viernes, 29 de noviembre de 2019

Capítulo 8: ROTA

El país entero estaba conmocionado. Cada vez más instituciones, profesionales de la salud, políticos, policías y fuerzas armadas resultaban estar vinculados con el caso de los prostíbulos y maternidades clandestinas. Aún peor que eso, era la posibilidad de que muchos de los secuestros estuviesen vinculados con el tráfico de órganos.
Se comentaba en los medios que incluso el Presidente podría estar implicado. Todos los días, grandes grupos de personas marchaban a las plazas. Los manifestantes llevaban antifaces negros como símbolo de la protesta. La represión de la policía no hacía más que convocar a más personas que exigían justicia por todas las vidas que habían sido robadas. En los medios, incluso, se había comenzado a hablar de la posibilidad de un golpe de Estado. Era la primera vez en más de treinta años que la democracia estaba en riesgo. La noticia dominaba la agenda pública y no había ninguna forma de escapar de ella.
Una de las jóvenes rescatadas había declarado que mi fotografía le resultaba familiar. La versión oficial era que yo era una superviviente más y como aquello era más verosímil que mi historia, mi madre llegó a la conclusión de que la terapia no me estaba ayudando sino más bien, todo lo contrario. Decía que me estaba confundiendo sembrando en mí recuerdos que no existían y me prohibió volver a ver a Noemí. Fue entonces, cuando me quebré por dentro. Me sentía atrapada entre dos mundos y no sabía en qué podía creer. Sin embargo, fueran reales o no, extrañaba con todo mi ser a Ian y a mis hijos.
Mi madre se había tomado una licencia en el trabajo para dedicarse a cuidar de mí y de mi hija a quien llamé Ariana. Mi niña era perfecta, pero no lograba llenar el vacío que había dejado dentro de mí la ausencia de recuerdos de Ian y de los niños. Sentía que Ariana era capaz de percibir el aura de completa oscuridad que me envolvía y en los momentos en que no podía evitar romper a llorar ella me acompañaba con su llanto. Mi madre la cuidaba casi todo el tiempo. Yo no me sentía lo suficientemente buena para ella. No había podido amamantarla tan siquiera una sola vez, debido a que el psiquiatra me había recetado unas pastillas para lidiar con la ansiedad y otras para superar la depresión más fuertes que las que había estado tomando, aunque yo sentía que no estaban funcionando en mí.
Ariana tenía absolutamente cautivados a mi madre y a Samuel quien resultó ser mucho más amable de lo que yo había pensado al comienzo de nuestra relación. Con la atención de la casa puesta en Ariana, yo había ganado un poco más de autonomía. Había comenzado a salir sola a la calle nuevamente, bajo la promesa de llevar siempre conmigo el antiguo teléfono celular de Samuel y de nunca alejarme demasiado de casa. Para mi hermano, el pequeño aparato era un cacharro antiguo, mientras que a mí me sorprendía lo mucho que había avanzado la tecnología en los últimos diez años. Era como si llevara una computadora miniatura en el bolsillo.
Un mes y medio después del nacimiento de Ariana, mi madre se vio obligada a volver a trabajar por lo que inscribimos a mi hija en un jardín maternal. A pesar de creer que eso me iba a alejar aún más de ella, algunos días sentía como si no me quedaran fuerzas para levantarme de la cama. Estar conmigo a solas todo el día, no era lo mejor para ella en ese momento de nuestras vidas y yo me daba cuenta de eso. Realmente, ansiaba ponerme bien y no sólo por mí, sino también por mi hija, pero estaba sumergida en un abismo emocional del que era muy difícil salir.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Capítulo 7: SERES DE LUZ

Estaba aturdida y asustada. El dolor era tan fuerte que hacía imposible que permaneciera erguida. Las palabras del médico sonaban como un eco lejano dentro de mi cabeza. Algo no iba bien con la bebé y tenían que operarme de urgencia. A pesar de mis insistencias no dejaron que mi madre me acompañase al quirófano. Estaba muerta de miedo y no quería estar sola.
Creía que algo no estaba bien conmigo y con la bebé. El presentimiento se volvía cada vez más fuerte. Comencé a llorar.
Sentía que me iba a morir y necesitaba a mi mamá conmigo. No podía respirar. Alguien dijo que estaba teniendo un ataque de pánico y que era algo normal. No había nada de normal en cómo me sentía. Tenía frío, la garganta se me cerraba cada vez más y pensaba que eso me mataría. Nos mataría tanto a mí como a mi pequeña. Aquello destruiría a mi madre quien seguramente moriría de pena. Todo estaba mal, infinitamente mal y nadie podía ayudarme. Comencé a forcejear con los médicos. Creo que quería escapar de la realidad que me asfixiaba.
Sentí un pinchazo en el brazo e instantes después comencé a desvanecerme. Me dejé caer hacia atrás. Ya no tenía fuerzas suficientes como para moverme. De hecho, no podía mover un sólo músculo de mi cuerpo. Un instante después, el dolor me abandonó por completo. Me pregunté en ese momento, si así se sentiría morir.
La luz sobre mi cabeza era demasiado intensa y me obligaba a mantener los ojos entrecerrados. Los médicos que me rodeaban habían sufrido una metamorfosis tan paulatina que casi no lo había notado. Ahora, eran más altos y estaban hechos de luz. Ya no eran humanos.
Tenía que huir, pero el cuerpo no me respondía. Sentía que iban a hacerme daño tanto a mí como a mi hija. Luché con todas mis fuerzas, pero había olvidado cómo usar las extremidades. Intenté gritar, pero mis labios permanecieron sellados.
Las criaturas sostenían lo que parecían ser instrumentos de tortura y yo sabía que planeaban utilizarlos contra mí o contra mi niña. Mi cuerpo estaba dormido, pero yo me sentía más despierta que nunca. Estaba atenta a todo lo que sucedía a mi alrededor.
No pude evitar apretar los ojos con fuerza cuando los seres deslizaron un afilado instrumento por mi vientre. En ese momento estaba preparada para lo peor. Me alivió, sin embargo, no sentir ningún dolor físico, aunque por otro lado, una tristeza profunda se sumaba a la desesperación que me invadía.
Había muchísima sangre por todos lados. Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para evitar apartar la mirada. El ser de luz que me había abierto el vientre levantó en sus brazos a mi bebé. Estaba cubierto de sangre y lloraba con fuerza. Era un varón y unos escasos mechones cobrizos cubría su pequeña cabecita. Otro iluminado ser cortó el cordón que nos mantenía unidos. Ya no había nada que nos conectara. Me sentí completamente vacía, como si se hubieran llevado una parte importante de mi alma.
Otro nacimiento exitoso.
Sus voces sonaron al unísono siseantes dentro de mi cabeza.
Lo alejaban de mí. ¿A dónde se lo llevaban? Necesitaba estar con mi bebé.
Tan sólo un ser de luz se quedó atendiendo mi herida abierta. Los demás rodeaban al niño al que habían depositado sobre una superficie metálica. Mi hijo lloraba y las criaturas estaban intentando entrar por su boca. Uno a uno, él los iba absorbiendo. Yo no entendía qué estaba sucediendo.
De pronto, sentí como la oscuridad me envolvía por completo. Creo que me desmayé.
Cuando volví en mí, distinguí a mi mamá. Ya no me encontraba en el quirófano y no había ningún rastro de aquellos extraños seres de luz. Estaba en la cama de una habitación pequeña que tenía una ventana que daba al patio del hospital. Mi bebé dormía en un moisés transparente. Samuel se encontraba sentado a los pies de mi cama jugando con su teléfono.
—Tienes una hermosa y saludable niña —dijo mi madre y me regaló una dulce sonrisa—. ¿Cómo te encuentras?
—Confundida —dije sinceramente.
Me incorporé un poco para ver bien a mi hija. El efecto de la anestesia se estaba yendo por lo que sentía un poco de dolor. La bebé era preciosa. Dormía profundamente y respiraba tranquila. Tenía las mejillas rosadas y unos pequeños bucles color castaño claro. Me pregunté si lo que había visto hacía instantes habría sido una alucinación o quizás algún recuerdo del nacimiento de alguno de mis otros hijos.
Intenté concentrarme en las personas que me rodeaban. Estaba casi segura de que mi hija, mi madre y mi hermano eran reales. Quería convencerme de que estaríamos a salvo. Llevé mi mano hacia la de mi mamá y ella me la tomó con fuerza. Sentir su apoyo me daba seguridad. Era mi anclaje con la realidad. Tenía mucho miedo de volver a perderme fuera de este mundo.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Capítulo 6: OPERATIVO REALIDAD

El día en el que nació mi hija sentí que me arrancaban la mitad de mi vida.
Aquella mañana mi mamá preparó café y tostadas. El calendario colgado en la cocina anunciaba que recién en nueve días iba a nacer mi bebé. Le comenté a mi madre que de los nombres que había sugerido, me había gustado mucho Ariana. Samuel fingía estar inmerso en la lectura de un libro de Calabozos y Dragones, pero llevaba varios minutos sin pasar la página, por lo que yo estaba segura de que nos estaba escuchando.
A mis espaldas, el televisor nuevo pasaba las noticias. Mi mamá frunció el ceño y subió el volumen. Giré la cabeza para observar sobre mi hombro. Aún no me acostumbraba a la alta calidad de imagen, pues diez años atrás tan sólo teníamos un viejo televisor de tubo. Una reportera hablaba desde la entrada de una chacra.
Habían desmantelado una importante red de trata de personas. Hasta el momento habían encontrado a más de ciento cuarenta mujeres que habían sido esclavizadas en burdeles clandestinos. Nueve personas ya se encontraban detenidas, entre ellos se destacaba un importante funcionario del gobierno y se estaba investigando a muchos otros políticos que podrían estar involucrados. Además, se hablaba de una presunta venta de bebés en maternidades clandestinas. La fiscalía señalaba que podría haber una vinculación con la policía que habría facilitado el funcionamiento de los prostíbulos desde hacía más de veinte años. De esto daba cuenta las declaraciones de dos víctimas que se habían logrado fugar hacía algunos meses y posteriores escuchas telefónicas.
Llamaron al teléfono de línea y mi madre se apresuró a contestar. Bajó el sonido del televisor para poder conversar. Noté que Samuel había dejado su libro sobre la mesa e intentaba escuchar lo que mi mamá decía. Ella se limitaba a asentir. La conversación no duró demasiado. Cuando volvió a la mesa confirmó lo que yo ya sospechaba.
—Creen que podrías haber sido víctima de esos malditos... —su voz se quebró antes de que pudiese terminar la frase. Se dirigió hacia donde yo estaba y me abrazó muy fuerte—. Al ser tan linda. Tus hijos deben haber sido hermosos y los deben haber vendido muy caros. Con razón no logras recordar nada. No debe haber sido nada bueno aquello por lo que pasaste.
Mi madre se puso a llorar y yo la abracé con más fuerza. Luego, Samuel se unió también al abrazo. Yo no estaba segura qué debía creer, pero sentía un enorme dolor en el alma y en el vientre. Sentí una punzada que me atravesó desde la parte baja de la panza hasta la espalda. Fue tan fuerte que me hizo gritar, al poco tiempo sentí otra y otra más.
Mi hermano pequeño se apresuró a llamar un Uber desde su teléfono celular.
—No estoy lista. Es demasiado pronto —la idea de parir en ese momento me asustaba profundamente.
—Tranquila, querida. Todo va a estar bien. Estoy contigo —repetía mi mamá sin dejar de acariciarme el cabello.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Capítulo 5: MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS

Mi vientre crecía al mismo tiempo que iba descubriendo nuevos recuerdos gracias a las sesiones de hipnosis. A pesar de mis súplicas, ahora sólo veía a Noemí una vez a la semana. Acudir a terapia todos los días sobrepasaba el sueldo de secretaria de mi madre y yo aún no tenía empleo.
Esperaba ansiosa a que llegara la tarde de los jueves. En ese momento escudriñaba en los oscuros rincones de mi mente y podía volver a ver a mis hijos.
Vivíamos en una pequeña cabaña construida sobre las ramas de un árbol centenario a la que se accedía por una escalera de cuerdas. Parecía sacada de un cuento de hadas al igual que todo lo demás.
Noemí me había advertido que lo que veía no era necesariamente real. La mente de las personas era complicada y me advirtió que no me esperanzara ya que podía estar extrayendo tan sólo fantasías de mi mente. Sin embargo, se sentía sumamente real para mí.
Aunque Noemí me había pedido que no lo hiciera, yo le había contado a mi madre una descripción más o menos acertada de los dos niños y de la pradera. Ella había hablado con la policía y ahora ellos buscaban la cabaña, pero yo sabía que no la podrían hallar. El mundo en el que había estado viviendo todos esos años era muy diferente al nuestro o al menos, eso creía yo en ese momento.
Habían sido ciertos detalles en el paisaje los que me habían convencido de que no se trataba de un lugar dentro de este mundo. Por un lado habían sido los colores metálicos de las flores y por otro ciertas esferas de luz que parecían danzar en los rayos de luz.
El primer recuerdo que pude rescatar del joven pelirrojo fue de él intentando encender una hoguera para calentar un cuenco de lo que parecía ser una especie de guiso. Sus ojos eran hermosos y extraños al mismo tiempo. Perderse en ellos era como adentrarse en un cielo estrellado, eran completamente negros y estaban salpicados por diminutas luces blancas.
A ese recuerdo le sucedieron muchos y en casi todos aparecía él. Algunas veces se veía más joven y en otras ocasiones mucho mayor. En su aspecto me fui basando para intentar llevar un diario en el que trataba de ordenar cronológicamente los recuerdos que yo consideraba reales.
Creo que el padre de mis hijos se llamaba Ian y sus ojos cambiaban con el cielo. En otoño podían pasar de un azul intenso a un gris pálido en un pequeño instante. Era fascinante. Mi momento favorito del día era el atardecer cuando el púrpura se esfumaba con el anaranjado de su iris. Al menos eso creo recordar. Algunas veces me embargaba la duda y me preguntaba si serían recuerdos o sería todo producto de mi mente. Noemí me había dicho que no todo lo que se recuperaba por medio de la hipnosis era real, muchas veces funcionaba simplemente como sueños o deseos reprimidos. Yo me negaba aceptar esa opción, mi vida olvidada era demasiado hermosa como para ser mentira y yo realmente sentía que amaba a Ian y a mis hijos.
Según mis cálculos, había tardado muy poco tiempo en enamorarme de él y había pasado un poco más hasta que nos dimos nuestro primer beso. Creo que sucedió durante la primavera, porque las flores color oro y plata de mis recuerdos lucían más bellas que nunca. Nos sentamos en la cima de una colina que se encontraba cerca de las lindes del bosque, parecía que nunca nos íbamos demasiado lejos de aquel sitio.
Estábamos sentados muy cerca uno del otro. La distancia que nos separaba era tan corta que podía contar las pecas de su sonrojado rostro. Entonces, muy lentamente sus labios se acercaron a los míos y se fundieron en un tierno beso. Al ser tan sólo un recuerdo no pude sentirlo completamente real, pero estaba casi segura de que así había comenzado nuestra historia de amor.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Capítulo 4: SANGRE DE MI SANGRE

Me recosté en el diván de la consulta y Noemí comenzó a guiarme hacia un momento que me hubiese hecho feliz de aquellos años olvidados. Utilizó técnicas de relajación para que intentara desprenderme de la realidad que me agobiaba y pudiera abrir las puertas de mi inconsciente. Podía sentir la sangre fluyendo por mi cuerpo como si aquel flujo de vida estuviera purificando mi ser.
Poco a poco, sentí como si perdiera la conexión con el espacio físico que me rodeaba y me dejé guiar por los sinuosos senderos de mi mente. Las imágenes pasaban ante mis ojos como en una película. Me sentía como en un sueño, pero todo era mucho más claro, más nítido y más luminoso que nunca. Estaba en un prado y aunque no recordaba haber estado ahí antes me resultaba vagamente familiar.
Todo era muy hermoso. Veía colores que nunca antes había visto, que no podría describir aunque quisiera. Sentía el murmullo de un arroyo cerca de donde me encontraba.
No estaba sola. Dos niños pequeños de cabello cobrizo jugaban a atrapar lo que parecía ser un balón transparente. Algo con destellos color plata se movía dentro de la esfera.
En el recuerdo me encontraba sentada sobre la hierba cubierta de rocío y le indiqué a los niños que no se alejaran demasiado. Estaba segura de que eran mis hijos. Memoricé cada detalle de sus hermosos rostros, sus movimientos, sus ropas a juego azul marino.
—Relátame lo que estás viendo —la voz de Noemí sonó como un eco lejano dentro de mi mente.
—Veo a dos niños, mis hijos, estamos en una pradera. Me parece escuchar el sonido de un arroyo cerca nuestro.
Me sentía en paz en ese lugar. No quería regresar a mi otra vida. En aquel sitio encantado yo me sentía realmente muy feliz.
Los niños corrieron alejándose y me escuché pronunciar por primera vez sus nombres: Dante y Alex. Repetí sus nombres para que esta vez Noemí también pudiera oírlos.
Seguí a los pequeños colina abajo y distinguí el flujo de agua que había estado escuchando. Se detuvieron en la orilla. El más pequeño de los dos corrió hacia mí y se abrazó a mi pierna. Supe que era Dante.
Antes de poder siquiera conocerlos ya los quería como a algo inalcanzable.
—Cuando cuente tres vas a despertarte —otra vez escuchaba el eco en mi cabeza.
No, no podía regresar. Aquel era el lugar en el que debía estar. Mis pequeños me necesitaban. Yo los necesitaba. Me aferré a los recuerdos aún después de que se fueron tornando difusos. No quería irme.
—Uno.
Ya había perdido demasiado, no quería perder también ese momento. Necesitaba saber más. Quería saberlo todo.
—Dos.
No, era demasiado pronto para regresar.
—Tres.
El consultorio fue tomando forma frente a mis ojos. La pequeña habitación se veía más lúgubre y más sombría que nunca. Noemí estaba sentada frente a mí y me observaba impasible. En ese momento la odié profundamente. Sentí que Noemí era como una poderosa hechicera quien me había dado todo sólo para después quitármelo.
—Necesito regresar —solté con ímpetu.
—Mañana podemos intentarlo nuevamente —sugirió.
—Quiero ver más —repliqué.
—Lo sé, Leda. Lo sé.
Regresé a casa con mi madre. Decidí guardarme los recuerdos sólo para mí. Quizás en otro momento le relatase lo que había visto. Sentía una angustia agridulce. Tenía que encontrar a esos niños, tenía que saber exactamente qué había ocurrido con ellos.
Ese día se abrió una puerta que sería muy difícil volver a cerrar. Sin embargo, en ese momento lo hubiera dado todo para regresar con mis hijos a aquel precioso edén.

viernes, 25 de octubre de 2019

Capítulo 3: HIPNOSIS

La semana más difícil de la vida que recordaba había transcurrido. En algunos momentos sentía que quería desaparecer para siempre del mundo, pero al mismo tiempo esa idea me aterraba. Sentía los cambios en mi cuerpo fruto de aquel embarazo. No podía dejar de preguntarme qué era lo que había sucedido durante todo ese tiempo. Todos se lo preguntaban, pero por lo menos me habían dejado de exigir respuestas con las que no contaba.
Durante aquellos días había visitado a un montón de médicos diferentes tanto privados como enviados por la policía, todos coincidían en que estaba bien físicamente y en que el bebé que crecía dentro de mí era saludable. Aparte de la amnesia y la depresión, la gente decía que lo llevaba bastante bien, pero qué sabían ellos. Gran parte de mi vida me había sido arrebatada y no había nada que pudiera hacer al respecto.
También, había comenzado a ver a una psicóloga que se llamaba Noemí y era bastante agradable y a Marcelo, un psiquiatra de la policía con el que no congeniaba tan bien, pero me obligaban a asistir a su consulta con cierta periodicidad. Marcelo me daba medicación para controlar la ansiedad y ayudar a la recuperación de mi memoria. Eso me mantenía preocupada, porque había escuchado alguna vez que no era conveniente tomar pastillas durante el embarazo.
Visitaba a Noemí todos los días y aunque no notaba ningún avance con respecto a mis recuerdos, por lo menos yo me sentía bien al poder hablar con alguien. No es que no pudiese conversar con mi mamá, pero usualmente ella terminaba por romper a llorar junto conmigo y verla triste sólo hacía que me sintiera peor. Algunas veces, cuando intentaba conversar con ella, mi hermano solicitaba la ayuda de mi madre para sus tareas escolares o inventaba algún problema para alejarla de mí.
Poco tiempo después de mi desaparición, mis padres habían decidido tener un bebé. No los culpo por haber querido reemplazarme, pero Samuel hacía toda la situación mucho más difícil. Realmente me odiaba por haber desaparecido o quizás por haber regresado. No era necesario que me dijera nada, pues veía en su mirada el desprecio que sentía por mí. Hubiera sido mejor si sólo estuviésemos mi mamá yo y eso mismo le comenté a Noemí un día.
—¿Sólo ustedes dos? —me preguntó ella con su mejor cara de póker.
—Bueno, y el bebé. Si es que es un bebé —dije y luego me mordí el labio. Era la primera vez que manifestaba en voz alta mi preocupación.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, ¿qué tal si no es un bebé? Quiero decir, no sé qué fue lo que me sucedió, ni dónde estuve todo este tiempo. ¿Qué pasaría si no es humano y es algo más?
—¿A qué te refieres?
—No lo sé. ¿Qué tal si fue una especie de monstruo o un demonio lo que me robó el tiempo?
—¿Realmente crees eso?
—No, no realmente. Suena algo tonto cuando lo digo en voz alta. Lo lamento.
—No lo sientas. Es normal que estés confundida. Estás pasando por una situación difícil —dijo mientras anotaba algo en su libreta. Me despertaba bastante curiosidad saber qué era lo que anotaba siempre allí. Seguramente, sería algún diagnóstico sobre lo loca que me consideraba.
Las semanas pasaron y mi vientre crecía cada vez más. Seguía sin lograr recordar, pero por lo menos no estaba tan deprimida como antes. No puedo decir que me sintiera bien, pero mi forma de ver el mundo había virado del negro al gris.
El día en el que me enteré que esperaba una niña fue la primera vez desde mi regreso que experimenté algo parecido a la felicidad. No es que realmente me gustara la idea de ser madre, pensaba que si no podía ni con mi vida cómo iba a poder cuidar de alguien más. Sin embargo, me alegraba que no fuera a ser un niño. La relación con mi hermano no avanzaba para delante ni para atrás y simplemente, en ese momento no quería tener que lidiar con otro niño en mi vida.
A partir de la noticia, mi madre no dejaba de proponer nombres de mujer. Parecía contenta y por algún motivo eso me irritaba. Yo simplemente quería dejar de pensar un poco en ese asunto. Me daba igual como se llame la bebé siempre y cuando naciera humana. Desde que había vuelto a casa, mi madre me acompañaba a todos lados y como yo ya le había hecho suficiente daño, no me atrevía a decirle que quería un momento sólo para mí, para olvidarme de todo aunque fuera por unas cuantas horas.
La primera vez que creí vislumbrar algo de claridad en mis recuerdos fue una tarde gris del mes de mayo. Estaba en el consultorio de Noemí. Le estaba comentando que ya podía sentir a mi hija moviéndose en mi vientre cuando ella me preguntó si le permitía utilizar la hipnosis en mí e intentar recuperar algunos de mis recuerdos, para que de esa forma, me sintiese un poco mejor conmigo misma.
Acepté sin pensarlo. No sabía que algunas veces es mejor mantener algunos pensamientos muy ocultos y encerrados dentro de la mente.

viernes, 18 de octubre de 2019

Capítulo 2: CAMBIOS

Mi madre me hablaba, pero su voz sonaba como un eco lejano en mi cabeza. La sala de estar giraba alrededor. En ese momento perdí el conocimiento, estoy segura porque cuando abrí los ojos estaba recostada en el sillón. Logré fijar la vista en el techo de madera. Me incorporé con cierta dificultad, me dolía la cabeza y esperaba que todo hubiese sido un mal sueño.
La voz de mi madre me devolvió a la realidad:
—Leda, ella te va a revisar.
Una doctora me apuntó con una linterna y me hizo entrecerrar los ojos, mientras me preguntaba algo que no comprendí.
—¿Disculpe?
Apartó la luz de mi rostro y me habló casi con ternura.
—¿Podrías decirme tu nombre?
—Sí, soy Leda, Leda Liebert —respondí algo aturdida.
—¿Podrías decirme cuántos años tienes?
—Doce.
La médica intercambió una mirada con alguien de la policía. Fue entonces cuando noté que había cuatro oficiales en la sala. Dos de ellos estaban sentados en la mesa del living conversando en voz baja. Uno me miraba con lo que atiné a percibir como incredulidad y otro anotaba algo en una libreta, de pie cerca de la chimenea.
La doctora volvía a hablarme, así que volví mi mirada hacia ella.
—Tenías doce años la última vez que te vieron tus padres. Eso fue hace exactamente diez años.
Su voz era suave, pero yo sentía como si me estuviese dando una reprimenda.
¿Cómo podía haber olvidado diez años enteros de mi vida?
Observé mi cuerpo. Ya no me reconocía.
— ¿Qué sucedió entonces?, ¿por qué no llegaste al colegio aquel día?
—Yo... yo... me sentí mal y decidí volver a casa.
—Entonces, ¿qué sucedió cuando regresabas a tu casa? ¿Por qué no llegaste?
—Sí, lo hice. Regresé, aquí estoy —dije al tiempo que me llevaba las manos al rostro y rompía a llorar.
Me quedé sollozando en silencio unos segundos hasta que sentí el cálido y reconfortante abrazo de mi madre.
—Todo estará bien. Tranquila. Estás aquí, estás a salvo, estás en casa y todo estará bien. Nos contarás lo que sucedió cuando estés lista —mientras mi madre intentaba calmarme desenredaba mi cabello rubio con sus dedos.
Poco a poco fui dejando de llorar. Me sentí agradecida de que hubiesen dejado de preguntarme cosas para las que no encontraba ninguna respuesta.
—Me gustaría hacerle un chequeo más exhaustivo. ¿Podríamos ir a un lugar más privado? ¿Podría acompañarme, señora Liebert?
La doctora al ver que una oficial nos observaba agregó:
—También puede acompañarnos, para recolectar muestras y tomar registros de posibles heridas.
Nos dirigimos las cuatro hacia mi antigua habitación que se encontraba tal y como la recordaba. Todo era muy extraño para mí.
—No te preocupes, esto es sólo por rutina —intentó tranquilizarme la doctora —. Queremos estar seguras de que no te lastimaron y quiero revisar la inflamación de tu vientre y ese golpe en tu cabeza no se ve nada bien.
Asentí y dejé que me revisara. Colocaron mi ropa en una bolsa. Un conjunto que no recordaba haber visto jamás y que se encontraba lleno de barro.
Agradecí cuando mi mamá me trajo su bata de baño, porque así me sentía menos expuesta. La doctora De Luca había prestado principal atención a mi estómago, a mi cabeza y a algunos rasguños y moretones que tenía en los brazos y piernas. La oficial me había tomado múltiples fotografías. Yo me sentía indefensa y abochornada.
Cuando me hizo un tacto ginecológico, casi me pongo a llorar. Era tan humillante y para colmo, con una oficial extraña para mí y con mi madre presentes en la habitación. Quería desaparecer.
Finalmente, la médica le comunicó su diagnóstico a mi mamá:
—Físicamente se encuentra bastante bien, pero podría estar sufriendo un cuadro de amnesia ocasionado por un trauma. Sugiero que pidan una cita con un psicólogo para que la ayude a ordenar sus recuerdos y con un obstetra para que controle su embarazo.
—¿Qué? —preguntamos mi madre y yo al unísono.
—Leda está embarazada nuevamente —respondió la doctora—. Es difícil saberlo con exactitud sin realizar algunas pruebas, pero me atrevería a decir que se encuentra en el tercer mes de embarazo.
—¿Nuevamente? —pregunté atónita.
—Así es —mi madre se apartó para que la doctora pudiese desatar la bata —, ¿ven estas líneas de aquí?, son cicatrices de cesáreas. Estoy casi segura de que tuviste dos cesáreas ya.
Los últimos diez años de mi vida habían desaparecido por completo de mi memoria, estaba embarazada, había tenido por lo menos dos hijos y mi padre había muerto. Todo aquello era demasiado para asimilar. ¿Qué más podía suceder?
Alguien llamó a la puerta de mi habitación. Mi madre indicó que podían entrar al tiempo que yo me cubría el torso desnudo con la bata. La puerta se abrió de golpe y entró un niño regordete de unos nueve años de edad. Se encaminó a grandes zancadas hacia donde nos encontrábamos nosotras y dirigiéndose a mi madre exclamó:
—Mamá, la madre de Tomás me trajo a casa tan pronto leí tu mensaje. No lo puedo creer —volteó su rostro hacia mí, tenía el ceño fruncido y noté una chispa de enojo en sus ojos—. ¿Tienes alguna idea por el tormento que hiciste pasar a mi mamá?

Capítulo 30: El poder detrás del poder

Capítulo 30: El poder detrás del poder    Los magos y brujas que integraban el séquito de mi madre se arrodillaron y colocaron sus velas ...