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viernes, 13 de diciembre de 2019

Capítulo 10: HIPERSOMNIA

El tercer viernes de cada mes, asistía a una consulta con mi psiquiatra. No me agradaba demasiado aquel hombre, siempre que iba me recetaba nuevas pastillas que parecían no ayudarme en absoluto, más bien todo lo contrario. Me sentía cansada todo el tiempo. Levantarme de la cama resultaba cada vez más difícil. Lo peor, era que no descansaba bien por culpa de las pesadillas que me acosaban tanto durante la noche como durante el día. Distinguir donde se encontraba el límite entre el sueño y la vigilia era un desafío cada vez más grande para mí.
Estaba segura de que las pastillas nuevas causaban esa confusión en mí. Incluso, había intentado deshacerme de ellas en cierta ocasión, pero mi madre las había encontrado en la basura y había amenazado con internarme en una clínica psiquiátrica si dejaba de tomarlas. Ambas habíamos peleado y terminado por romper a llorar. Yo no quería estar lejos de ella ni de mi hija. Le prometí que haría todo lo que me dijese y que tomaría las pastillas que me recetara el médico. No quería que me encerraran y me dolía en lo más profundo de mi corazón que pensara en deshacerse de mí. En ese momento, me dio un abrazo muy fuerte y me prometió que no me iba a alejar de ella ni de Ariana. Luego de aquello, yo le juré que no la volvería a decepcionar. Sólo esperaba poder cumplir con mi palabra.
Tenía pesadillas recurrentes que parecían nunca acabar. Algunas veces, soñaba que me despertaba, pero en realidad seguía atrapada dentro de ese infierno. En ocasiones, soñaba que me encontraba amarrada a una camilla y seres de luz que en mi opinión no pertenecían a nuestro mundo me examinaban y me herían. Ciertas noches, las pesadillas resultaban ser más verosímiles y eran hombres sumamente repulsivos quienes me hacían daño. No importaba cual fuese el caso, solía despertarme llorando, con rasguños en el cuerpo y cubierta en sudor frío.
Algunas noches, tenía sueños a los que no podría llamar pesadillas, porque todo en ellos era perfecto. Soñaba con Ian, con nuestro amor y con nuestros hijos. Volvíamos a estar juntos en la cabaña del árbol, en el prado o en nuestro bosque encantado. Estos últimos eran los más dolorosos porque al despertar volvía a ser consciente de que aquello no era real y que era probable que jamás lo hubiese sido. La lógica me decía que me había inventado ese mundo perfecto para escapar del tormento por el que debí haber atravesado. Mi corazón, por su parte, aún se aferraba a la esperanza de que Ian viniera a rescatarme, que me tomara fuerte entre sus brazos y me prometiera que todo iba a estar bien y que yo no había perdido la cordura.
Tenía cortes en todo el cuerpo producto de que me arañaba mientras estaba dormida. Por ese motivo, nunca le enseñaba los brazos a nadie, ni siquiera a mi madre. Aunque dormía mucho, me despertaba gritando tres o cuatro veces por noche, así que decidimos trasladar el moisés de Ariana a la habitación de ella. Al principio, cuando las pesadillas comenzaron, mi familia se apresuraba a entrar en mi cuarto para asegurarse de que todo estuviera bien. Después de una semana de pesadillas constantes habían aprendido a ignorarme.
Aunque no le había contado a mi madre sobre Miguel, había compartido con ella mi idea de buscar un empleo. Esperaba que me dijese que no era conveniente debido a mi estado de ánimo y a que tenía que dedicarme a cuidar de la bebé, pero para mi sorpresa, ocurrió todo lo contrario. Ella parecía encantada con el plan de intentar mejorar y de que quisiera hacer algo por mí y así, poder salir del pozo depresivo en el que me encontraba inmersa en ese momento.

viernes, 19 de octubre de 2018

EL PODER OCULTO CAP 27

                       CAPÍTULO 27: EL PASADO
   La luna llena brillaba en un cielo salpicado de estrellas. Sentí que los portales cósmicos volverían a abrirse, pues intuía que un sueño revelador se aproximaba.
   Samanta estaba muy inquieta. Antes de acostarme encendí velas e inciensos para los elementales y les pedí que velasen por Teby y por mí durante la noche. Mi presentimiento era cada vez más fuerte, sabía inconscientemente que nuestras vidas cambiarían nuevamente, aún más de lo que ya lo habían hecho.
   El calendario lunar señalaba esa noche como la de las revelaciones. Mis conjuros volverían a mostrarme la verdad. Sentía que desde siempre una fuerza oculta me unía a Esteban. Sabía que aún estando lejos, estábamos ligados y que él pensaba en mí como yo lo hacía en él. Aunque no debía hacerlo, no podía dejar de quererlo. Deseaba ayudarlo a buscar su identidad, sin importarme que estuviese o no a mi lado. Anhelaba verlo feliz.
   Cada vez estaba más segura de que no sólo él me necesitaba a mí, sino que yo también lo necesitaba, puesto que las clandestinas fuerzas oscuras eran manejadas por personas sin escrúpulos. El mundo había dejado de creer, pero las  pocas personas que aún utilizaban la magia, no estaban exactamente del lado del bien. Además, pensaba que averiguando sobre el pasado de Teby, tendría algún indicio para rebelar la identidad, de él o de los asesinos de mi abuela. Tenía que haber alguna conexión.
    Mientras las velas aún ardían y jugaban formando extraños dibujos en las paredes, caí sumida en un profundo sueño.
   "Me encontraba sentada en un columpio antiguo que se mecía con el viento marino. Veía como las olas golpeaban bajo mis pies. Estaba absolutamente sola en medio del océano. A mi alrededor sólo se veía agua y las cadenas que sostenían el columpio eran infinitamente largas y se perdían en un cielo cubierto de oscuras nubes grises.
   Al igual que en otros de mis sueños se cubría mi vestido medieval negro con detalles rojos con una larga capa también negra. Podía sentir el viento marino despeinar mis rizos dorados y ni emociones ni temores se manifestaban en mí, en ese momento.
   Sentí una mano que se cerraba sobre mi hombro derecho, torne mi cabeza hacia atrás y me encontré con mi abuela. No me sorprendí al verla y no me pregunté cómo había llegado allí, ni cómo no se hundía en el mar o por qué yo sentía que todo era tan normal.
   Susurré:
   —Guíame.
   Ella respondió:
   —Nadie puede vernos. Tomá mi mano. Voy a mostrarte el pasado. Lo que vas a ver sucedió hace más de quince años, cuando todavía no habías nacido.
   A mí alrededor, después de un instante de total oscuridad, la brisa cesó. El mar completamente calmado se convirtió en un metal líquido del cual comenzaron a surgir figuras tridimensionales como si se tratase de un enorme estereograma.
    La primera imagen que vi transcurría en un anfiteatro circular iluminado únicamente por velas negras. Sobre un pequeño escenario se encontraba de pié una joven y hermosa mujer. Sus negros y lacios cabellos cubrían su pálido rostro, dejando apenas ver sus grandes ojos grises y sus finas facciones. La cubría una capa negra, era la única en el anfiteatro con la cabeza descubierta. A su alrededor doce personas la rodeaban.
   Dirigiendo su mirada a una de las figuras añadió:
   —Esta vez, te elijo. Venís de una familia de numerosas generaciones de hechiceros. Sé que para tener más poder, te uniste a mí. Nuestra hija sería invencible…
   Una chillona y familiar voz la interrumpió. Cuando se quitó la capucha identifiqué a Susana, más delgada, más hermosa y más joven.
   —¿Por qué a él? Es mi pareja, aquí hay muchos que no tienen pareja.
   Frunciendo el entrecejo, la hermosa hechicera reprochó con voz firme, pero no exaltada:
   —No aprendiste nada en este tiempo. ¿Cómo te atrevés a cuestionar mis decisiones? ¿Cómo te atrevés a mostrar tus sentimientos? Yo puedo lograr que te destruyas a vos misma. Acaso, ¿no temés por tu vida?
   Una sombra cubrió el rostro de Susana y cayó de rodillas llorando temblorosamente.
   Una voz varonil dijo:
   —Yo siempre seré tu seguidor. Uniré mi poder al tuyo. Vamos a ser más poderosos juntos. Ella es muy débil, no merece ser parte de nuestra organización. No vale la pena, dejala ir. Tendremos una hija con nuestros poderosos genes.
   Así concluyó mi primera visión. Unos segundos después, en otro punto diferente del metal espejado comenzaba a surgir otra imagen.
   Se veía llover torrencialmente por las enormes ventanas. El fuego de la chimenea alumbraba una pequeña y acogedora sala. En ella se encontraban tan sólo tres personas. Una de ellas era mi abuela quince años más joven. Las otras dos, Susana y quien al parecer era su pareja, estaban tomadas de la mano.
   Mi abuela les servía té. El joven rompió el silencio:
   —Sara, necesitamos su ayuda. Es imposible que yo me aparte de ella. Es demasiado poderosa para todos nosotros. Por suerte, Susana fue expulsada y le perdonaron la vida, pero yo no puedo irme. Me quiere a su lado, por el poder mágico que heredé, aunque no se comparan con la magnitud de los suyos. Estoy atado a ella, no puedo dejarla y ya está embarazada de tres meses. Tuvo un hijo antes que fue eliminado por ser varón. También ella dominó la mente del padre del pequeño logrando así un suicidio sin quedar incriminada. Él se había opuesto al sacrificio del niño. Ella está segura de que el Demonio mismo pide que se derrame la sangre de los hijos varones de su familia para que las descendientes mujeres sean cada vez más poderosas. Si no los mata, cree que perderá su poder y que será severamente castigada por Satán. Piensa que los espíritus de los niños sacrificados pueden ser utilizados a su favor esclavizándolos. Si nace una niña, su sucesora, va a ser una bruja aún más poderosa que ella misma y va a ser educada desde la infancia en el mal. En sus creencias ancestrales los aquelarres eran dirigidos sólo por mujeres. Se ve que su familia siempre hizo lo mismo.
   Mi abuela lo miró perpleja por las palabras que acababa de oír. Luego habló:
   —Lamentablemente, está equivocada y si el niño vive ella no perderá sus poderes, ya que vienen desde su propio y oscuro interior. No es el Demonio el que le brinda el poder, sino la perversa fuerza de su mente. Necesita creer en algo ajeno a ella para liberar su energía. Sabés que no soy tan fuerte como ella, pero puedo protegerme de su magia  rodeándome de agua. No tienen que saber quien soy yo, ni que existo, puesto que  sus seguidores son muy peligrosos. Ellos tampoco tienen escrúpulos y sólo les interesa lo que el poder puede otorgarles. Tengo una isla, allí no podrán hacerme daño y si hago algún conjuro, al estar rodeada por agua, las huellas se perderán en la corriente. No podré seguir viviendo acá si los ayudo, pero si nace un varón les sugiero que lo dejen a cargo mío por un tiempo y lo llevaré conmigo a la isla. Díganle a ella, que lo sacrificaron y mientras tanto Susana, fingirás un embarazo. Tienen que creer realmente que tenés un hijo propio. Después de un tiempo prudencial, vas a cuidar al niño como si fuese tuyo y él como un padre responsable velará por el bienestar de su hijo. Ella debe creer que es tuyo Susana, no le importará si él tuvo un hijo con vos, pero ustedes no podrán volver a estar juntos, al menos, no por mucho tiempo. Es por el bien del niño.
   Dichas estas palabras, Susana rompió a llorar y abrazó al apuesto joven. Sin soltarlo, dijo sollozando:
   —El pequeño será mi hijo. Lo voy a cuidar como si fuese el hijo que siempre quise tener con vos. Voy a mantenerlo apartado de la magia y ella nunca lo descubrirá. Él no tiene que saber del poder que corre por sus venas.
   Mi abuela añadió:
   —No estoy tan segura de que jamás descubra su poder. Este surgirá desde su interior, aunque no tenga el conocimiento. Ese día llegará y nadie podrá detenerlo. Lo único que espero es que se incline por el bien, pero tiene que tener la oportunidad de vivir y de poder elegir su propio destino. Quizás, a su manera ayude a que la oscuridad pierda poder. Esto mismo espero yo de mi sucesor.
   La imagen se desvaneció y lo que parecía un metal líquido volvió a ser un mar agitado. La brisa comenzó a soplar. Mi abuela me miró y dijo:
   —Ahora, ya sabés".
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 12 de octubre de 2018

EL PODER OCULTO CAP 26

                          CAPÍTULO 26: CARRUSEL
     Al llegar a mi casa, me senté en el jardín rodeada por el perfume de los rosales. Una vez más, infinidad de reflexiones me invadían. Estaba segura de que alguien había inducido el suicidio de mi abuela y de que esa misma persona se relacionaba con el pasado de Esteban.
   Él y Ariel estaban seguros de que alguien quería controlar a las banshees, para controlar a la muerte. Yo, en cambio, creía que la muerte era una entidad solitaria y que las banshees, los elementales y algunos otros seres podían ser inducidos por conjuros no sabía hasta que punto. Aún, no tenía bien claro qué era lo que pedían ellos a cambio de su "servicio". Ariel había mencionado algo sobre el precio que uno esta dispuesto a pagar. No tenía claro tampoco, quién lo pagaba. Pero, era evidente que para lograr un inmenso poder, no bastaría halagar a los elementales tan sólo con velas e inciensos.
   Recordé, que Esteban había mencionado además de sus conjuros a un demonio y sabía que había utilizado su propia sangre. Había visto sus cortes y... Ariel también tenía cortes. Me preguntaba si Teby no querría alejarse de mí, por miedo a que el precio a pagar fuese mi propia vida, ya que era evidente que me amaba y había sido estremecedora la forma en que tembló cuando mencioné al ángel negro. ¿Quién le habría inducido los sueños e involucrado en la magia? Susana parecía ajena a todo eso, pero no podía descartar que conocía a mi abuela. Además, el padre de Teby también era un hechicero y su propio hijo había heredado su poder…
   Sorprendentemente, en ese mismo momento la voz chillona de Susana interrumpió mis pensamientos.
   —Chau, Tamy. Espero que tengas un lindo día —gritó al pasar caminando con prisa por la puerta de mi casa.
   —Saludos a tu mamá.
   —Adiós, Susana — le devolví el saludo.
   Había dejado de creer en las casualidades. Todo tenía un por qué. Ahora estaba segura de que Susana sabía más de lo que aparentaba. Recordé que era una mujer quien controlaba el grupo oscuro del que me había hablado Ariel. No, aquello que cruzó por mi mente por un instante no podía ser posible. Teby se hubiese dado cuenta enseguida. Con su inteligencia era poco probable que algo de semejante magnitud no fuese advertido por él. Obviamente, los avisos de peligro para él y para mí, que me habían llegado desde el mundo espiritual, no podían estar relacionados con su madre. Tendría que descartar esa absurda idea.
   Recordé la advertencia que apareció escrita en el cristal: "Ya ha nacido y sabe de ustedes". ¿Quién sería? ¿Cómo sabría? ¿Quién habría enviado la señal? Lo único que creía haber podido rebelar de la frase había sido que alguien nos estaba advirtiendo de un peligro y que yo era la encargada de proteger a Esteban. No sabía de quién debía protegerlo, ni por qué era yo la elegida para hacerlo, ni quién me enviaba la advertencia.
   Era la hora de la siesta. Mientras la cálida brisa de verano acariciaba mis mejillas, me fui sumiendo en un mundo onírico.
   "Caminaba por un laberinto de infinitas columnas de plata, encargadas de sostener el rojizo cielo del anochecer. La suave brisa traía consigo la música de un carrusel. Yo no caminaba, el mundo se desplazaba a mí alrededor. Las columnas retrocedían junto a mí y la música se hacía más fuerte. Al igual que un barco emerge del horizonte, veía al carrusel acercándose. Al llegar a mi lado, este se detuvo, así como la música y las columnas dejaron de moverse. Allí estaba ella, sentada en una serpiente de madera.
   —Hola, Tamara —dijo Crisy sin bajar del carrusel. El eco de sus palabras nos acompañó unos instantes.
   —Te preguntaste cómo hacían. Es muy cruel. Yo te puedo contar.
   Intenté hablar, pero no surgía ningún sonido de mi garganta. Ella continuó, como si tuviese poco tiempo:
   —Sólo escuchá —dijo calmada —. Ellos eligen a su indefensa víctima y lo introducen en un ritual. Un muy oscuro ritual. El temor de la víctima va creciendo, lo convencen de que va a morir. Su corazón se acelera. Piensa que cada segundo que sigue con vida es un milagro y cuando cree que ya todo está perdido, su temor a morir se hace incontenible y entonces llegan ellas. Algunos, no resisten y realmente se mueren, porque sus corazones no soportan tanto horror. Los que sobreviven, jamás revelarían lo que les pasó, ya que son amenazados. Así es como lo hacen. Adiós Tamara, cuando quieras verme soñá conmigo. Algún día, uniremos fuerzas, quizás... Depende de qué lado te convenga estar.
   Todo desapareció envuelto en una luz blanca muy brillante.
   Abrí los ojos. Ya era de noche y los faros del auto de mi padre me encandilaban. Había dormido toda la tarde. ¿Habría soñado con Crisy?, ¿ella estaría involucrada? o ¿habría sido una simple proyección de mi mente para manifestar una oscura realidad?
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 10 de agosto de 2018

EL PODER OCULTO CAP 17

                                 CAPÍTULO 17: LA NIÑA
   Esa tarde, fui a la plaza a pensar. Me senté nuevamente bajo el álamo, aunque esta vez estaba sola.
   Algunas respuestas que había obtenido de mis padres aún daban vueltas por mi cabeza. Todavía quedaban muchas preguntas sin responder.
   Me distrajo de la profundidad de mis pensamientos la voz de una niña que paró su triciclo frente a mí y me preguntó:
   —¿Cómo te llamás?
   Al levantar la mirada, sólo pude sonreírle. Recordé el sueño de la noche anterior. Quizás era la premonición de que conocería a una nueva pequeña amiga.
   Ella insistió:
   —Yo me llamo Crisy, ¿vos?
   Le respondí:
   —Me llamo Tamara. Qué lindo es tu nombre. Nunca lo había escuchado.
   Ella sonrió y mirando a su derecha, donde no había nadie dijo:
   —Qué chica tan tonta. No sabe que es el diminutivo de Cristina.
   —¿A quién le hablás?
   Sin apartar la mirada de la nada agregó:
   —Además, escucha conversaciones ajenas.
   Finalmente mirándome, respondió.
   —Le hablo a quien está casi siempre conmigo.
   —¿Ella es tu amiga imaginaria?
   —No es ella. Es él y no es imaginario, es invisible, para la mayoría de la gente.
   Le sonreí a Crisy. Miré de reojo hacia mi izquierda y distinguí que había una mujer con lentes oscuros y cabello azabache largo y brillante hasta la cintura, parada junto a mí. Ella dijo fríamente:
   —Vamos Crisy. No hables con extraños.
   Sorpresivamente, la pequeña respondió:
   —Mami, Tamara no es una extraña. Estuve con ella anoche.
     La madre no pareció escucharla y siguió caminando mientras Crisy se alejaba con el triciclo. Se daba vuelta, de tanto en tanto y me saludaba con la mano.
   Pensé que era una niña muy extraña y mentirosa. Hija de una madre muy fría. Sin embargo, me recordaba un poco a mí. A pesar de que me hubiese llamado tonta y metida me había caído bastante bien.
   Me preguntaba si serían de este barrio. Nunca antes las había visto. Cuando ambas se perdieron al doblar la esquina, reparé en que a unos diez metros míos se encontraba Susana mirándome totalmente pálida. Su bolsa con manzanas estaba tirada en el piso junto a sus pies. Pensé que podía estar descompuesta y corrí a su encuentro.
   Volviendo en si me dió un calido beso en la mejilla y como si no hubiese pasado absolutamente nada, me dijo:
   —Se me cayó la bolsa.
   Mientras yo la ayudaba a recoger las manzanas, agregó:
   —¿Te alejaste de Teby?
   Dudé un segundo y respondí:
   —No, él es quien se alejó de mí. No entiendo por qué.
   Susana me abrazó y sentí su cariño.
   —Tamy, no te preocupes. Él ya va a entender que en realidad, te necesita demasiado. Quizá tiene miedo.
   Le pregunté perpleja:
   —¿Miedo?... ¿De qué tendría que tener miedo?
   Sonrió.
   —Miedo... Puede tenerle miedo a muchas cosas, como a sentir, a amar... No sé.
   Yo no comprendía.
   —¿Miedo a sentir? ¿Qué tiene de malo sentir?
   —Sí, quizá se sienta vulnerable. Tal vez, los sentimientos tan fuertes, como los que estoy segura de que siente por vos, le hacen creer que lo apartarán de su camino.
   Me quedé más intrigada aún. ¿Cómo podía saber Susana cuáles eran los objetivos de Teby?, ¿podría haber sido capaz de contarle a su madre acerca de nuestro secreto? o ¿sería otro su objetivo y no el que yo creía? Seguí escuchándola. 
   —...Pero, tal vez, Teby no se da cuenta de que a veces, es mejor estar acompañado y más por alguien como vos. Yo lo veo muy mal. No me permite ni que te nombre. En realidad, no logro entenderlo.
   Le sonreí tímidamente. Después de unos segundos, lamentablemente Susana cambió de tema.
   —Querida, ¿vos conocés a las personas con las que estabas hablando recién?
   —No, yo sólo hablé con la nena. La madre me ignoró.
   —No les hables. Se comenta que la mujer es mala persona. Escuché comentarios muy malos de ella en el barrio.
   —¿Viven cerca?
   —No... No sé... Quizás estoy equivocada. Me tengo que ir. Espero que te arregles con Teby.
   Me abrazó nuevamente y se alejó. Yo me dirigí hacia mi casa. Sentía felicidad por saber que Teby sufría por mí, aunque fuese él, quien se había alejado. Sin embargo, ese sufrimiento significaba que él me quería. Pero, sabía que tendría que esperar a que primero resolviera su conflicto interno. Extraño conflicto, pues yo no entendía. ¿Por qué se negaba a sentir lo que ya sentía?
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

viernes, 13 de julio de 2018

EL PODER OCULTO CAP 13

                 CAPÍTULO 13: PACTO DE SANGRE                          
   Esa noche, mientras mis padres cenaban, yo observaba mi plato de espinacas, sin probarlo siquiera.
   Mi padre me miró y mi madre me dijo con tono preocupado:
   —Tamara, estás muy pálida y no tocaste la comida. ¿No te estarás volviendo anoréxica?
   Con calma y desganadamente le respondí:
   —No, mamá. La espinaca no engorda.
   Ella se puso de pie y tocó mi frente. Luego añadió:
   —No tenés fiebre, ¿te sentís bien?
   El fastidio que me producía escucharla, evitaba que me pusiese a llorar. Sentía un horrible nudo en la garganta y un vacío en el estómago. Aproveché ese momento para decirle que me sentía mal y subí a acostarme.
   Cuando entré a mi habitación, vi entrar a Samanta por la ventana, la abracé y le susurré:
   —¿La viste? Dicen que los gatos tienen el don de ver a los espíritus. No sabés lo mucho que la extraño.
   Me adormecí, mientras Samanta dormía a los pies de mi cama, recordando los sucesos ocurridos durante el día.
   Lo que sucedió después, aún es inexplicable para mí. Cuando todo comenzó, no supe si estaba despierta o dormida. Sentí desde mi cama que una presencia incorpórea, pasaba al lado de Samanta y venía hacia mí. Al estar muy cerca, intentó entrar a través de mi garganta. Me estaba asfixiando. Le ordené con mi mente que se alejase.
   Abrí los ojos. No podía respirar. No veía a nadie, pero una fuerza invisible intentaba poseerme. Samanta saltó sobre mi pecho con todo su pelaje erizado y sentí que por fin, el aire podía penetrar en mis pulmones.
   Me incorporé y en la oscuridad de la noche pude ver frente a mi placard una silueta oscura.
   Encendí el velador. Pero, en el lugar en donde había visto la sombra sólo podía distinguir mi armario. Esperaba que aquello sólo hubiese sido una pesadilla.
   Abracé a Samanta y después de un tiempo logré quedarme dormida. La noche fue rica en sueños y estos resultaron ser extraños y oscuros.
   Después de cada sueño me despertaba. Parecía como si fuesen reales, como si esas situaciones las estuviese viviendo y no soñando.
   En el primero, me encontraba en una cueva, era fría y oscura. El fuego del caldero no llegaba a alumbrar todos los rincones de la misma. Mi atuendo era extraño. Tenía un vestido medieval negro con algunos detalles en rojo y una capa también negra.
   En el caldero plateado una extraña sustancia se estaba calentando. Parecía un metal líquido, como un espejo, en el que mi reflejo no se producía.
   Saqué de mi corset, una daga muy antigua y reluciente, parecía de plata con incrustaciones de una piedra preciosa color violeta. Yo sabía lo que estaba haciendo. No sentía nada. No tenía emociones.  Sólo actuaba como guiada por un poder ajeno a mí. Extendí mi brazo izquierdo y con la hoja de la daga suavemente corté la palma de mi mano. Cuando la sangre comenzó a surgir apreté mi puño. Giré mi muñeca y dejé caer un hilo de sangre sobre el líquido formando neblinosos dibujos en la superficie espejada. Mientras esto sucedía yo repetía. —Permítanme ver el pasado, el presente y el futuro. Denme el poder de las visiones y el entendimiento.
   Me desperté con mucha sed. Me dolía la mano, pero no estaba lastimada, aunque me pareció ver una sombra oscura sobre mi palma. Debía ser solo mi imaginación. Samanta dormía tranquilamente entre mis sábanas.
   Me levanté, tomé agua y miré la hora pero el reloj había dejado de funcionar. Las tres agujas se habían parado en el doce.
   Apagué la luz. No tenía miedo. Me abracé a Samanta y no me costó nada sumergirme en el siguiente sueño que extrañamente fue la continuación del anterior.
   Veía en el caldero mi imagen, pero no era mi reflejo. Era yo en otra situación. Extendía mi mano derecha con unas largas y filosas uñas. La miraba. La llevaba hacia mi pecho. Presionaba sobre este y lo traspasaba. Extraía de él mi corazón que aún latía. No moría. Miraba frente a mí y decía:
   —Si no puedes tener mi corazón, nadie más podrá tenerlo jamás.
   Este dejó de latir y se convirtió lentamente en piedra. Lo arrojé al suelo. No se rompió, pero cuando quise pisarlo se convirtió en polvo. En ese momento, levanté la vista del caldero, pues la imagen se desvanecía.
   Miré hacia las profundidades de la cueva. Alguien surgía desde las sombras. Se aproximaba hacia mí una figura encapuchada, pero familiar. Cuando llego frente a mí, desde el otro lado del caldero, descubrió sus cabellos negros y sus ojos grises me observaron. Luego dijo:
   —Eso se puede evitar haciendo un pacto de sangre. Extendió su mano izquierda y con la derecha tomó la mano con la que yo sujetaba la daga y la guió sobre su palma abierta dejando surgir la sangre de la herida que acababa de provocarse. Mi mano aún sangraba. Él unió las dos heridas. Un hilo de las sangres mezcladas caía sobre el caldero. Ambos añadimos:
   —Ya está hecho.
   Él dijo:
   —Así como nuestra sangre, nuestro poder se ha unido. Desde este momento, si estamos juntos seremos invencibles y nuestros espíritus trascenderán los espacios y el tiempo.
   Los dos concluímos:
   —Que así sea. 
   En ese momento me desperté. La luz tenue del amanecer se filtraba por mi ventana. Había pasado una noche muy extraña y me costaba diferenciar la realidad de los sueños.
   Miré mi mano, pero no estaba lastimada, aunque me ardía y a partir de esa noche una sombra casual se gravó en mi mano izquierda. Posiblemente, siempre hubiese estado allí, sólo que hasta ese momento, jamás le había prestado atención.
   Una frase de mi grimorio me daba vueltas en la cabeza: "Lo que se hizo con sangre, sólo con sangre se irá. De lo contrario, jamás se romperá". Primero, pensé que el sueño era una visión de vidas pasadas. Luego, se me ocurrió pensar, que Teby me había utilizado dentro de mis sueños para uno de sus conjuros, pero ¿podía Teby ser tan poderoso? Y si era tan poderoso, ¿para qué me quería a mí?
   La última idea que cruzó por mi mente antes de que me levantase fue que eso era una visión de un posible futuro. Aunque también, podía haberse tratado de un sueño. Descarté la última idea, pues presentía que mi visión no era un sueño, ya que me sentía protegida, como si Esteban me hubiese dado el poder para protegerme de la presencia maligna que había intentado matarme.
   Sentía que su alejamiento estaba relacionado con esto y no directamente con sus sentimientos por mí.
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

martes, 14 de noviembre de 2017

EL SUEÑO INTERPRETADO


   Una densa mata de humo blanco y el aroma a tabaco concentrado inundaban el pequeño consultorio de la doctora Noemí Cifuentes. Había fracasado en numerosos intentos de terminar con su vicio y finalmente lo había aceptado como una parte de ella.

   En tan sólo dos años podría jubilarse y se dedicaría a publicar alguna de los tantos ensayos y novelas sobre psicoanálisis que había escrito a lo largo de su vida. Hasta entonces, sus días trascurrían de lunes a viernes, escuchando los problemas de sus frustrados o deprimidos pacientes.

   Alguna vez, había disfrutado de sus fines de semana junto a sus dos hijas y su esposo. Tras la muerte de su marido y con sus hijas en el extranjero, su principal entretenimiento era desgravar las historias de vida que le confiaban. Utilizaba aquello que escuchaba para escribir. Mezclaba los relatos entre ellos, los modificaba y los decoraba un poco para que resultasen más interesantes. No había nada de malo en eso, después de todo, hasta el mismo Freud había publicado la vida privada de sus pacientes, cambiando sus nombres para proteger de esa manera su identidad.

   Había estado escuchando antiguas grabaciones durante casi todo el sábado y rescatando pequeñas frases y fragmentos de sueños o vivencias que apuntaba en el Word de la netbook que su hija mayor le había regalado para navidad. Desde entonces, no imaginaba sus días sin tener acceso a toda la información que necesitaba a tan sólo un click de distancia.

    Las palabras de un paciente al que no atendía desde hacía más de un año estaban siendo reproducidas en ese momento. Se trataba de la voz de Augusto Mesara quien era una de esas personas a las que ella denominaba un soñador. Le pagó durante meses una costosa consulta semanal, tan sólo para que ella lo ayudara a interpretar sus sueños. Siempre era lo mismo, se veía a sí mismo ejerciendo violencia de las maneras más atroces contra algún niño indefenso. Cuando estaba despierto, Augusto era una persona tranquila con un trastorno obsesivo compulsivo por el orden. Estaba casado con una mujer seis años mayor que él. Sus sueños habían terminado por revelar que tenía un deseo homosexual reprimido que manifestaba con una pulsión sádica mientras dormía.

   A lo largo de sus cuarenta años como psicóloga, había escuchado todo tipo de confesiones atroces, pero no había percibido en Augusto ningún peligro potencial para nadie. Sus sueños eran violentos, sin embargo el muro de represión que él mismo había forjado en su mente habría sido muy difícil de derribar. Al menos, eso había creído Noemí durante el tiempo en que lo había atendido.

   Un escalofrío se extendió desde su nunca por todo su cuerpo. El relato del sueño del paciente coincidía en su totalidad con una escabrosa noticia que los medios de comunicación se habían encargado de hacer viral. La estaban reproduciendo una y otra vez en todos los canales desde que el crimen había ocurrido hacía un par de semanas. La morbosidad era rentable para los programas de noticias que no se guardaban ningún detalle con respecto al caso del niño de diez años asfixiado hasta la muerte con un oso de felpa. El pequeño había sido encontrado vestido como una muñeca de porcelana y llevando el juguete con el que habían causado su muerte entre los brazos. La descripción del vestido e incluso del muñeco coincidían con los del sueño de Mesara.

   Noemí se quedó sentada frente a la pantalla del ordenador escuchando horrorizada, una y otra vez, el preludio del homicidio. Se debatía internamente y no estaba segura si debía llamar o no a la policía. Augusto no parecía una persona violenta, sin embargo el crimen había sucedido tal cual lo había relatado un año antes de que ocurriese. ¿Podía haberse equivocado tanto con el diagnóstico? Quizás, él había comentado su sueño con alguien más. La terapeuta se preguntó cómo podía haber olvidado lo relatado por su antiguo paciente.
   Noemí sabía que lo correcto sería mostrar las grabaciones en la comisaría, sin embargo consideraba que Augusto no podía ser el autor material del homicidio. Ella nunca se equivocaba, no después de tantos años de experiencia.

   Buscó en su bolso y tomó su celular. Aún conservaba entre su lista de contactos el número de Augusto. Meditó por un instante y finalmente optó por llamarlo para concretar una cita en algún lugar público, con el objeto de sugerirle que hablase con la policía. Ella no creía que él pudiese haber cometido el crimen, pero quizás, había sido alguien de su entorno. Él escuchó su teoría e interrumpió la llamada. Intentó comunicarse nuevamente, pero se dio cuenta que él había bloqueado su número.

   Encendió un cigarrillo para poder aclarar sus ideas. Sabía que tenía que comunicarse con la policía. La negativa de Augusto de hablar de la situación, no hacía más que inculparlo.
   Las horas pasaban más rápidamente de lo que hubiese deseado. Al primer cigarrillo le siguieron otros y varias tazas de café. Se había hecho de noche y no había encontrado el valor para ir a la comisaría a denunciar que quizás, uno de sus antiguos pacientes era un criminal. Se preguntó que pensarían sus colegas de ella al haber omitido la peligrosidad de Augusto Mesara.
   El sonido del portero eléctrico la arrancó súbitamente de sus pensamientos. Eran dos oficiales quienes querían subir para hablar con ella sobre Mesara. Una sensación de alivio recorrió todo su cuerpo. Quizás, Augusto había optado por entregarse.
   Dejó pasar a los policías y se ofreció a mostrarles las grabaciones. Ellos cortésmente le dijeron que tenían una orden de registro para ver si encontraban algo relevante. Ante cualquier duda consultarían con ella.
   Noemí se quedó sentada en su sofá mientras los hombres revisaban todo lo que había en su consultorio. Finalmente, uno de ellos la llamó.
   —¿Qué tiene en estos sobres cerrados? —preguntó el policía.
   —Nada importante. Los dientes de leche de mis hijas, cartas de mi marido y flores secas —respondió ella despreocupadamente y volvió a sugerir que escuchasen el audio.
   Una vez más, no siguieron su sugerencia y uno de ellos continuó revisando cajones mientras el otro abría los sobres. La sorpresa de Noemí fue inmensa cuando el oficial comenzó a encontrar objetos que ella no recordaba haber guardado en esos sobres cerrados. Un encendedor, un llavero, recortes de periódicos y lo que supuso que eran canicas blancas.
   —Estos son los ojos del oso de felpa que encontramos en la escena del crimen. Los medios nunca tuvieron esta información —.El hombre clavó sus ojos fríos y acusadores en los de ella —Apenas se hizo público el caso, el señor Mesara nos informó que él había tenido un sueño casi idéntico a lo sucedido en el crimen. Verificamos su coartada. En ese momento había tenido un accidente y estaba internado, pero sospechaba que alguien de su entorno podía haber cometido el homicidio. No recordaba haberle contado ese sueño específicamente a usted en sus sesiones hasta el llamado de hoy. Noemí Cifuentes, queda usted bajo arresto.
   Ella no entendía lo que estaba sucediendo. Tras un abrir y cerrar de ojos, se encontró en una habitación en la que nunca había estado antes. Detrás de un escritorio, un hombre con gafas la miraba pensativo.
   —¿Dónde estoy? —preguntó con un hilo de voz, sin saber cómo había llegado hasta allí.
   El psiquiatra le dedicó una sonrisa afable a la aterrada mujer—. ¿Cómo quieres que te llame hoy? ¿Sigues siendo Marcos o tendré el placer de conocer a Noemí?
AUTORA: ALEJANDRA ABRAHAM

OBRA GANADORA DE LA CATEGORÍA MEJOR THRILLER TERROR EN MEGUSTAESCRIBIR DE ESPAÑA 2017

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