viernes, 27 de diciembre de 2019

Capítulo 12: SUEÑOS INFILTRADOS

Todo el mundo debe haber soñado alguna vez con imágenes de algo que le sucedió ese día, esa semana o en algún momento de su infancia o quizá también, con algún tema que le preocupase en particular o incluso con nimiedades de su día a día. Es común arrastrar fragmentos de nuestras vidas al mundo de los sueños, pero aquellos elementos o criaturas que son propias del mundo onírico, no deberían poder sobrepasar los umbrales del inconsciente para abrirse paso a la realidad de la vigilia. Permitir que algo así suceda parecería ir en contra de las leyes naturales, de la misma forma en que no se puede regresar de la muerte o caer hacia el firmamento desafiando la gravedad. Aquellas criaturas no deberían estar en nuestro mundo. Los seres de mis sueños habían atravesado aquella barrera que les debería ser prohibida, el umbral que las separaba de quienes pueden soñar y ahora estaban aquí.
Desperté sobresaltada al igual que tantos otros días, pero en aquella ocasión, en lugar de un grito ahogado comencé a sentir como si mi alma quisiera escaparse de mi cuerpo. Una corriente helada salía de mis pulmones y se abría paso por mi garganta y por mi boca mientras yo sentía que me asfixiaba. Una luz cegadora que emanaba de mi interior se fue moldeando en la figura de un ser que se desdobló a sí mismo creando otra criatura idéntica a él.
Aquellos extraños seres me observaron con sus rostros sin facciones durante algunos segundos en los que me quedé paralizada. Tan sólo podía temblar. Pasados unos instantes, se esfumaron frente a mí. Me aferré a la esperanza de despertar tarde o temprano, pero eso no ocurrió. Estaba despierta y aquellos seres ahora formaban parte de mi mundo. Eso no podía estar bien.
En cuanto pude volver a moverme me dirigí lo más rápido que pude al cuarto de mi madre y abrí la puerta procurando no hacer ruido. Ella dormía profundamente al igual que mi bebé. Me acerqué al moisés y besé la frente de mi hija con ternura.
No sabía qué era lo que buscaban aquellos extraños e inquietantes seres en mi mundo, pero tenía un mal presentimiento. Lo único que esperaba era que no viniesen a hacernos daño. Sentía que tenía que proteger a mi familia, pero lo cierto es que no tenía idea de cómo hacerlo. Ni siquiera podría revelarle lo ocurrido a mi madre sin que me tomara como a una completa demente.
Aquella mañana nadie notó el temor que sentía. Probablemente, después de todo lo que me había ocurrido había incorporado el miedo como una constante en mi vida.
Las palabras del conductor del noticiario me sacaron de mis pensamientos. Al parecer, habían encontrado asfixiadas a las dos primeras jóvenes que habían logrado escapar de los prostíbulos. Distinguí como una sombra de preocupación surcaba el rostro de mi madre y me pregunté si la muerte también me estaría acechando. Tenía el presentimiento amargo de que los seres de luz que salieron de mi interior podrían estar de alguna forma involucrados con aquellas muertes.

viernes, 20 de diciembre de 2019

Capítulo 11: IMAGEN

Miguel me acompañaba a casa cada vez que salíamos de la terapia grupal. Solíamos caminar despacio y conversábamos bastante. Hablábamos de cómo había estado nuestra semana, de los proyectos que teníamos para el futuro y de los logros y fracasos en nuestras metas. Aquello se había convertido poco a poco, en nuestra rutina. Él se había vuelto mi mejor y único amigo.
Noté que paulatinamente su humor iba mejorando y comenzó a cuidar más de su aspecto y de su cuerpo. Ahora, llevaba su barba afeitada al ras y su cabello claro y ondulado un poco más arreglado. Al notar su esfuerzo, también yo comencé a preocuparme por mi aspecto, pero me sentía horrible. Tenía ojeras y había bajado muchísimo de peso después del nacimiento de Ariana. La ropa me quedaba muy holgada y ocultaba las pocas curvas que tenía. Me sentía avergonzada de mí misma. Comencé a temer no poder captar la atención de Miguel. A pesar de que se había convertido en mi mejor amigo y de que aquello era muy importante para mí, yo en el fondo de mi corazón, esperaba que quizás algún día, pudiésemos convertirnos en algo más.
También, me preguntaba algunas veces, si a Ian le gustaría aún en mi descuidado estado actual. Cuando ese pensamiento surcaba por mi mente, luchaba por desterrarlo de allí lo más rápido que me fuera posible. No tenía que pensar en él, necesitaba deshacerme de su hermoso recuerdo y concentrarme en los sucesos que podía comprobar que eran reales. Sólo de ese modo podría mejorar y convertirme en una buena madre o por lo menos era lo que los demás se esforzaban en que yo creyese.
Una tarde, antes de ir a terapia, decidí emprender la tarea casi imposible de mejorar mi aspecto físico. Me había despertado hacía poco, porque no había dormido bien durante la noche y descansado muy mal durante la hora de la siesta, pero quería sentirme guapa y verme linda para Miguel. Me dirigí al tocador de mi madre y tomé su caja de maquillajes. Sólo me había pintado unas pocas veces cuando era niña jugando con mis amigas, por lo que esperaba que no me saliera muy mal esta vez.
Me llevó unos pocos intentos delinear bien mis ojos, pero finalmente logré hacer que se vieran más grandes y almendrados que de costumbre. Me coloqué un poco de base color piel y utilicé algo de labial color cereza para mis labios. Pasé el cepillo por mi largo y rubio cabello, al tiempo que le trataba de dar un poco de volumen con el secador de pelo.
Tenía que reconocer que todo ese esfuerzo había valido la pena y que me veía bastante bien. Le regalé una sonrisa seductora a mi reflejo y me permití algunos segundos para practicar distintas miradas y gestos en el espejo. Parecía otra persona.
Ese día, mientras caminaba hacia el consultorio de Vladimir, me pregunté si Miguel notaría mi cambio de aspecto. Yo esperaba que así fuera, sin embargo, algo sucedió y no me encontraría con él ese día.
Me hallaba a unas pocas cuadras del lugar en donde deberíamos tener la sesión de terapia, cuando un cartel con una publicidad de zapatos acaparó mi atención. Se trataba de mi Ian. Mi enamorado supuestamente imaginario era el modelo de aquella publicidad de calzado. Era igual al Ian de mis recuerdos, salvo por sus ojos que en la imagen eran de color verde claro. Me pregunté si aquello significaba que Ian existía realmente. Me sentía abrumada y confundida al mismo tiempo. No comprendía bien qué estaba sucediendo. ¿Acaso mis dos mundos podían coexistir?
Unos instantes después, creí entender lo que realmente sucedía. Seguramente, habría visto aquel cartel en algún sitio o la imagen del modelo en alguna otra publicidad y lo había incorporado a mis delirios.
Lágrimas amargas comenzaron a correr por mi rostro. Pensé que aquello sólo confirmaba que mis recuerdos y sueños no eran más que defensas psicológicas que me ayudaban a escapar de la dura realidad.
De pronto, pensé banalmente que mi maquillaje se habría arruinado por completo. Me pregunté, qué sentido tendría esforzarme por gustarle a alguien si yo aún seguía enamorada del hombre que me inventé. Di media vuelta y regresé a mi casa. No quería ver a nadie. No podía enfrentarme a Miguel ese día. Todavía no estaba lista. Tenía que ordenar mis sentimientos. 

viernes, 13 de diciembre de 2019

Capítulo 10: HIPERSOMNIA

El tercer viernes de cada mes, asistía a una consulta con mi psiquiatra. No me agradaba demasiado aquel hombre, siempre que iba me recetaba nuevas pastillas que parecían no ayudarme en absoluto, más bien todo lo contrario. Me sentía cansada todo el tiempo. Levantarme de la cama resultaba cada vez más difícil. Lo peor, era que no descansaba bien por culpa de las pesadillas que me acosaban tanto durante la noche como durante el día. Distinguir donde se encontraba el límite entre el sueño y la vigilia era un desafío cada vez más grande para mí.
Estaba segura de que las pastillas nuevas causaban esa confusión en mí. Incluso, había intentado deshacerme de ellas en cierta ocasión, pero mi madre las había encontrado en la basura y había amenazado con internarme en una clínica psiquiátrica si dejaba de tomarlas. Ambas habíamos peleado y terminado por romper a llorar. Yo no quería estar lejos de ella ni de mi hija. Le prometí que haría todo lo que me dijese y que tomaría las pastillas que me recetara el médico. No quería que me encerraran y me dolía en lo más profundo de mi corazón que pensara en deshacerse de mí. En ese momento, me dio un abrazo muy fuerte y me prometió que no me iba a alejar de ella ni de Ariana. Luego de aquello, yo le juré que no la volvería a decepcionar. Sólo esperaba poder cumplir con mi palabra.
Tenía pesadillas recurrentes que parecían nunca acabar. Algunas veces, soñaba que me despertaba, pero en realidad seguía atrapada dentro de ese infierno. En ocasiones, soñaba que me encontraba amarrada a una camilla y seres de luz que en mi opinión no pertenecían a nuestro mundo me examinaban y me herían. Ciertas noches, las pesadillas resultaban ser más verosímiles y eran hombres sumamente repulsivos quienes me hacían daño. No importaba cual fuese el caso, solía despertarme llorando, con rasguños en el cuerpo y cubierta en sudor frío.
Algunas noches, tenía sueños a los que no podría llamar pesadillas, porque todo en ellos era perfecto. Soñaba con Ian, con nuestro amor y con nuestros hijos. Volvíamos a estar juntos en la cabaña del árbol, en el prado o en nuestro bosque encantado. Estos últimos eran los más dolorosos porque al despertar volvía a ser consciente de que aquello no era real y que era probable que jamás lo hubiese sido. La lógica me decía que me había inventado ese mundo perfecto para escapar del tormento por el que debí haber atravesado. Mi corazón, por su parte, aún se aferraba a la esperanza de que Ian viniera a rescatarme, que me tomara fuerte entre sus brazos y me prometiera que todo iba a estar bien y que yo no había perdido la cordura.
Tenía cortes en todo el cuerpo producto de que me arañaba mientras estaba dormida. Por ese motivo, nunca le enseñaba los brazos a nadie, ni siquiera a mi madre. Aunque dormía mucho, me despertaba gritando tres o cuatro veces por noche, así que decidimos trasladar el moisés de Ariana a la habitación de ella. Al principio, cuando las pesadillas comenzaron, mi familia se apresuraba a entrar en mi cuarto para asegurarse de que todo estuviera bien. Después de una semana de pesadillas constantes habían aprendido a ignorarme.
Aunque no le había contado a mi madre sobre Miguel, había compartido con ella mi idea de buscar un empleo. Esperaba que me dijese que no era conveniente debido a mi estado de ánimo y a que tenía que dedicarme a cuidar de la bebé, pero para mi sorpresa, ocurrió todo lo contrario. Ella parecía encantada con el plan de intentar mejorar y de que quisiera hacer algo por mí y así, poder salir del pozo depresivo en el que me encontraba inmersa en ese momento.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Capítulo 9: ESPERANZA

Había comenzado a asistir una vez a la semana a sesiones grupales de terapia, pero allí no hablaba mucho de mí sino que me dedicaba a escuchar a los demás. Vladimir, el coordinador de la terapia era un hombre con barba platinada que me transmitía cierta tranquilidad. Los integrantes del grupo iban variando semana a semana. Sólo dos o quizás tres personas asistían de manera regular, los demás iban y venían, pero nunca llegábamos a ser más de diez.
Ya llevaba alrededor de dos meses asistiendo a terapia. Uno de mis compañeros, Miguel, había despertado mi interés en cierto modo. No es que me pareciera demasiado guapo, pero tenía su encanto y sobre todo, me sentía identificada con sus sentimientos. Él sabía expresar sus emociones mucho mejor de lo que yo lo hacía. Con él descubrí que yo no era la única persona en el mundo que amaba a familiares que posiblemente no existían. Él estaba atravesando por una situación diferente a la mía, pero con la que tangencialmente coincidía. No me había atrevido a conversar directamente con él, pero me gustaba escucharlo hablar en las terapias.
Miguel había sufrido un accidente de autos hacía casi dos años. Él pudo sobrevivir, pero por desgracia había perdido a su esposa e hija durante el impacto. Desde aquel fatídico día, los fantasmas de su familia lo visitaban esporádicamente. Supongo que porque se sentía culpable. Yo me preguntaba cómo es posible olvidar a alguien si no puedes dejar que se vaya.
Una tarde, luego de salir de la terapia me armé de valor y le pregunté al joven si quería caminar conmigo, así podíamos conversar un poco. Miguel aceptó de buena gana y me acompañó hasta mi casa. Era una persona muy amable a quien la suerte le había dejado de sonreír hacía tiempo. Tenía veinticuatro años y era médico radiólogo, pero había perdido su empleo por culpa de los delirios y de las alucinaciones que experimentaba. Cualquiera que no lo conociera pensaría que había perdido la cordura, pero yo sabía que no era así. Entendía por lo que estaba atravesando y él tampoco me juzgaba a mí ni a mis recuerdos.
Era un muchacho agradable, aunque físicamente se lo veía un poco descuidado. Vivía con su hermano y su cuñada, pero sólo era algo provisorio hasta que encontrase un nuevo empleo y algún lugar con un alquiler accesible para mudarse. Él realmente quería salir adelante y empezar de nuevo. Yo le dije que esperaba lo mismo y no sólo por mí sino también por mi hija. Le hablé bastante sobre Ariana. Le confesé que lo que más deseaba era poder ser una buena madre. También le dije que estaba pensando en buscar un empleo para mantenernos a ambas y de esa manera no tener que depender más de mi madre. Aquello no era del todo verdad. Hasta ese momento no había pensado en encontrar un empleo, pero él parecía interesado en mis palabras y me brindaba todo su apoyo y atención y eso resultaba bastante agradable.
Llegamos al portal de mi casa antes de lo que hubiera deseado. Le agradecí por acompañarme y él me regaló una bonita sonrisa. Le sonreí también y lo bese en la mejilla antes de abrir la puerta y entrar a través de ella.
—Quizás, en otra ocasión pueda acompañarte nuevamente —comentó Miguel pasando su mano por su cabello rubio y despeinado.
—Eso estaría bien —respondí sintiendo en el fondo como si estuviese engañando a Ian.
Entré a la sala y cerré la puerta después de mí. Me sentía una completa tonta por seguir teniendo sentimientos por alguien que parecía no existir más que en mi imaginación y también por tratar de olvidarlo acercándome a un hombre que aún amaba a su esposa a pesar de que ella estuviese muerta.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Capítulo 8: ROTA

El país entero estaba conmocionado. Cada vez más instituciones, profesionales de la salud, políticos, policías y fuerzas armadas resultaban estar vinculados con el caso de los prostíbulos y maternidades clandestinas. Aún peor que eso, era la posibilidad de que muchos de los secuestros estuviesen vinculados con el tráfico de órganos.
Se comentaba en los medios que incluso el Presidente podría estar implicado. Todos los días, grandes grupos de personas marchaban a las plazas. Los manifestantes llevaban antifaces negros como símbolo de la protesta. La represión de la policía no hacía más que convocar a más personas que exigían justicia por todas las vidas que habían sido robadas. En los medios, incluso, se había comenzado a hablar de la posibilidad de un golpe de Estado. Era la primera vez en más de treinta años que la democracia estaba en riesgo. La noticia dominaba la agenda pública y no había ninguna forma de escapar de ella.
Una de las jóvenes rescatadas había declarado que mi fotografía le resultaba familiar. La versión oficial era que yo era una superviviente más y como aquello era más verosímil que mi historia, mi madre llegó a la conclusión de que la terapia no me estaba ayudando sino más bien, todo lo contrario. Decía que me estaba confundiendo sembrando en mí recuerdos que no existían y me prohibió volver a ver a Noemí. Fue entonces, cuando me quebré por dentro. Me sentía atrapada entre dos mundos y no sabía en qué podía creer. Sin embargo, fueran reales o no, extrañaba con todo mi ser a Ian y a mis hijos.
Mi madre se había tomado una licencia en el trabajo para dedicarse a cuidar de mí y de mi hija a quien llamé Ariana. Mi niña era perfecta, pero no lograba llenar el vacío que había dejado dentro de mí la ausencia de recuerdos de Ian y de los niños. Sentía que Ariana era capaz de percibir el aura de completa oscuridad que me envolvía y en los momentos en que no podía evitar romper a llorar ella me acompañaba con su llanto. Mi madre la cuidaba casi todo el tiempo. Yo no me sentía lo suficientemente buena para ella. No había podido amamantarla tan siquiera una sola vez, debido a que el psiquiatra me había recetado unas pastillas para lidiar con la ansiedad y otras para superar la depresión más fuertes que las que había estado tomando, aunque yo sentía que no estaban funcionando en mí.
Ariana tenía absolutamente cautivados a mi madre y a Samuel quien resultó ser mucho más amable de lo que yo había pensado al comienzo de nuestra relación. Con la atención de la casa puesta en Ariana, yo había ganado un poco más de autonomía. Había comenzado a salir sola a la calle nuevamente, bajo la promesa de llevar siempre conmigo el antiguo teléfono celular de Samuel y de nunca alejarme demasiado de casa. Para mi hermano, el pequeño aparato era un cacharro antiguo, mientras que a mí me sorprendía lo mucho que había avanzado la tecnología en los últimos diez años. Era como si llevara una computadora miniatura en el bolsillo.
Un mes y medio después del nacimiento de Ariana, mi madre se vio obligada a volver a trabajar por lo que inscribimos a mi hija en un jardín maternal. A pesar de creer que eso me iba a alejar aún más de ella, algunos días sentía como si no me quedaran fuerzas para levantarme de la cama. Estar conmigo a solas todo el día, no era lo mejor para ella en ese momento de nuestras vidas y yo me daba cuenta de eso. Realmente, ansiaba ponerme bien y no sólo por mí, sino también por mi hija, pero estaba sumergida en un abismo emocional del que era muy difícil salir.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Capítulo 7: SERES DE LUZ

Estaba aturdida y asustada. El dolor era tan fuerte que hacía imposible que permaneciera erguida. Las palabras del médico sonaban como un eco lejano dentro de mi cabeza. Algo no iba bien con la bebé y tenían que operarme de urgencia. A pesar de mis insistencias no dejaron que mi madre me acompañase al quirófano. Estaba muerta de miedo y no quería estar sola.
Creía que algo no estaba bien conmigo y con la bebé. El presentimiento se volvía cada vez más fuerte. Comencé a llorar.
Sentía que me iba a morir y necesitaba a mi mamá conmigo. No podía respirar. Alguien dijo que estaba teniendo un ataque de pánico y que era algo normal. No había nada de normal en cómo me sentía. Tenía frío, la garganta se me cerraba cada vez más y pensaba que eso me mataría. Nos mataría tanto a mí como a mi pequeña. Aquello destruiría a mi madre quien seguramente moriría de pena. Todo estaba mal, infinitamente mal y nadie podía ayudarme. Comencé a forcejear con los médicos. Creo que quería escapar de la realidad que me asfixiaba.
Sentí un pinchazo en el brazo e instantes después comencé a desvanecerme. Me dejé caer hacia atrás. Ya no tenía fuerzas suficientes como para moverme. De hecho, no podía mover un sólo músculo de mi cuerpo. Un instante después, el dolor me abandonó por completo. Me pregunté en ese momento, si así se sentiría morir.
La luz sobre mi cabeza era demasiado intensa y me obligaba a mantener los ojos entrecerrados. Los médicos que me rodeaban habían sufrido una metamorfosis tan paulatina que casi no lo había notado. Ahora, eran más altos y estaban hechos de luz. Ya no eran humanos.
Tenía que huir, pero el cuerpo no me respondía. Sentía que iban a hacerme daño tanto a mí como a mi hija. Luché con todas mis fuerzas, pero había olvidado cómo usar las extremidades. Intenté gritar, pero mis labios permanecieron sellados.
Las criaturas sostenían lo que parecían ser instrumentos de tortura y yo sabía que planeaban utilizarlos contra mí o contra mi niña. Mi cuerpo estaba dormido, pero yo me sentía más despierta que nunca. Estaba atenta a todo lo que sucedía a mi alrededor.
No pude evitar apretar los ojos con fuerza cuando los seres deslizaron un afilado instrumento por mi vientre. En ese momento estaba preparada para lo peor. Me alivió, sin embargo, no sentir ningún dolor físico, aunque por otro lado, una tristeza profunda se sumaba a la desesperación que me invadía.
Había muchísima sangre por todos lados. Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para evitar apartar la mirada. El ser de luz que me había abierto el vientre levantó en sus brazos a mi bebé. Estaba cubierto de sangre y lloraba con fuerza. Era un varón y unos escasos mechones cobrizos cubría su pequeña cabecita. Otro iluminado ser cortó el cordón que nos mantenía unidos. Ya no había nada que nos conectara. Me sentí completamente vacía, como si se hubieran llevado una parte importante de mi alma.
Otro nacimiento exitoso.
Sus voces sonaron al unísono siseantes dentro de mi cabeza.
Lo alejaban de mí. ¿A dónde se lo llevaban? Necesitaba estar con mi bebé.
Tan sólo un ser de luz se quedó atendiendo mi herida abierta. Los demás rodeaban al niño al que habían depositado sobre una superficie metálica. Mi hijo lloraba y las criaturas estaban intentando entrar por su boca. Uno a uno, él los iba absorbiendo. Yo no entendía qué estaba sucediendo.
De pronto, sentí como la oscuridad me envolvía por completo. Creo que me desmayé.
Cuando volví en mí, distinguí a mi mamá. Ya no me encontraba en el quirófano y no había ningún rastro de aquellos extraños seres de luz. Estaba en la cama de una habitación pequeña que tenía una ventana que daba al patio del hospital. Mi bebé dormía en un moisés transparente. Samuel se encontraba sentado a los pies de mi cama jugando con su teléfono.
—Tienes una hermosa y saludable niña —dijo mi madre y me regaló una dulce sonrisa—. ¿Cómo te encuentras?
—Confundida —dije sinceramente.
Me incorporé un poco para ver bien a mi hija. El efecto de la anestesia se estaba yendo por lo que sentía un poco de dolor. La bebé era preciosa. Dormía profundamente y respiraba tranquila. Tenía las mejillas rosadas y unos pequeños bucles color castaño claro. Me pregunté si lo que había visto hacía instantes habría sido una alucinación o quizás algún recuerdo del nacimiento de alguno de mis otros hijos.
Intenté concentrarme en las personas que me rodeaban. Estaba casi segura de que mi hija, mi madre y mi hermano eran reales. Quería convencerme de que estaríamos a salvo. Llevé mi mano hacia la de mi mamá y ella me la tomó con fuerza. Sentir su apoyo me daba seguridad. Era mi anclaje con la realidad. Tenía mucho miedo de volver a perderme fuera de este mundo.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Capítulo 6: OPERATIVO REALIDAD

El día en el que nació mi hija sentí que me arrancaban la mitad de mi vida.
Aquella mañana mi mamá preparó café y tostadas. El calendario colgado en la cocina anunciaba que recién en nueve días iba a nacer mi bebé. Le comenté a mi madre que de los nombres que había sugerido, me había gustado mucho Ariana. Samuel fingía estar inmerso en la lectura de un libro de Calabozos y Dragones, pero llevaba varios minutos sin pasar la página, por lo que yo estaba segura de que nos estaba escuchando.
A mis espaldas, el televisor nuevo pasaba las noticias. Mi mamá frunció el ceño y subió el volumen. Giré la cabeza para observar sobre mi hombro. Aún no me acostumbraba a la alta calidad de imagen, pues diez años atrás tan sólo teníamos un viejo televisor de tubo. Una reportera hablaba desde la entrada de una chacra.
Habían desmantelado una importante red de trata de personas. Hasta el momento habían encontrado a más de ciento cuarenta mujeres que habían sido esclavizadas en burdeles clandestinos. Nueve personas ya se encontraban detenidas, entre ellos se destacaba un importante funcionario del gobierno y se estaba investigando a muchos otros políticos que podrían estar involucrados. Además, se hablaba de una presunta venta de bebés en maternidades clandestinas. La fiscalía señalaba que podría haber una vinculación con la policía que habría facilitado el funcionamiento de los prostíbulos desde hacía más de veinte años. De esto daba cuenta las declaraciones de dos víctimas que se habían logrado fugar hacía algunos meses y posteriores escuchas telefónicas.
Llamaron al teléfono de línea y mi madre se apresuró a contestar. Bajó el sonido del televisor para poder conversar. Noté que Samuel había dejado su libro sobre la mesa e intentaba escuchar lo que mi mamá decía. Ella se limitaba a asentir. La conversación no duró demasiado. Cuando volvió a la mesa confirmó lo que yo ya sospechaba.
—Creen que podrías haber sido víctima de esos malditos... —su voz se quebró antes de que pudiese terminar la frase. Se dirigió hacia donde yo estaba y me abrazó muy fuerte—. Al ser tan linda. Tus hijos deben haber sido hermosos y los deben haber vendido muy caros. Con razón no logras recordar nada. No debe haber sido nada bueno aquello por lo que pasaste.
Mi madre se puso a llorar y yo la abracé con más fuerza. Luego, Samuel se unió también al abrazo. Yo no estaba segura qué debía creer, pero sentía un enorme dolor en el alma y en el vientre. Sentí una punzada que me atravesó desde la parte baja de la panza hasta la espalda. Fue tan fuerte que me hizo gritar, al poco tiempo sentí otra y otra más.
Mi hermano pequeño se apresuró a llamar un Uber desde su teléfono celular.
—No estoy lista. Es demasiado pronto —la idea de parir en ese momento me asustaba profundamente.
—Tranquila, querida. Todo va a estar bien. Estoy contigo —repetía mi mamá sin dejar de acariciarme el cabello.

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...