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sábado, 5 de enero de 2019

EDUCANDO PARA LA LIBERTAD LATINOAMERICANA


   Carlos Tünnerman Bernheim desarrolla en “Panorama general sobre la filosofía de la educación” los aportes pedagógicos de diferentes pensadores. Tomando su texto como material de apoyo, en este trabajo se intentará analizar y comparar las ideas de tres pensadores latinoamericanos: José Martí, Simón Bolivar y Domingo F. Sarmiento.
   José Martí concibe a la educación como una tarea prioritaria de los pueblos y de los gobiernos. Sólo a través de la educación los países pueden alcanzar grandeza, prosperidad y libertad, decía. Agregaba que un pueblo instruido será siempre fuerte y libre. El pueblo más feliz, para Martí, será el que tenga mejor educados a sus hijos tanto en la instrucción del pensamiento como en la dirección de sus sentimientos.
   Para Martí (Bernheim, 2008) “Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente hasta el día en que muere; es ponerlo al nivel de su tiempo; es prepararlo para la vida”. En esta concepción de las finalidades de la educación Bernheim plantea que Martí plasma una visión que se corresponde a visiones muy actuales de la educación. Hoy en día la UNESCO avala que “educar es preparar al hombre para la vida”.
   Para Bernheim (2008), Martí se anticipó a su tiempo con el concepto actual de educación permanente puesto que decía que la educación comienza con la vida y no termina hasta la muerte. Es decir, que fue uno de los pioneros en pensar una educación pensada para todas las etapas del desarrollo humano. En 1875 escribió que la educación no es fructífera a menos que sea continua y constante.
   En un artículo para el diario La Nación de Buenos Aires publicado en 1886, Martí criticó a las escuelas de la época. Allí sostuvo que las escuelas eran talleres de memorizar, en donde los niños languidecen año tras año “en estériles deletreos, mapas y cuentas”. Criticó la autorización de los castigos corporales y la falta de cariño entre maestras y alumnos. Consideraba que  la enseñanza tenía que ser un acto de infinito amor y despreciaba la violencia que allí se ejercía.
   Al mismo tiempo que desarrolla su inteligencia, el educando debe desarrollar sus cualidades de amor y de pasión. La instrucción primaria debía cambiar, pues Martí pensaba que debía pasar de ser verbal a experimental, de retórica a científica y que tenía que enseñarse al mismo tiempo que el abecedario de las palabras, el abecedario de la naturaleza. Además, creía de suma importancia que se formasen hombres buenos, útiles y libres en toda América.
   Bernheim (2008) resalta la distinción que hace Martí entre instrucción y educación. Mientras que la instrucción hace referencia a los pensamientos la educación guarda estrecha relación con los sentimientos. Ambas deben darse en forma conjunta puesto que la inteligencia realza a la moral.
   La educación práctica y la formación espiritual también debían desarrollarse en forma conjunta. Martí consideraba a la escuela una fragua de espíritus. En cuanto a la educación, Bernheim (2008) expone que Martí  consideraba aberrante la separación entre la educación que se recibe en una época y la época misma. Martí concebía a la educación como la “preparación del hombre para la vida” y “la conformación del hombre a su tiempo”. “La educación representa para el individuo la conquista de su autonomía, su naturalidad y su espiritualidad” (Bernheim, 2008).
   Bernheim, (2008) también analiza los pensamientos de Bolívar quien consideraba que en las escuelas se debía educar  para la ciudadanía, pues un ciudadano debe conocer sus obligaciones sociales y no perjudicar a los demás. Es decir formar ciudadanos  que puedan actuar activamente en una democracia participativa.
   Martí abogaba por una educación popular tanto para ricos como para pobres. Hacía énfasis en que todo hombre tiene derecho a que se le eduque y para Martí, en forma de pago una vez educado el sujeto debía contribuir a la educación de los demás. La educación popular era para él la base de la grandeza de los pueblos. También Bolívar consideraba a la educación como un derecho de todos los ciudadanos.
   En un contexto histórico y social en donde la mujer era relegada a las tareas domésticas, Bolívar se anticipa a su tiempo diciendo: “Que entre tanto y sin pérdida de tiempo se proceda a establecer en cada ciudad capital de Departamento una escuela primaria con las divisiones correspondientes para recibir a todos los niños de ambos sexos que estén en estado de instruirse (Bernheim, 2008)”. Consideraba que la educación de las mujeres era la base de la educación familiar por lo que fundó colegios para niñas.
   Sarmiento en su libro Educación Popular pone de relieve la educación de la mujer como complemento de la escuela. Escribe: “De la educación de las mujeres depende, sin embargo, la suerte de los Estados; la civilización se detiene a las puertas del hogar doméstico cuando ellas no están preparadas para recibirla. Hay más todavía, las mujeres, en su carácter de madres, esposas, o sirvientes, destruyen la educación que los niños reciben en la escuela” y “Dotadas de un tacto exquisito para dirigir la niñez, cuando el exceso de afecto no las extravía, las mujeres solas saben manejar sin romperlos los delicados resortes del corazón y de la inteligencia infantil (Sarmiento, Educación popular, 1849)”.
   Bernheim (2008), afirma que Martí estaba convencido de que en el mundo laboral había grandes potencialidades educativas. Escribió: “El hombre crece con el trabajo que sale de sus manos” y “en las escuelas hay que aprender a cocer el pan del que se ha de vivir luego”. Para él era menester que los currículos preparen a las personas para la vida cotidiana. Es decir, que no tiene sentido que en una escuela rural se eduque exclusivamente para la vida urbana como sucedía entonces.
   Bernheim (2008) señala que para Bolívar la educación debía ser prioritaria para el Estado. Sus concepciones generales sobre educación se basan en la ideología individualista y liberal de su tiempo. Abogaba por una educación que fuese función y responsabilidad del Estado. Bolívar decía que “un pueblo ignorante es instrumento de su propia destrucción”. Además, consideraba que un ciudadano tenía que saber leer y escribir y tenía que poseer algún conocimiento en ciencias, pero sus ideas fueron malinterpretadas y utilizadas para justificar la exclusión social y política de las personas que no estuviesen alfabetizadas.
   Sarmiento también propugnó una escuela común abierta a todos, “sin discriminación por causa de raza, de sexo, de condición económica, de rango social, de posición política o de creencia religiosa (Bernheim, 2008)”. Sarmiento consideraba que la escuela primaria debía ser para todos, el colegio secundario para los que puedan y la universidad para los que quieran.
   Tanto Sarmiento, fundador de las primeras escuelas normales de nuestro país,  como Bolívar se preocuparon profundamente por la formación de los educadores y consideraron que era el Estado quien debía encargarse de la educación. Sarmiento sostenía que el Estado debía proveer instrucción a todos los individuos asegurando un pleno desarrollo espiritual, económico, político y social, una instrucción que fuese laica, igualitaria, gratuita y donde haya libertad de conciencia.
   Bernheim (2008), explica que para Sarmiento había  grandes males sociales, éstos eran: “la barbarie y el caudillismo, con su secuela de ignorancia, pobreza, anarquía y fanatismo”. Sarmiento intenta explicar desde el punto de vista étnico el origen de los males sociales. De nuestra herencia española y la mestización indígena, para él se derivaba la ignorancia social, la anarquía y corrupción políticas y el escaso crecimiento económico y cultural. Sarmiento compara el desarrollo de las colonias inglesas y las españolas y afirma la superioridad del mundo protestante sobre el católico. Para curar los males sociales Sarmiento “aconseja tres remedios: inmigración europea, trabajo y (especialmente) educación pública”.
   La pedagogía de Sarmiento era política y de carácter social. Consideraba que la escuela podía transformar a la sociedad en todos sus aspectos. La educación para él era un derecho para todos al mismo tiempo que una obligación para la sociedad y fundamentalmente para el Estado, pues decía que “gobernar es educar”. 
   Bernheim contextualiza la América Latina en la que vivió Sarmiento de la siguiente manera: “Las naciones latinoamericanas, recién salidas de las guerras de independencia para sumergirse inmediatamente en el caos de las luchas civiles y la tiranía, no ofrecían las condiciones de paz y de progreso social necesarias para” concebir una educación pública como la pensaríamos hoy en día. Inspirado en las políticas educativas estadounidenses Sarmiento busca imponer justicia social, sosteniendo que “el régimen republicano y democrático exige una población bien informada, sin diferencias de clase, y para esto es necesario conceder a todos los habitantes igualdad de oportunidades (Bernheim, 2008)”. A través de la educación buscaba no sólo mejorar la condición económica, sino también construir una nación libre y soberana.
1-    Conclusión personal sobre los aportes de Martí, Bolívar y Sarmiento a la pedagogía actual.
   Martí, Bolívar y Sarmiento se anticiparon a su época con sus ideas educativas muchas de las cuales se aplican en las escuelas actuales. Sarmiento concebía a la educación como deber del Estado y como herramienta fundamental en la lucha contra la ignorancia y propulsora de la cultura cívica y general de la Nación. Además, defendió una educación integral sin distinción económica, social, política, religiosa o de género lo que hoy por hoy se aplica en las escuelas públicas argentinas. Su frase “gobernar es educar” pasó a la historia y su nombre se recuerda en todos los colegios de nuestro país.
   Para Bolívar la educación debía ser prioridad en la agenda del Estado y un derecho para todos los ciudadanos sin distinción de sexos. Hoy somos conscientes de que la escuela debe formar ciudadanos conscientes de sus deberes y obligaciones, pues necesitamos ciudadanos instruidos que puedan votar con conciencia. La escuela debe darles los conocimientos necesarios para desenvolverse en una democracia participativa.    
   Actualmente las ideas pedagógicas de Martí fueron retomadas y se aplican en las políticas educativas cubanas. Pues Martí concebía una educación popular, revolucionaria, integradora y beneficiosa para el progreso social. Un pueblo educado es fuerte y libre, decía. En la actualidad en Cuba la educación es continua y existen programas para la educación campesina e incluso existe una universidad para adultos mayores. Cuando se aplicaron las ideas martianas se logró hombres para la vida, poniéndolos al nivel de su tiempo. Es decir que la educación debe ser útil para los contextos en los que se vive. Se anticipó al concepto actual de educación permanente, considerando que se aprende durante toda la vida. Con la posmodernidad en la mayoría de las escuelas se inculca al niño una educación basada exclusivamente en el conocimiento erudito, mientras que la formación espiritual se deja de lado en la mayoría de las instituciones educativas, pero Martí defendía  una formación que fuese práctica y espiritual al mismo tiempo, que incentive a estudiar a través del amor y apartánda de la violencia.

Bibliografía:
-SARMIENTO, D. F. “Instrucción pública” en Educación Popular (1849) en Domingo Faustino Sarmiento. Textos fundamentales. Tomo II. Selección de Luis Franco y Ovidio O. Amaya. Bs. As. Compañía General Fabril Editora. 1959. Pp. 197-205
- BERNHEIM, C. T. “Panorama general sobre la filosofía de la educación” Digitalizado por: ENRIQUE BOLAÑOS, FUNDACIÓN. 2008. Pp 75-86 y 91-98
- Apuntes tomados de las clases de Filosofía de la Educación, materia dictada por la Prof. CAMPOS, M. B. 2018

viernes, 7 de septiembre de 2018

EL PODER OCULTO CAP 21

          CAPÍTULO 21: LA LLAMADA INESPERADA
   Una vez en casa, recurrí a mi grimorio y busqué en él la palabra "péndulo". Realmente, me intrigaba saber por qué mi abuela no lo utilizaba como elemento adivinatorio. En unas páginas escritas por su madre, encontré la respuesta. Ella explicaba que el péndulo es solamente un medio para canalizar la propia energía adivinatoria y que es tan útil como cualquier otro método de adivinación, si es que el poder de la percepción esta en su poseedor.
   Ella le aconsejaba con ternura a mi abuela, que antes de creer en sus respuestas, probara de alguna forma, si éste le resultaba el medio más adecuado para canalizar su poder. Ahora, comprendía que seguramente mi abuela optaba por otros métodos más afines a ella. También, le comentaba, que algunos lo utilizaban para canalizar la energía sanadora y que otros lo empleaban para encontrar agua o metales preciosos. Yo comprendí, que simplemente era un instrumento que nos rebela nuestra propia intuición. Me dispuse a probarlo y  a probarme.
    Tomé un mazo de cartas muy viejo que mi padre utilizaba para jugar al solitario. Separé las copas y los bastos. Los mezclé y me dispuse a tratar de adivinar preguntándole al péndulo. Yo preguntaría: ¿Es copa esta carta? El péndulo respondería girando afirmativa o negativamente y haría una estadística de los aciertos y de las fallas.
   Comencé la prueba de mi percepción extrasensorial. Con las primeras siete cartas las respuestas del péndulo fueron las correctas, pero la octava no lo fue. Hasta la quinceava carta, nuevamente fueron acertadas, la siguiente errónea y las siguientes fueron todas correctas, sin incluir la última. Había acertado veintiún veces y fallado sólo tres. Me parecía bastante aceptable para utilizarlo, pero aún así, cabía la posibilidad de que se equivocase. Ganándole a mi propio orgullo interno, interrogué:
   —¿Sabré hoy algo de Esteban?
    El péndulo empezó a temblar y luego giró en sentido afirmativo. Sonreí, pero sentía que acababa de mentirme. En ese momento, me sobresalté al oír el timbre del teléfono.
   Contesté. Era la persona a la que más necesitaba oír en todo este último tiempo, pero por alguna razón, no experimenté felicidad al escuchar su voz. Por un instante mi corazón dejó de latir. Recordé mi sueño. ¿Él haría que mi corazón se convirtiese en piedra? o ¿sobrevendría el pacto de sangre?
   —Tamy, necesito verte… algo me estuvo pasando estos últimos días.
   Pensé con ingenuidad que se había dado cuenta de cuanto me quería y necesitaba, pero en realidad, creo que sólo me necesitaba.
   —Bueno, está  bien. Vení a buscarme, si te parece.
   Me respondió con mucha frialdad en su voz:
   —Ahora voy.
   Colgó, sin decir ni siquiera adiós.
   Unos minutos después, lo escuché tocar el timbre. Al abrir lo encontré de pié, mucho más pálido y delgado que la última vez que lo había visto. Sus ojos estaban enrojecidos, como si hubiese llorado. Debajo de ellos, se dibujaban unas finísimas líneas color violeta. Tenía los nudillos sangrando y en su brazo izquierdo, se distinguían finos cortes. Sentí muchísimo dolor al verlo. Por un instante me invadió la culpa por no haber estado a su lado para protegerlo de aquello que lo había herido. Más aún, porque yo me sentía muy fuerte. A mí algo me había atacado y había podido controlarlo yo sola. Los signos que había dibujado y los encantamientos que había hecho, no permitieron que las sombras nos hicieran daño ni a mis padres ni a mí.
   — ¿Quién te hizo eso?
   Evitando mi mirada respondió:
   —No fue nadie…
   —¿Por qué te hiciste eso?
   Sentí que se me cerraba la garganta. Me preguntaba, por qué estaría tan atormentado y optaba por autoflagelarse. Me miró. Podía ver el miedo reflejado en sus ojos.
   —Ya no importa… —dijo y volvió a bajar la mirada—. ¿Puedo pasar? —preguntó con voz seca.
   —Claro —me apresuré a contestar y lo invité a sentarse. Así lo hicimos ambos.
   Una vez en el sillón comenzó a hablar.
   —Necesito decírtelo. Frecuentemente, escucho y veo muchas banshees cerca de mí.
   Sentí que mi mundo se derrumbaba. Luchaba por que se fuese de mi mente el profundo temor de perder a Teby para siempre. Por un momento, imaginé que su aliento se tornaba helado. ¿Por qué lo seguían las banshees, esos diabólicos espíritus que se alimentan del miedo a la muerte? Hasta donde yo sabía, el llanto de una banshee era presagio de muerte, pero él sentía muchas a su alrededor. ¿Podría ser un augurio incluso peor que la muerte?
   Lo abracé intentando protegerlo y en ese momento, un grito proveniente de la nada nos estremeció a ambos y nuestro abrazo se hizo aún más estrecho.
   Le comenté asustada:
   —A mí también me pasaron muchas cosas extrañas desde la última vez que te vi. ¿Quién nos puede estar haciendo ésto?
   —No es a vos. Creo que es sólo a mí a quien buscan. Aunque ahora ya no sé realmente si no te buscan también. Hace ya mucho tiempo que escucho el lamento de las banshees. Sé que las escuchaste, aunque sólo un par de veces. Antes de conocerte, soñé varias veces con un grupo oscuro que intentaba dominarlas. Para dominar el destino, supongo. En ese momento pensaba que eran sólo sueños, pero sobrevino aquel en el cual se me revelaba el paradero de mi grimorio y entonces comprendí que algo o que alguien manipulaba mis sueños. Cuando vos escuchaste la banshee, la noche en que nos conocimos, yo pensé que me podrías ser de utilidad. Debo confesar que me acerqué a vos para sacarte información, pero después…
   Nos invadió un incomodo silencio, luego continuó:
   —Pese a que yo escuchaba a las banshees, aunque no tan cerca como ahora y tenía la certeza de que alguien las quería controlar, llegué a pensar que a mí no me podían hacer daño… Podía escucharlas. Sabía lo que hacían, pero por alguna extraña razón, no se acercaban a mí. Tuve la soberbia y negligente idea de sentirme casi inmortal. Por un momento, pensé en atraerlas para…estudiarlas. Por otro lado, el grupo que pretendería controlarlas, ¿por qué querría destruirme o evitar mi muerte? Acaso, ¿soy alguien importante para esas personas que ni siquiera conozco?
   — ¿Estarán relacionados con tu padre? o ¿habrán descubierto nuestra magia a través de los elementales?... Sé que los elementales pueden rebelar nuestra presencia, aunque ignoro cómo.
   Teby me miraba muy serio, como sorprendido por lo que le había dicho. Quizá porque mencioné a su padre, pero creo en realidad, que él nunca había considerado la posibilidad de ser descubierto por magos más poderosos que nosotros.
   Le dije:
   —Vi sombras y algo rompió la cristalería de mi madre. Un ser inmaterial me anunció que era necesario que yo te protegiera. Quizá puedo hacer en tu casa los rituales que hice en esta… o los que hacía mi abuela para alejar a las banshees…
   Me interrumpió.
   —No, no quiero alejarlas. Quiero rastrear de dónde vienen. No creo que las banshees me quieran matar. Al menos, no por ahora… Creo, que están cerca de mí por algún otro motivo y deseo averiguarlo. Tengo más miedo por vos, pero necesito que me ayudes con tus ideas y con lo que puedas averiguar. Por las dudas, no estemos demasiado cerca. A mí no me puede pasar nada, pero a vos… No sé cómo protegerte.
   No podía creer la soberbia y la ingenuidad de sus palabras. ¿Quién se creía que era?  Hasta donde yo sabía, no había nadie capaz de controlar a esos seres y supuse, que si acaso eso era posible no podría hacerlo sólo un aprendiz de mago. Me horrorizaba y a la vez me atraía la siniestra idea de disponer de la muerte. Me sorprendí de mi misma al pensar en eso. ¿En quién me estaba convirtiendo? ¿Se podría utilizar a las banshees para matar, amedrentar e impedir la muerte de aquellos que no queremos que mueran o… de nosotros mismos? Hasta ahora, las banshees y la muerte, eran como sinónimos para mí. Tal vez, él creía poder controlarlas y las ansias de poder, cegaban la evidente verdad. ¿Cómo no se daba cuenta, de que era él y no yo quién estaba en peligro? Aunque muy en el fondo, a mí también me fascinaba la idea de tener ese poder.
   Una pregunta paso por mi mente y aunque era un poco incómoda, no resistí la tentación de formularla.
   —¿Las banshees, no te rondarán… porque primero… —Hice una pausa, reflexionando en lo que diría —... intentaste controlarlas?
    Respondió, sin mostrarse sorprendido:
   —Es obvio, que yo solo no soy capaz de hacer algo así.
   Él nunca dijo que no lo hubiese intentado. Luego agregó:
   —Además, aún no estoy seguro si alguien puede controlarlas realmente. La muerte en sí está relacionada con ellas, pero quizá sólo la anuncian. Puede ser, que lo único que hagan sea alimentarse del miedo que uno siente antes de morir.
   Asentí con la cabeza.
   —¿No crees, que puede significar que tu muerte esté cerca?
   Le  pregunté y él me dedicó su media sonrisa.
   —No te preocupes, no pueden alimentarse de mi miedo a la muerte, porque yo no le tengo miedo a la muerte.
   Comenzaba a molestarme su actitud soberbia.
   —Estoy seguro de que hay un grupo poderoso que de alguna manera ya las controla. Mi padre podría estar involucrado. Él me debe haber inducido los sueños reveladores. Quizá si yo puedo descubrir quién las envía, pueda encontrarlo a él.
   Yo agregué:
   —Si es que hay alguien que las envía.
    Él sonrió sin darme mucha importancia. Se levantó y acariciándome la mejilla dijo:
   —Bueno preciosa, nos vemos.
   Lo acompañé hasta la puerta. Él me besó en el rostro y se alejó acomodándose su flequillo hacia el costado.
   Me quedé en la puerta y observé como se alejaba sin haber hablado absolutamente nada sobre nuestro último encuentro bajo el álamo. Esta vez, el miedo a perderlo por un caprichoso juego de vida y muerte me estremecía. Sabía que él quería controlar ese juego y eso lo cegaba. No podía ver que el peso de semejante poder podría convertirlo en un ser temible.
   Por otro lado, si teníamos la posibilidad de poseer ese don y lo rechazábamos, corríamos el riesgo de que alguien más lo manipulase a su antojo, sin que nosotros podamos oponernos. Cualquier opción podría producir un desbalance en el delicado equilibrio universal. Me preguntaba si yo, al tener ese poder, seguiría siendo yo misma o me sentiría como un dios. ¿Sería posible evitar la muerte? Me convencí a mi misma de que no era posible, pero… ¿y si lo fuese?
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 10 de agosto de 2018

EL PODER OCULTO CAP 17

                                 CAPÍTULO 17: LA NIÑA
   Esa tarde, fui a la plaza a pensar. Me senté nuevamente bajo el álamo, aunque esta vez estaba sola.
   Algunas respuestas que había obtenido de mis padres aún daban vueltas por mi cabeza. Todavía quedaban muchas preguntas sin responder.
   Me distrajo de la profundidad de mis pensamientos la voz de una niña que paró su triciclo frente a mí y me preguntó:
   —¿Cómo te llamás?
   Al levantar la mirada, sólo pude sonreírle. Recordé el sueño de la noche anterior. Quizás era la premonición de que conocería a una nueva pequeña amiga.
   Ella insistió:
   —Yo me llamo Crisy, ¿vos?
   Le respondí:
   —Me llamo Tamara. Qué lindo es tu nombre. Nunca lo había escuchado.
   Ella sonrió y mirando a su derecha, donde no había nadie dijo:
   —Qué chica tan tonta. No sabe que es el diminutivo de Cristina.
   —¿A quién le hablás?
   Sin apartar la mirada de la nada agregó:
   —Además, escucha conversaciones ajenas.
   Finalmente mirándome, respondió.
   —Le hablo a quien está casi siempre conmigo.
   —¿Ella es tu amiga imaginaria?
   —No es ella. Es él y no es imaginario, es invisible, para la mayoría de la gente.
   Le sonreí a Crisy. Miré de reojo hacia mi izquierda y distinguí que había una mujer con lentes oscuros y cabello azabache largo y brillante hasta la cintura, parada junto a mí. Ella dijo fríamente:
   —Vamos Crisy. No hables con extraños.
   Sorpresivamente, la pequeña respondió:
   —Mami, Tamara no es una extraña. Estuve con ella anoche.
     La madre no pareció escucharla y siguió caminando mientras Crisy se alejaba con el triciclo. Se daba vuelta, de tanto en tanto y me saludaba con la mano.
   Pensé que era una niña muy extraña y mentirosa. Hija de una madre muy fría. Sin embargo, me recordaba un poco a mí. A pesar de que me hubiese llamado tonta y metida me había caído bastante bien.
   Me preguntaba si serían de este barrio. Nunca antes las había visto. Cuando ambas se perdieron al doblar la esquina, reparé en que a unos diez metros míos se encontraba Susana mirándome totalmente pálida. Su bolsa con manzanas estaba tirada en el piso junto a sus pies. Pensé que podía estar descompuesta y corrí a su encuentro.
   Volviendo en si me dió un calido beso en la mejilla y como si no hubiese pasado absolutamente nada, me dijo:
   —Se me cayó la bolsa.
   Mientras yo la ayudaba a recoger las manzanas, agregó:
   —¿Te alejaste de Teby?
   Dudé un segundo y respondí:
   —No, él es quien se alejó de mí. No entiendo por qué.
   Susana me abrazó y sentí su cariño.
   —Tamy, no te preocupes. Él ya va a entender que en realidad, te necesita demasiado. Quizá tiene miedo.
   Le pregunté perpleja:
   —¿Miedo?... ¿De qué tendría que tener miedo?
   Sonrió.
   —Miedo... Puede tenerle miedo a muchas cosas, como a sentir, a amar... No sé.
   Yo no comprendía.
   —¿Miedo a sentir? ¿Qué tiene de malo sentir?
   —Sí, quizá se sienta vulnerable. Tal vez, los sentimientos tan fuertes, como los que estoy segura de que siente por vos, le hacen creer que lo apartarán de su camino.
   Me quedé más intrigada aún. ¿Cómo podía saber Susana cuáles eran los objetivos de Teby?, ¿podría haber sido capaz de contarle a su madre acerca de nuestro secreto? o ¿sería otro su objetivo y no el que yo creía? Seguí escuchándola. 
   —...Pero, tal vez, Teby no se da cuenta de que a veces, es mejor estar acompañado y más por alguien como vos. Yo lo veo muy mal. No me permite ni que te nombre. En realidad, no logro entenderlo.
   Le sonreí tímidamente. Después de unos segundos, lamentablemente Susana cambió de tema.
   —Querida, ¿vos conocés a las personas con las que estabas hablando recién?
   —No, yo sólo hablé con la nena. La madre me ignoró.
   —No les hables. Se comenta que la mujer es mala persona. Escuché comentarios muy malos de ella en el barrio.
   —¿Viven cerca?
   —No... No sé... Quizás estoy equivocada. Me tengo que ir. Espero que te arregles con Teby.
   Me abrazó nuevamente y se alejó. Yo me dirigí hacia mi casa. Sentía felicidad por saber que Teby sufría por mí, aunque fuese él, quien se había alejado. Sin embargo, ese sufrimiento significaba que él me quería. Pero, sabía que tendría que esperar a que primero resolviera su conflicto interno. Extraño conflicto, pues yo no entendía. ¿Por qué se negaba a sentir lo que ya sentía?
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 4 de mayo de 2018

EL PODER OCULTO CAP 3

            CAPÍTULO 3: VOLVIENDO A LA ISLA
   El más doloroso mes de mi vida había transcurrido. El cuerpo de mi abuela no había sido encontrado y mis esperanzas de que un milagro la hiciera regresar se desvanecían como la luz en el ocaso. El juez la había declarado oficialmente muerta y mi padre era el único heredero de sus bienes materiales. Yo había heredado algo mucho más valioso, pero en ese momento, ignoraba la magnitud de mi legado. Esa tarde, mi padre iba a ir a buscar algunas cosas a la isla y me había prometido que podría acompañarlo.
   Las palabras escritas por ella en la carta daban vueltas por mi mente. Aún, no estaba segura de si debía creer o no en lo que allí decía. La curiosidad me incitaba a ir a buscar el prometido libro. Después de todo, mi abuela nunca me había mentido y aunque era poco probable, no era imposible que la magia existiese.
   El viaje en lancha nunca había sido tan largo. Mi padre permaneció durante todo el recorrido en silencio y yo lo compartía. Sin embargo, me sentía extrañamente acompañada, como si hubiese una infinita cantidad de ojos en el agua. Pensé que solo eran los reflejos del sol. Luego, imaginé que eran las ondinas, espíritus del agua, que velaban por mi abuela. Me sorprendí de mi misma al pensar en eso.
   Al bajar de la lancha, al ver otra vez la isla, la casa, los árboles y al sentir la ausencia de mi abuela, se apoderó de mí un profundo vacío y una desgarradora impotencia de no poder volver el tiempo atrás para hacer eternos los momentos en que juntas pasábamos las tardes.
   Exhalé un profundo suspiro y unas incontenibles lágrimas surcaron mis mejillas. Mi padre lo notó a pesar de mis vanos intentos por esquivar su mirada. Me rodeó con un cálido abrazo y no dijo palabra alguna, ya que no hay consuelo para lo irremediable, sólo con el tiempo podría apaciguarse el dolor.
   Cuando entramos en la casa, corrimos las polvorientas cortinas y un cálido rayo de luz ahuyentó las sombras del recinto. Pregunté a mi padre con voz suave, casi susurrando:
   —¿En qué puedo ayudarte?
   Me respondió sin mirarme:
   —Traje un par de bolsas. Guardá lo que quieras para vos y el resto lo prepararemos para donarlo a la iglesia.
   Cuando se dirigió a la alcoba de mi abuela, yo acerque una silla a la columna que sostenía la viga principal del techo y subí sobre ella mientras abría la mochila que había preparado especialmente para esconder el misterioso legado.
   Saqué un espejo de mano para ver sobre la viga en qué sitio estaba el libro. Observé que afortunadamente en la porción de viga justo sobre mi cabeza se encontraba un polvoriento paquete envuelto en papel madera, que estaba atado con una tosca soga color café. Me estiré lo más que pude y logré sentirlo con la punta de los dedos, pero aún no podía empujarlo. Casi inconscientemente, me ayudé con el espejo. Lo deslicé cuidadosamente, empujando el paquete que finalmente, cayó al piso estruendosamente sin que esta hubiese sido mi intención.
   Tuve el reflejo de tirar la mochila sobre él para evitar que fuese descubierto por mi padre. Él, después del ruido, se dirigió rápidamente hacia donde yo me encontraba. Seguía parada sobre la silla.
   Al llegar me preguntó bastante agitado:
   —¿Qué pasó? Escuché un golpe. ¿Te lastimaste? Y ¿Qué estás haciendo arriba de esa silla? Te podés caer.
   Con una tranquilidad poco común en mí, respondí:
   —Sí, papá, estoy bien. No pasó nada. Es que había una araña y me asustó. Por eso me subí a la silla y se me cayó la mochila. Era una araña enorme pero ya se fue. Creo que se asustó con el ruido.
   —Está bien, entonces me voy a guardar algunas cosas más, si querés vení —sugirió.
   —No, mejor voy a ver que hay en la cocina —respondí.
   Bajé de la silla. Esperé a que mi padre se perdiera de vista y guardé el pesado paquete en la mochila. Antes de cerrarla, leí lo que decía escrito en tinta roja sobre el papel marrón: "Para mi querida nieta, Tamara Danann".
   Me dirigí a la cocina donde aún se encontraba la vela que yo había apagado la última noche que estuve allí y las marcas de sal seca sobre el contorno de la ventana. En ese momento, sentí el impulso de susurrar:
   —Abuela... Ay abuela seguramente querías mantener alejada a la banshee que creíste escuchar...
   De pronto, un golpe seco en la ventana me sobresaltó. Extrañamente, no me atemorizó, más bien todo lo contrario. Traté de buscar una explicación lógica para el ruido. Abrí la ventana y observé que todo parecía normal, como si el golpe hubiese surgido de la nada. En ese momento, entró mi padre a la cocina y le pregunté:
   —Papá, ¿escuchaste el golpe?
   —Sí, pensé que habías sido vos la que lo provocó. Por eso vine a ver si estabas bien —dijo encogiéndose de hombros.
   —No, yo no fui. No entiendo de donde pudo haber venido ese sonido. No hay viento. La ventana estaba cerrada y nada la golpeó.
   —Tranquila, eso siempre pasaba acá cuando venía a ver a la abuela. Ella siempre bromeaba con eso. Decía que si no hay otra explicación, quizás sea un espíritu. 
   Dichas esas palabras, mi padre sonrió nostálgicamente y volvió a irse, dejándome sola con el recuerdo de mi abuela. Cuando cerró la puerta recordé unas palabras de la carta: "Uno significa sí, dos o más no". Tal vez, había sido el espíritu de mi abuela confirmando mis palabras y en lugar de sentir temor, una gran emoción se apoderó de mí. Ella estaba conmigo.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 23 de marzo de 2018

PASOS EN LA NOCHE


   Los apresurados pasos de Lucas rompían el silencio de la noche. Su rostro estaba empapado por las lágrimas y de su labio inferior brotaba un hilillo de sangre escarlata. Su cuerpo entero se encontraba adolorido y maltratado y no estaba seguro de poder encontrar algún lugar en donde refugiarse del frío. No era la primera vez que su padre lo maltrataba, aunque nunca antes había huido después de la puesta del sol.
   Con sus casi nueve años de edad, había aprendido a que era mejor salir a jugar al patio de su casa cuando sus progenitores comenzaban a beber de las botellas de vidrio que él tenía prohibido tocar. Sin embargo, aquella noche hacía demasiado frío y había optado por quedarse dentro de su casa. Ahora, lamentaba haber tomado esa decisión.
   Los recuerdos se arremolinaban en su mente y le causaban una horrible opresión en el pecho. Volvió a ver un vaso de agua resbalando entre sus dedos, escuchó los gritos y el sonido del cristal haciéndose trizas contra el suelo. Sintió el dolor agudo del primer golpe contra su coronilla al que siguieron muchos más. No estaba seguro de cómo había podido escurrirse de las manos que lo sujetaban, pero una vez que encontró el camino hacia la calle había sido fácil escaparse del monstruo que se apoderaba de su padre bajo los efectos del alcohol.
   Sus pasos lo guiaron hasta el cementerio que rodeaba a la pequeña catedral del pueblo. Aunque su familia no era religiosa, la perspectiva de dormir bajo techo esa noche resultaba tentadora. Se armó de valor y pasó corriendo entre las tumbas. Ya era bastante grande como para creer en fantasmas, pero la idea de un montón de cuerpos pudriéndose bajo la tierra lo espantaba.
   Rompió a llorar desconsoladamente al encontrar cerradas con cadenas las puertas de la casa de Dios. Las golpeó en vano durante muchísimo tiempo y finalmente se quedó dormido, hecho un ovillo en las escaleras de piedra de la iglesia. Cayó en un profundo sueño del que nunca volvería a despertar.
 Los vecinos aseguran, que por las noches frías, aún se escuchan sus lamentos.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

Relato seleccionado para una antología de cuentos, que será publicada próximamente en Ediciones Public&Arte, TsEdi, Teleservicios Editoriales, S.L., de Madrid.

viernes, 2 de marzo de 2018

LA PRISIÓN DE LAS SOMBRAS


   Los tenues rayos de la luna eran la única fuente de luz. Daiana temblaba de frío y de miedo, aferrándose con los dedos temblorosos y entumecidos a los barrotes helados de aquel lugar que, posiblemente, se había convertido en su tumba.
   Daiana bajó la mirada. Había por lo menos cien metros hasta las olas negras de un tormentoso mar que rompían contra las rocas que formaban la base de la prisión en donde había despertado.
   Si tan sólo los barrotes no hubiesen estado tan juntos podría haberse deslizado entre ellos dejándose caer. Imaginó por un instante su cuerpo destrozado tras el impacto contra las irregulares rocas. Era una imagen perturbadora y posiblemente volver a morir no sería la solución para escapar de la muerte   Se dejó caer lentamente, apoyando su espalda contra la húmeda pared y abrazó sus piernas. Sintió como las lágrimas se le congelaban en las mejillas. Nunca en su vida había experimentado tanto frío.
   Mientras más intentaba evadir sus recuerdos, éstos se hacían cada vez más nítidos y se le imponían con fuerza, desterrando cualquier otro pensamiento de su mente. Aunque el intento de quitarse la vida para evadir sus problemas podría considerarse un acto completamente cobarde había necesitado armarse de mucho valor para animarse a hacerlo.
   Daiana había pasado sus doce años de vida deseando pasar inadvertida y de ese modo evitar los acosos y la crueldad de sus compañeros y al mismo tiempo había sido presa del profundo deseo de poder captar su atención e incluso de sentirse querida. Lo hubiera dado todo por ser aceptada y por convertirse así en juez en lugar de en víctima.
   Quizá si hubiera sido hermosa o por lo menos un poco más inteligente las cosas hubieran resultado diferentes para ella. Quizá si alguien la hubiera observado llegar a su casa llorando por enésima vez con el rostro empapado, quizá no se hubiera encerrado en el baño durante horas buscando la forma menos dolorosa para ponerle fin a todo. Quizá no hubiera tomado demasiadas pastillas para dormir con la vana esperanza de desaparecer para siempre.  
   Un lamento a lo lejos la sacó de aquella pesadilla que estaba recordando. El frío quemaba su piel y penetraba su cuerpo como miles de agujas de hielo. Ya no sentía el tacto en los dedos de los pies ni de las manos y cuando se movía dolorosos calambres en sus miembros le hacían volver a paralizarse. Aunque el frío era terrible, peores eran los recuerdos que volvían a su mente una y otra vez.
   La puerta se abrió con un chirrido dejando entrar a un extraño ser envuelto en una capa de humo negro. Asumiendo que sólo podía tratarse de la muerte misma, Daiana sintió como la tristeza y la desolación arrancaban de su pecho cualquier dejo de esperanza. Observó como la criatura levitaba hacia donde ella se encontraba hecha un ovillo en el suelo. Estaba cada vez más cerca. Aquel ser que no tenía facciones se acercó muy despacio a su aterrado rostro y unió el sitio en donde podría haber tenido los labios con los de ella.
   La capa del color de la noche pareció devolverle la visión. En el suelo una humana que le parecía vagamente familiar ya no respiraba y sus ojos estaban fijos en el techo. "Bienvenida" murmuraron las voces de sus nuevas hermanas dentro de su cabeza. De su interior emanaba frío, pero era una sensación agradable. No había nada por lo que preocuparse. Podía sentir el miedo cerca, la tristeza de cientos de personas que estaban allí sólo para alimentarla a ella y a sus hermanas parcas.
   Se deslizó a gran velocidad por los pasillos. Desde el interior de las celdas se filtraban hilillos de vitalidad. La inteligencia colectiva a la que pertenecía ahora estaba conformada por millones de almas que a su vez era una sola, superior y omnipresente. Era la vida y la muerte al mismo tiempo. El presente y el futuro coexistían en su ser y hacían que se sintiera completamente plena.  
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 23 de febrero de 2018

LA LUZ DE LA RAZÓN


    Cerró sus ojos mientras el agua helada caía sobre él trayendo consigo la dura realidad. Apoyó todo su peso sobre la pala que se hundió en la tierra húmeda y no pudo evitar que una lágrima rebelde se uniera con las cientos de gotas que caían desde el firmamento. Sintió que el cielo también lloraba como si estuviese acompañándolo.
   Una vez que el pozo fue lo suficientemente profundo, arrojó en su interior todo aquello en lo que creía firmemente y que al mismo tiempo consistía en lo que podría llevarlo a la tumba. Quizás, bajo tierra sus sueños sufrirían la misma suerte que ardiendo en las llamas de la hoguera, aun así una parte suya aún conservaba las esperanzas de que alguna vez volvería a buscarlos.
   Despedirse de los libros en los que había estado trabajando toda la vida, le hacía sentir un gran vacío en el pecho y a la vez no era más que un pequeño anticipo de lo que sentiría en breve, cuando tuviera que abandonar a su familia. No tenía opción. Si quería vivir tendría que huir y si quería que ellos vivieran no podía obligarlos a acompañarlo en un viaje sin destino en medio de un invierno implacable.
   Aún no sabía cómo iba a decirle a Magdalena que no estaría cuando llegara al mundo su pequeño, que no podría enseñarle a leer a su hijo mayor y que quizás pasarían años hasta que pudiera volver a estrecharla entre sus brazos. Había estado posponiendo el momento de su partida con la vana esperanza de poder ver nacer a su segundo hijo, pero, la llegada de la inquisición era inminente. Ya había visto la barbarie de los supuestos servidores de Dios que quemaban a los pensadores junto con sus obras.
   Le rogó a Dios en silencio que lo ayudase en su camino, que cuidase a su familia y que el trozo de cuero con el que había cubierto sus escritos fuese protección suficiente para que perduraran en el tiempo resguardados debajo de la tierra. Pensó metafóricamente que estaba sembrando una semilla con la potencia de germinar si alguna vez alguien la encontraba.
   Viviera uno o cien años más, su vida no era más que un pequeño instante en la eternidad del universo, pero, quizás si lograba preservar aquel pequeño fragmento de la verdad que había visto, entonces esta se transmitiría a lo largo de generaciones, perfeccionándose poco a poco. Había presenciado en más de una ocasión las atrocidades de las que era capaz la humanidad y aun así decidía creer en lo bello que podía llegar a ser el mundo.
   Él estaba convencido de que todos tenían el derecho de aprender, de adquirir la capacidad de pensar por sí mismos y de obtener conocimientos que los llevarían a acercarse a la verdad universal. Le costaba entender por qué la razón y el entendimiento eran etiquetados como herejías. Casi no podía recordar aquellos momentos en donde su tierra había sido un lugar pacífico. Ahora, dos bandos que luchaban bajo el estandarte del mismo Dios habían arrasado pueblos enteros y perseguían a todos aquellos pensadores que intentaran traer un poco de luz entre tanta oscuridad.
   Se aseguró de que el suelo bajo sus pies pareciera regular y a continuación realizó una pequeña marca con su daga en un árbol cercano. Había enterrado en diferentes puntos del bosque casi toda su obra. No era el mejor destino que podía imaginar para sus libros, mas, sin dudas era mejor suerte para ellos que caer en manos de la santa inquisición.
   Estaba anocheciendo y era mejor que regresara a su casa antes de que Magdalena se preocupase. En aquellos días, cuando uno se despedía de alguien querido no existía la certeza de volver a encontrarse.
   Se detuvo al llegar a los límites del bosque. Algo no estaba bien. A lo lejos se escuchaba el trote de una decena de caballos. Un escalofrío recorrió su cuerpo como si estuviese escuchando a los jinetes del Apocalipsis.
   Permaneció inmóvil aferrando su pala y observando la escena detrás de un alto roble. Parecía estar inmerso en una pesadilla de la que no podía despertar. Una parte suya se negaba a creer que aquello sucediera, pero, su parte racional estaba preparada para lo peor. Sabía que debía huir hacia el oeste. Allí, a nadie le importaría su nombre. Consideraba que la mejor forma de transmitir ideas era ser maestro en lugar de mártir.
   Se convenció a si mismo de que Magdalena estaría más segura si él no regresaba. Su madre la ayudaría durante el parto. Además, habían ocultado dinero suficiente para que no pasasen hambre.
  Rezó inmóvil durante lo que le pareció una eternidad. Hacía tiempo que había dejado de llover. De la tierra húmeda comenzó a surgir una densa neblina que fue ascendiendo por los árboles y lo envolvió como un manto blanco que lo hizo sentirse seguro y protegido para continuar su viaje. 
   Pensó que tenía que alejarse lo más pronto posible y por un momento por su mente cruzó la idea de que podría perderse en el bosque o caminar en círculos. Aunque era una perspectiva mejor que ser víctima de los inquisidores, temió por su vida. Como si se tratase de una señal de aliento y esperanza, la luz de la luna se abrió paso entre la niebla para guiarlo en su camino. Sintió que tenía la misión de llevar la luz de la razón a otros hombres y mujeres para que al igual que él pudiesen ver el camino para salir de la oscuridad.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 16 de febrero de 2018

LA DAMA DE BLANCO (Colección EL PERIODISTA)


   El bar estaba casi lleno y el sonido de la música convertía las conversaciones en meros murmullos. Matías tardó algunos minutos en encontrar a Rodrigo con la mirada. El regordete fotógrafo se había levantado de su asiento y lo saludaba con la mano en alto.
   Sonrió y se dirigió a la mesa donde estaban sus  tres compañeros. Al igual que él también habían estado trabajando como pasantes. De una veintena de estudiantes y jóvenes recién recibidos, ellos cuatro eran los únicos que habían sido efectivizados como periodistas o fotógrafos. El resto, no había tenido tanta suerte y habían perdido sus empleos.
   En ese momento a Matías no le preocupaba demasiado la suerte de los demás. Estaba muy feliz por sus logros. Consideraba que si ellos cuatro habían sido seleccionados era porque realmente tenían que ser en cierta forma mejores que el resto. No es que fuese arrogante o presumido, pero se había esforzado mucho en buscar noticias en los sitios a los que lo enviaban. Había encontrado o por lo menos sembrado los hechos sobre los que necesitaba escribir. Sus crónicas, respaldadas por las fotografías de Rodrigo, rozaban lo fantástico y se habían convertido en un éxito. Incluso, su jefa les había permitido llevar su propia columna sobre fenómenos inusuales. Partiría en un par de días junto a Rodrigo a cubrir notas cerca de las Cataratas y esperaba que contaran con la misma suerte que habían tenido hasta ahora.
   Se sentó junto al fotógrafo y saludó a Gastón y a Florencia quienes estaban del otro lado de la mesa. Ahora que los cuatro tenían un trabajo estable, Gastón había dejado de presentar una amenaza para Matías y la relación entre ellos se había tornado mucho más distendida.
   Hacía sólo un mes Gastón había sido asignado como cronista a la costa mientras que el destino de Matías fue un pueblo olvidado en medio de la Cordillera. Todo el mundo sabe que para la prensa, es mucho más rentable la playa que las montañas. Si no hubiese sido por que Matías tuvo la fortuna de toparse con el Compallhue, aquel extraño monstruo del volcán, quizás en lugar de estar celebrando en aquel bar de Recoleta, estaría intentando conseguir un nuevo empleo.
   Una camarera pelirroja por elección les preguntó qué iban a pedir y optaron por  una jarra de cerveza para compartir. Los precios eran bastante altos, pero ahora que tenía la seguridad de un sueldo fijo, decidió que podría permitirse algunos lujos de vez en cuando.
  Matías le regaló una sonrisa a la camarera. Ella, ignorando sus intentos de coqueteo, le lanzó una mirada seductora a Gastón y se perdió de vista en medio de un montón de gente que se movía guiada por la música.
   Pasaron la siguiente hora conversando de nimiedades y compartiendo algunos tragos. En un momento de la noche, Rodrigo sacó su cámara digital para enseñarles una imagen que había capturado. En la pantalla se podía observar una fotografía que había tomado poco antes de entrar al bar. Se apreciaba en sepia la silueta de una joven de pie frente al antiguo cementerio. Florencia, quien tenía el ojo entrenado en ese arte, le hizo algunos cumplidos por el juego de luces y sombras. Rodrigo intentó convencerlos de que se trataba de la mismísima Dama de Blanco, pero todos terminaron riendo, incluso él.
   Aunque la fotografía de Rodrigo había despertado más risas que miedo, Matías no pudo evitar sobresaltarse cuando alguien apoyó la mano sobre su hombro. Giró sobre el asiento y su mirada se encontró con los castaños y encantadores ojos de una chica. Era preciosa. Tenía un cabello rubio y largo que hacía que pareciese una sirena recién salida del agua. Le sonreía con unos labios rosados en forma de corazón.
    Antes de que Matías pudiese reaccionar, la joven habló con una voz dulce y tímida.
   —Disculpen. No pude evitar escuchar su conversación. ¿Son periodistas?
   Todos en la mesa repararon en ella. Un leve rubor cubrió sus pálidas mejillas y retiró su mano del hombro de Matías. Él se apresuró a responder antes que los demás, pues era consciente de que cuando de chicas se trataba, no podía competir con Gastón quien tenía cuerpo de atleta y rostro de galán de telenovela.
   —No, quiero decir sí. Gastón y yo somos periodistas, mientras que Florencia y Rodrigo son fotógrafos.
   Sintió como sus palabras salían algo torpes de sus labios. Parecía haber pasado una eternidad desde la última vez que había hablado con una chica guapa. El último año había estado tan compenetrado en conseguir efectivizar su puesto que aquella noche era la primera vez que salía en mucho tiempo.
   —¡Qué interesante! Nunca había conocido a nadie que trabajase en los medios. No quiero parecer metida, pero escuché que estaban hablando sobre la Dama de Blanco. Soy de la zona y escuché varias historias que circulan sobre ella y  el cementerio. Si quieren puedo contarles, mientras espero a que me devuelvan a mi amiga —dijo señalando con la mirada a una pareja que se besaba con pasión en un rincón apartado.
   —Sería genial. Sentate si querés. Te invito un trago. Soy Matías, por cierto —se apresuró a añadir el joven periodista tomando una silla de la mesa contigua para que ella se sentase.
   —Gracias, Matías. Me dicen Ru —. Mientras tomaba asiento le dedicó una sonrisa capaz de derretir glaciares enteros.
   El joven se sentía en la gloria por haber monopolizado la atención de Ru. Ella realmente conocía bien la historia de la Dama de Blanco y aunque sólo parecía estar interesada en hablar con Matías, todos escucharon sus relatos.
   Ru contó diferentes versiones de la leyenda que había circulado durante siglos en torno a la misteriosa dama, pero todas ellas concluían más o menos de la misma manera. Una preciosa joven vestida de blanco se acerca a un joven solitario con quien pasa la noche bailando y tomando algunos tragos. El galán le ofrece su abrigo para que no tenga frío. Luego, la acompaña hasta su casa y ella promete devolverle el saco al día siguiente. Cuando el enamorado vuelve a la casa de la joven, la madre de ella le explica que su hija falleció hace tiempo y que está enterrada en el cementerio, en la bóveda familiar. El joven corre al panteón desesperado y allí encuentra colgado su saco.
   —Está buenísimo todo lo que nos contaste — dijo Matías mirando a Ru con fascinación —. Después dejame tu número por si necesito repasar algún detalle de la Dama de Blanco cuando esté escribiendo la nota.
   —Dale, después te lo doy. ¿No me pedís un fernet mientras voy al baño? —. Antes de levantarse de su asiento, Ru recorrió sensualmente la pierna de Matías con la yema de los dedos.
   El joven asintió intentando disimular la sorpresa. La observó alejarse durante algunos segundos. Su largo cabello llegaba casi hasta sus caderas y se agitaba a cada paso que daba.
   Matías estaba seguro que aquella caricia había sido una insinuación y no pensaba desaprovechar la oportunidad. Después de lo que consideró el tiempo suficiente, se levantó con la excusa de ir a la barra e ignorando los comentarios irónicos de Rodrigo, se dirigió hacia la puerta del baño de mujeres. Esperó allí algunos minutos, en los que varias chicas entraban y salían, pero no había ninguna señal de Ru.
   El periodista estaba debatiéndose internamente sobre si debía llamar o no a la joven en voz alta, pues habiendo tanta gente allí, había descartado la idea de entrar. Por fortuna, en ese momento distinguió a la amiga de Ru, la que había estado en plan romántico en la esquina del bar casi toda la noche, saliendo del baño.
   —Hola. ¿Le podrías decir a Ru que la estoy esperando? —le pidió Matías, intentando no sonar muy desesperado.
   —¿A quién? —. Ella alzó una ceja.
   —A la chica que vino con vos. La rubia con pelo largo —. Aclaró intuyendo que “Ru” no podía ser un nombre de verdad.
   La joven lo observó perpleja por una fracción de segundo antes de hablar.
   —No sé de qué hablás, flaco. Yo vine con mi novio —. Se fue caminando rápido aunque miró hacia atrás para comprobar que él no la siguiese.
   Matías regresó a la mesa en donde estaban bebiendo sus compañeros y se dejó caer decepcionado en su asiento.
   —¿Qué pasó? —preguntó Florencia intuyendo que algo no había ido bien.
   —No sé, no estaba —agregó con sequedad Matías, olvidando por completo la tonta excusa que había dado. No tenía sentido insistir en la mentira de haber ido a la barra.
   Se sintió cansado de repente y sin ganas de hablar acerca de cómo lo habían dejado plantado. Le dejó a Rodrigo dinero para que pagara lo que él y Ru habían consumido. Saludó desganadamente a los demás y salió hacia el fresco aire nocturno.
   Pensó que lo más conveniente a esa hora sería llamar un Uber, por lo que llevó la mano al bolsillo de su campera para buscar su celular. No estaba allí. Maldijo por lo bajo preguntándose para qué necesitaría una fantasma un celular en el más allá.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...