por elección propia, solía pasar los recreos leyendo en algún banco del patio.
   Una vez en la calle, saludó con un gesto a un grupo de conocidos y se dispuso a hacer el recorrido que realizaba de lunes a viernes. Se preguntó en qué momento se había vuelto tan rutinaria su vida y como si con sus pensamientos lo hubiese invocado, algo completamente inesperado aconteció.
   Un hombre de mediana edad cruzó la calle esquivando algunos coches que se habían detenido sobre la línea peatonal en el semáforo. Algo en su rostro le resultaba familiar, aunque no recordaba exactamente dónde lo había visto antes.
   —¿Eres Damián Arias? —preguntó el hombre deteniéndose a unos pasos de donde él se encontraba.
   Él asintió con la cabeza preguntándose quién era aquella persona y cómo podía conocer su nombre.
   —Soy Guillermo y creo que podría ser tu padre —agregó mordiéndose levemente el labio inferior, un gesto que Damián también solía hacer cuando se sentía incómodo o estaba nervioso.
   Él nunca había conocido a su progenitor y su madre siempre se había mostrado evasiva con ese tema. Estaba completamente paralizado y en su mente se arremolinaban un centenar de preguntas que no se atrevió a formular en voz alta. ¿Ese hombre sería su verdadero padre? ¿Por qué habría esperado tanto para conocerlo? ¿Por qué lo habría abandonado? ¿Por qué su madre nunca habló de él?
   —Tu madre me dejó estando embarazada. En ese momento éramos jóvenes y yo no tenía trabajo. Supongo que pensó que yo no sería más que una carga para ella. La llamé unos meses después, pero me dijo que habías muerto y que no volviera a llamar. Lamentablemente, no dudé de su palabra. Hace algunas semanas, la busqué en Facebook como “Lucía Arias” y fue entonces cuando vi tus fotos y descubrí que estabas vivo. Gracias al uniforme pude averiguar a que escuela ibas y he estado buscando el momento adecuado para poder conocerte —. Hablaba rápidamente con la mirada fija en sus zapatos de gamuza.
   —Lucía es mi madre —confirmó, intentando buscar similitudes en el rostro de quien supuestamente era su padre. Tenía los ojos color avellana y el cabello castaño desordenado igual que él, pero mayoritariamente Damián había heredado las facciones de su madre.
   —¿Me permites invitarte a tomar un refresco? Serán sólo unos minutos, para que podamos conocernos un poco. Lucía no tiene por qué saberlo —agregó Guillermo con una sonrisa tímida de los labios.
   —Claro —. Damián nunca había sido muy expresivo, pero en ese momento deseaba poder encontrar las palabras adecuadas. Realmente quería saber todo lo posible acerca de su padre. ¿Cuál era su apellido? ¿A qué se dedicaba? ¿Tenía otra familia? Pero, la emoción y el temor a lo desconocido lo invadían por completo y no lo dejaban pensar con claridad. Aunque muchas veces había imaginado un encuentro con él, lo había tomado por sorpresa y una parte suya quería salir corriendo. Además, estaba furioso con su madre quien lo había privado de poder tener una familia normal como la de muchos de sus compañeros.
   Padre e hijo comenzaron a caminar, uno junto al otro, por primera vez en sus vidas. Damián se preguntaba cómo sería tener un padre. Quizás podrían seguir viéndose a escondidas de Lucía cada día después de la escuela.
   —¿Cuál sería mi apellido si…? ¿Cómo es tu apellido? —preguntó finalmente llenándose de valor.
   —Te hubieras llamado Damián Pérez —respondió colocando una mano en el hombro de su hijo —. ¿Quieres que tomemos algo aquí? —señaló una pequeña cafetería casi vacía.
   Damián asintió con la cabeza y ambos se sentaron en una de las mesas con sombrillas verdes ubicadas sobre la vereda. Un momento después, estaban bebiendo jugo de naranja y hablando como si se conociesen de toda la vida. Guillermo le contó que era soltero, que se había graduado de abogado y que vivía en un bonito apartamento en el centro con su perro, pero más que nada se interesó por saber sobre su Lucía y sobre él. Le preguntó acerca del colegio, de sus aficiones, de sus amistades y sobre cada pequeño detalle de su vida.
   Siempre había sido tímido y le costaba trabajo hablar con las personas, pero su padre se había ganado su confianza y parecía fascinado con todo lo que él le decía. Por primera vez en su vida se sentía cómodo siendo el centro de atención. Ni siquiera le había molestado cuando el hombre había comenzado a tomarle fotos con su celular. Usualmente a Damián no le gustaba salir en fotografías, pero era el momento más importante de sus vidas y los adultos tendían a querer inmortalizar ese tipo de situaciones.
   Después de media hora, Guillermo consideró que era mejor que Damián regresase a su casa para que Lucía no se preocupase. Se despidieron con un emotivo abrazo y la promesa de volver a verse al día siguiente.
   Mientras regresaba, caminando en soledad, se reprochó a sí mismo que no hubiesen intercambiado sus números telefónicos. Cuando tomó el celular de la mochila suspiró con fastidio al descubrir que tenía quince llamadas perdidas de su madre. Sólo se había retrasado media hora. Cómo es que aún no se había dado cuenta de que ya no era un niño y de que tenía derecho a tener una vida social.
   Al abrir la puerta de entrada, Lucía se abalanzó a sus brazos llorando. Damián no podía creer lo melodramática que podía llegar a ser su madre.
   —¿Estás bien? ¿Te lastimaron? —preguntó ella separándose entre sollozos y pasándose la mano por sus mejillas coloradas —. Dejé los treinta mil pesos en el contenedor de basura, como me dijeron.
   —¿Qué? —Damián estaba atónito y no entendía de qué estaba hablando.
   —Sí, cuando me mandaron el primer mensaje los secuestradores pensé que se trataba de una broma de mal gusto, pero cuando me mandaron las fotografías con la fecha de hoy casi me muero. Tomé todo el dinero que tenía en casa y las joyas y lo dejé todo en el contenedor de basura. No sabía si sería suficiente. Cuando me dijeron que te habían liberado, todavía no respondías a mis llamados, así que no sabía si avisar a la policía o no, porque me amenazaron con matarte si le decía a alguien —. Lucía, volvió a abrazar a su hijo.
   —Pero, yo estaba con mi papá —dijo apenas con un hilo de voz, sintiéndose engañado y vacío por dentro.
   —¿De qué estás hablando Damy? Cuando yo decidí tenerte, no tenía pareja, así que recurrí a una clínica de inseminación. No te lo dije antes porque eras chico y no lo ibas a entender.
   Una lágrima solitaria se deslizó por el rostro de Damián. Cerró los ojos fuertemente conteniendo la rabia y la decepción que sentía en su interior.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 6 de abril de 2018

SECUESTRO


   Aquel lunes de mayo, la niebla se deslizaba por las calles de la ciudad como una helada alma en pena y empañaba las gafas de baquelita de Alberto. No valía la pena sacar las manos entumecidas de los bolsillos con el único fin de ganar un poco de visibilidad. 
   Los treinta años que Alberto llevaba trabajando en la estación de servicio habían sido tan solitarios y rutinarios como su vida misma. Se había acostumbrado o más bien resignado a regresar a su casa antes de las seis de la mañana.
   Antaño, había soñado con hacer una carrera y formar una familia. Hoy en día, se contentaba con una sopa caliente al amanecer y una mañana de sueño profundo. Con eso iba fantaseando hasta que el sonido de las ruedas de un auto frenando sobre el pavimento húmedo lo hizo detenerse en la esquina por la que acababa de doblar.
   A cien metros de donde se encontraba, un vehículo del color del musgo se detuvo por completo y de él bajaron dos personas que no se molestaron en cerrar la puerta trasera. Algo en ellas hizo que los vellos de su nuca se erizaran. En ese momento reparó en que había alguien más en la vereda que al igual que él se había quedado petrificado.
   Entrecerró los ojos para observar lo que estaba sucediendo. Nunca, en sus casi sesenta años de vida había sido testigo de algo semejante. Los hombres del auto estaban forcejeando con la persona que estaba en la vereda e intentaban arrastrarla hacia el interior del coche.
   Estaba siendo testigo de un secuestro. Tenía que salir de allí cuanto antes, mas sus piernas no respondieron a la orden de su cerebro. Antes de que el pobre hombre desapareciera en la parte trasera del vehículo, clavó sus ojos en el rostro de Alberto. No había dicho palabra alguna y a pesar de no poder distinguirlo bien a causa de la niebla y la distancia, estaba claro que esperaba que lo ayudase.
   Uno de los secuestradores no había ingresado al auto y se había vuelto de repente deteniendo su mirada en Alberto, quién giró y comenzó a correr tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Dobló por un montón de esquinas y cruzó numerosas calles sin mirar por donde iba. Parecía que su corazón iba a escapar de su pecho y sólo se detuvo cuando las luces del amanecer lo hicieron reparar en que había estado corriendo por muchísimo tiempo.
   Regresó a su casa sin decirle a nadie lo que había visto. Su forma de ser había terminado por apartar a todos aquellos que podrían haberlo querido y el resto habían fallecido hacía tiempo, pero aunque hubiese tenido a alguien, consideraba que no podía ser una buena idea comentar lo que había visto.
   Esa mañana no pudo dormir y tampoco descansó bien el resto de la semana. Sólo salía para ir a trabajar y lo hacía por caminos alternativos aunque eso implicara caminar algunas cuadras de más. El fin de semana también se quedó encerrado en su casa y sólo fue al almacén de la esquina en una ocasión para abastecer su heladera. 
   El lunes cuando Alberto salió del trabajo se convenció a sí mismo que era iluso por su parte continuar asustándose cada vez que escuchaba la frenada de un auto, en especial trabajando en una estación de servicio. Se armó de valor al final de su turno y optó por volver a su casa siguiendo el camino que hacía habitualmente antes de aquel suceso inesperado. 
   Hacía frío y la ciudad volvía a estar envuelta por una densa mata de niebla blanca. Se detuvo tan sólo por un segundo para buscar en su bolsillo el trozo de franela naranja que utilizaba a menudo para limpiar sus gafas y no fue capaz de reaccionar cuando el auto que lo había estado aterrorizando en su memoria, se detuvo a apenas unos pasos de lugar en donde se encontraba. 
   Dos personas bajaron a toda prisa y lo aferraron con fuerza por los codos. Intentó resistirse, pero el agarre era demasiado fuerte y lo arrastraron por el aire como si no pesara más que un niño.
   Apenas pudo ver como el cristal de sus gafas se fragmentaba al encontrarse con el suelo. Miró a su borroso entorno desesperado y pudo distinguir a alguien observándolo desde la esquina. Le rogó al desconocido con los ojos y las mejillas llenas de lágrimas, pero era demasiado tarde. La puerta trasera se cerró después de que lo arrojaran al interior y en ese momento la voz de uno de sus captores mencionó que había alguien observando en la esquina.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

OBRA GANADORA COMO MEJOR RELATO CORTO EN MEGUSTAESCRIBIR DE ESPAÑA EN 2017

viernes, 30 de marzo de 2018

POR ÚLTIMA VEZ


   La última vez que Darlan y Milesa recorrieron juntos las calles de su pueblo, habían confirmado sus peores temores. Las señales estaban claras, todos los locales se encontraban cerrados y a oscuras y los pocos transeúntes que circulaban por la avenida lo hacían con prisa y miradas vacías o aterradas. Lógicamente no había ningún auto, al menos no en movimiento, debido a que era muy raro encontrar cualquier medio de transporte en Parshidia, pues el petróleo, el bien más codiciado del mundo, se reservaba a las grandes potencias mundiales.
   Antaño, el Principado Independiente de Parshidia podría haber sido considerado un territorio pacífico. Lamentablemente, los tiempos habían cambiado. 
   Darlan apretó la mano de su prometida, pues aunque siempre se había considerado una persona valiente, quizás eso se debía a que nunca se había visto obligado a hacer algo peligroso o fuera de lo común.
   El muchacho miró por costumbre el proyector holográfico que llevaba en la muñeca, pero era inútil, habían lanzado como consecuencia de la incipiente guerra civil una señal electromagnética que impedía el acceso a la Red de Información Global desde hacía casi 48 horas. Jamás, en sus veinte años de vida, Darlan se había sentido tan incomunicado. Había habido apagones antes, aunque nunca fueron superiores a unos pocos minutos.  
   A algunos metros de donde se encontraba la joven pareja, la figura de un anciano comenzó a tornarse borrosa, aunque aquel hombre continuó andando como si nada hubiera cambiado. Milesa sollozaba, sin embargo, tampoco se detuvo. No había ninguna diferencia entre un holohumano y una persona “real”, salvo por el hecho de que estos últimos requerían de la energía que les proporcionaba su proyector. Los hombros de Darlan se tensaron y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Si el bloqueo electromagnético de las señales no terminaba, pronto quizás más de la mitad de las personas que había conocido dejarían de existir.
   Todas las personas en el mundo tenían un proyector holográfico que era insertado en su muñeca derecha el día de su nacimiento y ninguno en su sano juicio imaginaría siquiera quitárselo, sin contar a los fanáticos conservadores quienes se lo arrancaban a sí mismos para demostrar la supremacía de su humanidad. Ellos también consideraban quimeras indeseables a los holohumanos y no faltaban nunca algunos de estos fanáticos que predicaran en las plazas en contra del poder de la tecnología.
   Los ojos fríos del líder de la facción conservadora más violenta parecían observarlo todo desde mil ojos presentes en las pancartas que cubrían la mayor parte de los escaparates de los negocios. No era necesario volver a leer la leyenda que surcaba el rostro que atormentaba los sueños de más de una persona. Darlan había escuchado aquella repugnante frase cargada de odio un millar de veces, “El comienzo de la pura humanidad está cerca, las quimeras por fin se apagarán”. 
   Darlan no estaba obsesionado con la tecnología como aquellos que pasaban la mayor parte de su tiempo en la realidad virtual, pero tampoco entendía a los conservadores que odiaban a los holohumanos, pues sin el trabajo que proporcionaban las pocas personas que habían logrado sobrevivir a la Gran Guerra no habrían logrado subsistir. Darlan siempre había tratado a todos por igual, sin importar quien fuera el creador de cada uno consideraba que todo el mundo tenía derecho a vivir. Además, aunque lo hubiera deseado no hubiera sabido reconocer la diferencia entre las clases de personas y a pesar de que muchos fanáticos con el ojo entrenado afirmaban que las diferencias estaban claras, Darlan no creía que fueran más que puras fanfarronerías.
   Antes de que los padres de Darlan nacieran y después de la Gran Guerra, la radiación casi había extinguido a muchas especies y por poco había arrasado con la humanidad. 
   Cuando era pequeño, su madre le había contado que cuando una pareja estaba lista para procrear, depositaban sus células reproductivas en el correo genético de algún hospital y luego se realizaba una inseminación in vitro para asegurarse de que la población no se viera contaminada con defectos genéticos. Se sabía que en muchas ocasiones cuando la fecundación biológica no se llevaba a cabo, se le implantaba a la madre un embrión holohumano y para evitar cualquier tipo de discriminaciones se protegía la identidad de estos niños creados artificialmente cuya vida, al igual que la de cualquier otra persona, podía ser de casi un siglo, siempre y cuando tuviera costumbres saludables y no olvidara cargar su proyector. Claro estaba, que al igual que ellos, los demás lo hacían para permanecer siempre conectados a la Red de Información Global.
   Sin energía la mitad o quizás más de la población desaparecería para siempre. Era imposible distinguir el porcentaje exacto de holohumanos. El muchacho pensó en sus amigos, en su familia y en toda la gente a la que había conocido alguna vez mientras un nudo de desesperanza se formaba en su garganta.
   Ir a una manifestación a la Plaza Central para pedir que liberaran la señal satelital parecía poca cosa comparado con la magnitud de lo que estaban viviendo en ese momento. Aunque siempre había sido alguien pacífico no quedaban demasiadas opciones. Él realmente deseaba que de alguna manera el bloqueo desapareciera de una vez y para siempre. No era una persona fuerte y definitivamente no se sentía listo para perder a nadie. Quizás y sólo quizás, si sumaba su voz a la voz del pueblo y todos juntos exigían que las cosas volvieran a ser como antes, lograrían que alguien los escuchara y lograra despertarlos de lo que parecía ser un mal sueño.
   Poco a poco, el cielo se teñía de un naranja aterrador, era la primera vez que observaba un atardecer sin estar recostado en la comodidad y seguridad de su habitación recibiendo la cálida y agradable sensación que producía conectar su proyector a la corriente eléctrica.
   Parecía que su corazón estaba a punto de salirse de su pecho. Él y Milesa habían comenzado a correr tomados de la mano aunque Darlan no recordaba exactamente en qué momento se había iniciado esta carrera. Su garganta le ardía en cada jadeo y las ideas se arremolinaban en su mente y lo mantenían embotado. 
   A pocas cuadras de la Plaza Central y cuando el tumulto de manifestantes y de personas asustadas, algunas nítidas y otras borrosas que desaparecían poco a poco, hicieron imposible que pudieran seguir avanzando, la joven pareja se detuvo. Darlan volteó su mirada y con horror descubrió el bello contorno del rostro de Milesa esfumándose ante sus ojos que se nublaron a causa de las lágrimas. Jamás hubiera imaginado que la mujer con quien quería pasar el resto de su vida fuera una holohumana.   Eso no cambiaba lo que sentía por ella. La quería como nunca más iba a querer a nadie.
   Darlan alzó su propia mano cuyo contorno se perdía y se esfumaba con el aire, al igual que el rostro de la muchacha y acarició su etérea mejilla juntando sus labios con los de ella. Era tan real como la primera vez que la había besado y aunque ambos se desvanecían aun sentía el calor de su aliento y la suavidad de su piel bajo sus ya casi invisibles dedos. Los enamorados se esfumaron con los últimos rayos del sol en aquel beso eterno. Darlan ya no tenía miedo, estaba con Milesa y su amor viviría por siempre en la Red de Inteligencia Universal.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 23 de marzo de 2018

PASOS EN LA NOCHE


   Los apresurados pasos de Lucas rompían el silencio de la noche. Su rostro estaba empapado por las lágrimas y de su labio inferior brotaba un hilillo de sangre escarlata. Su cuerpo entero se encontraba adolorido y maltratado y no estaba seguro de poder encontrar algún lugar en donde refugiarse del frío. No era la primera vez que su padre lo maltrataba, aunque nunca antes había huido después de la puesta del sol.
   Con sus casi nueve años de edad, había aprendido a que era mejor salir a jugar al patio de su casa cuando sus progenitores comenzaban a beber de las botellas de vidrio que él tenía prohibido tocar. Sin embargo, aquella noche hacía demasiado frío y había optado por quedarse dentro de su casa. Ahora, lamentaba haber tomado esa decisión.
   Los recuerdos se arremolinaban en su mente y le causaban una horrible opresión en el pecho. Volvió a ver un vaso de agua resbalando entre sus dedos, escuchó los gritos y el sonido del cristal haciéndose trizas contra el suelo. Sintió el dolor agudo del primer golpe contra su coronilla al que siguieron muchos más. No estaba seguro de cómo había podido escurrirse de las manos que lo sujetaban, pero una vez que encontró el camino hacia la calle había sido fácil escaparse del monstruo que se apoderaba de su padre bajo los efectos del alcohol.
   Sus pasos lo guiaron hasta el cementerio que rodeaba a la pequeña catedral del pueblo. Aunque su familia no era religiosa, la perspectiva de dormir bajo techo esa noche resultaba tentadora. Se armó de valor y pasó corriendo entre las tumbas. Ya era bastante grande como para creer en fantasmas, pero la idea de un montón de cuerpos pudriéndose bajo la tierra lo espantaba.
   Rompió a llorar desconsoladamente al encontrar cerradas con cadenas las puertas de la casa de Dios. Las golpeó en vano durante muchísimo tiempo y finalmente se quedó dormido, hecho un ovillo en las escaleras de piedra de la iglesia. Cayó en un profundo sueño del que nunca volvería a despertar.
 Los vecinos aseguran, que por las noches frías, aún se escuchan sus lamentos.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

Relato seleccionado para una antología de cuentos, que será publicada próximamente en Ediciones Public&Arte, TsEdi, Teleservicios Editoriales, S.L., de Madrid.

viernes, 2 de marzo de 2018

LA PRISIÓN DE LAS SOMBRAS


   Los tenues rayos de la luna eran la única fuente de luz. Daiana temblaba de frío y de miedo, aferrándose con los dedos temblorosos y entumecidos a los barrotes helados de aquel lugar que, posiblemente, se había convertido en su tumba.
   Daiana bajó la mirada. Había por lo menos cien metros hasta las olas negras de un tormentoso mar que rompían contra las rocas que formaban la base de la prisión en donde había despertado.
   Si tan sólo los barrotes no hubiesen estado tan juntos podría haberse deslizado entre ellos dejándose caer. Imaginó por un instante su cuerpo destrozado tras el impacto contra las irregulares rocas. Era una imagen perturbadora y posiblemente volver a morir no sería la solución para escapar de la muerte   Se dejó caer lentamente, apoyando su espalda contra la húmeda pared y abrazó sus piernas. Sintió como las lágrimas se le congelaban en las mejillas. Nunca en su vida había experimentado tanto frío.
   Mientras más intentaba evadir sus recuerdos, éstos se hacían cada vez más nítidos y se le imponían con fuerza, desterrando cualquier otro pensamiento de su mente. Aunque el intento de quitarse la vida para evadir sus problemas podría considerarse un acto completamente cobarde había necesitado armarse de mucho valor para animarse a hacerlo.
   Daiana había pasado sus doce años de vida deseando pasar inadvertida y de ese modo evitar los acosos y la crueldad de sus compañeros y al mismo tiempo había sido presa del profundo deseo de poder captar su atención e incluso de sentirse querida. Lo hubiera dado todo por ser aceptada y por convertirse así en juez en lugar de en víctima.
   Quizá si hubiera sido hermosa o por lo menos un poco más inteligente las cosas hubieran resultado diferentes para ella. Quizá si alguien la hubiera observado llegar a su casa llorando por enésima vez con el rostro empapado, quizá no se hubiera encerrado en el baño durante horas buscando la forma menos dolorosa para ponerle fin a todo. Quizá no hubiera tomado demasiadas pastillas para dormir con la vana esperanza de desaparecer para siempre.  
   Un lamento a lo lejos la sacó de aquella pesadilla que estaba recordando. El frío quemaba su piel y penetraba su cuerpo como miles de agujas de hielo. Ya no sentía el tacto en los dedos de los pies ni de las manos y cuando se movía dolorosos calambres en sus miembros le hacían volver a paralizarse. Aunque el frío era terrible, peores eran los recuerdos que volvían a su mente una y otra vez.
   La puerta se abrió con un chirrido dejando entrar a un extraño ser envuelto en una capa de humo negro. Asumiendo que sólo podía tratarse de la muerte misma, Daiana sintió como la tristeza y la desolación arrancaban de su pecho cualquier dejo de esperanza. Observó como la criatura levitaba hacia donde ella se encontraba hecha un ovillo en el suelo. Estaba cada vez más cerca. Aquel ser que no tenía facciones se acercó muy despacio a su aterrado rostro y unió el sitio en donde podría haber tenido los labios con los de ella.
   La capa del color de la noche pareció devolverle la visión. En el suelo una humana que le parecía vagamente familiar ya no respiraba y sus ojos estaban fijos en el techo. "Bienvenida" murmuraron las voces de sus nuevas hermanas dentro de su cabeza. De su interior emanaba frío, pero era una sensación agradable. No había nada por lo que preocuparse. Podía sentir el miedo cerca, la tristeza de cientos de personas que estaban allí sólo para alimentarla a ella y a sus hermanas parcas.
   Se deslizó a gran velocidad por los pasillos. Desde el interior de las celdas se filtraban hilillos de vitalidad. La inteligencia colectiva a la que pertenecía ahora estaba conformada por millones de almas que a su vez era una sola, superior y omnipresente. Era la vida y la muerte al mismo tiempo. El presente y el futuro coexistían en su ser y hacían que se sintiera completamente plena.  
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 23 de febrero de 2018

LA LUZ DE LA RAZÓN


    Cerró sus ojos mientras el agua helada caía sobre él trayendo consigo la dura realidad. Apoyó todo su peso sobre la pala que se hundió en la tierra húmeda y no pudo evitar que una lágrima rebelde se uniera con las cientos de gotas que caían desde el firmamento. Sintió que el cielo también lloraba como si estuviese acompañándolo.
   Una vez que el pozo fue lo suficientemente profundo, arrojó en su interior todo aquello en lo que creía firmemente y que al mismo tiempo consistía en lo que podría llevarlo a la tumba. Quizás, bajo tierra sus sueños sufrirían la misma suerte que ardiendo en las llamas de la hoguera, aun así una parte suya aún conservaba las esperanzas de que alguna vez volvería a buscarlos.
   Despedirse de los libros en los que había estado trabajando toda la vida, le hacía sentir un gran vacío en el pecho y a la vez no era más que un pequeño anticipo de lo que sentiría en breve, cuando tuviera que abandonar a su familia. No tenía opción. Si quería vivir tendría que huir y si quería que ellos vivieran no podía obligarlos a acompañarlo en un viaje sin destino en medio de un invierno implacable.
   Aún no sabía cómo iba a decirle a Magdalena que no estaría cuando llegara al mundo su pequeño, que no podría enseñarle a leer a su hijo mayor y que quizás pasarían años hasta que pudiera volver a estrecharla entre sus brazos. Había estado posponiendo el momento de su partida con la vana esperanza de poder ver nacer a su segundo hijo, pero, la llegada de la inquisición era inminente. Ya había visto la barbarie de los supuestos servidores de Dios que quemaban a los pensadores junto con sus obras.
   Le rogó a Dios en silencio que lo ayudase en su camino, que cuidase a su familia y que el trozo de cuero con el que había cubierto sus escritos fuese protección suficiente para que perduraran en el tiempo resguardados debajo de la tierra. Pensó metafóricamente que estaba sembrando una semilla con la potencia de germinar si alguna vez alguien la encontraba.
   Viviera uno o cien años más, su vida no era más que un pequeño instante en la eternidad del universo, pero, quizás si lograba preservar aquel pequeño fragmento de la verdad que había visto, entonces esta se transmitiría a lo largo de generaciones, perfeccionándose poco a poco. Había presenciado en más de una ocasión las atrocidades de las que era capaz la humanidad y aun así decidía creer en lo bello que podía llegar a ser el mundo.
   Él estaba convencido de que todos tenían el derecho de aprender, de adquirir la capacidad de pensar por sí mismos y de obtener conocimientos que los llevarían a acercarse a la verdad universal. Le costaba entender por qué la razón y el entendimiento eran etiquetados como herejías. Casi no podía recordar aquellos momentos en donde su tierra había sido un lugar pacífico. Ahora, dos bandos que luchaban bajo el estandarte del mismo Dios habían arrasado pueblos enteros y perseguían a todos aquellos pensadores que intentaran traer un poco de luz entre tanta oscuridad.
   Se aseguró de que el suelo bajo sus pies pareciera regular y a continuación realizó una pequeña marca con su daga en un árbol cercano. Había enterrado en diferentes puntos del bosque casi toda su obra. No era el mejor destino que podía imaginar para sus libros, mas, sin dudas era mejor suerte para ellos que caer en manos de la santa inquisición.
   Estaba anocheciendo y era mejor que regresara a su casa antes de que Magdalena se preocupase. En aquellos días, cuando uno se despedía de alguien querido no existía la certeza de volver a encontrarse.
   Se detuvo al llegar a los límites del bosque. Algo no estaba bien. A lo lejos se escuchaba el trote de una decena de caballos. Un escalofrío recorrió su cuerpo como si estuviese escuchando a los jinetes del Apocalipsis.
   Permaneció inmóvil aferrando su pala y observando la escena detrás de un alto roble. Parecía estar inmerso en una pesadilla de la que no podía despertar. Una parte suya se negaba a creer que aquello sucediera, pero, su parte racional estaba preparada para lo peor. Sabía que debía huir hacia el oeste. Allí, a nadie le importaría su nombre. Consideraba que la mejor forma de transmitir ideas era ser maestro en lugar de mártir.
   Se convenció a si mismo de que Magdalena estaría más segura si él no regresaba. Su madre la ayudaría durante el parto. Además, habían ocultado dinero suficiente para que no pasasen hambre.
  Rezó inmóvil durante lo que le pareció una eternidad. Hacía tiempo que había dejado de llover. De la tierra húmeda comenzó a surgir una densa neblina que fue ascendiendo por los árboles y lo envolvió como un manto blanco que lo hizo sentirse seguro y protegido para continuar su viaje. 
   Pensó que tenía que alejarse lo más pronto posible y por un momento por su mente cruzó la idea de que podría perderse en el bosque o caminar en círculos. Aunque era una perspectiva mejor que ser víctima de los inquisidores, temió por su vida. Como si se tratase de una señal de aliento y esperanza, la luz de la luna se abrió paso entre la niebla para guiarlo en su camino. Sintió que tenía la misión de llevar la luz de la razón a otros hombres y mujeres para que al igual que él pudiesen ver el camino para salir de la oscuridad.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 16 de febrero de 2018

LA DAMA DE BLANCO (Colección EL PERIODISTA)


   El bar estaba casi lleno y el sonido de la música convertía las conversaciones en meros murmullos. Matías tardó algunos minutos en encontrar a Rodrigo con la mirada. El regordete fotógrafo se había levantado de su asiento y lo saludaba con la mano en alto.
   Sonrió y se dirigió a la mesa donde estaban sus  tres compañeros. Al igual que él también habían estado trabajando como pasantes. De una veintena de estudiantes y jóvenes recién recibidos, ellos cuatro eran los únicos que habían sido efectivizados como periodistas o fotógrafos. El resto, no había tenido tanta suerte y habían perdido sus empleos.
   En ese momento a Matías no le preocupaba demasiado la suerte de los demás. Estaba muy feliz por sus logros. Consideraba que si ellos cuatro habían sido seleccionados era porque realmente tenían que ser en cierta forma mejores que el resto. No es que fuese arrogante o presumido, pero se había esforzado mucho en buscar noticias en los sitios a los que lo enviaban. Había encontrado o por lo menos sembrado los hechos sobre los que necesitaba escribir. Sus crónicas, respaldadas por las fotografías de Rodrigo, rozaban lo fantástico y se habían convertido en un éxito. Incluso, su jefa les había permitido llevar su propia columna sobre fenómenos inusuales. Partiría en un par de días junto a Rodrigo a cubrir notas cerca de las Cataratas y esperaba que contaran con la misma suerte que habían tenido hasta ahora.
   Se sentó junto al fotógrafo y saludó a Gastón y a Florencia quienes estaban del otro lado de la mesa. Ahora que los cuatro tenían un trabajo estable, Gastón había dejado de presentar una amenaza para Matías y la relación entre ellos se había tornado mucho más distendida.
   Hacía sólo un mes Gastón había sido asignado como cronista a la costa mientras que el destino de Matías fue un pueblo olvidado en medio de la Cordillera. Todo el mundo sabe que para la prensa, es mucho más rentable la playa que las montañas. Si no hubiese sido por que Matías tuvo la fortuna de toparse con el Compallhue, aquel extraño monstruo del volcán, quizás en lugar de estar celebrando en aquel bar de Recoleta, estaría intentando conseguir un nuevo empleo.
   Una camarera pelirroja por elección les preguntó qué iban a pedir y optaron por  una jarra de cerveza para compartir. Los precios eran bastante altos, pero ahora que tenía la seguridad de un sueldo fijo, decidió que podría permitirse algunos lujos de vez en cuando.
  Matías le regaló una sonrisa a la camarera. Ella, ignorando sus intentos de coqueteo, le lanzó una mirada seductora a Gastón y se perdió de vista en medio de un montón de gente que se movía guiada por la música.
   Pasaron la siguiente hora conversando de nimiedades y compartiendo algunos tragos. En un momento de la noche, Rodrigo sacó su cámara digital para enseñarles una imagen que había capturado. En la pantalla se podía observar una fotografía que había tomado poco antes de entrar al bar. Se apreciaba en sepia la silueta de una joven de pie frente al antiguo cementerio. Florencia, quien tenía el ojo entrenado en ese arte, le hizo algunos cumplidos por el juego de luces y sombras. Rodrigo intentó convencerlos de que se trataba de la mismísima Dama de Blanco, pero todos terminaron riendo, incluso él.
   Aunque la fotografía de Rodrigo había despertado más risas que miedo, Matías no pudo evitar sobresaltarse cuando alguien apoyó la mano sobre su hombro. Giró sobre el asiento y su mirada se encontró con los castaños y encantadores ojos de una chica. Era preciosa. Tenía un cabello rubio y largo que hacía que pareciese una sirena recién salida del agua. Le sonreía con unos labios rosados en forma de corazón.
    Antes de que Matías pudiese reaccionar, la joven habló con una voz dulce y tímida.
   —Disculpen. No pude evitar escuchar su conversación. ¿Son periodistas?
   Todos en la mesa repararon en ella. Un leve rubor cubrió sus pálidas mejillas y retiró su mano del hombro de Matías. Él se apresuró a responder antes que los demás, pues era consciente de que cuando de chicas se trataba, no podía competir con Gastón quien tenía cuerpo de atleta y rostro de galán de telenovela.
   —No, quiero decir sí. Gastón y yo somos periodistas, mientras que Florencia y Rodrigo son fotógrafos.
   Sintió como sus palabras salían algo torpes de sus labios. Parecía haber pasado una eternidad desde la última vez que había hablado con una chica guapa. El último año había estado tan compenetrado en conseguir efectivizar su puesto que aquella noche era la primera vez que salía en mucho tiempo.
   —¡Qué interesante! Nunca había conocido a nadie que trabajase en los medios. No quiero parecer metida, pero escuché que estaban hablando sobre la Dama de Blanco. Soy de la zona y escuché varias historias que circulan sobre ella y  el cementerio. Si quieren puedo contarles, mientras espero a que me devuelvan a mi amiga —dijo señalando con la mirada a una pareja que se besaba con pasión en un rincón apartado.
   —Sería genial. Sentate si querés. Te invito un trago. Soy Matías, por cierto —se apresuró a añadir el joven periodista tomando una silla de la mesa contigua para que ella se sentase.
   —Gracias, Matías. Me dicen Ru —. Mientras tomaba asiento le dedicó una sonrisa capaz de derretir glaciares enteros.
   El joven se sentía en la gloria por haber monopolizado la atención de Ru. Ella realmente conocía bien la historia de la Dama de Blanco y aunque sólo parecía estar interesada en hablar con Matías, todos escucharon sus relatos.
   Ru contó diferentes versiones de la leyenda que había circulado durante siglos en torno a la misteriosa dama, pero todas ellas concluían más o menos de la misma manera. Una preciosa joven vestida de blanco se acerca a un joven solitario con quien pasa la noche bailando y tomando algunos tragos. El galán le ofrece su abrigo para que no tenga frío. Luego, la acompaña hasta su casa y ella promete devolverle el saco al día siguiente. Cuando el enamorado vuelve a la casa de la joven, la madre de ella le explica que su hija falleció hace tiempo y que está enterrada en el cementerio, en la bóveda familiar. El joven corre al panteón desesperado y allí encuentra colgado su saco.
   —Está buenísimo todo lo que nos contaste — dijo Matías mirando a Ru con fascinación —. Después dejame tu número por si necesito repasar algún detalle de la Dama de Blanco cuando esté escribiendo la nota.
   —Dale, después te lo doy. ¿No me pedís un fernet mientras voy al baño? —. Antes de levantarse de su asiento, Ru recorrió sensualmente la pierna de Matías con la yema de los dedos.
   El joven asintió intentando disimular la sorpresa. La observó alejarse durante algunos segundos. Su largo cabello llegaba casi hasta sus caderas y se agitaba a cada paso que daba.
   Matías estaba seguro que aquella caricia había sido una insinuación y no pensaba desaprovechar la oportunidad. Después de lo que consideró el tiempo suficiente, se levantó con la excusa de ir a la barra e ignorando los comentarios irónicos de Rodrigo, se dirigió hacia la puerta del baño de mujeres. Esperó allí algunos minutos, en los que varias chicas entraban y salían, pero no había ninguna señal de Ru.
   El periodista estaba debatiéndose internamente sobre si debía llamar o no a la joven en voz alta, pues habiendo tanta gente allí, había descartado la idea de entrar. Por fortuna, en ese momento distinguió a la amiga de Ru, la que había estado en plan romántico en la esquina del bar casi toda la noche, saliendo del baño.
   —Hola. ¿Le podrías decir a Ru que la estoy esperando? —le pidió Matías, intentando no sonar muy desesperado.
   —¿A quién? —. Ella alzó una ceja.
   —A la chica que vino con vos. La rubia con pelo largo —. Aclaró intuyendo que “Ru” no podía ser un nombre de verdad.
   La joven lo observó perpleja por una fracción de segundo antes de hablar.
   —No sé de qué hablás, flaco. Yo vine con mi novio —. Se fue caminando rápido aunque miró hacia atrás para comprobar que él no la siguiese.
   Matías regresó a la mesa en donde estaban bebiendo sus compañeros y se dejó caer decepcionado en su asiento.
   —¿Qué pasó? —preguntó Florencia intuyendo que algo no había ido bien.
   —No sé, no estaba —agregó con sequedad Matías, olvidando por completo la tonta excusa que había dado. No tenía sentido insistir en la mentira de haber ido a la barra.
   Se sintió cansado de repente y sin ganas de hablar acerca de cómo lo habían dejado plantado. Le dejó a Rodrigo dinero para que pagara lo que él y Ru habían consumido. Saludó desganadamente a los demás y salió hacia el fresco aire nocturno.
   Pensó que lo más conveniente a esa hora sería llamar un Uber, por lo que llevó la mano al bolsillo de su campera para buscar su celular. No estaba allí. Maldijo por lo bajo preguntándose para qué necesitaría una fantasma un celular en el más allá.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

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viernes, 9 de febrero de 2018

LA BRUJA


   Los sacerdotes de la inquisición la buscaban. Era necesario que Carolina lograse escapar, no sólo por lo que pudieran hacerle a ella, sino porque en su vientre llevaba el fruto de la vida.

  Observó como la luz de la luna teñía de plata las ramas muertas de los árboles del bosque. En un claro, no muy lejos de donde se encontraba, podía ver un manto de nieve blanca cubriendo la pradera, no podría cruzarlo sin quedar expuesta a las miradas de aquellos quienes la buscaban. Consideró, que lo más prudente sería permanecer oculta e intentar descansar allí esa noche.

   Su familia había sido una de las más adineradas del valle y su padre había sido un hombre sumamente culto, pero su bondad lo había llevado a volverse demasiado confiado. Para la iglesia y la corona las mentes brillantes eran peligrosas y se encargaron de deshacerse de él. Su esposo quien fue discípulo de su padre, sufrió la misma suerte. Los dos hombres que había amado, pensó con pesar mientras una lágrima surcaba la piel pálida de su rostro.

   Todos los conocimientos mágicos que poseía los había adquirido de su progenitor. Él presintió desde el primer momento, cuando vio llegar al nuevo obispo con su séquito al pueblo, que un velo de persecución y muerte secundaría sus pasos y lamentablemente tenía razón. En poco tiempo, aquel hombre logró difundir sus ideas, atemorizando a la gente con el demonio y el infierno. Primero persiguió a los curanderos, luego a los videntes y finalmente a los pensadores. Ella se estremeció al darse cuenta de que pronto, no quedaría nadie a quien perseguir, pues ya los habría asesinado a todos.

   Su familia presentía que el poder oscuro estaba detrás de aquel supuesto sirvo de Dios, pues el Creador no podía estar en contra de aquellos que salvaban vidas.

   Su padrino, el fraile Bernardo, les había confesado que pronto se iría en una expedición hacia tierras recientemente descubiertas, pues había visto “algo que no debía ver”. Lamentablemente, ellos pensaron que aún les quedaba algo de tiempo.

   El hombre les había relatado que una noche había escuchado a los nuevos sacerdotes conversando en el cementerio de la iglesia. Habían dicho una oración que no pudo comprender y luego enterraron un paquete en una tumba. Aquello solo podía significar una cosa, magia negra dentro de la iglesia. No había otra explicación para el accionar cruel y diabólico de los nuevos enviados papales. Tenía las manos atadas, pues eran inquisidores los mismos que utilizaban la magia oscura. Por esa razón, había decidido advertirles y sugerirles que viajasen con él, para alejarse lo antes posible del manto de oscuridad que cubriría a España. Según él, la mano de Dios se ve en las obras de las personas con corazón noble, así como, el Demonio es delatado por sus actos.

    El padre de Carolina había buscado su péndulo de cristal de roca e invocado con él al Espíritu Santo. Fue el fraile quien realizó la pregunta al péndulo, ¿esas personas perseguirían a los hechiceros y curanderos para que nadie pudiera usar las fuerzas sobrenaturales del lado del bien para oponerse a su poder? El péndulo giró afirmando la pregunta. Luego le preguntaron si ellos corrían peligro y nuevamente dio un sí como respuesta.

   Aquellos recuerdos entristecieron a Carolina, mas no podía permitirse olvidar las voces de su pasado. Aunque no estuviesen más con ella, sus familiares habían sido quienes la habían convertido en quien era. Ellos pasaron a ser una parte suya y sentía que sus espíritus la impulsaban para que siguiera adelante.

   Se quedó dormida envuelta en recuerdos del ayer y se prometió a sí misma que ella y su bebé tendrían un futuro. No sabía cómo ni cuándo, pero la pesadilla en la que estaba inmersa algún día terminaría.

   Aunque no lo había buscado, se le presentó en sueños la silueta de su esposo. Una luz brillante y blanca distorsionaba su imagen, pero ella lo reconoció enseguida. Carolina no podía moverse ni articular palabra alguna y aunque hubiese dado todo por abrazarlo una vez más, tuvo que conformarse con escuchar su voz. Él le prometió que ella y la niña que llevaba en el vientre estarían bien y que alguien las ayudaría a llegar a un lugar seguro. Luego le indicó como llegar al punto de encuentro y ese camino quedó grabado como un mapa dentro de su mente.

   Los primeros rayos del sol la despertaron. Sentía dolor en cada músculo de su cuerpo a causa del frío y de la mala postura. Afortunadamente, haber pasado la noche envuelta en su capa de piel de lobo había sido suficiente para evitar que se congelara.

   Aunque era demasiado pronto y Carolina lo sabía, creyó sentir un movimiento en su vientre al cual acarició con ternura. Las palabras de su marido en aquel sueño revelador la habían llenado de valor y habían reavivado la llama de la esperanza en su interior.

   Se puso de pie con cierta dificultad y comenzó a caminar haciendo el menor ruido posible. Sus perseguidores se habían rendido o la estaban buscando en algún otro sitio. Confiando en su sueño, decidió seguir el camino indicado. Cruzó el claro congelado y luego se dirigió hacia el este.

   Caminó durante horas y sin detenerse en ningún momento. Cuando el sol ya se alzaba en lo alto del cielo llegó a un sendero que la condujo a una cabaña. Llamó a la puerta completamente exhausta por el arduo camino que había recorrido.

   No pudo evitar llorar de la emoción que sintió cuando su padrino abrió la puerta y la abrazó con fuerza. En los brazos del robusto fraile se sentía pequeña y protegida.

   —Iba a partir al amanecer, pero mientras dormía un ángel me pidió en sueños que esperase por ti y por la niña. Ahora, tenemos que darnos prisa y embarcar lo antes posible. Nadie se atreverá a rechazar que la ahijada de un enviado papal viaje a la nueva colonia.

   Mientras el buque se alejaba del puerto, Carolina rompió a llorar nuevamente y su padrino le recordó que tendrían que inventar juntos un nuevo pasado para que ellas pudieran tener un futuro en las nuevas tierras. Todo estaría bien.  
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 26 de enero de 2018

EL SENDERO DEL MIEDO


   El único sonido en la oscuridad eran sus pasos apresurados. Bajo sus pies cientos de hojas cubrían el suelo, como si la naturaleza hubiese colocado una alfombra de oro sobre la tierra. Había cierta poesía en ello y quizás en otro momento de su vida podría haber llegado a apreciarlo. Sin embargo, no disponía del tiempo para detenerse a observar detalles como aquellos, al menos no, cuando algo lo perseguía y quizá su vida dependiera de poder llegar a casa a tiempo.
   No había luna y tampoco estrellas que salpicaran el cielo negro y Joan agradecía no estar completamente inmerso en la oscuridad. Aunque su teléfono no disponía de señal en medio del bosque, la luz que le proporcionaba la pantalla del pequeño aparato le daba cierta sensación de alivio.
   Había recorrido aquel sendero que separaba el pueblo de su cabaña un millar de veces, aunque, nunca antes se había sentido tan indefenso en medio de la inmensidad del bosque.
   Joan miró sobre su hombro una vez más, pero su perseguidor, anticipando sus movimientos, había logrado camuflarse entre los troncos nuevamente. Pese a que no había podido establecer contacto visual con él, podía sentirlo cada vez más cerca, aproximándose a él, persiguiéndolo desde que los contornos de las casas del pueblo habían comenzado a tornarse lejanos.
   Como si se tratara de un mal augurio, el bosque entero estaba en silencio. Los sonidos típicos en la naturaleza se habían extinguido por completo. Tras toda una vida de vivir allí, Joan había aprendido a que los animales eran sabios y presentían cuando el peligro estaba próximo y en ese momento podía sentirlo justo a sus espaldas.   
   Su marcha apresurada no tardó en transformarse en un trote y luego en una carrera. Estuvo a punto de tropezar en más de una ocasión, debido a que el terreno era irregular y las raíces de los árboles eran traicioneras, pero, no aminoró su velocidad. Ni siquiera lo hizo cuando su garganta comenzó a arder a causa de su agitada respiración y sus piernas doloridas le pidieron clemencia. Cualquier paso en falso bastaría para que aquello que lo acechaba cumpliera su objetivo.
   Su acelerado corazón amenazó con escaparse de su pecho cuando el crujido de una rama confirmó que su perseguidor estaba ya a unos pocos pasos de donde se encontraba.   Entonces lo supo con certeza, no había escapatoria. Fuera lo que fuera aquello era mucho más rápido y más fuerte que él y acabaría por alcanzarlo.  
   Se detuvo desesperado, intentando encontrar algún lugar para poder esconderse, pero era demasiado tarde. Casi podía sentir la respiración de su atacante erizando el bello de su nuca. Lo sentía justo detrás de él. Joan se volteó en vano, pues la pantalla de su celular se había bloqueado, dejándolo a ciegas y completamente indefenso a merced de aquel ser demasiado silencioso.
   Intentó gritar, pero, un nudo se había formado en su garganta y ni siquiera permitía que el aire pasara a través de ella. Cerró sus ojos con fuerza preparándose para lo peor. Sintió el dolor agudo de la muerte atravesar su pecho y al caer sobre un montículo de hojas se amortiguó un sonido sordo que nadie pudo escuchar. No había nada ni nadie, tan sólo el viento helado del otoño que continuó su viaje y se llevó consigo el último aliento de Joan. 
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM 

viernes, 19 de enero de 2018

EL EMBRAVECIDO MAR


   Aquellos momentos crepusculares, en los cuales entre ocres y amarillos el cielo comulga con el mar, siempre habían sido los preferidos del padre Marco. Casi todos los días, disfrutaba caminar sobre aquella arena húmeda. La playa estaba casi desierta durante la temporada invernal. En el pueblo quedaban muy pocos habitantes y sus servicios sacerdotales eran cada vez menos solicitados.
   La brisa helada y salina despeinaba sus cabellos y lo hacía sentirse en comunión con Dios. Por un momento creyó escuchar el canto de los ángeles, sin embargo, se convenció a si mismo que no había sido más que el viento al pasar.
   Caminaba con la mirada fija en el horizonte mientras las gaviotas levantaban vuelo a medida que él avanzaba abandonando los restos de moluscos.
   La marea subía lentamente y poco a poco sus huellas eran cubiertas por espuma y sal.
   Usualmente, Marco caminaba hasta el muelle de pescadores. Allí realizaba sus plegarias y emprendía su regreso antes de que apareciesen las primeras estrellas. Pero, esa tarde algo inesperado se le presentó. Algo que cambiaría su destino para siempre.
   Mientras se acercaba al muelle, le pareció que una joven se aferraba a los pilares más lejanos de la orilla. Las olas amenazaban con arrastrarla hacia el océano.
   Buscó en el bolsillo su celular y llamó a la guardia costera. Una voz masculina que transmitía seguridad le comunicó que los rescatistas iban en camino y le advirtió que no intentara rescatarla porque podría convertirse en víctima de la corriente.
   Marco no era buen nadador, sin embargo, corrió por el muelle hacia el lugar en donde se encontraba ella con la ilusión de que pudiese alcanzar su mano y de esa forma ponerla a salvo lo antes posible. Oró en silencio mientras iba a su encuentro.
   La joven estaba desesperada. Las olas por momentos descubrían su torso desnudo y arremolinaban su largo cabello. Marco no entendía, cómo alguien podía verse envuelta en esa situación. Era difícil que se tratase de una turista descuidada ya que en invierno los hoteles permanecían cerrados y los pocos pobladores que quedaban no arriesgarían sus vidas intentando nadar en un mar helado y agitado. Imaginó que quizás había sido víctima de un ataque o que podía haber intentado suicidarse. Lo único importante en ese momento era poder ayudarla antes de que fuese demasiado tarde.
   Un escalofrío recorrió su cuerpo al imaginar que para cuando los rescatistas llegasen el mar se habría cobrado otra víctima. Dios no podía permitir que algo así sucediera y pensó que quizás, lo habría colocado en el lugar justo en el momento preciso. Tenía que intentar sacarla del agua. Creyó que quizá se tratase de una prueba que Dios ponía en su camino.
   Se recostó apoyando su pecho sobre la húmeda y helada madera. Intentó muchas veces hasta que con sus manos pudo tomar uno de los brazos de la joven. Comenzó a jalar de ella con todas sus fuerzas y no pudo evitar sonrojarse al ver sus sensuales senos saliendo del agua. Se avergonzó de sus deseos impuros y apartó la mirada.
   —¿Qué pensará tu Dios de tus pensamientos? —dijo ella con una maligna sonrisa, jalando de sus manos y sumergiéndolo para siempre en el embravecido mar.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...