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viernes, 23 de noviembre de 2018

SIN UN ADIÓS

                                            SIN UN ADIÓS

   Marcos nos había contado aquella historia un centenar de veces. Aún me parece escuchar su voz como si estuviese conmigo en este momento, como si nunca se hubiera ido. Había sido necesario el Apocalipsis o por lo menos, aquello que pensamos que era el fin del mundo para que descubriese el amor de Gabriela.
   Observo a Sara alejarse junto a su madre. Me saluda con la mano en la que sostiene el trompo. Ya no quedan demasiados niños, pero creo que la humanidad todavía tiene esperanzas. Supongo que por ellos es necesario contar lo que sucedió, para evitar que algo así ocurra nuevamente. Nuestra historia no puede ser olvidada. Los sacrificios no fueron en vano.
   Catalogarnos como héroes sería exagerar demasiado, sin embargo debo reconocer que resistimos lo mejor que pudimos. No me enorgullezco de todos nuestros actos, pero lo cierto es que hicimos lo que estaba a nuestro alcance. Incluso cuando pensamos que todo estaba perdido, resistimos hasta el final.
   Me siento junto a su tumba e imagino que ella está aquí, a mi lado. Casi puedo sentirla acurrucándose en mi pecho. Podrá parecer una locura, pero evocar en mi mente a quienes amé y que ya no están conmigo, me ayuda a seguir adelante.
   No busco que sientan pena por mí. Estoy seguro de que si son supervivientes y están leyendo esto, también ustedes cargan con una historia trágica y deben haber dejado atrás a muchos seres amados. Pero si son como Sara, los hijos de una generación que estuvo a punto de desaparecer, entonces sólo podrán aproximarse a la idea de lo que es la verdadera desolación.
    Todo sucedió demasiado rápido. Nunca se puede estar preparado para algo así, pero hubiese deseado poder despedirme por lo menos de mis abuelos. Es imposible cambiar el pasado, pero ese día había salido con prisa de casa y no me había sentado a desayunar con ellos como solía hacerlo.
   Espero que mis abuelos hayan podido pasar un agradable tiempo conversando. Me gusta imaginar que fueron felices hasta el último aliento exhalado por sus labios. Ojalá, que no desperdiciaran aquellos instantes antes del final preocupados por nimiedades de la hipoteca o del trabajo. Espero que hayan partido en compañía del amor que se tenían, juntos como estuvieron más de la mitad de sus vidas.
   Aquella mañana en la que no me despedí de mis abuelos, después de la fugaz conversación que tuve con Eduardo fue cuando todo comenzó. Reinaba el silencio como si todas las personas de la Tierra contuvieran la respiración y aguzaran el oído para estar atentos a lo que se aproximaba.
   Me quedé inmóvil, incapaz de apartar la vista del cielo que había pasado de un azul radiante al color del miedo. Miles de estrellas fugaces parecían herir el firmamento con líneas de sangre. Una lluvia de meteoros en plena ciudad de por sí no era bueno, pero lamentablemente se trataba de algo mucho peor. Claro, que en ese momento yo no lo sabía y aun así el terror nubló mi mente y se apoderó de mis sentidos.
   Desesperado, escuché un terrible estruendo que hizo vibrar el pavimento. Miré a mi alrededor y distinguí una nube de polvo que se alzaba a unas cuadras de dónde me encontraba. Ese primer impacto fue como el disparo de un cañón que marcó el comienzo de la carrera por sobrevivir.
   Los gritos de miedo y de dolor comenzaron a propagarse al mismo tiempo como si se tratase de una película que hasta ese momento había estado en silencio. La gente pasaba corriendo a mi lado como si hubiera un lugar a donde escapar, como si no todo estuviese perdido.
   Si no hubiese sido por Marcos y Gabriela, seguramente hubiese sufrido la misma suerte que los millones de personas que perecieron ese día. El polvo se alzaba formando remolinos en el aire y respirar se hacía más difícil después de cada estruendo. Con los ojos entornados y el cuello de la remera como barbijo improvisado, me dirigí hacia el lugar de donde provenían los gritos de auxilio.
   Así conocí a Marcos, tratando de salvar a su némesis que pronto se convertiría en el amor de su corta, pero significativa vida.
   El auto estaba medio prendido fuego, pero aun así traté de encontrar otra alternativa antes de decidir que la opción más rápida era sacrificar la notebook que llevaba en la mochila. Mi computadora quedó destrozada al igual que el vidrio de la ventanilla por donde salió Gabriela.
   Sólo un ciego habría podido ignorar su belleza, pero sólo un loco como mi amigo Marcos hubiese podido soportar sus maltratos y permanecer a su lado. Su relación era explosiva y pasional. No puedo negar que se amaran, pero peleaban y mucho. Todos los miembros de la Alianza buscábamos rápidamente alguna misión o tarea que nos mantuviera alejados de ellos cuando no estaban de buen humor.
   —¡Ay, no! Todavía no había terminado de pagar las cuotas—. Parecía estar a punto de romper a llorar por la rabia de que su vehículo estuviera arruinado.
   Nunca me dio las gracias por haber roto la ventanilla, ni tampoco a Marcos quien se había hecho unos profundos cortes en los brazos con los vidrios rotos para que ella pudiese escapar ilesa.
   —¿Qué está sucediendo? —pregunté con la voz áspera por el polvo que inundaba el aire.
   —No tengo idea, hombre. Al parecer los meteoros están siendo piloteados por alguien o por algo —respondió Marcos mientras nos jalaba de la ropa para que nos apartásemos del fuego que se había ya extendido al asiento del conductor.
   Caminamos juntos, igual de desorientados que todos en la calle. Eran dos extraños para mí, pero aquel momento que compartimos en el auto hacía que me sintiera más cercano a ellos que al resto de las personas a mi alrededor.
   Nuestros pasos nos guiaron hacia a una escalera que llevaba a una estación de subte. Bajamos por ella sin saber que se convertiría en nuestro refugio por los próximos días, sin saber que hacerlo nos salvaría la vida. Las luces titilaban en la estación. Había gente por todas partes, algunos estaban heridos y otros lloraban. Había algunas familias reunidas con sus niños, personas solitarias y grupos pequeños de conocidos o a los que las circunstancias los había unido.
   Distinguí a Eduardo hablando con una pareja. Parecía desorientado y no lo culpaba por eso, pues yo estaba igual de confundido.
   —No tengo señal —se quejó Gabriela.
   Revisé mi celular, quería hablar con mi abuela y saber si estaban bien, pero tampoco tenía.
   —Olvidé mi teléfono en la oficina —reconoció Marcos.
   —No me extraña —agregó Gabriela. Tenía la rapidez de una serpiente cuando se trataba de criticar a alguien.
   Él la ignoró y me dijo su nombre. Yo le dije el mío. Más allá de lo que me había contado que la televisión decía sobre aquello que caía del cielo, tenía tan poca información como yo. Decidimos preguntarles a las personas en la estación y Gabriela nos acompañó de mala gana.
   Nadie entendía qué estaba sucediendo, pero se habían gestado unas cuantas teorías. Algunos decían que la Tierra era víctima de una invasión extraterrestre. Otros, aseguraban que se trataba de un ataque terrorista aunque no se ponían de acuerdo sobre qué país tenía la culpa y los más creyentes decían que el Día del Juicio había llegado.
   Yo no sabía en qué creer, pero estaba claro que se trataba de algo terrible. Los temblores indicaban que aquellas extrañas rocas seguían impactando sobre la ciudad y yo esperaba que esa estación no se convirtiese en mi tumba.
   Pensé en mis abuelos y me pregunté si los volvería a ver. Me aferré a la esperanza de que así sería aunque muy en el fondo sabía que no.
   Estoy seguro de que si el destino no la hubiese arrebatado de mi vida tan pronto, hubiésemos envejecido juntos, amándonos hasta el final como lo habían hecho mis abuelos. Susurro su nombre y dejo que se lo lleve el viento. Quizás exista vida después de la muerte y ella sienta mi voz como una caricia.
AUTORA DEL CAPÍTULO: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 17 de agosto de 2018

EL PODER OCULTO CAP 18

             CAPÍTULO 18: MENSAJES DEL PASADO
   Al entrar en mi habitación, experimenté una horrible sensación de soledad y vulnerabilidad. Por un lado, sentía que mi abuela me hacía mucha falta y que me había dejado justo en el momento en que más la necesitaba. Pensaba en todas las respuestas que podría haberme dado y en todas las cosas que podría haberme enseñado.
   Tal vez, podría volver a hablar con ella nuevamente, con la invocación de la copa... pero... ¿Si era el poder de mi mente el que movía los objetos y producía los golpes tan sólo por un incontenible e inconciente anhelo de creer en la existencia de algo más?
   Por otro lado, no podía comprender a Teby y... lo echaba de menos. Germinaba en mí la idea de que él u otra persona estaban haciendo magia en mi contra. Lo cierto, es que prefería creer que alguien realmente atentaba contra mí que pensar que mi mente se estaba sumergiendo en el oscuro laberinto de la locura. Tal vez, la paranoia me invadía. Ya no me reconocía. Había cruzado un umbral después de lo ocurrido con mi abuela.
   Había cerrado una puerta que no tenía intención de volver a abrir. Mis antiguos amigos habían quedado en el pasado, como atrapados en los recuerdos de la antigua Tamara. Yo ya no los necesitaba. Me desgarraba pensar que Teby y mi abuela a quienes sí necesitaba, no estaban conmigo.
   Reflexioné en todas las cosas extrañas que me venían sucediendo y recordé el mensaje que había aparecido misteriosamente en mi ventana. ¿La necesidad de sentirme conectada a Teby me habría llevado a creer que algún ser invisible había escrito esa advertencia?
   Sentí que ya no podía contener las lágrimas y me abracé fuertemente a mi grimorio, mientras Samanta lamía una  lágrima que acababa de caer sobre la manta de mi cama. Una voz en mi interior me decía que no todo era mentira. Estaba segura de haber logrado muchas cosas, como cuando había asustado a mi madre o cuando estalló la copa.
   Un impulso me llevó a abrir el libro, sin importar la página. Sólo quería leerlo. Aún, quería respuestas y sentía que quienes realmente hubiesen podido dármelas ya no se encontraban en este mundo. Sequé mis lágrimas con el puño de mi camisa negra y fije la vista en la página amarillenta y reseca por la que lo acababa de abrir.
    Comencé a leer: "Mente ávida que estas allí, te mostraré lo que yo vi".
   A medida que me sumergía en la lectura, mi entorno se desvanecía y el pasado se hacía consistente.
   "Yo no sabía que los elementales podían traicionarme. Tendría que haberlo sabido... ya que son torpes criaturas espirituales que no diferencian entre el bien y el mal. Ahora, los sacerdotes me buscan y en mi vientre llevo el fruto de la vida.
   Espero, que lo que escriba aquí pueda servirle a mi descendiente. Puedo ver la luna teñir de plata las ramas muertas de los árboles del bosque que me refugia del fuego de la inquisición. Más lejos resplandece la nieve.
   Escribo estas palabras con el último trozo de carbonilla que me queda de la caja que me había regalado mi padre antes de morir.
   Mi familia había sido una de las más adineradas del valle y mi padre uno de los hombres más cultos de la región, pero su bondad lo llevó a volverse demasiado confiado. Para la iglesia y la corona las mentes brillantes son peligrosas, por lo que se encargaron de deshacerse de él y de mi esposo. Los dos hombres a los que había amado.
   Todos los conocimientos mágicos que poseo recuerdo haberlos aprendido de mi progenitor. Él presintió desde el primer momento en que vio llegar al nuevo obispo con su séquito a nuestro pueblo, que un velo de persecución y muerte secundaría sus pasos. Lamentablemente, estaba en lo cierto.
   El obispo tardó muy poco tiempo en extender sus ideas, atemorizando a la gente con el Demonio y el Infierno. Comenzó a perseguir a los curanderos, a los videntes y a los pensadores. Nosotros sabíamos que el poder oscuro estaba detrás de él y que Dios no podía estar en contra de aquellos que salvaban vidas.
   Un fraile amigo de mi familia nos había confesado que se iría a otra región porque había visto aquello que no debía ver. El anciano contó que una noche había escuchado a algunos  de los nuevos sacerdotes conversando en el cementerio de la iglesia. Dijeron una oración que no pudo entender y enterraron un paquete en una tumba. Uno de ellos dijo que ya estaba hecho y se marcharon.
   Nosotros lo sabíamos y el fraile también, eso solo podía significar una cosa: magia negra dentro de la iglesia. Mi padre sin perder tiempo buscó su péndulo de cristal de roca e invocó al Espíritu Santo. Fue el fraile quien preguntó al péndulo si esas personas perseguirían a los hechiceros y curanderos para que nadie pudiera usar las fuerzas sobrenaturales para oponerse a su poder. El péndulo giró dando una respuesta afirmativa.
   Luego, le preguntaron si podíamos ser descubiertos y confirmó nuestros temores.
  Cuando acabé de leer la hoja, busqué su continuación, pero no la hallé. Posiblemente, se hubiese perdido durante el paso de los siglos.
   Deseaba seguir leyendo y saber qué había pasado, pero de algo estaba segura: había sido madre y podido pasar su conocimiento.
  Me había llamado mucho la atención la utilización del péndulo. Nunca antes, había oído acerca de su poder adivinatorio. Al parecer, mi abuela no lo utilizaba. Me preguntaba, si acaso, su información no era válida, o tal vez representaba algún otro tipo de peligro. Quizá simplemente no lo conocía.
   Además, me intrigaba saber por qué mi antepasada se sentía traicionada por los elementales. ¿Cómo podrían haberla traicionado aquellos seres en que tanto confiaba mi abuela?. Quizá fuesen capaces de delatar a otros magos en sus prácticas clandestinas de hechicería. Esto, ¿podría significar que cada vez que hacía una invocación o un hechizo quedaba una huella en el etéreo mundo espiritual?
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 11 de mayo de 2018

EL PODER OCULTO CAP 4

          CAPÍTULO 4: EL PRINCIPIO DEL CAMINO                            
   —Esa gata me saca de quicio. Está dejando sus asquerosos pelos negros en mis sillones blancos y no para de maullar.
   Mientras mi madre gritaba, no recuerdo bien qué, puesto que había aprendido a no escucharla cuando se ponía así, Samanta ronroneaba entre mis piernas. La tomé entre mis brazos, prometí a mi madre que me ocuparía de ella y subí a mi cuarto.
   Una vez allí, cerré la puerta y puse música para poder abrir el paquete sin que nadie sospechase. Encontré dentro de él un pesado libro forrado en cuero negro y repleto de hojas sueltas en su interior, aunque estaban cuidadosamente acomodadas.
   Observé que por el contrario de lo que esperaba, se habían colocado los escritos más recientes al principio y los más antiguos al final. Las páginas iban pasando de blanquecinas a amarillentas hasta convertirse en hojas secas y quebradizas como si el tiempo las hubiese quemado. Las últimas se limitaban a ser simplemente dibujos y símbolos. Muchas otras estaban escritas en una lengua desconocida, pero con nuestro alfabeto, por esa razón, era probable que lo hubiese escrito algún antepasado europeo.
   Las primeras páginas estaban escritas con la estilizada letra de mi abuela. Posteriormente, aparecían las anotaciones de su madre y a continuación las de la madre de su madre. Cada una había dejado una carta para su sucesor o sucesora.
   Me llené de una profunda emoción al tomar conciencia del valor histórico de estos escritos. Era muy importante para mí pensar que alguien de mi familia había comenzado este legado hacía tantos años atrás y que todos habían tenido tanto cuidado para que ahora yo pudiese adquirir este conocimiento ancestral. Pensar en eso me hizo estremecer.
   Con las manos temblorosas tomé la primera hoja. Era la carta para la sucesora de mi abuela. Es decir, para mí. Comencé a leer.
   "Yo, Sara Danann te escribo estas líneas a tí que vendrás después de mí:
   Debés saber que en las siguientes páginas encontrarás instrucciones e información acerca de nuestra historia. De las investigaciones realizadas a lo largo de los siglos, conjuros y recetas mágicas que han sido desarrolladas y probadas por nuestra familia y relatos sobre acontecimientos pasados.
   Muchas de estas cosas, deberás experimentarlas para adquirir tu propia energía mágica con el amparo de los espíritus elementales, del agua, del fuego, de la tierra y del aire.
   Te explicaré brevemente las características de cada uno de ellos. Los espíritus elementales del agua son llamados por algunos sabios ondinas. Ellos te ayudarán en el amor y en la salud. Son muy sensibles y les encanta la música. Los encontraras en el agua, en donde habitan libremente.
   Los espíritus elementales del fuego son llamados Salamandras. Se pueden atraer con el fuego y los inciensos. Podrás darte cuenta de que así como nosotros pertenecemos a la luz, hay quienes pertenecen a la oscuridad. Las salamandras te permitirán liberarte de las influencias negativas de los conjuros o los maleficios que caigan sobre vos o sobre alguien a quien quieras ayudar.
   Los elementales de la tierra son los Gnomos. Ellos aman a los poseedores del saber y a quienes cuidan de la naturaleza. Podés acudir a ellos si tenés inconvenientes en tus trabajos o en tus estudios.
   Los silfos, por su parte, son los espíritus del aire. Te darán el poder de las visiones y la intuición para descubrir los secretos de la magia. Son muy importantes y con su ayuda tal vez puedas integrarte con el universo.
   Los espíritus elementales son criaturas que no tienen la capacidad de discernir el bien del mal. Pueden ser utilizados por gente como nosotros o por los oscuros. Tratá de que los espíritus te quieran ayudar. Ofreceles velas, música y sahumerios para que estén dispuestos a colaborar. 
   Hay algo que quizás te asuste. Posiblemente, ya lo sepas, la muerte no es el final. Tan sólo es el paso a otro plano en donde no es necesaria la materia para manifestar la existencia. A través de tu propia energía y con el tiempo, probablemente llegues a comunicarte con los habitantes de otros planos. Porque, aunque no siempre estemos, siempre somos...
   A lo largo de este camino que estás emprendiendo, encontrarás hechiceros naturales que sin saberlo tienen el poder, pero que no saben desarrollarlo por que no tienen el conocimiento o se niegan a tenerlo. Los que realmente lo tienen lo guardan celosamente.
   Hubo un período en la historia humana, en que hechiceros, brujas y chamanes eran venerados. En muchos lugares, había templos en los que se rendía honores a ellos. Eran consultados como oráculos divinos y se respetaban sus conocimientos como poseedores del saber universal. Pero, esas épocas de oro llegaron a su fin cuando se mezclaron muchas culturas y comenzaron a distorsionarse las tradiciones. Lo que dio lugar a una irracional persecución sobre los herederos del conocimiento. Aunque la peor parte les toco a los que perecieron, el resto también sufrió por el miedo inevitable y por verse difamados como si fuesen poseedores del mal. Así, es como los recriminaba la hipócrita sociedad medieval. El poder político y religioso de la época temía al poder mágico natural heredado y por miedo a lo desconocido se llegaron a inventar atrocidades absurdas atribuidas a nuestro poder mágico. Aunque no niego que había algunos del lado de la oscuridad, pero justamente ellos no fueron los más perseguidos.
   Algunos inocentes pudieron escapar a esta despiadada aniquilación. Entre ellos se estaban nuestros antepasados y aunque la mayoría de los que sobrevivieron trataron de borrar toda prueba existente de sus dones, muchos de estos son heredados de generación en generación en forma natural sin que lo sepa el poseedor del poder, creyendo que lo inexplicable que le ocurre es simple casualidad. Como no poseen los conocimientos suficientes para lograr el máximo desarrollo de sus capacidades estas pasan desapercibidas. El primer paso es darse cuenta de que uno posee la fuerza mágica.
   Por suerte, la inquisición vio su fin hace muchos años. La sociedad sigue viendo con temor a los herederos de la magia y piensan que son satánicos o practicantes de la demonología, nada más apartado de la realidad en nuestro caso. Sin embargo, hay que tener cuidado, porque hay gente con un poder asombroso también del lado del mal.
   Muchos herederos de la magia, pero no del conocimiento que esta encierra, se están dando cuenta lentamente por cuenta propia de sus capacidades y están siendo estudiados por ciencias que se ocupan de fenómenos paranormales. Espero, que el poder político tenga piedad esta vez y no los quiera utilizar a su favor ni volver a destruirlos. Por estas razones, entre otras, tenés que ser discreta y a su tiempo transmitir el conocimiento.
   Me tomé el trabajo de traducir algunas recetas mágicas que me parecieron importantes y de hacer una lista de equivalencias que pude deducir, puesto que para guardar los secretos nuestras ancestras crearon códigos para que otros hechiceros no pudiesen utilizar sus conjuros. Por ejemplo:
   Aroma de cronos significa leche de cerdo. Cabeza de serpiente, sanguijuela común de río. Sangre de Titán equivale a lechuga..."
   Así seguía la lista en forma interminable.
   Después, di una hojeada a los primeros hechizos, donde encontré consejos para iniciar rituales. Decidí leerlos más tarde, después la de cena o quizás mañana. Mi madre estaba llamándome. La cena estaba lista. Escondí el libro en el cajón de la cómoda, en el que guardaba la ropa interior. Apagué la música y bajé las escaleras.
   Mientras cenábamos, mi madre me dijo, después de servirme un poco de jugo, de esos dietéticos que tanto le gustaban por ser nutricionista y que se empeñaba en hacerme tomar.
   —Mañana a la noche vendrán a cenar mi amiga, Susana y su paliducho hijo, Esteban. Va a ser tu compañero en tercero.
   Mi mamá se pasó el resto de la cena criticando la mala alimentación que debería darle a su pobre hijo, su gran amiga Susana. Estaba obsesionada por el aspecto físico, la alimentación y el modo de vestirse de la gente. Según ella, el pobre chico parecía tener todos los defectos. Decía que era demasiado flaco, muy pálido, introvertido, hasta tal punto que lo comparó con un autista y encima de todo eso, tenía un pésimo gusto para la ropa. Siempre estaba vestido de negro.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 26 de enero de 2018

EL SENDERO DEL MIEDO


   El único sonido en la oscuridad eran sus pasos apresurados. Bajo sus pies cientos de hojas cubrían el suelo, como si la naturaleza hubiese colocado una alfombra de oro sobre la tierra. Había cierta poesía en ello y quizás en otro momento de su vida podría haber llegado a apreciarlo. Sin embargo, no disponía del tiempo para detenerse a observar detalles como aquellos, al menos no, cuando algo lo perseguía y quizá su vida dependiera de poder llegar a casa a tiempo.
   No había luna y tampoco estrellas que salpicaran el cielo negro y Joan agradecía no estar completamente inmerso en la oscuridad. Aunque su teléfono no disponía de señal en medio del bosque, la luz que le proporcionaba la pantalla del pequeño aparato le daba cierta sensación de alivio.
   Había recorrido aquel sendero que separaba el pueblo de su cabaña un millar de veces, aunque, nunca antes se había sentido tan indefenso en medio de la inmensidad del bosque.
   Joan miró sobre su hombro una vez más, pero su perseguidor, anticipando sus movimientos, había logrado camuflarse entre los troncos nuevamente. Pese a que no había podido establecer contacto visual con él, podía sentirlo cada vez más cerca, aproximándose a él, persiguiéndolo desde que los contornos de las casas del pueblo habían comenzado a tornarse lejanos.
   Como si se tratara de un mal augurio, el bosque entero estaba en silencio. Los sonidos típicos en la naturaleza se habían extinguido por completo. Tras toda una vida de vivir allí, Joan había aprendido a que los animales eran sabios y presentían cuando el peligro estaba próximo y en ese momento podía sentirlo justo a sus espaldas.   
   Su marcha apresurada no tardó en transformarse en un trote y luego en una carrera. Estuvo a punto de tropezar en más de una ocasión, debido a que el terreno era irregular y las raíces de los árboles eran traicioneras, pero, no aminoró su velocidad. Ni siquiera lo hizo cuando su garganta comenzó a arder a causa de su agitada respiración y sus piernas doloridas le pidieron clemencia. Cualquier paso en falso bastaría para que aquello que lo acechaba cumpliera su objetivo.
   Su acelerado corazón amenazó con escaparse de su pecho cuando el crujido de una rama confirmó que su perseguidor estaba ya a unos pocos pasos de donde se encontraba.   Entonces lo supo con certeza, no había escapatoria. Fuera lo que fuera aquello era mucho más rápido y más fuerte que él y acabaría por alcanzarlo.  
   Se detuvo desesperado, intentando encontrar algún lugar para poder esconderse, pero era demasiado tarde. Casi podía sentir la respiración de su atacante erizando el bello de su nuca. Lo sentía justo detrás de él. Joan se volteó en vano, pues la pantalla de su celular se había bloqueado, dejándolo a ciegas y completamente indefenso a merced de aquel ser demasiado silencioso.
   Intentó gritar, pero, un nudo se había formado en su garganta y ni siquiera permitía que el aire pasara a través de ella. Cerró sus ojos con fuerza preparándose para lo peor. Sintió el dolor agudo de la muerte atravesar su pecho y al caer sobre un montículo de hojas se amortiguó un sonido sordo que nadie pudo escuchar. No había nada ni nadie, tan sólo el viento helado del otoño que continuó su viaje y se llevó consigo el último aliento de Joan. 
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM 

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...