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viernes, 16 de noviembre de 2018

PORTALES CÓSMICOS (Pertenece a laColección de cuentos EL PERIODISTA)


   Matías se aferró a su asiento. Era la tercera vez que se subía a un avión, pero aún no lograba acostumbrarse al despegue. Observó por la ventanilla y vió que los objetos parecían desplazarse a toda velecidad. Se sintió oprimido contra su respado y cerró los ojos por un instante.Al abrirlos se dió cuenta de que estaban volando.
   Se relajó un poco una vez que ganaron altura y el aeropuerto se tornó lejano. El periodista envidiaba la capacidad de relajación que tenía Rodrigo. El fotógrafo se había quedado dormido apenas habían tomado asiento y ahora roncaba a su lado.
   Aunque el vuelo a Misiones no era demasiado largo, lamentó no haber tenido el tiempo para reemplazar el celular que le habían robado hacía unos pocos días. Cuando le ganó el aburrimiento, sacó la libreta que siempre llevaba con sigo y se puso a dibujar.
   Nunca había sido un asiduo dibujante, pero su mano guiaba la lapicera como si supiera lo que hacía. Una vez que terminó, contempló el producto con orgullo. No era ninguna obra de arte, pero para alguien que llevaba años sin dibujar, resultaba satisfactorio.
   El retrato en tinta de aquella misteriosa mujer que había desaparecido y posiblemente se había robado su celular, sonreía con malicia desde el centro de la hoja. Matías cerró su libreta y la guardó en el bolsillo de su campera de jean. Era mejor que Rodrigo no lo viese. Aunque el fotógrafo había sido testigo de como lo habían dejado plantado, Matías no había mencionado la pérdida de su teléfono. Para conservar su orgullo, había dicho que lo había vendido para comprar uno mejor y le estarían entregando el nuevo equipo en unos días.
   Una vez en el aeropuerto, Rodrigo rentó un auto. Matías aprovechó el viaje hacia el hotel, para apreciar el hermoso paisaje. La vegetación era exuberante y entre los diferentes estratos de la selva se veían pájaros increíbles. Llegó a distinguir un tucán cuyos colores contrastaban con las distintas tonalidades de verde. Momentos como ese lo hacían amar su trabajo, ya que era como estar de vacaciones.
   Se registraron en una pensión que estaba enfrente de un lujoso hotel. En el baño de la habitación había unas hormigas que tenían el tamaño de la uña de un pulgar que debían haber entrado ahí por una ventanita que permanecía entornada. Matías esperaba no toparse con ningún otro tipo de insecto gigante, especialmente en el lugar donde pasarías las siguientes noches.
   No se demoraron demasiado dentro de la habitación y se dirigieron al hotel internacional en donde se suponía que iban a encontrarse con un reconocido investigador paranormal.
   En Buenos Aires, cuando se enteró que la estrella del canal de historia iba a llegar al país, había movido cielo y tierra para poder pactar una nota con él. El joven periodista se sentía bastante identificado con aquel experto en ufología y esperaba algún día llegar a ser tan famoso como él.
   No pudo evitar sentir como la decepción se apoderaba de su ser, cuando la recepcionista les comunicó que la reserva había sido cancelada por un contratiempo inesperado. Matías y Rodrigo compartieron la misma mirada sombría. Habían invertido muchísimo tiempo para convencer a su jefa de que era muy importante hacer un viaje a Misiones y así conseguir el testimonio del investigador paranormal más famoso del momento. Si no conseguían hacer una nota que justificase la inversión económica que había hecho la revista, se jugarían sus empleos.
   Afortunadamente no tuvieron que esforzarse demasiado en  encontrar un evento relevante que estuviese a la altura de la frustrada entrevista. Apenas salieron del hotel, dos señores mayores se dirigieron hacia ellos y fue como si el universo moviera los hilos del destino a su favor.
   A partir de ese momento se dieron una serie de eventos que se fueron desarrollando de la manera correcta para que pudieran conseguir una nota tan buena o mejor que la que habían ido a buscar.
   —Disculpen las molestias —dijo el más alto de los hombres quitándose la gorra y dejando al descubierto una calvicie insipiente. —¿Son ustedes los enviados del canal de historia?
   Guiado por un impulso y sin saber muy bien por qué lo hacía, Matías mintió.
    —Sí —dijo y esquivó la mirada de sorpresa de Rodrigo.
    —¡Excelente! Mi nombre es Luis y mi compañero se llama Diego, pero le dicen El Mudo. Quedó tan impresionado la primera vez que abrimos las puertas cósmicas que no volvió a hablar el pobre. ¿Están seguros que quieren hacerlo hoy? Si no lo hacemos esta noche vamos a tener que esperar otras tres lunas llenas para hacerlo —. Luis les dedicó una mirada muy seria mientras El Mudo asentía en silencio.
   —Sí. Por supuesto, estamos preparados para enfrentarnos a eso —esta vez fue Rodrigo el que habló.
   Matías se relajó un poco. Quizás pudieran seguirle la corriente a aquellos hombres y apropiarse de la nota que tenía planeado el programa de ufología. Con un poco de suerte no serían descubiertos y podrían conservar sus empleos después de todo.
   —Disculpe mi atrevimiento, señor, pero por lo que nos dijo su asistente por teléfono, imaginé que me encontraría con alguien de más edad.
   Palideció. Se sentía descubierto, no sólo estaba claro que no era un investigador de cuarenta y tantos años, sino que su acento delataba que era argentino. Intentó parecer despreocupado e improvisó:
   —Me disculpo en nombre de la producción del canal. Se suponía que iban a avisar que surgieron algunos imprevistos y el equipo no pudo llegar. Sin embargo, sabiendo que los fenómenos astronómicos eran propicios para la apertura de los portales, optaron por asignarnos a nosotros, sus corresponsales de Argentina.
   No pasaron más que unos pocos segundos en lo que Matías contuvo la respiración esperando a que Luis dijese algo. Afortunadamente, creyeron su historia.
   —Bien, bien. Es bueno que los jóvenes se interesen por temas serios como estos —dijo dándole una palmada en el hombro al periodista.
   El Mudo hizo unas señas que Matías no comprendió y luego Luis lo tradujo para ellos:
   —Si les parece bien, deberíamos ir yendo. Lo mejor es empezar el ritual al anochecer, cuando apenas se hace visible la luna llena. ¿Tienen auto?
   —Claro, la producción nos dio uno —Contestó Rodrigo. Se notaba que estaba nervioso y Matías pensó que sus frases resultaban algo sobreactuadas.
   —No se preocupe, mi hijito. No es más que un portal de comunicación con los habitantes de otros planos de existencia. No le harán daño, aunque debo admitir que puede ser una experiencia fuerte para quien lo hace por primera vez —. Luis había interpretado el nerviosismo de Rodrigo como miedo o quizás Matías había interpretado el temor como nervios por fingir ser quienes no eran.
   La conversación no se demoró mucho. Luis les dijo que era chamán y que dirigía a un pequeño grupo de personas para que encontraran su camino psíquico-espiritual. El Mudo, era el hermano de Luis y había sido dotado con el poder de curar a la gente. Sólo tenía que tocar a la persona con sus manos y el dolor se aliviaba.
   Matías y Rodrigo dieron nombres falsos e intentaron no brindar demasiada información sobre ellos ya fuese real o inventada. Luego subieron a su vehículo y siguieron al auto del chamán cuyo caño de escape iba tirando una nube de humo gris a medida que avanzaba.
   El paisaje era precioso, pero había muchísima pobreza y cada vez que se detenían ante un semáforo o una señal de tránsito, grupos de niños humildes que no podían superar los doce años, se acercaban a ellos vendiendo piedras semipreciosas o pidiendo monedas. Cuando llegaron a la humilde casa de Luis, Matías había adquirido una colección de piedras para regalarles a sus padres, a sus hermanos e incluso había comprado unos pequeños árboles de la vida hechos en piedra y alambre para Florencia y Gastón, sus compañeros de trabajo.
   La diferencia de temperatura que había entre el interior del coche con aire acondicionado y el sofocante calor exterior hizo que Matías se mareara un poco al bajar. Siguieron al chamán por un pequeño sendero en la selva. Lamentablemente no se habían colocado repelente y al llegar a la vivienda estaban cubiertos de picaduras de mosquitos.
   La cabaña de Luis consistía en cuatro paredes de madera con un techo de chapa. En el interior estaban esperando una decena de personas de diferentes edades. Todos se presentaron con mucho entusiasmo y Rodrigo les tomó algunas fotografías. Luis dijo que no había problemas de que filmases o sacaran fotos hasta que el ritual comience. Una vez que abrieran los portales cósmicos, tendrían que ser respetuosos con los habitantes de otros planos y no podrían usar ningún tipo de cámara.
    Se sentaron en círculo con las piernas cruzadas y Luis comenzó a decir algunas palabras en lo que Matías supuso que era guaraní, aunque no estaba del todo seguro. Una anciana les sirvió una taza de té a todos los presentes mientras Luis con los ojos en blanco seguía hablando. La taza de Matías consistía en un envase de yogurt que había sido lavado. El té artesanal estaba bastante bueno, aunque él lo hubiese preferido con un poco de leche y una cucharada de azúcar. A su lado Rodrigo que estaba muerto de sed por el calor húmedo que hacía en esa pequeña habitación, se tomó su bebida caliente de un sorbo y le sirvieron más enseguida.
   Alguien encendió una fogata en el centro de la habitación, lo que a Matías le pareció una pésima idea, pues no sólo hacía como cincuenta grados ahí adentro, sino que la cabaña era de madera. Rodrigo tomó una fotografía al fuego y la anciana le pidió amablemente que le entregara la cámara, pues no debería haberlo hecho. El fotógrafo se desprendió con pesar de su objeto más preciado. Matías sintió algo de pena por él. Desde que lo conoció, sólo lo había visto separarse de la cámara para bañarse o dormir y sabía que si llegaba a perderla sería como si le robasen una parte de su alma.
   Algo en el fuego hizo que Matías apartase la mirada de su amigo. Una sombra muy negra tapaba la luz del fuego. Era como una silueta humana y se hacía cada vez más nítida. A pesar del calor, un escalofrío recorrió su cuerpo e hizo que su sangre se helara.
   Observó que a su lado Rodrigo temblaba y lloraba sin disimular. Tenía la miraba fija en el fuego y se lo notaba consternado y con un profundo pesar.
   No era el único con el rostro empapado por lágrimas y sudor. En la ronda muchos habían comenzado a llorar y algunos hablaban en voz baja con la sombra.
   Era una situación bastante aterradora, pero Matías sentía curiosidad ante todo. Tenía que haber algún truco, quizás un proyector escondido en la habitación. Miró a su alrededor, pero no vio nada extraño aunque seguía mareado por el calor y la deshidratación. Tomó un poco más de té. No había notado en que momento le habían servido más y hubiese preferido una gaseosa bien helada.
   La misteriosa sombra avanzó hacia donde él estaba sentado. Era como si su rostro sin facciones se hubiese concentrado en él. Se arrastró aún sentado hacia atrás con el corazón latiendo a toda velocidad en su pecho.
   Luis había asegurado que no podían hacerle daño y se aferró a ese pensamiento para no salir corriendo. El algún momento Rodrigo se había dejado caer y ahora lloraba como un niño abrazando sus piernas.
   El chamán aplaudió y apagaron el fuego con un balde de agua. El humo hizo que la gente comenzara a toser. La sombra ya no estaba y las personas parecieron volver en sí. Rodrigo volvió a sentarse y limpió su rostro con las palmas de sus manos. Tenía los ojos enrojecidos, pero había dejado de llorar. Matías, por su parte se sentía completamente embotado y confundido. Quiso tomar un sorbo de té, para aclarar su mente, pero alguien había retirado todas las tazas.
   Entonces lo comprendió. Seguramente habían colocado alguna especie de droga en sus bebidas y quizás también en la fogata. Seguía mareado y tenía el estómago revuelto, la sombra que había visto tenía que haber sido una alucinación causada por algún estupefaciente. Quería salir de allí lo antes posible.
   Rodrigo se le acercó y su voz resonó como un eco en su cabeza.
   —¿Viste lo que yo vi? —. Tenía la voz algo ronca y la mirada ausente. —Era mi papá. Es decir, falleció de cáncer cuando yo tenía cinco años, pero estoy seguro de que era su silueta. Es triste, pero a la vez me alegra de que pueda seguir viviendo aunque sea en otro plano y que haya algo más. Mi mamá es católica, yo nunca creí en nada de esto hasta hoy. Es bueno saber que hay algo más y que no dejamos de existir, ¿verdad?
   Matías no tuvo el valor para decirle a su amigo que pensaba que habían sido drogados y asintió con la cabeza.
   Rodrigo recuperó su cámara y le enseño disimuladamente una fotografía que se suponía que no debían haber tomado. La sombra que Matías había visto había sido capturada en la imagen aunque se veía algo difusa, pues recién comenzaba a formarse.
   El fotógrafo bloqueó la pantalla de su cámara, pues Luis se dirigía hacia donde ellos estaban.
   —Espero que puedan utilizar lo que vieron en el programa. Lamento que no pudiesen filmar, pero en el otro plano los entes son sensibles y no sería conveniente que ninguno de esos seres quedase atrapado adentro de una cámara.
   Rodrigo empalideció, pero no dijo nada.
   —No hubo problemas con el depósito inicial. Les parece si me pagan ahora el resto del dinero. No es sencillo abrir los portales con extraños presentes y mucho menos para que se haga público a través de un programa. Requiere mucho esfuerzo y concentración —. Luis se veía bastante ansioso por cobrar.
    Matías improvisó:
   —La producción se pondrá en contacto con ustedes mañana mismo y les hará llegar un cheque con el dinero acordado.
   —Entiendo. Bueno, ya nos veremos, chicos. Estaré pendiente del programa, para ver este episodio cuando salga —. Estrechó sus manos y se fueron.
   Una vez en el auto. Rodrigo se mostró un poco paranoico. No le agradaba la idea de tener un fantasma atrapado en su cámara y estaba seguro que en cuanto no recibiera el cheque prometido, el chamán les lanzaría una maldición. Matías intentó tranquilizar a su amigo sin obtener resultados.
   Unos días después, su nota salió publicada en la revista para la que trabajaban en realidad. También, se enteraron que el estudio de filmación del programa para el que habían fingido trabajar había sido cancelado por un incendio en el canal. Rodrigo estaba convencido de que por su culpa el chamán había lanzado una maldición hacia el estudio de grabación y a pesar de que amaba su antigua cámara la vendió por mucho menos dinero del que le había costado. Luego, se compró otra que si bien tenía peor resolución, no tenía ningún fantasma atrapado allí.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 16 de febrero de 2018

LA DAMA DE BLANCO (Colección EL PERIODISTA)


   El bar estaba casi lleno y el sonido de la música convertía las conversaciones en meros murmullos. Matías tardó algunos minutos en encontrar a Rodrigo con la mirada. El regordete fotógrafo se había levantado de su asiento y lo saludaba con la mano en alto.
   Sonrió y se dirigió a la mesa donde estaban sus  tres compañeros. Al igual que él también habían estado trabajando como pasantes. De una veintena de estudiantes y jóvenes recién recibidos, ellos cuatro eran los únicos que habían sido efectivizados como periodistas o fotógrafos. El resto, no había tenido tanta suerte y habían perdido sus empleos.
   En ese momento a Matías no le preocupaba demasiado la suerte de los demás. Estaba muy feliz por sus logros. Consideraba que si ellos cuatro habían sido seleccionados era porque realmente tenían que ser en cierta forma mejores que el resto. No es que fuese arrogante o presumido, pero se había esforzado mucho en buscar noticias en los sitios a los que lo enviaban. Había encontrado o por lo menos sembrado los hechos sobre los que necesitaba escribir. Sus crónicas, respaldadas por las fotografías de Rodrigo, rozaban lo fantástico y se habían convertido en un éxito. Incluso, su jefa les había permitido llevar su propia columna sobre fenómenos inusuales. Partiría en un par de días junto a Rodrigo a cubrir notas cerca de las Cataratas y esperaba que contaran con la misma suerte que habían tenido hasta ahora.
   Se sentó junto al fotógrafo y saludó a Gastón y a Florencia quienes estaban del otro lado de la mesa. Ahora que los cuatro tenían un trabajo estable, Gastón había dejado de presentar una amenaza para Matías y la relación entre ellos se había tornado mucho más distendida.
   Hacía sólo un mes Gastón había sido asignado como cronista a la costa mientras que el destino de Matías fue un pueblo olvidado en medio de la Cordillera. Todo el mundo sabe que para la prensa, es mucho más rentable la playa que las montañas. Si no hubiese sido por que Matías tuvo la fortuna de toparse con el Compallhue, aquel extraño monstruo del volcán, quizás en lugar de estar celebrando en aquel bar de Recoleta, estaría intentando conseguir un nuevo empleo.
   Una camarera pelirroja por elección les preguntó qué iban a pedir y optaron por  una jarra de cerveza para compartir. Los precios eran bastante altos, pero ahora que tenía la seguridad de un sueldo fijo, decidió que podría permitirse algunos lujos de vez en cuando.
  Matías le regaló una sonrisa a la camarera. Ella, ignorando sus intentos de coqueteo, le lanzó una mirada seductora a Gastón y se perdió de vista en medio de un montón de gente que se movía guiada por la música.
   Pasaron la siguiente hora conversando de nimiedades y compartiendo algunos tragos. En un momento de la noche, Rodrigo sacó su cámara digital para enseñarles una imagen que había capturado. En la pantalla se podía observar una fotografía que había tomado poco antes de entrar al bar. Se apreciaba en sepia la silueta de una joven de pie frente al antiguo cementerio. Florencia, quien tenía el ojo entrenado en ese arte, le hizo algunos cumplidos por el juego de luces y sombras. Rodrigo intentó convencerlos de que se trataba de la mismísima Dama de Blanco, pero todos terminaron riendo, incluso él.
   Aunque la fotografía de Rodrigo había despertado más risas que miedo, Matías no pudo evitar sobresaltarse cuando alguien apoyó la mano sobre su hombro. Giró sobre el asiento y su mirada se encontró con los castaños y encantadores ojos de una chica. Era preciosa. Tenía un cabello rubio y largo que hacía que pareciese una sirena recién salida del agua. Le sonreía con unos labios rosados en forma de corazón.
    Antes de que Matías pudiese reaccionar, la joven habló con una voz dulce y tímida.
   —Disculpen. No pude evitar escuchar su conversación. ¿Son periodistas?
   Todos en la mesa repararon en ella. Un leve rubor cubrió sus pálidas mejillas y retiró su mano del hombro de Matías. Él se apresuró a responder antes que los demás, pues era consciente de que cuando de chicas se trataba, no podía competir con Gastón quien tenía cuerpo de atleta y rostro de galán de telenovela.
   —No, quiero decir sí. Gastón y yo somos periodistas, mientras que Florencia y Rodrigo son fotógrafos.
   Sintió como sus palabras salían algo torpes de sus labios. Parecía haber pasado una eternidad desde la última vez que había hablado con una chica guapa. El último año había estado tan compenetrado en conseguir efectivizar su puesto que aquella noche era la primera vez que salía en mucho tiempo.
   —¡Qué interesante! Nunca había conocido a nadie que trabajase en los medios. No quiero parecer metida, pero escuché que estaban hablando sobre la Dama de Blanco. Soy de la zona y escuché varias historias que circulan sobre ella y  el cementerio. Si quieren puedo contarles, mientras espero a que me devuelvan a mi amiga —dijo señalando con la mirada a una pareja que se besaba con pasión en un rincón apartado.
   —Sería genial. Sentate si querés. Te invito un trago. Soy Matías, por cierto —se apresuró a añadir el joven periodista tomando una silla de la mesa contigua para que ella se sentase.
   —Gracias, Matías. Me dicen Ru —. Mientras tomaba asiento le dedicó una sonrisa capaz de derretir glaciares enteros.
   El joven se sentía en la gloria por haber monopolizado la atención de Ru. Ella realmente conocía bien la historia de la Dama de Blanco y aunque sólo parecía estar interesada en hablar con Matías, todos escucharon sus relatos.
   Ru contó diferentes versiones de la leyenda que había circulado durante siglos en torno a la misteriosa dama, pero todas ellas concluían más o menos de la misma manera. Una preciosa joven vestida de blanco se acerca a un joven solitario con quien pasa la noche bailando y tomando algunos tragos. El galán le ofrece su abrigo para que no tenga frío. Luego, la acompaña hasta su casa y ella promete devolverle el saco al día siguiente. Cuando el enamorado vuelve a la casa de la joven, la madre de ella le explica que su hija falleció hace tiempo y que está enterrada en el cementerio, en la bóveda familiar. El joven corre al panteón desesperado y allí encuentra colgado su saco.
   —Está buenísimo todo lo que nos contaste — dijo Matías mirando a Ru con fascinación —. Después dejame tu número por si necesito repasar algún detalle de la Dama de Blanco cuando esté escribiendo la nota.
   —Dale, después te lo doy. ¿No me pedís un fernet mientras voy al baño? —. Antes de levantarse de su asiento, Ru recorrió sensualmente la pierna de Matías con la yema de los dedos.
   El joven asintió intentando disimular la sorpresa. La observó alejarse durante algunos segundos. Su largo cabello llegaba casi hasta sus caderas y se agitaba a cada paso que daba.
   Matías estaba seguro que aquella caricia había sido una insinuación y no pensaba desaprovechar la oportunidad. Después de lo que consideró el tiempo suficiente, se levantó con la excusa de ir a la barra e ignorando los comentarios irónicos de Rodrigo, se dirigió hacia la puerta del baño de mujeres. Esperó allí algunos minutos, en los que varias chicas entraban y salían, pero no había ninguna señal de Ru.
   El periodista estaba debatiéndose internamente sobre si debía llamar o no a la joven en voz alta, pues habiendo tanta gente allí, había descartado la idea de entrar. Por fortuna, en ese momento distinguió a la amiga de Ru, la que había estado en plan romántico en la esquina del bar casi toda la noche, saliendo del baño.
   —Hola. ¿Le podrías decir a Ru que la estoy esperando? —le pidió Matías, intentando no sonar muy desesperado.
   —¿A quién? —. Ella alzó una ceja.
   —A la chica que vino con vos. La rubia con pelo largo —. Aclaró intuyendo que “Ru” no podía ser un nombre de verdad.
   La joven lo observó perpleja por una fracción de segundo antes de hablar.
   —No sé de qué hablás, flaco. Yo vine con mi novio —. Se fue caminando rápido aunque miró hacia atrás para comprobar que él no la siguiese.
   Matías regresó a la mesa en donde estaban bebiendo sus compañeros y se dejó caer decepcionado en su asiento.
   —¿Qué pasó? —preguntó Florencia intuyendo que algo no había ido bien.
   —No sé, no estaba —agregó con sequedad Matías, olvidando por completo la tonta excusa que había dado. No tenía sentido insistir en la mentira de haber ido a la barra.
   Se sintió cansado de repente y sin ganas de hablar acerca de cómo lo habían dejado plantado. Le dejó a Rodrigo dinero para que pagara lo que él y Ru habían consumido. Saludó desganadamente a los demás y salió hacia el fresco aire nocturno.
   Pensó que lo más conveniente a esa hora sería llamar un Uber, por lo que llevó la mano al bolsillo de su campera para buscar su celular. No estaba allí. Maldijo por lo bajo preguntándose para qué necesitaría una fantasma un celular en el más allá.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

domingo, 19 de noviembre de 2017

ENTRE CENIZAS (Colección de cuentos EL PERIODISTA)


   Matías se había recibido de periodista hacía unas pocas semanas y durante el último año había estado trabajando como pasante para una revista local bastante conocida. El sueldo era bajo, pero la promesa de que se lo duplicaran si llegaba a quedar efectivo lo había llevado a tener que despedirse casi por completo de su tiempo libre y escasa vida social.
   El plazo del contrato que él y cuatro jóvenes más habían firmado cuando estaban por finalizar su último año de carrera estaba a punto de terminar. Matías era consciente de que quizás, sólo uno de ellos tendría la posibilidad de renovarlo.
   Había estado fantaseando durante toda la semana con una felicitación por parte de su jefa y un merecido reconocimiento por haber estado trabajando más duro que sus demás compañeros. Él cumplía con esmero todo lo que le pedían. A pesar de que no le correspondiera preparaba café, atendía llamadas y redactaba notas que ni siquiera figuraban con su nombre.
   Ese día, Matías estaba corrigiendo la mala redacción de un renombrado periodista cuando todos los pasantes fueron convocados a la oficina de Viviana Guzardo, jefa de redacción.
   No era el único que intentaba disimular su nerviosismo. Una de sus compañeras había comenzado a raspar el esmalte saltado de sus uñas y otro de los periodistas se mordía el labio con el ceño ligeramente fruncido.
   Los cinco parecían petrificados tras la puerta cerrada de la oficina, donde posiblemente se daría a conocer el nombre del afortunado que conservaría su empleo con el consecuente despido de los demás.
   Matías quería independizarse. Deseaba poder mudarse de la casa de sus padres, donde vivía con sus tres perros y sus dos hermanos menores. Para lograrlo, era necesario ganar un sueldo suficiente con el cual poder costear sus gastos personales y pagar un alquiler.
   Como nadie parecía reaccionar, Matías se armó de valor y golpeó tres veces la puerta de madera. Un instante después, Guzardo, con su voz grave de fumadora, les indicó que podían entrar.
    –Los cité a todos acá, para agradecerles por haber trabajado con nosotros. Quisiera pedirles a Matías y a Gastón que se queden un momento. Los demás pueden pasar por tesorería para retirar el cheque por los días que trabajaron este mes. Para todos habrá una carta de recomendación ya que han tenido un excelente desempeño –dijo sin rodeos la mujer de mediana edad detrás de un escritorio cubierto con papeles desordenados.
   Matías no pudo evitar sonreír ante la idea de que lo hubiesen escogido para el puesto e intentaba elaborar en su mente las palabras adecuadas para agradecer la oportunidad que le brindaban. 
  Después de que sus compañeros se retiraron, ella les explicó que podían continuar con la pasantía durante dos meses más y que quizás,  alguno de ellos podría efectivizar su puesto en cuanto regresaran de los destinos que les serían asignados si aceptaban.
   La sonrisa de Matías se esfumó en ese mismo instante. Conservar su empleo en las mismas condiciones que antes durante un par de meses más, significaba sólo una victoria a medias. Seguirían cobrando la mitad de un sueldo normal y tan sólo pospondrían un poco más la tensión de no saber qué les depararía su situación laboral cuando terminara ese lapso de tiempo.  
  –Necesito dos cronistas para el verano. Uno va a ir a la costa y otro a la Cordillera en busca de notas de interés público –dijo la jefa de redacción observando primero a Gastón y luego a Matías –. Serán acompañados por un fotógrafo pasante.
   Tras una pausa continuó:
   –Gastón, te sugiero elegir la costa. Con tus ojos azules y la piel bronceada no va a ser difícil que consigas notas en Mar del Plata. Matías, podés ir a Caviahue-Copahue. Allí hace frío, incluso en enero, por lo tanto, vas a tener que llevar abrigo. Pueden redactar todo tipo de notas e incluso puede que algunas se publiquen firmadas con sus nombres en la próxima edición.
   Ambos querían conservar su empleo, debido a esto, ninguno de los dos se atrevió a mencionar lo incómodo que resultaba tener que realizar un viaje imprevisto. Habían pasado la primera prueba al aceptar con sumisión cumplir la voluntad de los poderosos. A pesar de todo eso, Matías optó por intentar relajarse. Centró sus pensamientos en las ventajas de un viaje gratis, de sus primeras notas firmadas y de las cosas que podría comprar sí le duplicaban el sueldo.
   Esa noche, mientras iba en el colectivo que lo llevaba a su casa, buscó en Google desde su celular y encontró algunas imágenes del lugar al que lo habían asignado. Se trataba de un municipio del departamento de Ñorquín, situado al Noroeste de la provincia de Neuquén, que tenía poquísimos habitantes y un paisaje precioso. Estaba construido en torno a un volcán activo, rodeado de lagos, bosques y montañas. Reflexionó con preocupación que a menos que el volcán entrase en actividad, tenía muy pocas posibilidades de conseguir redactar algunas noticias relevantes.
   No podía negar que la idea de viajar y de conocer las montañas lo emocionaba un poco. Se preguntó si podría conocer la nieve en esa época del año. En Capital no nevaba y si alguna vez había ido de vacaciones a las montañas, había sido cuando era demasiado pequeño como para recordarlo.  
   Su madre lo ayudó a armar la valija, sin dejar de despotricar en contra de su trabajo explotador y de recriminarle que lo mejor sería que buscase alguno mejor. En el fondo, sabía que tenía razón, pero su pequeño sueldo le había permitido darse lujos que nunca antes se había podido costear y conocer el mundo era un sueño que hasta ese momento ignoraba poseer.
   El día de la partida llegó junto con una tormenta de verano y Matías se preguntó si el vuelo se retrasaría a causa del mal tiempo. Afortunadamente, no fue así.
   Le habían dado un presupuesto ajustado para que pudiese gastar por día, por lo que desistió de la idea de tomar un café mientras aguardaba en el aeropuerto. También, le habían dado los pasajes de ida y vuelta y la dirección del hotel en donde se hospedaría y comería tres comidas al día.
   La idea de viajar en avión por primera vez lo ponía un poco nervioso. Lamentaba que el fotógrafo pasante, que compartiría habitación con él y con quien cubriría las notas no pudiera llegar hasta el día siguiente.
   Después de un primer momento aterrador cuando el avión despegó, el viaje no fue tan malo e incluso resultó ser una experiencia interesante para él. Se entretuvo observando por la ventanilla y luego garabateando en su agenda algunas posibles preguntas para hacerles a los lugareños. El vuelo lo llevó hasta Neuquén, en donde abordó un micro que lo alcanzaría hasta su destino.
   Matías estaba absolutamente fascinado con los paisajes que veía, sin embargo su fascinación se transformó en depresión al darse cuenta que no podría conseguir notas de Interés público que no tuviesen que ver con turismo o gastronomía local. Ese tipo de cosas no eran suficientes para mantener su empleo. Con un poco de envidia, pensó en las buenas entrevistas que podría conseguir Gastón con personajes del momento. Los actores y empresarios teatrales necesitaban de la prensa para promocionar sus espectáculos.
   Mientras el micro avanzaba, creyó ver nieve en las laderas de las montañas. Pero, a medida que ascendían por un sinuoso camino de tierra percibió que se trataba de cenizas volcánicas que se elevaban arremolinadas como fantasmas que danzaban abrazadas por el viento andino. En medio de ese paisaje mágico, una idea descabellada y carente de ética se le presentó súbitamente. ¿Cómo respondería la gente si él sembraba la noticia que necesitaba?
   A su izquierda, se encontraba sentada una mujer mayor que tejía una bufanda con un ganchillo. Fue entonces cuando comenzó con su plan.
   –Disculpe que la moleste señora. Soy periodista de Buenos Aires y me enviaron a cubrir la nota sobre la criatura que se ha visto cerca del volcán Copahue. ¿Podría hacerle algunas preguntas? ¿Usted es de la zona o es turista? –preguntó preparando su libreta para anotar.
   –Sí. Soy de Caviahue. Me llamo Rosalía Morales. Tengo un almacén a unas cuadras del lago. Estuve en Neuquén por una semana visitando a mi hijo. Preguntame lo que quieras saber, querido.
   Matías hizo un esfuerzo sobrehumano por disimular su sonrisa. Rosalía, parecía ser el tipo de persona que se prestaba para la clase de notas que él necesitaba generar.
   –Seguramente, habrá escuchado que unos turistas vieron un extraño ser humanoide, o algo así. Además, hubo informes sobre la desaparición de algunos animales domésticos y escuché que por las noches hay sonidos extraños viniendo del monte.
   Un señor con barba descuidada que estaba sentado en el asiento de adelante se incorporó y giró hacia Matías interrumpiendo la conversación.
   –Mi gato desapareció hace menos de un mes y él nunca salió más allá del patio de casa. Es verdad que por las noches se escuchan cosas –dijo con el semblante completamente serio.
   Matías lo observó por unos segundos para asegurarse de que no se trataba de una broma, pero el hombre parecía honesto y mantenía el ceño levemente fruncido.
   –¿Me podría decir su nombre? y si es posible, ¿dónde ubicarlo para poder hacerle una entrevista? Además, me gustaría que tengan mi número para que me avisen sobre cualquier cosa que vean o alguien les cuente con respecto a la criatura. Voy a estar hospedado en el Hotel Ruca.
   Durante el viaje intercambió datos con las personas que se encontraban a su alrededor. Todo el mundo buscaba salir del anonimato y nada mejor que un periodista de Capital para conseguirlo. Pensó que la semilla que acababa de sembrar estaría germinando para cuando el fotógrafo llegase al día siguiente y nadie sospecharía que se trataba de una jugada astuta y poco honesta de su parte. No podía competir con el físico perfecto y los ojos color cielo de Gastón, pero si tenía suerte su humanoide asesino de animales vencería a su competidor.
  Al llegar a Caviahue se dio cuenta de que él se había convertido en una celebridad. Muchas personas lo saludaron, incluso algunas con las que no había hablado. Todos en el micro habían escuchado la conversación y podía estar casi seguro de que expandirían el rumor.
   Aprovechó su primer día en el lugar para conocer la Cascada del Río Agrio y conversar con algunos lugareños y turistas. Una pareja que estaba de luna de miel le sugirió que quizás, los mapuches podrían saber algo sobre aquella criatura de la cual se estaba hablando en el pueblo. Lo más sorprendente fue que ellos fuesen quienes lo buscaron a él para darle el consejo y que supieran quien era.
   Al día siguiente, mientras estaba escribiendo en su notebook un pequeño reportaje que le había hecho a uno de los habitantes de la villa, llegó  el fotógrafo pasante.
   –Es buenísimo que nos hallan asignado aquí. Me dijeron que hay un monstruo o algo así. Se ve que Viviana sabe donde hay notas taquilleras –dijo sin saludar ni presentarse, tirando la valija sobre una de las camas –. Perdón, yo soy Rodrigo y vos tenés que ser Matías –agregó soltando una carcajada contagiosa.
   Matías le comentó que ya tenía la primera nota escrita y que después de enviarla por e-mail podrían ir a comer. Le propuso que más tarde saliesen a capturar imágenes e información al monte o a la Reserva Mapuche. Obviamente, no mencionó que había sido él mismo quien comenzó los rumores y que por eso tenían la primicia.
    Dos hombres interrumpieron su almuerzo súbitamente. Querían llevarlos de inmediato a ver indicios de la criatura. Los jóvenes inmediatamente se pusieron de pie y los siguieron hasta una camioneta polvorienta. Los cuatro viajaron a través de un angosto camino de cornisa llegando hasta un páramo soleado en donde solamente había una cabra sin cabeza a la que Rodrigo inmortalizó en numerosas fotos. Mientras tanto, Matías entrevistó a los lugareños que la habían encontrado quienes dieron sus hipótesis acerca de la criatura a la que habían comenzado a llamar Compallhue. Estaba completamente emocionado, el pequeño monstruo por él inventado ya había adquirido un nombre.
   Poco después de enviar una segunda nota con las fotos, llegó una felicitación para ambos y la notificación de que finalmente su trabajo aparecería publicado firmado por él en la edición de esa semana.
   En el hall del hotel, el gerente les comunicó que alguien les había dejado un mensaje para que fueran lo antes posible a la cascada. Inmediatamente se pusieron en marcha.
   Matías pensó que simplemente las fotografías del paisaje del arroyo que recorría un camino con piedras violáceas y amarillas hubiese sido meritorio de una publicación, pero no por esto ellos habían sido convocados a ese lugar. Dos hombres se encontraban en cuclillas detrás de un tronco. Les hicieron señales para que se acercasen sin hacer ruido y miraran a lo alto del volcán.
   Matías no podía dar mérito de lo que veían sus ojos. En lo alto del cerro, cubierto por la niebla, un ser casi humano, con pálido pelaje que cubría todo su cuerpo, los observaba desde lejos. Rodrigo fascinado comenzó a fotografiarlo. Se quedaron extasiados mirando a la magnífica criatura hasta que la niebla la hizo invisible.
   Todos se quedaron en silencio, mirándose unos a otros entre fascinados y atónitos.
   Matías nunca supo explicar la extraña aparición de la criatura a la que todos conocerían como Compallhue. Quizás, su deseo de encontrar una noticia como esa había generado a ese ser o tal vez, se trataba de algún plan de los lugareños para atraer el turismo. Pero, de lo que sí estaba seguro era que su trabajo y el de su compañero estarían asegurados.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

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