viernes, 18 de octubre de 2019

Capítulo 2: CAMBIOS

Mi madre me hablaba, pero su voz sonaba como un eco lejano en mi cabeza. La sala de estar giraba alrededor. En ese momento perdí el conocimiento, estoy segura porque cuando abrí los ojos estaba recostada en el sillón. Logré fijar la vista en el techo de madera. Me incorporé con cierta dificultad, me dolía la cabeza y esperaba que todo hubiese sido un mal sueño.
La voz de mi madre me devolvió a la realidad:
—Leda, ella te va a revisar.
Una doctora me apuntó con una linterna y me hizo entrecerrar los ojos, mientras me preguntaba algo que no comprendí.
—¿Disculpe?
Apartó la luz de mi rostro y me habló casi con ternura.
—¿Podrías decirme tu nombre?
—Sí, soy Leda, Leda Liebert —respondí algo aturdida.
—¿Podrías decirme cuántos años tienes?
—Doce.
La médica intercambió una mirada con alguien de la policía. Fue entonces cuando noté que había cuatro oficiales en la sala. Dos de ellos estaban sentados en la mesa del living conversando en voz baja. Uno me miraba con lo que atiné a percibir como incredulidad y otro anotaba algo en una libreta, de pie cerca de la chimenea.
La doctora volvía a hablarme, así que volví mi mirada hacia ella.
—Tenías doce años la última vez que te vieron tus padres. Eso fue hace exactamente diez años.
Su voz era suave, pero yo sentía como si me estuviese dando una reprimenda.
¿Cómo podía haber olvidado diez años enteros de mi vida?
Observé mi cuerpo. Ya no me reconocía.
— ¿Qué sucedió entonces?, ¿por qué no llegaste al colegio aquel día?
—Yo... yo... me sentí mal y decidí volver a casa.
—Entonces, ¿qué sucedió cuando regresabas a tu casa? ¿Por qué no llegaste?
—Sí, lo hice. Regresé, aquí estoy —dije al tiempo que me llevaba las manos al rostro y rompía a llorar.
Me quedé sollozando en silencio unos segundos hasta que sentí el cálido y reconfortante abrazo de mi madre.
—Todo estará bien. Tranquila. Estás aquí, estás a salvo, estás en casa y todo estará bien. Nos contarás lo que sucedió cuando estés lista —mientras mi madre intentaba calmarme desenredaba mi cabello rubio con sus dedos.
Poco a poco fui dejando de llorar. Me sentí agradecida de que hubiesen dejado de preguntarme cosas para las que no encontraba ninguna respuesta.
—Me gustaría hacerle un chequeo más exhaustivo. ¿Podríamos ir a un lugar más privado? ¿Podría acompañarme, señora Liebert?
La doctora al ver que una oficial nos observaba agregó:
—También puede acompañarnos, para recolectar muestras y tomar registros de posibles heridas.
Nos dirigimos las cuatro hacia mi antigua habitación que se encontraba tal y como la recordaba. Todo era muy extraño para mí.
—No te preocupes, esto es sólo por rutina —intentó tranquilizarme la doctora —. Queremos estar seguras de que no te lastimaron y quiero revisar la inflamación de tu vientre y ese golpe en tu cabeza no se ve nada bien.
Asentí y dejé que me revisara. Colocaron mi ropa en una bolsa. Un conjunto que no recordaba haber visto jamás y que se encontraba lleno de barro.
Agradecí cuando mi mamá me trajo su bata de baño, porque así me sentía menos expuesta. La doctora De Luca había prestado principal atención a mi estómago, a mi cabeza y a algunos rasguños y moretones que tenía en los brazos y piernas. La oficial me había tomado múltiples fotografías. Yo me sentía indefensa y abochornada.
Cuando me hizo un tacto ginecológico, casi me pongo a llorar. Era tan humillante y para colmo, con una oficial extraña para mí y con mi madre presentes en la habitación. Quería desaparecer.
Finalmente, la médica le comunicó su diagnóstico a mi mamá:
—Físicamente se encuentra bastante bien, pero podría estar sufriendo un cuadro de amnesia ocasionado por un trauma. Sugiero que pidan una cita con un psicólogo para que la ayude a ordenar sus recuerdos y con un obstetra para que controle su embarazo.
—¿Qué? —preguntamos mi madre y yo al unísono.
—Leda está embarazada nuevamente —respondió la doctora—. Es difícil saberlo con exactitud sin realizar algunas pruebas, pero me atrevería a decir que se encuentra en el tercer mes de embarazo.
—¿Nuevamente? —pregunté atónita.
—Así es —mi madre se apartó para que la doctora pudiese desatar la bata —, ¿ven estas líneas de aquí?, son cicatrices de cesáreas. Estoy casi segura de que tuviste dos cesáreas ya.
Los últimos diez años de mi vida habían desaparecido por completo de mi memoria, estaba embarazada, había tenido por lo menos dos hijos y mi padre había muerto. Todo aquello era demasiado para asimilar. ¿Qué más podía suceder?
Alguien llamó a la puerta de mi habitación. Mi madre indicó que podían entrar al tiempo que yo me cubría el torso desnudo con la bata. La puerta se abrió de golpe y entró un niño regordete de unos nueve años de edad. Se encaminó a grandes zancadas hacia donde nos encontrábamos nosotras y dirigiéndose a mi madre exclamó:
—Mamá, la madre de Tomás me trajo a casa tan pronto leí tu mensaje. No lo puedo creer —volteó su rostro hacia mí, tenía el ceño fruncido y noté una chispa de enojo en sus ojos—. ¿Tienes alguna idea por el tormento que hiciste pasar a mi mamá?

viernes, 11 de octubre de 2019

Capítulo 1: OLVIDO

Seguramente todo el mundo olvida algo a lo largo de su vida, un nombre, una dirección, un número de teléfono o a alguna persona. Es un fenómeno bastante común, un lapsus, una equivocación. Es algo normal, me repito. Dejar la estufa encendida o las llaves en la puerta, ese tipo de eventos a cualquiera puede pasarle, pero sin dudas no es normal lo que a mí me sucedió.
El día después de mi regreso a casa, junté valor suficiente para mirarme en el espejo y pude reconocer el miedo y la frustración en unos ojos de un celeste tan claro que parecían grises e identifiqué como los míos. Los ojos fueron lo único que no había cambiado en ese rostro que me resultaba extraño. Bueno, no era del todo extraño, en parte seguía reconociéndome a mí misma o por lo menos a una parte de mí. No sólo mi rostro había cambiado, también mi cuerpo, la casa y la gente me resultaban extraños.
Cerré mis ojos conteniendo las lágrimas. Ya había llorado suficiente y no me había servido de nada hasta ahora. Necesitaba saber qué había sucedido, cómo había pasado aquello y por qué entre tanta gente me tenía que ocurrir a mí.
Me sentía atrapada en una pesadilla. No podía creer que mi papá ya no estuviese, no podía creer que yo ya no fuese yo misma y que el mundo continuase tan igual y tan diferente al mismo tiempo.
Decidí apartarme de mi aterrado reflejo que tan sólo lograba hacer que me sintiese más confundida. Me dejé caer sobre la cama y el colchón se hundió debajo de mi peso. Por lo menos la habitación seguía siendo igual. Después de todo, habían decidido conservar aunque fuese solamente aquello, mientras todo lo demás había cambiado tan vertiginosamente.
Bueno, quizá para los demás el cambio hubiera sido más paulatino, más llevadero, más lento, más normal, pero no para mí. Tan sólo un parpadeo había bastado para olvidar los últimos diez años de mi vida. Simplemente se habían esfumado, se habían perdido, algo o alguien me los había arrebatado.
Hice el vano intento de tratar de despertarme por enésima vez. Me dolía la cabeza y estaba abrumada. Me mordí el labio y una vez más incumplí la promesa que me había hecho a mí misma de dejar de llorar. Qué más daba, al fin y al cabo nadie podría culparme por hacerlo. Necesitaba averiguar qué me pasó, quería recordar algo, encontrar alguna pista, algún recuerdo, lo que fuera.
Ayer, el despertador me había hecho saltar de la cama, me había cambiado y bajado a desayunar con mis padres. Recordar a papá hizo que se me hiciera un nudo en la garganta.
Aquel día me despedí de ellos y partí hacia el colegio. Faltaban dos días para la fiesta de egresados. Recuerdo haber pensado que sería lindo organizar una salida con mis amigas para comprar bonitos vestidos para la graduación. Al año siguiente iríamos a diferentes secundarias. Seguramente ellas así lo habrían hecho.
Caminé unas cinco cuadras, estaba a mitad de distancia entre mi casa y la escuela. Entonces, creo que fue ahí cuando ocurrió. Hacía calor y el sol brillaba alto en el cielo, a pesar de que era bastante temprano. Me bajó un poco la presión y se me nubló la vista, pero no recuerdo haberme desmayado. Se me revolvió el estómago y me sentí mareada, eso fue todo. Aun así, una leve sensación de que algo no iba bien me recorrió el cuerpo y decidí volver a casa.
No me di cuenta el momento exacto en el que sucedió, pero noté que ya no llevaba la mochila conmigo. Mi corazón dio un salto. Cómo había podido perder la mochila que llevaba puesta, cómo no había notado que se me cayó. Hice acopio de todas mis fuerzas para obligarme a respirar y toqué el timbre de casa. Cuando mi mamá abrió la puerta fui apenas consciente de que todo iba realmente mal.
Cuando me vio se puso pálida, realmente pálida, como si hubiese visto un fantasma. Yo era efectivamente un fantasma. Me envolvió entre sus brazos con tanta fuerza que sentí que me cortaba la respiración. No entendía qué le sucedía.
—Mamá... ¿Qué haces? —Intenté librarme, pero me abrazó con más fuerza.
—Leda, ¿dónde estabas?
Dónde estaba, pero si no hacía ni diez minutos que había salido de casa. De qué rayos estaba hablando mi mamá.
—No me sentí bien y por eso regresé —atiné a responder, creyendo que había formulado mal su pregunta—. Creo que perdí la mochila.
Rompió el abrazo. Noté que su rostro estaba cubierto de lágrimas. Me agarraba los brazos firmemente con sus manos mientras me miraba a la cara. Entonces, noté que su rostro había envejecido.
Fruncí un poco el ceño y pregunté:
— ¿Qué está sucediendo?
—Leda, yo creí que... Pensamos que habías... Después de un año te hicimos un funeral.
Forcé una risa, era una broma de mal gusto. No podía ser de otra manera.
—Leda, no es gracioso. ¿Dónde estuviste todos estos años?
—¿Años?, pero si salí apenas hace diez minutos —agregué con un hilo de voz. En su mirada podía ver que estaba hablando enserio—. No comprendo.
—Hoy se cumplen diez años desde la última vez que supimos de ti. Saliste hacia el colegio y no volvimos a verte. Te buscamos tanto tiempo...—me soltó para cruzar los brazos sobre sí misma—. Tu padre te siguió buscando aun después de que la policía y todos se dieran por vencidos. Te buscó hasta sus últimos días... hasta que ya no le quedaron fuerzas....
—¿Dónde está papá? — pregunté desesperada.
—Hace más de cinco años que nos dejó, el cáncer se lo llevó... yo... al final él tenía razón... estás viva...

viernes, 4 de octubre de 2019

SOPLO ALQUÍMICO

   Damarys siempre había sido una joven muy inteligente. Al morir su madre le había dejado el dinero suficiente para poder vivir cómodamente mientras dedicaba su vida a los estudios. Desde que tenía memoria había mantenido en equilibrio su interés por las Ciencias Exactas y por la Literatura.
   La joven encontraba en los libros un consuelo que las personas que conocía, con las limitaciones propias de los seres humanos, no podían brindarle. Aunque últimamente, ni siquiera aquello llenaba su corazón. Lo cierto era que aunque su relación nunca había sido perfecta, extrañaba mucho a su madre. Los últimos meses habían sido muy duros para Damarys. Se sentía sola. Una parte de su mente la seguía castigando con la culpa que rodea a la muerte de los seres queridos aunque sea algo inevitable.
   A pesar de la soledad que llevaba con ella como una carga, se esforzaba en maquillar sus sentimientos. Ante el resto del mundo se mostraba como una persona sociable y amable, aunque en el fondo se sentía completamente vacía.
   Su belleza y su inteligencia acaparaban la atención de muchos hombres, pero aunque ella lo había intentado en más de una ocasión, aún no había logrado enamorarse. Estaba segura de que algo estaba mal en ella. Se sentía vacía como si algo le faltase dentro.
   La joven intentaba llenar ese hueco en su interior con conocimiento. Leía mucho y experimentaba con distintas sustancias que elaboraba en el rústico laboratorio que habían construido hacía tiempo en el sótano de su casa. Su único afán era encontrar algo que le produjera la emoción perfecta. Algo que la hiciera sentirse realmente viva o por lo menos útil.
   La alquimia llegó a su vida casi por casualidad. Una tarde, Damarys comenzó con inocente curiosidad a leer algunos artículos en Internet y con el tiempo, incluso adquirió unos cuantos libros en una tienda de libros usados que contenían jugosa información sobre el tema.
   Con la inocente curiosidad de aquellos que aman la ciencia, Damarys comenzó a realizar experimentos alquímicos. Estaba fascinada por ver que podía lograr cosas asombrosas. Ignoraba que había fuerzas con las que mejor no experimentar.
   La historia humana era testigo de que muchos antiguos alquimistas habían perdido la vida experimentando con mercurio en la búsqueda de la Piedra Filosofal y la joven era lo suficientemente lista para no caer en esa seductora trampa. Sin embargo, aunque se mantuvo lejos de los vapores tóxicos, no fue consciente de que su creación podría resultar aún más peligrosa incluso que la transmutación de metales.
   Los homúnculos, aquellos humanos creados a través de la alquimia, habían despertado la curiosidad de Damarys. La idea de crear a una persona le parecía fascinante. Se daba cuenta de que las probabilidades de lograr algo así eran casi nulas, pero se preguntó si acaso el conocimiento bastaría para alcanzar la grandeza de la creación. La receta antigua que había encontrado era lo suficientemente sencilla como para que valiera la pena intentarlo.
   Lo meditó durante un tiempo y finalmente, decidió reunir los ingredientes necesarios para dedicarse a la descabellada tarea de crear su propio homúnculo. La joven decidió adaptar al siglo XXI las instrucciones que había dejado escritas el alquimista Paracelso.
   El ingrediente más difícil de adquirir era esperma humano y para conseguirlo tuvo que seducir a un muchacho de su cuadra que siempre había mostrado especial interés en ella. Damarys, compró una docena de huevos puestos por una gallina negra en una granja cercana y se robó de allí una considerable cantidad de estiércol de caballo.
   Ignorando el asco que le producía manipular esas sustancias, Damarys inició el experimento. Primero inyectó el esperma en uno de los huevos y selló herméticamente con pegamento el pequeño orificio. Luego, enterró el huevo en el estiércol de caballo que había colocado en un recipiente junto a una lámpara que servía de incubadora.
   Dejó la lámpara encendida durante cuarenta lunas hasta que la curiosidad la llevó a desenterrar el huevo y romperlo cuidadosamente. Contuvo la respiración al sentir el olor fétido del interior. Movió con un palito el contenido negro y gelatinoso buscando alguna señal de vida. Su decepción inicial dio paso al asombro cuando descubrió que dentro de la yema putrefacta había una pequeña criatura respirando con tranquilidad.
   La tomó con mucho cuidado entre sus dedos y la acercó a sus ojos. No lo podía creer. Se trataba de una pequeña mujercita del tamaño de la uña del pulgar de Damarys. El cabello blanco y las bellas facciones de la damita la hacían parecer un hada.
   Si hubiera dado a conocer en los medios su increíble descubrimiento, quizás se hubiese hecho famosa e incluso podría haber ganado una fortuna, pero a la joven le aterraba que pudieran separarla de esa pequeña e indefensa criatura a la que había dado vida.
   Damarys ya no se sentía sola. La pequeña damita a la que llamó Ivanna y apodó Ivy, requería muchos cuidados y ocupaba la mayor parte de su tiempo. Sólo se alimentaba con lombrices y semillas de lavanda y era propensa a los berrinches.
   Lo cierto es que crecía muy rápido y con el tiempo se hacía más difícil de controlar. Con el correr de los meses alcanzó la estatura de Damarys. Durante las primeras excursiones que hicieron juntas al mundo exterior Damarys le decía a la gente que eran hermanas aunque el cabello blanco de Ivy contrastaba con el azabache del de su creadora y su comportamiento resultaba a veces extraño y errático.
   Algunas veces parecía que Ivy no tenía conciencia del bien y del mal. Quizás aquello se debía a que carecía de alma o quizás al igual que una niña recién nacida le llevase tiempo adaptarse al mundo real.
   No había culpa en sus ojos cuando apuñaló a Damarys mientras dormía. No supo que aquello estaba mal y aunque aprendía muy rápido, hasta entonces no había conocido el dolor ni propio ni ajeno. Ivy no sabía en ese momento que las leyes naturales no se deben romper, así como tampoco lo había sabido Damarys. Después de todo, tan sólo eran homúnculos jugando a vivir.
ALEJANDRA ABRAHAM

martes, 9 de julio de 2019

FUEGO FATUO

                                         FUEGO FATUO
    La lluvia borraba mis pasos mientras me alejaba corriendo lo más rápido posible en dirección al bosque, alejándome del lago, alejándome de aquella luz pálida. Me adentré en la espesura ignorando los rasguños que las ramas desnudas de los árboles me hacían en la piel y la lluvia helada que empañaba mis anteojos.
   Corrí durante lo que me parecieron horas. Cuando ya no pude más me detuve en busca de aire y sólo entonces reparé en el ardor que sentía en la garganta y en los fuertes calambres que recorrían mis piernas. Un paneo rápido a mi alrededor fue suficiente para descubrir que me hallaba completamente perdido. Me había ganado el miedo y al huir no había tomado la precaución de seguir el sendero. Al menos estaba con vida, por ahora. Dudaba que Dustin y Alec corrieran con la misma suerte. La esfera luminosa que había salido del lago se los había tragado.
   En mis dieciocho años de vida jamás había visto algo así y estoy seguro de que mis amigos tampoco. Tenía cierta semejanza a una medusa gigante, pero era más brillante, más letal. A pesar de mis súplicas ellos habían corrido por el muellepara ver más de cerca la luz pálida que había emergido del centro del lago y comenzaba a levitar en nuestra dirección. Se movía cada vez más rápido. Me habían llamado cobarde, pero si no hubiera sido precavido esa cosa también me habría absorbido.
    En ese instante fui completamente consciente de lo que había sucedido. Se me hizo un nudo en la garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas. Mis mejores amigos, mis únicos amigos en todo el mundo se habían ido para siempre, habían sido devorados por aquel luminoso ser.
   Abrumado por la pena, el miedo y el cansancio me dejé caer sobre la tierra húmeda apoyando mi espalda contra un árbol centenario. La lluvia menguaba poco a poco, pero la oscuridad y el frío me envolvían por completo.
   Me preguntaba cómo le diría a los padres de Dustin y a la madre de Alec lo que había ocurrido. Me preguntaba si saldría alguna vez del bosque para poder contarlo. Aunque las ideas que surcaban mi mente resultaban cada vez más pesimistas me fui quedando dormido.
   Soñé con mi muerte y con la de mis amigos y soñé con aquella luz que me había quitado todo.
   Una luz brillante sobre mis ojos hizo que me incorpore de un salto. Esperaba lo peor, pero estaba dispuesto a enfrentarme con uñas y dientes a esa cosa y a luchar por mi vida. Suspiré aliviado al notar que era la luz de una linterna. La policía me había encontrado.
   Supuse que me darían una frazada y alguna bebida caliente antes de preguntarme qué había ocurrido. Seguramente, mis padres me estarían esperando en la carretera muy preocupados al no saber de mí. Sin embargo, nada de eso sucedió. En vez de envolverme con una manta me colocaron unas esposas heladas y me arrestaron por el cargo de asesinato doble. Habían encontrado los cuerpos de mis amigos en la orilla del lago junto a mi mochila y yo había huído.
   Ni la policía, ni el juez, ni el jurado, ni la familia de mis amigos, ni siquiera la mía creyó nunca mi historia. Me dieron una condena de cuarenta años. Salí en veinte por buena conducta pero la padecí como si hubiese sido de ochenta. Aquel anochecer espectral perdí a mis amigos, a mi familia, mi libertad, mi juventud, toda mi vida por culpa de aquella luz.
  Tras recuperar mi libertad regresé muchas veces a aquella playa. Quería demostrarles a todos que mi historia era cierta, quería probarme a mí mismo que no me había vuelto loco, pero jamás la volví a ver.
  Un anciano me contó una vez una leyenda que circulaba por la zona. Algunos la llamaban “luz mala”, otros “fuego fatuo”. Decían que aquello jamás aparece dos veces en un mismo sitio y que si alguien tiene la mala fortuna de encontrarselo debe  huir lo más rápido que pueda o de lo contrario no vivirá para contar la historia. Puedo dar fe de aquellas palabras. Aunque nunca pude estar seguro si aquella leyenda probaba mi historia o si por el contrario fui yo mismo quien la comenzó.
         

   ALEJANDRA ABRAHAM

jueves, 4 de julio de 2019

ABISMO

                                                                     
    Una parte de mí no quería que aquello sucediese. Di un pequeño paso y luego otro. Podía sentir el viento frío sobre mi rostro, como si intentase detenerme, como si a alguna parte del universo le importara. Pensé para mis adentros que era una tontería, no podía ser más que un juego de mi mente, no podía ser más que el miedo hablando.
   Me mordí el labio y respiré profundamente. Me detuve en el borde y miré hacia abajo. Podía ver las copas cobrizas de los árboles de otoño muchos metros por debajo de donde me encontraba. Tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para evitar retroceder. Tratando de ignorar la sensación de vértigo que me oprimía el pecho volví a mirar, está vez me concentré en las personas. Eran demasiadas. Hubiera preferido que no hubiese habido nadie en los alrededores. Era algo que prefería hacer en soledad.
   Allí abajo todos continuaban con sus vidas, todos parecían saber a dónde iban ya sea caminando en soledad o acompañados por otros. Tenían la vista fija hacia adelante o bien la mirada perdida en sus celulares. Nadie reparó en mí.
   Sentí una gota de sudor recorrer mi frente a pesar del frío que hacía y de que estaba temblando. Me acerqué un poco más. Mi corazón amenazaba con escaparse de mi pecho. Tenía la mitad de mis pies en el vacío. Un movimiento en falso y perdería el equilibrio. Mantuve esa posición durante unos largos segundos jugando con la idea de que fuese el destino quien balancease mi equilibro.
   No tardé mucho en descubrir que si no me movía me quedaría congelada en esa posición eternamente. Sin embargo el tiempo seguía avanzando para los demás, la gente seguía caminando y yo, en el fondo sabía que no podría quedarme así para siempre. Yo era la única que podía tomar la decisión. Solo yo podía dar el salto.
   Un arrebato de osadía hizo que me inclinara hacia adelante. El suelo desapareció bajo mis pies y me precipité a toda velocidad hacia el pavimento. Comencé a gritar tan fuerte que dolía. El viento helado me hacía entrecerrar los ojos, pero pese al miedo que sentía me obligué a mantenerlos abiertos. A mi alrededor las cosas pasaban a gran velocidad, no, era yo quien caía a una enorme velocidad.
   El terror me ganó a último momento y cerré los ojos justo cuando estaba quizás a un metro del suelo. Mi corazón dio un salto. Sentí como mi cuerpo rebotaba en el aire y luego comencé oscilar. Abrí los ojos. Me sentía como un péndulo. Noté que algunas personas habían reparado en mí. Me sonrojé, quizás había gritado demasiado fuerte, pero era la primera vez que me arrojaba en salto bungee.  
Alejandra Daniela Abraham

sábado, 5 de enero de 2019

EDUCANDO PARA LA LIBERTAD LATINOAMERICANA


   Carlos Tünnerman Bernheim desarrolla en “Panorama general sobre la filosofía de la educación” los aportes pedagógicos de diferentes pensadores. Tomando su texto como material de apoyo, en este trabajo se intentará analizar y comparar las ideas de tres pensadores latinoamericanos: José Martí, Simón Bolivar y Domingo F. Sarmiento.
   José Martí concibe a la educación como una tarea prioritaria de los pueblos y de los gobiernos. Sólo a través de la educación los países pueden alcanzar grandeza, prosperidad y libertad, decía. Agregaba que un pueblo instruido será siempre fuerte y libre. El pueblo más feliz, para Martí, será el que tenga mejor educados a sus hijos tanto en la instrucción del pensamiento como en la dirección de sus sentimientos.
   Para Martí (Bernheim, 2008) “Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente hasta el día en que muere; es ponerlo al nivel de su tiempo; es prepararlo para la vida”. En esta concepción de las finalidades de la educación Bernheim plantea que Martí plasma una visión que se corresponde a visiones muy actuales de la educación. Hoy en día la UNESCO avala que “educar es preparar al hombre para la vida”.
   Para Bernheim (2008), Martí se anticipó a su tiempo con el concepto actual de educación permanente puesto que decía que la educación comienza con la vida y no termina hasta la muerte. Es decir, que fue uno de los pioneros en pensar una educación pensada para todas las etapas del desarrollo humano. En 1875 escribió que la educación no es fructífera a menos que sea continua y constante.
   En un artículo para el diario La Nación de Buenos Aires publicado en 1886, Martí criticó a las escuelas de la época. Allí sostuvo que las escuelas eran talleres de memorizar, en donde los niños languidecen año tras año “en estériles deletreos, mapas y cuentas”. Criticó la autorización de los castigos corporales y la falta de cariño entre maestras y alumnos. Consideraba que  la enseñanza tenía que ser un acto de infinito amor y despreciaba la violencia que allí se ejercía.
   Al mismo tiempo que desarrolla su inteligencia, el educando debe desarrollar sus cualidades de amor y de pasión. La instrucción primaria debía cambiar, pues Martí pensaba que debía pasar de ser verbal a experimental, de retórica a científica y que tenía que enseñarse al mismo tiempo que el abecedario de las palabras, el abecedario de la naturaleza. Además, creía de suma importancia que se formasen hombres buenos, útiles y libres en toda América.
   Bernheim (2008) resalta la distinción que hace Martí entre instrucción y educación. Mientras que la instrucción hace referencia a los pensamientos la educación guarda estrecha relación con los sentimientos. Ambas deben darse en forma conjunta puesto que la inteligencia realza a la moral.
   La educación práctica y la formación espiritual también debían desarrollarse en forma conjunta. Martí consideraba a la escuela una fragua de espíritus. En cuanto a la educación, Bernheim (2008) expone que Martí  consideraba aberrante la separación entre la educación que se recibe en una época y la época misma. Martí concebía a la educación como la “preparación del hombre para la vida” y “la conformación del hombre a su tiempo”. “La educación representa para el individuo la conquista de su autonomía, su naturalidad y su espiritualidad” (Bernheim, 2008).
   Bernheim, (2008) también analiza los pensamientos de Bolívar quien consideraba que en las escuelas se debía educar  para la ciudadanía, pues un ciudadano debe conocer sus obligaciones sociales y no perjudicar a los demás. Es decir formar ciudadanos  que puedan actuar activamente en una democracia participativa.
   Martí abogaba por una educación popular tanto para ricos como para pobres. Hacía énfasis en que todo hombre tiene derecho a que se le eduque y para Martí, en forma de pago una vez educado el sujeto debía contribuir a la educación de los demás. La educación popular era para él la base de la grandeza de los pueblos. También Bolívar consideraba a la educación como un derecho de todos los ciudadanos.
   En un contexto histórico y social en donde la mujer era relegada a las tareas domésticas, Bolívar se anticipa a su tiempo diciendo: “Que entre tanto y sin pérdida de tiempo se proceda a establecer en cada ciudad capital de Departamento una escuela primaria con las divisiones correspondientes para recibir a todos los niños de ambos sexos que estén en estado de instruirse (Bernheim, 2008)”. Consideraba que la educación de las mujeres era la base de la educación familiar por lo que fundó colegios para niñas.
   Sarmiento en su libro Educación Popular pone de relieve la educación de la mujer como complemento de la escuela. Escribe: “De la educación de las mujeres depende, sin embargo, la suerte de los Estados; la civilización se detiene a las puertas del hogar doméstico cuando ellas no están preparadas para recibirla. Hay más todavía, las mujeres, en su carácter de madres, esposas, o sirvientes, destruyen la educación que los niños reciben en la escuela” y “Dotadas de un tacto exquisito para dirigir la niñez, cuando el exceso de afecto no las extravía, las mujeres solas saben manejar sin romperlos los delicados resortes del corazón y de la inteligencia infantil (Sarmiento, Educación popular, 1849)”.
   Bernheim (2008), afirma que Martí estaba convencido de que en el mundo laboral había grandes potencialidades educativas. Escribió: “El hombre crece con el trabajo que sale de sus manos” y “en las escuelas hay que aprender a cocer el pan del que se ha de vivir luego”. Para él era menester que los currículos preparen a las personas para la vida cotidiana. Es decir, que no tiene sentido que en una escuela rural se eduque exclusivamente para la vida urbana como sucedía entonces.
   Bernheim (2008) señala que para Bolívar la educación debía ser prioritaria para el Estado. Sus concepciones generales sobre educación se basan en la ideología individualista y liberal de su tiempo. Abogaba por una educación que fuese función y responsabilidad del Estado. Bolívar decía que “un pueblo ignorante es instrumento de su propia destrucción”. Además, consideraba que un ciudadano tenía que saber leer y escribir y tenía que poseer algún conocimiento en ciencias, pero sus ideas fueron malinterpretadas y utilizadas para justificar la exclusión social y política de las personas que no estuviesen alfabetizadas.
   Sarmiento también propugnó una escuela común abierta a todos, “sin discriminación por causa de raza, de sexo, de condición económica, de rango social, de posición política o de creencia religiosa (Bernheim, 2008)”. Sarmiento consideraba que la escuela primaria debía ser para todos, el colegio secundario para los que puedan y la universidad para los que quieran.
   Tanto Sarmiento, fundador de las primeras escuelas normales de nuestro país,  como Bolívar se preocuparon profundamente por la formación de los educadores y consideraron que era el Estado quien debía encargarse de la educación. Sarmiento sostenía que el Estado debía proveer instrucción a todos los individuos asegurando un pleno desarrollo espiritual, económico, político y social, una instrucción que fuese laica, igualitaria, gratuita y donde haya libertad de conciencia.
   Bernheim (2008), explica que para Sarmiento había  grandes males sociales, éstos eran: “la barbarie y el caudillismo, con su secuela de ignorancia, pobreza, anarquía y fanatismo”. Sarmiento intenta explicar desde el punto de vista étnico el origen de los males sociales. De nuestra herencia española y la mestización indígena, para él se derivaba la ignorancia social, la anarquía y corrupción políticas y el escaso crecimiento económico y cultural. Sarmiento compara el desarrollo de las colonias inglesas y las españolas y afirma la superioridad del mundo protestante sobre el católico. Para curar los males sociales Sarmiento “aconseja tres remedios: inmigración europea, trabajo y (especialmente) educación pública”.
   La pedagogía de Sarmiento era política y de carácter social. Consideraba que la escuela podía transformar a la sociedad en todos sus aspectos. La educación para él era un derecho para todos al mismo tiempo que una obligación para la sociedad y fundamentalmente para el Estado, pues decía que “gobernar es educar”. 
   Bernheim contextualiza la América Latina en la que vivió Sarmiento de la siguiente manera: “Las naciones latinoamericanas, recién salidas de las guerras de independencia para sumergirse inmediatamente en el caos de las luchas civiles y la tiranía, no ofrecían las condiciones de paz y de progreso social necesarias para” concebir una educación pública como la pensaríamos hoy en día. Inspirado en las políticas educativas estadounidenses Sarmiento busca imponer justicia social, sosteniendo que “el régimen republicano y democrático exige una población bien informada, sin diferencias de clase, y para esto es necesario conceder a todos los habitantes igualdad de oportunidades (Bernheim, 2008)”. A través de la educación buscaba no sólo mejorar la condición económica, sino también construir una nación libre y soberana.
1-    Conclusión personal sobre los aportes de Martí, Bolívar y Sarmiento a la pedagogía actual.
   Martí, Bolívar y Sarmiento se anticiparon a su época con sus ideas educativas muchas de las cuales se aplican en las escuelas actuales. Sarmiento concebía a la educación como deber del Estado y como herramienta fundamental en la lucha contra la ignorancia y propulsora de la cultura cívica y general de la Nación. Además, defendió una educación integral sin distinción económica, social, política, religiosa o de género lo que hoy por hoy se aplica en las escuelas públicas argentinas. Su frase “gobernar es educar” pasó a la historia y su nombre se recuerda en todos los colegios de nuestro país.
   Para Bolívar la educación debía ser prioridad en la agenda del Estado y un derecho para todos los ciudadanos sin distinción de sexos. Hoy somos conscientes de que la escuela debe formar ciudadanos conscientes de sus deberes y obligaciones, pues necesitamos ciudadanos instruidos que puedan votar con conciencia. La escuela debe darles los conocimientos necesarios para desenvolverse en una democracia participativa.    
   Actualmente las ideas pedagógicas de Martí fueron retomadas y se aplican en las políticas educativas cubanas. Pues Martí concebía una educación popular, revolucionaria, integradora y beneficiosa para el progreso social. Un pueblo educado es fuerte y libre, decía. En la actualidad en Cuba la educación es continua y existen programas para la educación campesina e incluso existe una universidad para adultos mayores. Cuando se aplicaron las ideas martianas se logró hombres para la vida, poniéndolos al nivel de su tiempo. Es decir que la educación debe ser útil para los contextos en los que se vive. Se anticipó al concepto actual de educación permanente, considerando que se aprende durante toda la vida. Con la posmodernidad en la mayoría de las escuelas se inculca al niño una educación basada exclusivamente en el conocimiento erudito, mientras que la formación espiritual se deja de lado en la mayoría de las instituciones educativas, pero Martí defendía  una formación que fuese práctica y espiritual al mismo tiempo, que incentive a estudiar a través del amor y apartánda de la violencia.

Bibliografía:
-SARMIENTO, D. F. “Instrucción pública” en Educación Popular (1849) en Domingo Faustino Sarmiento. Textos fundamentales. Tomo II. Selección de Luis Franco y Ovidio O. Amaya. Bs. As. Compañía General Fabril Editora. 1959. Pp. 197-205
- BERNHEIM, C. T. “Panorama general sobre la filosofía de la educación” Digitalizado por: ENRIQUE BOLAÑOS, FUNDACIÓN. 2008. Pp 75-86 y 91-98
- Apuntes tomados de las clases de Filosofía de la Educación, materia dictada por la Prof. CAMPOS, M. B. 2018

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