viernes, 27 de marzo de 2020

Capítulo 25: SOMBRA EN LA NOCHE

Una noche cuando salí del trabajo y luego de despedirme de Mélody comencé a tener un presentimiento muy extraño, como si alguien me estuviera siguiendo. Miré hacia atrás, pero no vi a nadie. Aceleré el paso asustada. No sabía qué era lo que me seguía, pero tenía que llegar a mi casa pronto. Sentía que algo iba mal y no me equivocaba.
Al doblar por la esquina de mi casa sentí que me jalaban del cabello. Intenté escapar, pero fue en vano. Un hombre del tamaño de una mole me arrojó contra la pared de una vivienda y me tomó del cuello. No podía respirar. Comenzó a increparme en sus ojos podía ver el color del odio:
—Creías que ibas a poder escaparte, perra. Así me pagas todo lo que hice por vos. No te olvides que fui yo quien te sacó de ese antro y te colocó en la cima. Por apiadarte de esas prostitutas amigas tuyas todos cayeron. Me costó encontrarte, pero sabía que no estabas muerta como dijeron esas zorras antes de que las mate —soltó una risa amarga—. Al final también te traicionaron. Me dijeron que te golpearon en la cabeza y te tiraron a una zanja. Vine a recuperar lo que es mío.
Me soltó el cuello, pero me tapó la boca para que no pueda gritar. Me levantó del suelo como si no pesara nada y comenzó a arrastrarme algunos metros. Pensé que todo estaba perdido. Imaginé que regresaría a mis peores pesadillas.
Escuché un golpe sordo y nos derrumbamos. Sentí todo el peso de aquel corpulento y repulsivo ser caer sobre mí. Me quedé sin aire unos momentos, pero logré liberarme con ayuda de Miguel que había aparecido como un ángel para salvarme.
Comencé a gritar debido al terror que sentía y a la histeria contenida. Me abracé a Miguel llorando desconsoladamente. No entendía cómo había llegado hasta allí en ese preciso momento.
—Fue muy extraño, Julia me advirtió que estabas en peligro y vine a buscarte.
No me resultaba extraño lo que había dicho. Después de todo, a mí me pareció haberla visto en su ventana en cierta ocasión. Él tenía una roca ensangrentada aún en la mano cuando lo solté.
—¿Estará muerto? —pregunté temblando.
Miguel estaba pálido como un fantasma. Se puso en cuclillas y le tomó el pulso a aquel hombre que estaba desangrándose en el suelo.
—Aún vive. Llamemos a la policía.
Llamé temblando al 911 para pedir ayuda. Al mismo tiempo, noté que varios vecinos se estaban asomando por las ventanas de sus casas. Es curioso cómo la desgracia atrae a las personas como aves de rapiña sobre una criatura a punto de morir.
Un patrullero no tardó en llegar y poco después se hizo presente una ambulancia.
—No te preocupes Leda. No te va a poder lastimar más —me dijo uno de los policías al pasar a mi lado.
Nos llevaron a declarar a la comisaría. Yo aún no había conseguido calmarme por lo que fue Miguel quien habló primero. Dijo que había ido a buscarme para darme una sorpresa a la salida del trabajo cuando vio que ese hombre estaba intentando atacarme sexualmente y lo golpeó con una roca que encontró en el pavimento. Yo no lo negué. Estaba muy confundida.
Ese evento había revelado información sobre un pasado que yo prefería negar. Quizás alguna vez, hubiese estado involucrada de alguna manera con la red, pero la vida que llevaba ahora estaba lejos de eso. Había construido un mundo ideal y no iba a permitir que los destellos de mi mundo anterior me lo arrebaten. Cada uno se construye a sí mismo a partir de decisiones que va tomando y si mis elecciones no habían resultado ser las mejores, prefería no saberlo. El peso de haber destruido vidas enteras era como una roca que no quería cargar en mi cuello. Era mejor olvidar. Comenzar de cero, como si nada hubiese sucedido.
Una llamada telefónica de la comisaría reveló que mi atacante había fallecido asfixiado en el hospital. No puedo negar que me sentí aliviada. El policía tenía razón con sus palabras. Aquel hombre ya no me molestaría. Me pregunté cómo podía ser que el oficial conociera mi nombre y lo que sucedería después, pero algunas veces es mejor ignorar las respuestas, porque la verdad es lo único que podría destruirme. Decidí que no dejaría salir los monstruos que habitan en mí. 
ALEJANDRA ABRAHAM    

viernes, 20 de marzo de 2020

Capítulo 24: RENUNCIA

Algunas veces la curiosidad es más fuerte que la prudencia y la sabiduría juntas.
Mi vida iba mejor que nunca. No tenía ninguna necesidad real de escarbar en mi pasado o en las confusas pistas que había recolectado tiempo atrás con la hipnosis. Aún así, desafiando la voz de mi conciencia que me rogaba no hacerlo, comencé a preguntarme por qué el modelo al que yo había creído conocer como mi Ian había sido tema recurrente en mis visiones.
Explorando en Internet, descubrí que realmente se llamaba Ian y se apellidaba Cruz. Era un modelo y cantante de Pop en ascenso, popular entre las preadolescentes. Él había forjado una importante fortuna a pesar de que no hacía sus propias canciones. Aunque en sus temas se lo mostraba sumamente seductor o con el corazón roto, llevaba siete años casado con su representante, un hombre atractivo que lo doblaba en edad.
Eran los padres de dos niños pequeños y aunque se mencionaba en numerosas entrevistas que habían alquilado vientres legalmente, no figuraba ningún dato sobre las mujeres que los habían dado a luz o de quienes eran las donantes de los óvulos.
Por un momento, barajé la fantasiosa posibilidad de que fueran mis hijos y de ir a conocerlos, pero luego de ver las imágenes de la mansión de Ian y su pareja me di cuenta de lo absurda y egoísta que resultaba esa idea. Ellos tenían papeles legales y eran completamente felices. Además, las imágenes de mis recuerdos inventados no coincidían con esa realidad.
Entendí que seguramente jamás había conocido a los niños que di a luz. Los niños que tanto amaba nunca habían estado con migo. No había sido más que una matriz. Quizás los monstruos a los que había dado forma de seres de luz en mi imaginación reflejaban los monstruos reales que lucraban con vidas humanas.
Me preguntaba si habría sido una víctima o había alquilado mi cuerpo para gestar a los hijos de otros. Fuera como fuera, aquella que había sido había quedado atrapada dentro de los confines de un laberinto psíquico y deseaba con todas mis fuerzas que no regresara jamás.
Quizá, yo los había parido, quizá no. Pero lo que sí era evidente era que sus padres eran ellos y yo no era más que una completa extraña en sus vidas. A aquellos niños no les faltaba nada económicamente hablando y las fotografías en Internet revelaban lo felices que eran con unos padres que los amaban profundamente. Pensé que si ellos no eran mis hijos, los míos debían haber tenido una suerte semejante, puesto que suponía que la compra de bebés requería de un gran sustento económico. El alquiler de vientres era un negocio millonario ya fuese legal o no.
Yo deseaba lo mejor para ellos y si realmente eran mis hijos, prefería que crecieran con lujos que yo jamás podría darles con mi sueldo de camarera. Además, si me equivocaba y ellos no eran de mi sangre, quedaría confirmado que había perdido la cordura y podría ponerse en peligro el seguir manteniendo la tenencia de Ariana. En ese momento, ella y Miguel llenaban por completo mi vida.
Por otro lado, resultaba evidente que Ian jamás había sido mi pareja y era probable que sus hijos en realidad no fuesen míos. Posiblemente, hubiera incorporado esas imágenes ya que se trataba de una figura famosa del espectáculo y a partir de allí había construido mis recuerdos falsos. Dos hijos por mis dos cesáreas y un rostro hermoso como mi pareja.
Tomé la decisión de no hablar sobre los niños jamás con nadie, aunque no pude evitar recopilar información sobre sus vidas en las redes sociales y en los medios de comunicación. Era mi forma de saber que estaban bien sin tener que involucrarme realmente en sus vidas. Nunca supe si realmente los había dado a luz, pero al renunciar a averiguarlo, hice lo que consideré correcto.
Me pregunté si me habrían obligado a gestar los bebés de otros o si era yo quien había tomado esa decisión alquilando mi vientre dentro de una organización. Lo cierto, es que no recordaba nada de mi vida pasada. No sabía quién había sido durante esos diez años. Y si yo hubiera hecho algo malo durante aquel lapso de tiempo, ¿significaría que hora también era una mala persona?

viernes, 13 de marzo de 2020

Capítulo 23: UNIDOS

Miguel me había presentado a su hermano y a su cuñada con los que había congeniado muy bien. Ellos habían incorporado como efectivo a Miguel en su negocio de lavado de autos y parecían felices de verlo rehacer su vida conmigo. Los padres de Miguel vivían desde hacía algunos años en el extranjero y sólo había intercambiado algunas palabras con ellos por teléfono. Si la situación económica mejoraba era posible que vinieran de vacaciones el próximo verano.
Cuando junté el valor suficiente para contarle a mi madre que estaba de novia con él, ella se puso muy feliz por mí. Obviamente evité mencionar que estaba siendo tratado por ver a los fantasmas de su esposa y de su hija. No porque me avergonzara de aquello o algo así, sino porque no quería que lo juzgaran sin haberle dado siquiera una oportunidad primero para conocerlo.
Sucedió una noche de lunes, lo recuerdo bien porque era mi único día libre en el trabajo. Mi madre había preparado carne al horno con papas. Miguel tocó el timbre con la ropa empapada por la lluvia. Traía consigo una torta que él mismo había elaborado.
Lo saludé con un fugaz beso en los labios y le presenté a Ariana a quien llevaba alzada en los brazos. Ella tomó su dedo con una de sus pequeñas manos y sentí que me moría de ternura.
—Es muy hermosa. Se parece mucho a tí —comentó con cortesía ingresando al salón.
—Muchas gracias. Vamos a la cocina que ya está lista la cena.
Miguel me siguió hasta donde se encontraban mi madre y mi hermano menor. Los presenté sintiendo cierta emoción y nerviosismo al mismo tiempo. Las personas más importantes de mi vida estaban juntas en esa habitación. Esperaba que se llevasen bien y que aceptaran a mi pareja como parte de la familia.
—¡Qué bueno, una torta! —exclamó mi regordete hermano y todos reímos ante su expresión.
Mientras comíamos mi madre interrogó a Miguel sobre cada detalle de su vida. Él le contó sobre el accidente y sobre su familia, pero por fortuna evitó mencionar los temas que yo consideraba delicados. Aquellos que podrían poner un filtro de desconfianza en los ojos de mi madre.
Se mostraba agradable y seguro de sí mismo. Hablaba con una confianza que nunca antes había demostrado tener. A los ojos de cualquiera parecía el hombre perfecto. Había sabido ganarse a mi familia en tan sólo una noche y yo me sentía completamente feliz de que así hubiera sido.
Con el correr del tiempo, los medios de comunicación y la gente habían dejado de pensar en el caso de los prostíbulos, pues nuevas noticias se habían impuesto en la agenda pública. Sin tener nada que me recuerde todo el tiempo mi pasado olvidado y con mi vida yendo viento en popa, las pesadillas habían desaparecido por completo. Si mi vida fuese una historia de esas que tienen finales felices bien podría haber terminado ahí, pero la vida real difícilmente acaba como uno desea.

viernes, 6 de marzo de 2020

Capítulo 22: PALABRAS

Había deseado tanto convertirme en una persona normal que había acabado por creerme el papel que deseaba interpretar. Tenía amigos, un trabajo, una pareja, no era la mejor madre del mundo, pero lo hacía lo mejor que podía. En los últimos meses sentía que todo marchaba bien. Sólo la verdad hubiera podido derrumbarme, porque no hay nada más duro que la verdad.
Miguel me había confesado que el fantasma de Julia, su esposa lo seguía visitando, pero que le había dado su visto bueno para que rehiciera su vida conmigo. Ella quería verlo feliz. Debo reconocer que aunque el misterio que envuelve a la muerte siempre resulta inquietante, me alegraba por lo menos saber que Julia y yo concordábamos en desear la felicidad de Miguel. Aún así, una parte de mí sentía como si su corazón estuviese dividido en dos. Nunca iba a ser completamente mío.
La primera vez que me dijo que me amaba, estábamos en aquel banco avejentado de la plaza en donde nos habíamos encontrado demasiado tiempo atrás. Él tenía apoyada su cabeza sobre mi regazo mientras yo le acariciaba el cabello.
—Te amo —exclamó de repente y sin previo aviso.
—Yo también te amo.
Se incorporó y me dio un tierno beso en los labios. Nos quedamos abrazados hasta la hora en la que yo debía regresar a casa para recibir a Ariana y estar un tiempo con ella antes de partir hacia el trabajo.
Es extraño el poder que tienen las palabras. Pueden destruir por completo o levantar a una persona. Le dan significado a nuestras vidas y le dan un nombre a todas las cosas.
Las palabras de Miguel al decirme que me amaba me hicieron sentir una sensación de plenitud que ninguna otra frase me había hecho sentir jamás y a la que sólo podría equipararse la primera palabra que pronunció Ariana.
Ya hacía algunos días que mi hija se impulsaba y gateaba por toda la casa. Dormida era más hermosa que un hada de cuentos, más tranquila que una flor en primavera, pero despierta era un torbellino imparable, hermosa como una tormenta de verano.
Yo la observaba arrastrarse con la panza sobre el piso de madera de la sala cuando me miró muy seria y me dijo:
—Mamá.
Corrí hasta donde se encontraba y la abracé muy fuerte. Esa era la primera de las muchas palabras que aprendería a decir. Ella comenzó a reír y yo me uní a su risa. La besé en la frente como sólo una madre sabe hacerlo compartiendo ese mágico momento solas las dos.
Un pensamiento oscuro atravesó mi mente de repente, porque así era mi vida, estaba llena de algunos momentos dulces y de otros amargos. Pensé en las cesáreas, en mis recuerdos falsos y pensé en mis hijos. Esperaba que si era verdad que habían nacido que por lo menos, hubiesen podido tener la oportunidad de vivir con una familia que los ame así como yo amaba a Ariana. Esperaba que donde fuera que estuvieran se encontrasen bien y que no les faltara nada, pero yo había aprendido que no era lo mismo desear algo y que aquello que deseaba fuese real.  

viernes, 28 de febrero de 2020

Capítulo 21: COMO POR PRIMERA VEZ

Cuando llegué al edificio en donde vivía Miguel le envié un mensaje diciéndole que me encontraba en su puerta. Tenía miedo de que volviera a rechazarme. Estaba muy nerviosa. Esperaba que esa cita resultase mejor que la anterior.
Me había maquillado tratando de imitar la forma en la que se pintaba Mélody, puesto que sentía que ella irradiaba cierto halo de sensualidad que yo no podía alcanzar. Quería gustarle a Miguel. Quería conquistarlo que me desee y que me ame.
El tiempo que habíamos estado alejados sirvió para que me diese cuenta de lo mucho que me gustaba. Además, echaba de menos nuestras charlas y caminar a su lado las tardes en las que asistíamos a terapia.
Cuando abrió la puerta sentí que se me cortaba la respiración. Llevaba una camisa casual y unos jeans gastados. Estaba muy guapo.
Se acercó a mí y me dio un cálido beso en la mejilla. Luego subimos a su apartamento. Mientras estábamos en el ascensor, ninguno de los dos dijo nada, pero algunas veces no se necesitan palabras para decirle algo a otra persona. Me miraba como pidiéndome disculpas, estaba arrepentido y me miraba directamente a los ojos como queriendo comunicarse con mi alma. Nunca nadie me había mirado así, como si yo significase algo.
Cuando abrió la puerta me envolvió un dulce aroma a vainilla. En la mesita ratona había dos platos de cerámica con una porción de torta cada uno. En el centro reposaba una tetera con unas tazas y una azucarera a juego.
—Huele delicioso. ¿Tú cocinaste? —pregunté con curiosidad.
—Sí. Gracias. Esperemos que también sepa bien. Ven —dijo mientras me tomaba de la mano para guiarme al sofá. El contacto con su piel provocó un hormigueo que me recorrió todo el cuerpo.
Nos sentamos uno junto al otro. Estábamos muy cerca, tanto que podía sentir su calor.
—¿Quieres un poco de té? —preguntó mientras servía agua humeante en su taza.
—Gracias —asentí.
—¿Azúcar?
—Así está bien.
El bizcochuelo estaba delicioso y así se lo hice saber a Miguel quien agradeció el cumplido regalándome la más hermosa de las sonrisas. No podía creer que aquello fuese real y esperaba realmente que así lo fuera.
Conversamos bastante sobre nuestros respectivos empleos y yo le hablé sobre mi hija quien estaba cada vez más grande.
—Quería pedirte perdón por no haberte hablado antes —soltó Miguel sin más, en medio de la conversación.
—Descuida. Estuviste ocupado. Lo entiendo.
—No es eso, pero entendí que no puedo pasar toda mi vida mirando hacia atrás en el tiempo. Por más bello que haya sido el pasado.
Miguel parecía apenado y tenía la mirada fija en su regazo. Entonces no sé de dónde saqué en valor para hacerlo, pero me acerqué a él y lo besé en la mejilla, muy cerca de sus labios. Miguel levantó su mirada y sus ojos color miel se encontraron con los míos. Busqué su boca y sentí una sensación embriagadora recorrer mi cuerpo cuando nuestros labios se encontraron y se unieron en un apasionado beso.
Me abrazó fuerte y me atrajo hacia su cuerpo cálido. Lo envolví con mis brazos sin romper aquel mágico beso y me acerqué hasta quedar sentada sobre su regazo. Mi corazón latía a toda velocidad. Nunca antes me había sentido así.
Me separé apenas y aún sintiendo su aliento sobre mi boca dije con timidez:
—Yo no recuerdo haber estado con nadie de esta manera.
Me dio un tierno y rápido beso mordiendo con ternura mi labio inferior y me habló en voz muy baja y grave rozando el lóbulo de mi oído:
—No tenemos que hacer nada que tú no quieras.
Estaba malinterpretando mis palabras. Yo no quería que él se detuviera, sólo había sentido la necesidad de justificar mi inexperiencia. Tenía miedo de no ser lo bastante hábil en cuestiones del amor como para lograr que él me quisiera.
—Me gustaría continuar. Te deseo — le confesé con las mejillas sonrojadas.
Comenzó a desabrocharme la camisa con cierta destreza. Yo no me sentía cómoda con mi cuerpo tenía cicatrices en el vientre producto de mis embarazos y aún conservaba algunos cortes en los brazos cortesía de las pesadillas. Aún así dejé de lado el pudor y permití que sus hábiles manos me fuesen despojando de la ropa.
Lejos de espantarse por mis heridas, Miguel acarició aquellos lugares en los que me había lastimado haciendo que me estremeciera de placer. Casi con torpeza lo fui desvistiendo también a él. Recorrí el contorno de sus músculos con la yema de los dedos y exploré su cuello con los labios.
Sentía sus labios recorriendo mi cuello, mi clavícula y mis hombros y sus manos apreciando mi figura. Enredé mis dedos en su cabello alborotado y no pude evitar soltar un pequeño gemido de placer.
Me poseyó dulce y salvajemente con ternura, con amor y con lujuria. Dejé de pensar y me dejé llevar por la pasión y por lo que dictaba mi corazón. Nuestros cuerpos se enlazaron al igual que nuestras almas consumiéndose en ese frenesí de besos y caricias hasta que terminamos exhaustos y abrazados en el sofá. En ese momento lo hubiera dado todo por él.
Me sentía segura en sus brazos como si no hubiese nada más allá de esa habitación que pudiera hacernos daño. Todo el tormento por el que habíamos pasado ahora no era más que susurro lejano. Él era mío y yo era suya en ese instante donde nada más que nosotros importaba.
Me encontraba recostada sobre su cuerpo desnudo con la cabeza apoyada sobre su pecho mientras él acariciaba mi espalda suavemente como si temiera hacerme daño. Podía sentir los latidos de su corazón bajo mi oído y aquello era más hermoso que la más bella de las poesías. Hubiese deseado congelar ese momento y mantenerlo en mi mente para siempre.  

viernes, 21 de febrero de 2020

Capítulo 20: FUEGO

Me desperté al mediodía sintiendo un gusto amargo dentro de la boca. Parecía que mi cabeza estaba a punto de estallar. Al incorporarme de la cama me bajó la presión, pero no quería ni pensar en comer algo. Tenía el estómago completamente revuelto.
Recordé lo que había hecho la noche anterior y desbloquee enseguida mi teléfono. No tenía mensajes nuevos. Un profundo vacío invadió mi pecho. Al parecer, ya no le interesaba a Miguel en lo más mínimo.
Me lavé muy bien los dientes y luego, tomé un baño que resultó reparador. Más tarde, bajé a la cocina aún envuelta en una toalla. Encendí la televisión, casi por costumbre y me serví un vaso de agua con hielo. No me había dado cuenta de lo sedienta que me encontraba hasta que probé el primer refrescante sorbo.
Me preparé una taza de té verde y me senté en la mesa de la cocina a ver las noticias. Me quedé atónita con lo que una conductora del panel del noticiario estaba narrando.
Un incendio aparentemente premeditado se había desatado durante un motín y había acabado por destruir varias alas de la Prisión Nacional. El fuego se había cobrado las vidas de veintidós personas y muchas otras estaban hospitalizadas. Lo más alarmante había sido que entre las víctimas fatales se encontraban todos los que habían sido detenidos por la causa de los prostíbulos y las maternidades clandestinas. Si bien podría haberse tratado de una venganza, lo más probable era que fuese una forma de silenciar a los involucrados para que no dieran más información a la policía.
Me aterraba pensar que había un mundo clandestino que aún no había sido desenmascarado. Habían ayudado a escapar a los más poderosos con un plan extremadamente eficaz, posiblemente pensado hacía años. Aquellos quienes podían dar información habían sido silenciados con la muerte. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me preguntaba cuánta gente habría implicada y qué tan grande sería la red.
Imaginé a las pobres chicas secuestradas siendo torturadas, violadas y obligadas a parir sólo para quitarles a sus hijos. Lo peor era que si ese negocio funcionaba era porque había gente que lo consumía. Me preguntaba si al comprar un hijo o al cuerpo de una mujer por unos instantes de placer sabían el daño que estaban haciendo.
Era algo completamente aberrante y si yo había estado en una situación como aquella, prefería que esos recuerdos estuvieran encerrados tras un muro de defensa psíquica. Algunas veces, la verdad es demasiado dolorosa y para escapar del dolor la mente tiene que abandonar la realidad.
No me sentía lista para lidiar con mi pasado. Tenía que proyectar mi mirada hacia el futuro o de lo contrario toda esa carga acabaría por destruirme. No importaba tanto quién había sido como quién podía llegar a ser.
El timbre de las notificaciones de mi celular casi me hace saltar de la silla. Mi corazón dio un salto dentro de mi pecho cuando vi su pequeña fotografía en mi pantalla. Me había enviado la respuesta al mensaje que le yo le había escrito después de unas copas de más.
Miguel decía:
¡Qué alegría que hayas encontrado empleo! Estoy muy feliz por ti. Disculpa por no haberte respondido antes. Estuve ayudando a mi hermano con su negocio. Así que parece que yo tampoco estoy desempleado. Es algo provisorio hasta que pueda volver a trabajar en un hospital, pero algo es algo. Mañana es mi día libre. ¿Quieres venir a mi casa a merendar?
A continuación me envió su ubicación, al igual que yo había hecho en mi mensaje del día anterior.
Estaba muy emocionada. Respondí enseguida:
Muy bien. ¿A las tres de la tarde te parece bien?
Miguel se tomó unos segundos para responder y finalmente escribió:
Perfecto. Prepararé algo rico.
Yo le envié un corazón y una carita sonriente y él me respondió con los mismos símbolos.
Estaba muy emocionada. De pronto, todo parecía ir de maravilla en mi vida social. Por fin tenía amigos y podría tener otra oportunidad con Miguel. Además, las pesadillas ya casi no me acosaban por las noches y si lo hacían, ya había aprendido a no dejar que me afectasen. Por otro lado mi hija se ponía cada vez más hermosa y veía a mi madre más feliz que nunca.
Intercambié un montón de mensajes con Mel contándole lo que había pasado y especulando sobre lo que podría llegar a suceder al día siguiente. Esperaba que todo resultase bien esa vez.

viernes, 14 de febrero de 2020

Capítulo 19: LAZOS

Los días pasaban y cada vez me sentía más cerca de Mélody. En poco tiempo nos habíamos vuelto buenas amigas. Usábamos los ratos libres en el trabajo para conversar tanto de nimiedades como de temas un poco más profundos. Era una de las pocas personas con las que sentía que podía ser sincera sin ser juzgada.
Mel tenía veinte años y ese era su primer empleo. Conocía a Gus de casi toda la vida porque él era el mejor amigo de su hermana mayor desde la escuela primaria. Había decidido trabajar con él para ayudarlo en el comienzo de su proyecto y no porque lo necesitara realmente. Por la tarde estudiaba Comunicación Social en la universidad y tenía una relación no formal con un compañero de clases.
La noche de un martes en la que el bar se encontraba vacío nos quedamos conversando sentadas frente a Gus quien estaba del otro lado de la barra. Llovía torrencialmente y se podía escuchar el sonido del granizo repiqueteando contra el techo de chapa. Era poco probable que alguien se aventure a salir con ese temporal.
Gus nos invitó un shot de tequila y se sirvió uno para él.
—Vamos a ponerle un poco de onda, porque hoy la noche está re muerta —dijo Gus al tiempo que se echaba un poco de sal en la mano.
Se llevó la sal a la boca y luego bebió el líquido de un trago para después, colocar una rodaja de limón en su boca. Hizo un gesto de asco que no concordó con sus posteriores palabras:
—Delicioso. Vamos chicas, no sean amargadas.
Mel lo imitó. Yo no estaba segura. Jamás había bebido alcohol, al menos no que yo recordase. Además estaba bastante medicada y no tenía idea si mis píldoras tendrían alguna contra indicación.
—Vamos, no pasa nada. No va a venir nadie con esta lluvia —insistió Mel jugueteando con su vaso vacío.
No quería quedar mal con mis nuevos amigos así que ignoré una voz en mi interior que me advertía que aquello no era una buena idea y repetí el procedimiento que ellos habían hecho. Al tragar sentí que el líquido quemaba mi garganta y agradecí la acidez del limón que contrarrestó el sabor horrible que me había dejado el tequila en la boca. Seguramente mi expresión delató mi inexperiencia con el alcohol, porque mi amiga soltó una risita.
—Entonces, nos has hablado un montón de tu bebé, pero no nos contaste nada sobre el padre o si hay alguien más. Yo ya te conté todo de mi "mejor es nada" y Gus anda más sólo que un perro, pero ¿qué hay de tu vida amorosa? —insistió Mel.
—No estoy solo. Le gusto a muchas mujeres, pero un caballero no tiene memoria —dijo Gus fingiendo sentirse ofendido.
—¡Que mentiroso! —agregó ella en tono burlón.
—Es complicado —respondí sintiendo que los graffitis de las paredes de pronto lucían más borrosos.
—Inténtalo. Soy más lista de lo que aparento.
—De acuerdo —suspiré con resignación. Decidí que podía confiar en ellos. Si bien, no hacía mucho que nos conocíamos, los consideraba buenos amigos—. Honestamente, no tengo idea de quién es el padre de Ariana. Sufrí una especie de amnesia y no recuerdo diez años de mi vida. Que yo recuerde, lo máximo que me acerqué a alguien fue a un amigo que hacía terapia conmigo, pero desde que me ayudó a armar mi currículum no me ha devuelto los mensajes ni lo he vuelto a ver.
Los dos me miraban con asombro. Esperaba no haberme equivocado al haberles confiado algo tan íntimo de mi vida. No tuve el valor para mencionarles que al parecer había pasado esos años secuestrada dentro de un burdel o dando a luz hijos para otros como si fuera una perra de cría.
—Vaya, ¡qué fuerte lo que cuentas, amiga! Entonces, ¿no recuerdas haberte acostado con ningún hombre?
Mélody era muy directa, siempre decía lo que pensaba. Yo me sonrojé y negué con la cabeza. Podría haber sido una prostituta, pero yo no recordaba haber conocido íntimamente a nadie.
—Bueno, no te preocupes —dijo Mel y nos sirvió a los tres otra ronda de tequila.
Gus se tomó el suyo enseguida. Se lo veía un poco incómodo con el rumbo que había tomado la conversación.
—Mencionaste que este chico te había ayudado a armar tu currículum. ¿Es el que le entregaste a Gus? —Mel cambió de tema mientras yo terminaba lo que quedaba de mi bebida.
—Sí —dije casi gritando aunque no había sido mi intención.
Me sentía algo mareada, pero no resultaba desagradable.
—¿Por qué no le envías un mensaje agradeciendo el gesto? Puedes decirle que gracias a él conseguiste empleo. A los hombres les gusta sentirse importantes.
—¿Sabes? Es una idea genial la que has tenido —dije con sinceridad y saqué el celular del bolsillo de mi pantalón—. Le enviaré un mensaje ahora mismo.
—¿Estás segura de eso? —preguntó Gus pasando un trapo húmedo por la barra. No me había dado cuenta en qué momento había ido a buscar uno.
—Estoy segura. Mel es una genia.
—¿De verdad lo crees? Gracias —dijo ella.
Asentí y comencé a escribir:
Hola, espero que estés bien. Hace tiempo que no sé nada de ti. Te quería agradecer porque gracias a ti conseguí empleo de mesera en un bar llamado Caleidoscopio. Es tan genial y psicodélico como el nombre lo indica. Deberías pasar un día, así tomamos algo.
Envié el mensaje y a continuación, compartí la ubicación del lugar.
Esperaba no haberme equivocado al hacerlo. No sabía de dónde había sacado tanto valor. Seguramente el alcohol había tenido algo que ver.
—Bueno, ya está hecho. Ahora queda esperar a que el reaccione. Ya más no puedes hacer —dijo Mélody dándome una palmada en el brazo.
—Escuchen. Ya está parando de llover. Si les parece, cerramos por hoy —dijo Gus y se llevó los vasos para enjuagarlos.
Cuando llegué a mi casa me dolía la cabeza y me sentía embotada. Comenzaba a pensar que quizá no había sido una buena idea haberle enviado a Miguel mensajes de madrugado cuando él ya me había ignorado bastante.
Me metí entre las sábanas de mi cama sin poder dejar de darle vueltas al asunto. Seguramente a esas horas de la madrugada, él se encontraba durmiendo. Si me respondía sería recién a la mañana siguiente. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para poder dejar el celular en la mesita de noche e intentar dormir. Mi mente y mi corazón estaban cansados y aun así, el sueño tardó mucho en aparecer.  

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...